Movimiento, calibre, volante, tourbillon son vocablos cifrados de una cofradía donde una complicación, lejos de entenderse como una dificultad o enredo, es un dechado de ingenio y precisión. Es el universo de la relojería mecánica que se forjó a partir de la Edad Media donde cada industria recibe su título nobiliario -manufactura- que caracteriza a cada familia de artesanos con categoría de sociedad secreta que ha legado siglo tras siglo sus saberes y destrezas para fabricar piezas únicas tanto en exactitud como en belleza. Su ciudad sagrada es Suiza, la patria relojera de donde cada pieza que se precie como de alta gama lleva esa denominación de origen.



Por todas partes hay relojes que marcan la cuenta regresiva para celebrar el medio siglo y homenajear a los hombres que la soñaron y la hicieron. Se dice que la palabra Brasilia fue idea de José Bonifacio, consejero de Pedro I en el siglo XIX, y quien tuvo la idea original de crear la ciudad. Lo cierto es que inaugurada en 1960, Brasilia surgió de la nada -como San Petersburgo, Washington DC, Canberra, La Plata, Chandigarh o Putrajaya- en sólo tres años, gracias a la determinación de un presidente, Juscelino Kubitschek (JK) y a la genialidad de un arquitecto, Oscar Niemeyer.


 

Una visita a la ciudad imperial es sumergirse en lo más sagrado de la historia de Japón, donde aún permanecen inalterables los símbolos de su fe y su cultura listos para ser descubiertos en un viaje inolvidable.



 

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