Espectáculos

Aquel peón rural que llegó a editor de culto

El autor de "El traductor del 'Ulises'" se ocupa ahora de otra vida luminosa, la del hombre que forjó una editorial mítica a fuerza de intuición.

Era uno de los seis hermanos Rueda que, a la temprana muerte de su madre, el padre dispersó entre varios parientes. En 1918 a Santiago Rueda, de 13 años, le tocó ser peón rural. No era ese su destino. Una serie de circunstancias casuales y su pasión más aventurera que comercial lo llevaron a fundar una editorial que publicó las obras fundamentales de Joyce, Proust, Freud, D. H. Lawrence, Hemingway, Mary McCarthy y Henry Miller, entre muchos otros. Lucas Petersen, autor de “El traductor del “Ulises’”, ahora va por el editor argentino del “Ulises”, en “Santiago Rueda. Edición, vanguardia e intuición” (Tren en movimiento). Dialogamos con Petersen sobre las peripecias vitales de ese admirable emprendedor.

Periodista: En el siglo XX hubo en Buenos Aires un grupo de comerciantes, de pequeños empresarios, que haciendo su negocio ampliaron y expandieron nuestra cultura...

Lucas Petersen: Sin provenir del mundo de la cultura, como Victoria Ocampo, se convirtieron en editores. O eran como Gonzalo Losada, siempre rodeado de grandes escritores amigos. O como Antonio Zamora, el de Claridad, la editorial del Grupo Boedo, que era un empresario con una mirada política. Es el caso, para dar un ejemplo emblemático, de Santiago Rueda. Un conjunto de casualidades, de circunstancias inesperadas, llevaron a ese chico de infancia campesina en Pigüé a ser el editor en español del “Ulises”, de Joyce, y de Proust, y de Freud, entre otros. El tío de Santiago Rueda era el español Pedro García, fundador de la librería y editorial El Ateneo, el primer editor moderno en la Argentina, ya que maneja con igual destreza los aspectos comerciales y culturales de su producción. Viendo que a Santiago no le gustaba nada trabajar en el campo, García se lo llevó con él. Rueda es producto de haberse formado con Pedro García. Y también de esa circunstancia exterior excepcional para la industria editorial argentina que fue la Guerra Civil Española. Al colapsar, la industria editorial española resigna el mercado latinoamericano. No sólo sufre el desastre económico de la guerra, luego, en la posguerra, prohibiciones y censuras. Se abre entre nosotros una oportunidad empresaria fenomenal que ve, entre otros, Santiago Rueda. Y lo que va a diferenciarlo es que “fue un comerciante al que no le daba lo mismo vender zapatos que vender libros”, como me dijo el hijo de Max Dickmann, que fue su asesor literario. Rueda es producto de un contexto cultural en el que la alta cultura constituía un núcleo de prestigio, de legitimación social, que hoy se ha perdido bastante.

P.: Es admirable que alguien sin una instrucción formal se convirtiera en un editor con un catálogo con las obras maestras de los más destacados autores de su tiempo.

L.P.: Ese es el gran misterio que busqué desentrañar en mi libro. Hablando con el hijo de Rueda, con el hijo de Dickmann, con René Palacios More, su último asesor literario, sólo llegué a meras conjeturas. Rueda contó con el buen asesoramiento de un periodista y escritor como Dickmann que viajó por el mundo, que hablaba varios idiomas, que conocía a Joyce, Proust, el nuevo realismo estadounidense, pero eso no explica todo. Tuvo olfato, intuición comercial, y al sentir que tenía una formación intelectual relativamente rudimentaria iba por los peces gordos. Se decía: voy a publicar a Joyce, nadie se atrevió a publicar su “Ulises”, y Borges tradujo apenas dos páginas. Fue muy arriesgado contratando traductores, elegía los que tenía a mano y cada tanto alguno de nombre. Se atrevió a publicar libros escandalosos en ese momento como “En busca del tiempo perdido” o el “Ulises”. Moralmente cuestionados, como “El amante de lady Chatterley”. Sufrió la prohibición de distribuir “Trópico de Cáncer” y el secuestro de “Sexus”, de Henry Miller, y un posterior juicio por obscenidad. Le gustaba trasgredir. Publicar lo “inaceptable” en el gobierno de Onganía lo enorgullecía. En ese emprendedor hay una microépica por donde se la busque.

P.: ¿El surgimiento en el siglo pasado de empresas editoriales como la de Rueda, formada por tres personas, se parece al florecimiento actual de pequeñas editoriales?

L.P.: Lo que se ha ido gestando en los últimos tiempos es una movida magnifica, pero proviene de gente de la cultura, mientras que lo de Santiago Rueda provenía de la “bohemia comercial”, de las charlas de café. Rueda se juntaba con otros comerciantes del sector, pero también con gerentes de grandes compañías, dueños de empresas, abogados, médicos como su amigo Florencio Escardó, para los que la cultura era un valor.

P.: ¿Una de las causas de la decadencia de la editorial de Rueda es que publicó grandes escritores extranjeros pero no escritores argentinos?

L.P.: La política editorial de Rueda hacia la literatura argentina y latinoamericana fue escasa, irregular, inconstante. Tuvo poco ojo para captar buenos escritores argentinos, y cuando en los sesenta cambió la marea y surgió el boom, Rueda no tenía autores para publicar. Podría haber sido el gran editor del realismo social en los cincuenta, cuando los escritores de esa corriente comenzaban a producir obras. No estableció relaciones, no le interesaron. No forjó un espacio de atracción para los nuevos autores. Ahí comenzaron a aparecer pequeñas editoriales que los cobijaron. Su decadencia editorial tuvo que ver con no haber tenido cierta coherencia respecto a la literatura argentina.

P.: ¿Cómo se le ocurrió la biografía de Santiago Rueda?

L.P.: Como un spin off casi obligado de “El traductor del Ulises”, mi libro sobre José Salas Subirat. Igual que en las series, cuando hay un personaje atractivo como para no dejarlo de lado se crea una obra que lo transforma en protagonista. Esto se une al interés los últimos años, sobre todo en el mundo académico, por el surgimiento de las editoriales en la Argentina. Me estimuló la aparición de la beca Boris Spivacow de la Biblioteca Nacional, que gané. Intensifiqué la investigación que hacía y busqué que lo que contaba fuera ameno, atractivo para un lector común, después de todo era el retrato de un aventurero, un tipo que dejó una marca en la cultura argentina, y supo enriquecer nuestro paisaje literario, por pura osadía.

P.: Ahora... ¿en qué está?

L.P.: Investigando una serie sobre escritores muy menores de nuestra literatura que murieron jóvenes. Para saber de nuestra historia literaria son más importantes los escritores del montón que los que innovaron, ellos muestran la marca de la época.

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