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Argentina nikkei: testimonios e historias de la inmigración japonesa

El libro "Una isla artificial", de Fernando Krapp, viaja e investiga las colonias de las distintas oleadas de japoneses que llegaron al país en el siglo pasado. Las crónicas bucean en la comunidad japonesa, con sus tradiciones, su forma de ser y su aporte único a la sociedad argentina.

Hace unas décadas, si alguien mencionaba a la comunidad japonesa argentina la referencia obligada eran las tintorerías, que sin falta estuvieron presentes en todos los barrios de Buenos Aires, conurbano y otras ciudades del país. Más hacia la actualidad, el imaginario viró hacia la gastronomía y puntualmente al sushi. De hecho, muchas tintorerías se transformaron en restoranes de esa especialidad.

Hoy día, ser descendiente de japoneses en Argentina conserva mucho de ese orden imaginado que asocia al nikkei (descendiente de japoneses) con la pulcritud y el orden, y suma otras especialidades como acupuntura, el idioma, el animé y el manga, la ceremonia del té, el paisajismo, etcétera. Integrados plenamente en la sociedad, segundas y terceras generaciones descendientes de aquellos pioneros que llegaron durante distintos períodos del siglo 20 se erigen embajadores de una de las culturas que más fascinó a Occidente.

Pero esa historia, la de los primeros colonos japoneses que vinieron a la Argentina por promesas muchas veces irreales, es bastante desconocida fuera de la comunidad. Esas anécdotas de viajes, trabajo duro, superación y sacrificio se entrelazan en un libro que se editó recientemente: "Una isla artificial" (Tusquets). Las crónicas fueron escritas por Fernando Krapp (Adrogué, 1983), un cineasta, periodista y escritor, que hizo un trabajo monumental en tres años al investigar fuentes, entrevistar a protagonistas y escribir el libro.

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En la foto de portada del libro, una familia de inmigrantes japoneses frente a su tintorería. El comercio, ubicado en Lomas de Zamora, aún funciona.
En la foto de portada del libro, una familia de inmigrantes japoneses frente a su tintorería. El comercio, ubicado en Lomas de Zamora, aún funciona.

Las diversas oleadas de inmigración japonesa son parte del relato de sus protagonistas o sus descendientes, en primera persona, en las que fueron las colonias de Mendoza, Misiones, el conurbano bonaerense. Los datos históricos se cuelan imperceptiblemente para encolumnar con firmeza un relato que pone especial énfasis en describir a los inmigrantes, su personalidad, sus gestos y manera de hablar. Allí hay rasgos de identidad japonesa que se entrevén tras décadas y generaciones en Argentina.

Los hijos de japoneses, y los japoneses que llegaron a la Argentina en sus diversas corrientes migratorias a lo largo del siglo XX, tienen una idea distinta de lo que es o fue Japón. Una diáspora se transforma en una pregunta por la identidad, una identidad que está en el limbo entre una tierra prometida y una tierra que se perdió", explica Krapp en el prólogo.

Además de las principales oleadas inmigratorias de los issei (primera generación), se ocupa de varios símbolos de la comunidad, como el Jardín Japonés, los floricultores, obviamente las tintorerías, el fuerte componente okinawense de la inmigración, las asociaciones japonesas argentinas, la gastronomía, y una larga lista de personajes rarísimos, los simpáticos y los antipáticos, también los graciosos, casi todos en general muy serios.

Por ejemplo, en un capítulo, el autor entrevista a Yasuo Inomata, un reconocido paisajista nacido en Japón, de 80 años, que vive y trabaja en Argentina desde su juventud. Él fue el diseñador original del Jardín Japonés. En los ochentas, con el cambio de gestión, su arreglo original del parque fue destruida y explica con irreverencia: "Ahora trucho todo eso. No más jardín japonés. Todo colorinche. Como cabaret".

Periodista: ¿Con qué prejuicio sobre la comunidad empezaste a trabajar el libro que después terminaste descartando por completo?

