jueves 23.11.2017
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Por Carlos Pagura.-
sábado 20 de Mayo de 2017

En el este de Alemania, ya sin Guerra Fría, se libra la batalla de las energías renovables

Carlos Pagura
Carlos Pagura
Parque solar Lieberose.

Parque solar Lieberose.

Enviado especial a Berlín.- En el este del territorio alemán, cercano a la frontera polaca, se entrecruzan la historia del país y la de su economía y se libra una de las tantas batallas de transición energética que por estas tierras denominaron Energiewende.

Cerca de la localidad de Taubendorf, las columnas blancas se elevan hacia el cielo para abrazarse con las nubes plomizas. Tres mil litros de vapor de agua por segundo son arrojados desde la central de lignito, uno de los pilares históricos de la matriz energética, junto al carbón, de la que los alemanes quieren distanciarse en su camino final hacia las fuentes renovables.

Fue a comienzos del siglo pasado cuando se descubrió el potencial que tenía la región de Lausitz para la extracción de este material. Con la Segunda Guerra, la producción literalmente se disparó y llegó gente desde distintas partes del país atraídas por la fiebre del lignito. Pero con la crisis de la posguerra y la toma de conciencia sobre la contaminación que estaba provocando la central de combustibles fósiles, el proyecto se derrumbó y la central pasó al olvido.

Para esa altura, las excavaciones en el terreno circundante, necesarias para hallar el mineral que hiciera funcionar las centrales eléctricas, dejaron literalmente el territorio como un paisaje lunar. Algunas de ellas fueron inundadas como lagos artificiales y se sembraron peces.

Pero la región había quedado malherida. La gente comenzó a irse porque no había nada para hacer, y la tasa de desempleo comenzó a elevarse sin pausa. Incluso algunas localidades estaban tan desiertas que debieron demoler las casas para ahorrar los altos costos de mantenimiento.

Hasta que un día, en 2012, las máquinas volvieron a funcionar y una legión de nuevas centrales arrancó. El gran impedimento para abandonar el lignito es su bajo precio y disponibilidad, lo que asegura que no se produzcan puntos débiles en el plan de seguridad energética. Pero parece claro que es un escollo que a largo plazo será resuelto: la nueva ola de renovación y el bajo costo de las renovables auguran que el final de la energía a lignito y carbón no está tan lejos.

La mejor prueba es tomar la ruta y encontrar, a solo decenas de kilómetros de allí, miles y miles de rectángulos azulados a los costados del camino. Es el parque solar Lieberose, el más grande de la zona de Brandenburgo. Con una inversión de 160 millones, tiene 1 millón de paneles fotovoltaicos y está ubicado donde antes de la caída del Muro funcionaban dependencias soviéticas que experimentaban con armas químicas, entre ellas con el temido gas sarín. Las autoridades germanas hallaron restos de proyectiles y el agua estaba contaminada. En esas tierras se decidió instalar, en 2007, este parque de 55.000 m2.

Siguiendo la autopista hacia Berlín, otra revelación: el cansino girar de las aspas de las turbinas eólicas que parecen señalar el futuro. Como parte de un trato entre el gobierno y los granjeros de la zona, los residentes aprobaron la instalación de estos gigantes de viento y obtuvieron un doble beneficio: además de seguir desarrollando sus actividades agropecuarias, reciben una parte de las ganancias de la energía y consiguieron que el Estado construya nuevas rutas.

La guerra de las energías renovables no está ganada aún, pero el contraste entre la gris central de lignito y los paisajes donde el sol y el viento fluyen y conviven con animales, aves y frondosos bosques, llaman al optimismo. Una postal en blanco y negro junto a fotografías a todo color.

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