jueves 14.12.2017
Deportes
Por Ariel Giuliani.-
sábado 12 de Agosto de 2017

El retiro del más grande: Bolt dijo adiós, Van Niekerk se planta en la escena grande

Ariel Giuliani
Ariel Giuliani
Bolt y Van Niekerk, talentosos campeones que van por distintos caminos hacia un mismo lugar.

Bolt y Van Niekerk, talentosos campeones que van por distintos caminos hacia un mismo lugar.

Sonó el disparo, los ocho salieron endemoniados pero uno, el más afamado, lo hizo con más lentitud. Casi diez segundos y Justin Gatlin se adueñó de la escena. No del protagonismo, siempre lo tuvo Usain Bolt. Quedó tercero en su última actuación individual, dejando una sensación negativa en propios y extraños, más cercana a un funeral que a la gratitud hacia un ídolo que, además de sufrir una derrota así, se despidió lesionado en plena pista. Desde el sábado pasado, el mundo deportivo empezó a despedir al rey de la velocidad.

Una semana después, el peor episodio del Mundial de Londres lo iba a tener como figura estelar. En el remate de la posta 4x100, en la mitad de su recorrido, Bolt se lesionó y no consiguió finalizar. Entonces, aquello con lo que se pensó durante una década, el inevitable fin, llegó, y en con el decorado menos pensado, una dolencia, caído. No porque se intente impedirlo no va a ocurrir. El mejor atleta de la historia, lejos de sus marcas más sobresalientes, entendió que el cuerpo ya no es el mismo, incluso cuando con casi 31 años, algunos rivales son más veteranos. El propio Gatlin, por ejemplo.

Una despedida irreverente para el jamaiquino, que terminó en el tartán lesionado.

El retiro de Bolt (afloran las dudas a partir de este final amargo, pero nada hace suponer que continúe) supone mucho más que el vacío del dominador absoluto de la última era. Su legado deja dos records mundiales (9.58 segundos en los 100 metros y 19.19 en los 200), el olímpico del hectómetro en 9.63 y el haber establecido estos registros varias veces en su carrera. También será el ejemplo de miles de jóvenes que se inspirarán en él, especialmente en su país, donde muchos todavía entrenan en pistas de tierra.

Nadie podrá dudar que a partir de ahora faltará uno de esos deportistas legendarios capaces de rivalizar con los héroes de la Antigua Grecia. Como lo fue Diego Maradona, Michael Jordan, Jack Nicklaus, Juan Manuel Fangio, Michael Phelps, así como también está a su nivel Roger Federer, y a quién más se parece el jamaiquino: Muhammad Ali, un personaje entrañable, casi soberbio, que hacía payasadas y hablaba, pero demostraba por qué era el mejor en el lugar que debía. Como Bolt. Ambos se consideraban leyendas vivas del deporte.

A su risueño carisma (basta ver los gestos que hacía cuando lo presentaban antes de cada carrera), hay que sumarle una técnica única. Mayormente por su biotipo, un cuerpo más parecido a corredores de 200 o 400 metros, incluso de salto en largo, que de distancia corta. Él eligió la velocidad llana, lo que le llevó el problema de aprender a manejar su 1,95 metro, bastante más alto que el de sus rivales. Al salir como todos, su altura lo iba a frenar, entonces se acostumbró a comenzar con el cuerpo más abajo, y erguirse luego. Por eso hace algunos años comenzó a sufrir dolores en su espalda.

Las salidas fueron su cruz. De hecho, el sábado pasado, cuando terminó su última carrera de 100 metros, analizó que este tema "lo mató", considerando que normalmente solía corregirlo, pero ahora no pudo. Y vaya si era capaz de canjear un inicio módico por un final memorable: para la época en que marcó 9.58s (Mundial Berlín 2009), en la segunda mitad fue capaz de alcanzar 44 km/h, con cuatro zancadas y media por segundo (cada una de casi tres metros). Sus rodillas llegaron más alto que las de ninguno, dio menos pasos que nadie y los pies apenas tocaban el piso.

