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Adiós a "Chicho" Ibáñez Serrador, el heredero

Descansa desde ayer junto a su madre, en Granada, Narciso Ibáñez Serrador, más conocido como Chicho Ibáñez Serrador, el director de dos películas tan singulares como estremecedoras, “La residencia” y “¿Quién puede matar a un niño?” y, sobre todo, el genio de la televisión española, con “Historias para no dormir”, que hizo con su padre, Narciso Ibáñez Menta, “Un, dos, tres, responda otra vez”, “Historia de la frivolidad” y otras producciones que supieron burlar hábilmente la censura franquista. En silla de ruedas desde hacía ya varios años, en febrero último recibió el Goya de Honor, de manos de Alex de la Iglesia, Juan Antonio Bayona y otros directores de peso que se criaron a su influjo.

Nieto de actores trashumantes, hijo de Ibáñez Menta y Pepita Serrador, pasó su infancia jugando en los teatros de Buenos Aires, hizo la voz del conejo Tambor en el doblaje de “Bambi” que acá dirigió Luis César Amadori, y a los 12 años se fue a España con la madre, a estudiar con los curas lasallanos. Después practicó todos los oficios del negocio teatral, desde acomodador hasta utilero y partiquino, y, al tanto de todos los resortes, se hizo libretista.

Así, con el alias de Luis Peñafiel, trabajó para el teatro y la radio de ambos países. De regreso en la Argentina, hizo con su padre adaptaciones televisivas de teatro universal, y los famosos programas “Historias para mayores”, “El fantasma de la opera”, “Obras maestras del terror” y “Mañana puede ser verdad”. Con esta última fueron a España, y allí se afincaron, porque había dictadura, pero también había una televisión más propicia que la nuestra. Se afincó en ella, incluso llegó a ser directivo de TVE durante la Transición, y siguió haciendo programas de miedo, de entretenimiento inteligente y también de educación sexual, y reelaborando sus piezas teatrales (la más famosa, “Aprobado en castidad”, que él mismo había interpretado en el estreno), hasta que una enfermedad degenerativa lo alejó de la actividad. El Goya lo recibió en su casa, juntándolo con su primer premio: la Ninfa de Oro del Festival de Televisión de Montecarlo 1967 al Mejor Guión, por “El asfalto”, un especial de un solo actor (su padre), originalísimo, angustiante, todavía de actualidad, y muy fácil de hacer. “Siempre fue cuestión de sugerir las cosas sin necesidad de mostrarlas”, contaba a sus admiradores.

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