miércoles 20.9.2017
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Nadar en agua dulce les provoca distintos inconvenientes
miércoles 25 de Julio de 2012

Riesgos y complicaciones para una ballena en el río

Carlos Pagura
Carlos Pagura

Hace unas tres semanas, los efectivos de Prefectura de la localidad entrerriana de Villa Paranacito comenzaron a recibir testimonios que referían a la inusual visita de una ballena jorobada. "Estuvo varios días. Con la ayuda de un biólogo, la acompañamos con dos embarcaciones para tratar de que volviera al mar", relata el prefecto Jorge González a ámbito.com. "Es algo realmente extraño, nunca tuvimos una visita así", asegura.

Aunque parezca un hecho fuera de toda lógica, no lo es tanto para los especialistas. El Dr. Mariano Sironi es Director Científico del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB), que desde 1996 se dedica a proteger a los cetáceos y su medioambiente, explica que "no es demasiado excepcional que una ballena ingrese a un curso de agua dulce con conexión al mar. Pese al avanzado sistema de orientación que poseen, a veces se pierden".

Una vez que se hallan lejos del océano, comienzan los problemas. "La piel es muy delicada y adaptada definitivamente al agua salada, que entre otras cosas es curativa. Estos ejemplares suelen tener pequeñas lesiones en la piel propias de la especie, muchas veces producidas por roces, que en su medio habitual sanan pero en agua dulce se infectan", explica Sironi.

Otro punto en contra es el mayor esfuerzo que les depara el desafortunado trance de nadar en un río. "Las ballenas necesitan salir y mantenerse en la superficie para respirar. Como es sabido, el agua salada favorece la flotabilidad, por lo que realizar el ascenso en agua dulce les exige un mayor gasto de energías", agrega.

El tercer punto clave, enumera el especialista, pasa por la falta de alimento: no existe en el río una fuente de producción que pueda saciar a un cetáceo, acostumbrado a engullirlos por toneladas. Pero en este caso, apunta Sironi, hay que descartarlo como la causa de su deceso. "No pudo haber muerto por desnutrición, ya que las ballenas están acostumbradas a largos períodos de ayunos. Las francas que nos visitan en Península Valdéz, por ejemplo, pasan tres meses sin comida gracias a sus reservas de grasa".

Los últimos días para esta ballena juvenil, que medía entre 10 y 12 metros, fueron de verdadero sufrimiento. "La habrá pasado bastante mal, pero más que tratar de guiarla no se puede hacer", lamenta Sironi. Debilitada y sin puntos de referencia claros, la vuelta al mar se convirtió en una tarea imposible.

La arriesgada travesía por aguas internas a través de las cercanías de Villa Paranacito, Gualeguaychú, San Pedro y la isla Martin Garcia, culminó en la zona de río Talavera, a la altura de la localidad bonaerense de Zárate.