La imagen del Mundial: Gatlin se rinde a los pies de Bolt.

Explicar por qué ganó todo lo que ganó podría llevar cientos de páginas o minutos, o tal vez prácticamente nada. El talento tiene que estar, pero también hay que moldearlo. A todo eso, el jamaiquino le sumó show, como las ocasiones en las que terminó trotando en los metros finales, riendo con un rival o abriendo los brazos. Muchos van a intentar buscar un sucesor, pero lo cierto es que cada uno arma su carrera en función de su propia capacidad innata y esfuerzo.

Dentro de este esquema, en los últimos grandes campeonatos surgió y se asentó el nombre de Wayde Van Niekerk. El sudafricano llegó a Beijing, hace dos años, sin ninguna luz que lo enfoque, y se fue derrotando en la final de los 400 metros a campeones olímpicos y mundiales como LaShawn Merritt (EEUU) y Kirani James (GRN).

A Río de Janeiro tenía que ir a revalidar su cetro mundial, ya no por el mérito olímpico en sí, sino también para demostrar que lo ocurrido la temporada anterior no había sido un acierto ocasional del destino. En la gran cita deportiva le ganó a los mismos rivales, pero se guardó lo mejor para el escenario más grande: después de 17 años, hizo sucumbir el record mundial del prodigioso Michael Johnson y lo estableció en 43.03 segundos, 0.15 más rápido que la anterior marca.

En este Mundial de Londres Van Niekerk intentó arrebatarle algo más al legendario atleta texano. En Gotemburgo 1995 y en los JJOO de Atlanta 1996, ganó las pruebas de 200 y 400 metros, una gesta única hasta el momento. Tradicionalmente, los velocistas puros disputan las dos distancias más cortas, pero proviniendo desde los 400, donde los ritmos son ligeramente más lentos, subir de nivel para aumentar los rendimientos es sumamente difícil.

Van Niekerk ganó el oro en los 400m y la plata en los 200m.

Su prueba de origen no fue un gran escollo, aunque la falta de competidores de máxima jerarquía (Merritt no llegó a la final, James no fue al Mundial, Isaac Makwala no la disputó por un caso de intoxicación alimenticia) minaron la chance de ver a un corredor bajar los 43 segundos por primera vez. No obstante, su andar tranquilo, elegante, casi saltando se lució en las tres series que compitió.

Una vez obtenido el oro en la disciplina larga, los 200 le insumieron un esfuerzo mayor, con más incertidumbres y hasta con evidencias de presión. No estaba Bolt y tampoco compitió en la final Yohan Blake, el otro jamaiquino candidato, porque no rindió lo esperado. Incluso, el sudafricano de 25 años se metió en la carrera definitiva por tiempo y no de forma directa. Casi siempre corrió igual, saliendo furioso, midiendo los primeros cien metros y actuando en la segunda mitad en función de la necesidad, regulando o explotando.

Para los archivos estadísticos, Van Niekerk fue segundo en los 200 metros, detrás del turco Ramil Guliyev. Al dar un paso más respecto a las cifras, la nueva super estrella del atletismo quedó algo corto para el doblete histórico, pero no lo suficiente como para tirar todo por la borda. Su felicidad tras el segundo puesto dejó en claro que para él fue un triunfo.

Con Bolt comparte una forma serena de correr, aunque por ser una distancia más larga, se exhibe más, parece más un bailarín del tartán que un deportista desesperado por arrebatar una medalla. Es verdad que se ponen en juego distintas especialidades, pero ambos comparten el doble hectómetro. Y el africano, quedó demostrado, tiene todo para ser el centro de la escena del atletismo global, siempre necesitado de figuras emblemáticas y nombres de leyendas. Ya se codea con Johnson, y ahora sólo le falta que el jamaiquino, el que se sienta en la mesa grande, lo invite alguna vez.

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