Fernando Krapp: El primer prejuicio es el clásico: que los japoneses son cerrados, en términos culturales, que les cuesta hablar, que mantienen un código secreto, o qué sé yo. Fue un prejuicio que, desde la Embajada, cuando acerqué este proyecto, fomentaron supongo que para no motivarme a que lo escribiera. Después uno encuentra de todo, claro, como en cualquier lugar; gente que quiere hablar, gente que es más reservada, gente que cuenta más, otra que menos, etc. Con los issei había una traba lingüística en relación a la lengua, pero Yasuo Inomata, paisajista y protagonista de una de las crónicas, es un gran hablador, a su modo.

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P.: Estuviste en campos en Mendoza y Misiones, en viveros del conurbano, tintorerías y parques. ¿Qué fue lo que más te movilizó de lo que viste?

F.K.: Viajar siempre es motivador. Cuando comencé me dije: para escribir tengo que poner el cuerpo y ponerme yo en movimiento. En parte, iba a tientas, buscando historias, o personas que me llevaran a alguna historia que tuviera algún giro dramático interesante. También estaba la parte histórica que debía cubrir al menos un siglo de nuestra historia, y algunos temas puntuales que el libro me parecía debía tratar. Más allá de eso, el encuentro con la Pepa Hoshi en su campo en Mendoza y el tiempo que estuve con Martín Higa en el monte misionero fueron clave; fue sentir eso de "acá hay una historia para contar". De hecho, con la Pepa me pasó que me fui de su casa hasta la Ciudad de Córdoba en un colectivo, pensando que encontraría algo ahí, y rápidamente volví a su casa arrastrado por una especie de fuerza mayor hasta Mendoza.

P.: ¿Qué punto en común hallaste de entre todos esos lugares a los que llegaron japoneses del más diverso origen?

F.K.: El trabajo con la tierra, en el interior. Muchos japoneses que emigraron desde Japón eran campesinos, sabían trabajar la tierra, pero acá se encontraron con condiciones demasiado hostiles y falta de recursos. El japonés, me dijo uno de los entrevistados, no sabe trabajar en extensión sino con parcelas, y acá el cultivo es de grandes extensiones. Por eso Hoshi, en Mendoza, o los Kairiyama en Misiones, comenzaron a formar colectividades; necesitaba de más gente que trabajara con ellos, y al mismo tiempo, que compartieran la misma idiosincrasia cultural. Claro que una vez que llegan, comienza la hibridación, las políticas económicas, los embates de los gobiernos, y la historia cambia.

P.: Siempre sobrevuela en el libro la idea de que el nikkei, al menos la primera generación nacida en el país, no se siente ni japonesa ni argentina del todo, que guarda un trauma. En cambio, sus hijos, la tercera generación, ya parecen sentirse del todo argentinos, ¿cómo ves ese tránsito? ¿Está culminado?

F.K.: Yo creo que sí, sobre todo en los nietos. Muchos nietos están interesados en las historias familiares o incluso en la cultura japonesa, incluso como modo de trabajo o de subsistencia, ahora que "lo japonés" está de moda. Pero las primeras generaciones sufrieron mucho la discriminación. Al ser una minoría, y provenir de una cultura tan diferente a la europea, las infancias de muchos chicos y chicas fue muy dura, comenzando por el calificativo de "chino" que obviamente no tiene nada que ver con un japonés. Hoy quizás, con las fiestas que se organizan en Colonia Urquiza, o los famosos Buenos Aires Celebra Japón, la cosa ha cambiado en términos culturales. Hubo otras corrientes migratorias, como la coreana, la taiwanesa y ahora la china, que han familiarizado al porteño europeo-normativo (para usar un término en boga) con las culturas asiáticas. Pero la confusión persiste, obviamente. Yo mismo cuando estaba empezando a investigar, caí en confusiones y probablemente lo siga haciendo también.

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La comunidad japonesa pasó años hasta que reconoció y comenzó a reclamar por los desaparecidos nikkei de la última dictadura militar. Hoy día el recuerdo está siempre presente.
La comunidad japonesa pasó años hasta que reconoció y comenzó a reclamar por los desaparecidos nikkei de la última dictadura militar. Hoy día el recuerdo está siempre presente.

P.: ¿Las tradiciones son cada vez menos y relegadas a días especiales?

