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7 décadas de vinilo

• LA HISTORIA DE LA SEMANA
Nació en los ‘60, fue desplazado por dispositivos como el cassette, el CD y formatos más actuales como el MP3 o plataformas como Spotify y Youtube. Logró reinventarse y se consolida como un objeto deseado.

Redondo, negro y con líneas espiraladas. El disco es siempre el mismo, como la canción. Puede tener doce, diez o siete pulgadas de diámetro, pero lo que lo hace único es la circunstancia. El dónde, cuándo, cómo y demás preguntas fundamentales. Lo que lo completa es la ronda. Lo que gira en derredor.

¿Acaso "The Great Gig in the Sky", una de las canciones elementales de "The Dark Side of the Moon", la obra maestra de Pink Floyd, suena distinto año tras año? La respuesta es no. Porque lo que en verdad rota, como parte de un entero, es el que escucha. Y es así como una pieza musical pasa a formar parte del engranaje emocional de un ser humano. Aquello que sucede mientras una púa roza el disco. Con el sillón de un cuerpo como máquina de tiempo para apoltronar a otro cuerpo. Para estallar. Internamente. En estado uterino. Porque placentero viene de placenta. Y aquella guarida que ahora conecta es el refugio ideal para vivir la experiencia. Para dejarse llevar.



Lo que se mueve es el vino en la copa, y la copa en la noche. Y la noche en los ojos de otros ojos. Que comparten aquello que sucede. Lo que enroca y seduce. Con el viaje como calma. Porque lo que vibra es el momento en que estás. El sí, el presente. Según decía Vox Dei. La experiencia.

Pero aquello que alguna vez fue, hoy es. Y el vinilo es una realidad que ocupa el 4 por ciento del mercado de la industria de la música. Un número que se sostiene dentro de las grandes caídas con diferentes grados de lesión por las que pasan y pasaron otros formatos de época. Por las que circularon diferentes maneras de conectar.

"¿Te acuerdas de Elvis cuando movía la pelvis?", cantaba Charly en Serú Girán. Bueno... Elvis lo hizo y lo siguió haciendo. Lo hace. En vinilo, cassete, mini disc, laser disc, DVD, YouTube o Spotify. Y siempre baila igual de bien... No hay que verlo para sentirlo.

Tal es así que la música llegó a la calle en formato rectangular. Y el cassete se convirtió en otra experiencia. Una nueva forma de compartir, que permitía moverse. Caminar y escuchar. Y, claro, bailar. Con el walkman como vedette de turno, los 80 se hicieron cuna y las ferias un nuevo marco de unión pese a que su forma de disfrute fue más individual.

Sin embargo, la música empezó a moverse. A saltar de un lado al otro. Fue también la primera posibilidad de grabar esos temas que sonaban en la radio, de armar los propios compilados y hasta el objeto necesario para almacenar cualquiero tipo de información: una entrevista, una clase de facultad o una charla entre dos amantes.

De armar y desarmar. Con las pilas a mano. Por las dudas. No sea cosa que no haya una Bic a mano y la magia de mover el tiempo a tracción no pueda volverse una opción.

Pero las épocas cada vez duran menos. Se apocopan. Y aunque dejan la huella romántica de que todo aquello por pasado fue mejor, se diluyen. Y así el cassette le cedió las plumas al CD. Y a la posibilidad de poder escuchar con mejor calidad el mensaje. De volver a girar en derredor.

Ya con más de 30 años de presencia el disco se sostiene como la pata esencial del mercado físico, pese a que la baja cada vez es más considerable. Y el melómano encontró otra cueva, otra batea para revolver en serie. Y buscar las novedades y aquellas grandes joyas del cassette y del vinilo en un formato más cómodo, con una historia por contar más allá de la propia música, pese a que algunos elegían no poner las letras o directamente no hacer un book interno (¿existe mayor herejía?).



El avance digital tiene sus ventajas generales. Pero hay algunas defensas del físico que son inevitables. Comprar un disco sigue siendo una aventura. Una acción social emparentada a la alegría del descubrimiento. De la exedición y su consecuente hallazgo sin que eso forme parte de un plan. Lo que se busca y lo que se encuentra, dos patas de una misma causa: la felicidad de utilizar todos los sentifos en favor del objetivo final de la escucha. Tocar, ver, oler y hasta incluso saborear. Y es que la buena música provoca eso. No se puede negar que hay discos que se hacen agua en la boca.

Vínculo, compromiso y herencia. Los formatos físicos más conocidos de la historia conllevan una serie de caracterísitcas que resultan irresistibles para aquellos que gustan vivir una experiencia sin comparación.

Tampoco hay que dejar de lado el laser disc (el primer sistema para proyectar en imagenes) o el DVD, su versión más actual. O el minidisc, el gran fracaso de Sony, que solo pudo sostenerse cinco años en el mercado y que no llegó a marcar una época. Con la idea de reemplazar al cassete como objeto de grabación, el minidisc hoy incluso forma parte más del olvido que de la realidad.



Lo que vino luego fue más simple. O quizá más complejo, según la visión. La idea de compartir se hizo parte. Pero al fin de cuentas, se partió. Napster abrió la música para todos, per to per, con las consecuencias del caso, y los discos de todas las bandas pasó a ser figurita de cambio entre los usuarios de la red. Las discografía completa de los artistas entraba en la PC y de ahí directo al MP3. Un bache de sonido que prescindió de la calidad y pero que entraba en el bolsillo.

La actualidad es moneda de intercambio. YouTube, en lo visual, y Spotify se erigen como las dos grandes plataformas musicales del momento. La primera, con la clara posibilidad de vivir la experiencia desde lo visual (y también en streaming), y la segunda, con la posibilidad de armar listas que conectan género y décadas sin prejuicio.

La música sigue siendo la misma. El cambio está en las formas. Por más que hoy todo apunta a lo individual, el objeto físico sigue siendo una experiencia sin igual. Y en ese marco, el vinilo se consolida, en su revival, como un valor agregado en lo musical. Un objeto deseado. La forma de volver a ser parte de los orígenes de la música desde el sillón, con una copa de vino y en completa oscuridad.

Cuánto cuestan hoy

1960. COMBINADO VALVULAR WINCOA. Radio AM, Onda Corta y Onda Larga marca AltaVox, para reproducir discos de 78, 45, 33 y 15 rpm., Control de Graves y Agudos, Salida de auriculares, Amplificador Galileo. $11.750.

1970. W409-TOCADISCOS W409. Mecanismo de transmisión por correa. Reproduce tres velocidades 33 / 45 / 78 rpm, Wireless de entrada y salida. Detección Automática. Salida Auriculares. Permite conectar un amplificador. Reciclado a nuevo. $5.730.

1990. Bandeja Pioneer PLX-500-K/LPWSYXEG. Tapa con soporte para carátulas. Adaptador para Singles. Cabezal (con cápsula). Pesos y contrapesos. Cable de Audio conversor: Stereo pin plug (hembra) - Stereo mini plug (macho). $29.150.

2018. TOCADISCOS VINTAGE (BLUETOOTH). Diseño portátil, Conexión Bluetooth, reproduce discos de 7, 10 ó 12 pulgadas, 3 velocidades de reproducción 33, 45 y 78 rpm, Altavoces Estéreo incorporado, Conector USB, Ranura para Memoria SD, Entrada auxiliar 3.3 mm y salida estéreo RCA, Cápsula Audio-Technica reemplazable (2 Pua extra). Botón para ajustar el volumen, Luz indicadora LED, 2 Parlantes Incorporados, Batería Interna. $3.800.

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