Opiniones

Ante la corrupción, integridad

Convivimos con el mal y la lista de los motivos que cada uno esgrime por los que no se la puede evitar es larguísima. No se cree en las instituciones.

Es un lugar común plantear que estamos desde hace muchos años conviviendo con la corrupción; por lo que más allá de los formalismos administrativos y judiciales ésta se ha ido transformando en un fenómeno cultural: convivimos con el mal y la lista de los motivos que cada uno esgrime por los que no se la puede evitar es larguísima. Por otra parte, cultural significa que no es patrimonio de una parte de la sociedad, sino de toda ella, que la acepta y tolera.

En tanto, se insiste en una solución que no lo es: la experiencia indica que la sola batalla desde lo administrativo (normas anticorrupción) y lo judicial es una batalla perdida hasta que en lo personal, no se toma conciencia de la magnitud del problema y de su impacto. No hay casos de desarrollo sostenido (ni de sana convivencia social) en entornos de alta corrupción. Y en el caso particular de nuestro querido país, por omisión o por comisión (que cada uno piense en esto), hemos creado un estado de megacorrupción. Esto es, que no se cree en las instituciones.

Solo valga como ejemplo que asumimos como normal que la Justicia responde a la política y hasta hay agilizadores de procesos judiciales: ¿por qué los abogados no dicen nada? ¿por qué los jueces no se quejan?... La Argentina corporativa a full. Sólo queda para el lector que investigue las ventajas del poder judicial en su conjunto (sueldos, jubilaciones, vacaciones, feriados…), para unos resultados tan pobres: ¿no se dan cuenta o protegen un status quo? Esto obviamente a costa del resto que los financia y los sufre.

A la corrupción no escapa también lo social: ¿Por qué hay un millón de pensiones por invalidez y no se pueden auditar cuando es imposible que ese número sea real? ¿Por qué dejamos que el tema fluya cuando se podría pagar mejor la invalidez? Y ahí no es sólo está la política: millones de argentinos creen que esa viveza, y la mentira, están bien. Esto es que otros paguen impuestos para financiar la ventaja de algunos.

O la corporación de los aeronáuticos: el déficit de Aerolíneas Argentinas por su estructura y las ventajas enormes de sus empleados le cuestan al país el equivalente a no menos del presupuesto de siete ciudades como Pergamino; y este año se consumió gran parte del presupuesto de la secretaría de Transporte: es una conquista sindical o una gran mentira, que vía extorsión, comparten miles de empleados y funcionarios, apoyados en la ignorancia de millones de personas.

Y hay íconos que se han transformado en folclore: los más de 1500 empleados de la biblioteca del Congreso. ¿Es una viveza o corrupción? Entendiendo que corrupción es abuso de poder para lograr una ventaja. ¿Qué piensan esas miles de familias? ¿es una viveza sabiendo que cobran por no trabajar, como ocurre en tantos lados?

Si hasta las universidades han quedado fuera del juego: no hablan, no proponen y hasta algunas han participado de maniobras al menos poco claras. La corporación intelectual fuera del juego, con un costo altísimo para toda la sociedad.

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La Argentina piquetera es una gran cultura: algunos sólo pueden cortar una calle, otros acomodan a su gente en algún lado, otros evaden y otros aseguran la desconfianza mandando sus capitales al exterior al mismo momento que se quejan del país: un conjunto enorme de argentinos que conspiran sistemáticamente contra otros argentinos.

Y no podemos dejar de mencionar que la ignorancia generalizada también hace estragos; así cuando se gastaban más de u$s15.000 millones al año para viajar al exterior, no se pensaba que eran necesarias unas 15 millones de hectáreas de soja para financiarlas.

Y así podemos ir enumerando decenas de conductas corporativas y sociales que nos han llevado a pensar que lo que está mal está bien, aunque eso erosione hasta el infinito los lazos sociales.

A lo que se agregan también dos disvalores generalizados: en primer lugar, no se entiende que si se hizo un mal debe repararse, tanto el daño material como moral; la disculpa sin reparación es solo cinismo. Tal vez “el caso cuadernos” se transforme en un ícono cultural del fin justifica los medios, y esperando todo se olvida; ¿alguien escuchó una real autocrítica de los involucrados?

En segundo lugar se toca a diario que nos hemos acostumbrado a no decir la verdad y a no exigirla, en prácticamente todos los ámbitos; que es una manera de encubrir la corrupción y…de acostumbrarnos a ella. Así el sindicalista no lo es tanto, pero salvo por un error en su gestión personal la corporación lo defiende o lo encubre; lo mismo pasa con maestros que compran certificados médicos o médicos que cobran por los certificados o que no dan facturas nunca… y la lista sigue.

Por ello creo que hasta que no se cambie el eje y se piense que el problema es de personas que no actúan con integridad tenemos una batalla perdida. La verdadera batalla es cultural no administrativa. Pero no es una batalla perdida si personas en todos los ámbitos asumen que esta carrera de fondo es posible, como ha ocurrido en numerosos países a lo largo de la historia. Personas de las cuales hay muchas pero que deben conectarse y coordinarse más para generar la “revolución de la Integridad” para que un nuevo set de valores defina nuestro futuro. Es decir nuestra batalla será de buscar los quiénes, y no sólo decir qué hacer.

Espero estas líneas no sean sólo una pobre descripción, sino que movilicen, especialmente a quienes más pueden hacer, a que hagan la autocrítica necesaria (imprescindible) y que por una vez tengan el coraje de ser contraculturales y enfrenten la corrupción con integridad.

(*) Profesor del IAE Business School - Autor del libro “Integridad: un liderazgo diferente” junto con Paola Delbosco y Patricia Debeljuh

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