Espectáculos

Adiós a Martínez Suárez, artista y hombre íntegro

Director desde 2007 del Festival de Cine de Mar del Plata, además de cineasta de una obra relativamente breve fue sobre todo maestro respetado y admirado por numerosas generaciones.

Apenas iniciada la tarde del 17 de agosto, igual que el general San Martín, murió el director José Antonio Martínez Suárez. Cineasta y, más que nada, maestro. El velatorio -de traje con su habitual pañuelo al cuello, una flor blanca en el pecho, la camiseta de Racing sobre el cuerpo- tuvo lugar en la Enerc, la Escuela de Cine del Incaa, donde hasta hace un mes dio charlas gratuitas. La despedida fue en la Chacarita, rodeado de familiares, amigos, asistentes, cineclubistas, colegas y discípulos. Hay quien propone, con toda lógica, que su residencia definitiva sea en su natal Villa Cañás. Inclusive desde ahí llegaron los amigos.

“¿Qué más pude pedirle a la alegría?/ El mundo era una vuelta a la manzana, / y nadie se había muerto todavía”. Martínez Suárez gustaba recitar esos versos de María Ojeda, evocativos de una infancia que se cortó abruptamente con la temprana muerte del padre. Ahora le tocó a él, ya de 93 años, cortar “el trío imposible de enfrentar” que formaba con sus hermanas Mirtha y Silvia.

Señor con todas las letras, memoria viva del cine, autor de obras valiosas, narrador de estilo preciso, con la voz ronca, viril y firme ocultando la pena de los años, maestro de varias generaciones, empezó su carrera como “che pibe” de los Estudios Lumiton, donde sus hermanas iban a ser estrellas juveniles. Allí, en lo que fue para él una especie de segundo hogar hizo el escalafón completo, hasta el cierre de la empresa. Después empezó a dirigir, paralelamente a la llamada Generación del 60. Hizo pocas películas, pero todas buenas. “El crack”, “Dar la cara”, “Los muchachos de antes no usaban arsénico”, “Noches sin lunas ni soles” son las más conocidas. También fue coguionista y coproductor de obras ajenas, actor de algunos cortos, y partícipe decidido en las luchas de la gente de cine contra la censura, la burocracia y la torpeza.

En agosto de 2007 tenía 81 años cuando Jorge Álvarez, entonces presidente del Incaa, le pidió conducir el Festival Internacional de Mar del Plata, que él había ayudado a resucitar. Esa fue su gloria. Desde entonces, en cada edición se lo vio temprano vigilar que el público fuera bien atendido, alentando becas, impulsando la difusión de libros, salvando errores de la gente joven, acompañando diversos actos con su estímulo, su palabra clara y concisa, y la mirada penetrante de sus ojos claros.

En todas partes era aplaudido, incluso ovacionado. Muchos jerarcas de diversos gobiernos quedaban perplejos al ver cómo “el hermano de las Legrand” los desplazaba en el cariño y la admiración del público, sin necesidad de bombo alguno (memorable, aquella vez que, después de los largos e inútiles discursos de sucesivos funcionarios, simplemente dijo “Seré breve por dos razones: por ustedes y por mí. Queda inaugurado el Festival”).

Desarrolló asimismo una labor igualmente grande como maestro de su propio taller. Ahí, bajo su entusiasmo y su rigor, se formaron Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Fernando Castets, Leonardo Di Cesare, Rodrigo Grande, Matías Luchessi, Sebastián Alfié, Alejandro Magnone y otros.

Espectador inagotable de las películas que le gustaban, buen conversador, hombre metódico, devoto de la puntualidad, anarquista republicano, que no aristocrático, diariamente iba al trabajo en colectivo, y sólo en los últimos años aceptó que su equipo agregara un enfermero. Tuvo pesares de los que difícilmente hablaba: el secuestro de una hija, el asesinato de su yerno, la muerte de su esposa, mucho más joven que él. Le dedicaron retrospectivas, libros (a destacar, “Estoy hecho de cine”, conversaciones con Mario Gallina), películas (“Cine de pueblo”, de Sebastián Hermida, siguiendo una visita a su amada Villa Cañás, y “Soy lo que quise ser”, de Betina Casanova y Mariana Scarone) y homenajes públicos, como la Mención de Honor Domingo F. Sarmiento, del Senado de la Nación. En esas ocasiones, si iba Mirtha, solía hacer el mismo chiste: “Lo mejor es que vino mi hermana mayor. Perdón, mi hermana. Mayor alegría no puedo tener”.

Parecía eterno, y merecía serlo.

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