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Abre en Córdoba el VIII Congreso de la Lengua española

Escritores y catedráticos de 32 países coincidirán en la capital mediterránea desde hoy, 14 años después del último cónclave en el país, que se realizó en Rosario. Hay 5700 inscriptos para presenciar las sesiones plenarias.

El VIII Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) será inaugurado oficialmente hoy por los reyes de España, Felipe VI y Letizia, y el presidente Mauricio Macri, en el Teatro Libertador San Martín de la ciudad de Córdoba (ver página 16), para luego compartir un almuerzo en el Centro de Convenciones. En 2005, el Congreso también sesionó en el país, en aquella oportunidad en la ciudad de Rosario, cuando gobernaba Néstor Kirchner; también viajaron los reyes, pero en ese entonces Juan Carlos de Borbón y Doña Sofía. En vísperas de la inauguración del Congreso, el presidente de la Academia Argentina de Letras, José Luis Moure, menciona a la prensa dos records: los 5.700 inscriptos para presenciar las sesiones plenarias y el 40 por ciento de disertaciones que estarán en manos de mujeres.

Titular de la institución que oficia como anfitriona del ciclo que reunirá en Córdoba a escritores y catedráticos de 32 países, Moure lleva varios días recorriendo las sedes donde tendrán lugar las actividades. El presidente de la Academia traza un panorama auspicioso para el español aunque identifica algunos fenómenos de repercusión todavía incierta, como la malversación ortográfica que imponen los teléfonos celulares y el proceso de hibridación que supone la incorporación de vocablos de procedencia sajona, como “selfie”, “tweet” o “youtuber”.

“Muchas veces el Congreso de la Lengua está visto como el lugar donde las instituciones bajan línea lingüísticamente, pero eso en realidad está lejos de las intenciones de las academias de la lengua que participan de este evento. En esta instancia, por el contrario, se trata de ver cuáles son las dificultades y los problemas que está presentando el castellano en los diversos países y analizar cómo transcurren las cuestiones de índole social o educativa. La lengua, siendo de todos, mal puede tener un organismo que indique qué es lo correcto y lo que no. Eso no está en la perspectiva de las academias”.

Consultado acerca del poco espacio que tendrán discusiones como la atinente al lenguaje “inclusivo”, que deforma la lengua con elementos impronunciables como la “x” o la “@”, o plurales en “e”, Moure señaló: “Tengo la impresión de que se trata de un tratamiento más bien inducido. He enseñado Historia de la Lengua Española durante décadas y no he notado nunca un reclamo generalizado en ese sentido. Hay una demanda social y hay que atenderla, pero nosotros como Academia de la Lengua sostenemos que trasladar un fenómeno como la cuestión de género a la lengua es innecesario, lo cual no quiere decir que el problema sea irrelevante. No debe plantearse esta cuestión desde una lengua que es de todos: somos más de 500 millones de hablantes y ningún grupo está autorizado para introducir cambios que necesitan un tiempo para establecerse. Si este fenómeno perdura en el tiempo, se va a imponer y será aceptado por las instituciones pero hoy todavía estamos lejos. Estos procesos suelen venir de abajo hacia arriba como reclamos colectivos y lentos, nunca explosivos. No me parece que los 500 millones de hablantes tenga que aceptar algo que está propuesto solamente por un sector ilustrado de la clase media”.

En 1997 durante la primera edición del Congreso de la Lengua el colombiano Gabriel García Márquez causó revuelo cuando sostuvo que había que jubilar la ortografía. Eso no ocurrió, pero el lenguaje que imponen el celular y otros dispositivos parece lograrlo.

“Ahí estamos frente a un problema serio. Los elementos más fuertes de cohesión de la lengua están dados por el español modélico o estándar, el que se enseña en la escuela. La ortografía es el código imprescindible para que esa estructura se mantenga. García Márquez era un extraordinario escritor pero no era lingüista. Su intento de modificar la ortografía se puede leer como lo que llamamos una tendencia centrífuga de la lengua, es decir una invitación hacia una dialectización de la lengua. No son tan graves los problemas ortográficos del castellano como para que no pueda mantenerse la idea de que una ortografía deba aprenderse así, de memoria. Basta comparar las dificultades ortográficas que presenta el castellano con las del inglés para darse cuenta de que las nuestras son un juego de niños”.

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