F.K.: Dos crónicas quedaron afuera por falta de espacio. Una sobre una iglesia evangelista que se organiza en AJA todos los domingos y otra sobre el club de béisbol de Colonia Urquiza. En ambos casos me interesaba justamente eso; que lo que uno puede imaginar sobre "religión" en Japón está más asociado al budismo, y en verdad, hay una amplia mayoría de evangelistas. Y que si uno quiere saber cómo es el "Japón actual" no tiene que ir a ver una demostración de taikos (o sí, en esa música con tambores tradicionales japoneses encontrará una bella mezcla), sino a los hijos de los nikkei jugando al béisbol. Se trata de otro tipo de tradiciones y de cruzas (ambas relacionadas con la herencia norteamericana en la cultura japonesa del siglo XX), me interesaba ver qué fácil uno puede caer en lo que cree que es "lo japonés", cuando en verdad las tradiciones son un cambio permanente.

P.: ¿De qué manera la comunidad japonesa modificó, si es que lo hizo, la sociedad argentina? ¿Qué aportes descubriste? ¿Y en qué manera la Argentina los modificó a ellos?

F.K.: Yo no creo que los japoneses hayan modificado a la cultura argentina. En cierto modo, la argentina es una cultura de modificaciones y tránsitos, cruzas y mezclas, de la que la japonesa forma parte desde el comienzo del siglo pasado. Me llamó la atención descubrir eso; que los japoneses son pioneros en el conurbano sur y que gracias a ellos se fue generando un cordón urbano, primero con los polacos exiliados de la segunda guerra, y después con las migraciones internas durante el peronismo; los chaqueños y los santiagueños. Todos ellos iban a trabajar a las quintas de los japoneses que les daban techo. En ese sentido, los japoneses de Buenos Aires hicieron, digamos, su "aporte" a cierta cuestión estética relacionada con la limpieza de la ropa con el fenómeno de las tintorerías, único en el mundo y que hoy, lamentablemente, se encuentran casi en extinción o reformulación.

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Clase de shamisen, un instrumento de cuerdas tradicional de Japón.
Clase de shamisen, un instrumento de cuerdas tradicional de Japón.

P.: No hablan de la guerra, al menos no de cómo sobrevivieron esos años aquellos que estuvieron en Japón, ¿cómo fue la aproximación a ese tema?

F.K.: No me interesaba, la verdad, el relato de sobreviviente de guerra. Yasuo me lo dijo: "mucho escrito, vaya a libro". Me interesaba ver las consecuencias de la guerra en la cotidianidad. De hecho, en la crónica mencionada de los evangelistas, había un hombre, sobreviviente, que había quemado su butsudan (altar budista) y se había hecho evangelista, una religión mal vista en Japón, por estar asociada a los norteamericanos; me interesaban los síntomas más que el relato un poco cristalizado de quien viaja como sobreviviente de la guerra.

P.: Contame una anécdota de tus viajes.

F.K.: El lunes pasado, el día de mi cumpleaños, me sonó el teléfono. Reconocí la voz automáticamente; era Lidia Kotani, la hija de la Pepita Hoshi, de Real del Padre, Mendoza. No hablaba con ella desde hacía un tiempo y como muchas veces pasa en este oficio, uno va, mira, escucha, escribe y después se olvida. Pero Lidia me llamó, con un timing raro, sin saber que era mi cumpleaños, cosa que me pareció una señal esotérica y extraña, como todo lo que pasó alrededor de esa familia que se narra en el primer capítulo el libro. Me decía que se había enterado de la salida del libro. Le dije, un poco temblando porque nunca se sabe que puede despertar un texto de estas características, que pensaba enviárselo lo más pronto posible. Me llamaba también para decirme que la Pepa, su madre, había muerto el 8 de enero, de este año, a los 101 años de edad. De pronto, visualicé toda la secuencia; una mujer sola, en el desierto, en una casa de adobe, tratando de sostenerla de las ruinas, que me llamaba para hablar con alguien, para que alguien la escuchara un rato, para compartir una charla. Como la vez que fui y puse todas esas charlas en el libro. Un libro queda, me dijo un amigo hace poco y algo de razón quizás tenga.

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