Resulta que en el extremo sur del mundo hay un extenso territorio poco poblado, y que antes de ser país fue, al menos durante un par de siglos, bastante ninguneado por el imperio. En él, desde los preparativos de su independencia, gran parte de sus intelectuales y dirigentes creyeron tener alma francesa o inglesa, jamás española. Pero más tarde, ese país recibió una gringada inconmensurable, ante lo que otra elite buscó refugio de identidad en la antes despreciada España.


 

La escena transcurre en el Nepal en la década de 1930. Un oficial alemán habla con un monje budista. Sería lógico pensar que necesitarían algún tipo de intérprete o traductor para mantener sus profundas disquisiciones místicas y filosóficas, ya que uno podría pensar que un oficial nazi hablaría en alemán, y un monje budista en chino. Pero no, curiosamente ambos hablan en perfecto y fluido inglés.


 

  
-¡Qué bonito habla el español! -le dijo una coqueta turista madrileña al bartender de un pub de Villa Carlos Paz.
-¿El español?¿En serio?¿Le parece? Yo creía que hablaba lindo el cordobés. Y el argentino -murmuró socarrón el muchacho mientras apoyaba un daiquiri en la barra, junto a la madrileña.

 

 



 

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