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Ascenso al Obelisco: un mágico viaje al cielo porteño

Subir al ícono de la Ciudad permite tener la mejor vista de Buenos Aires. Para ello, hay que hacerles frente a 206 escalones.

Mientras los autos y los transeúntes viajan por la avenida 9 de Julio, algo sucede en su epicentro. Justo donde se erige inmenso el Obelisco un grupo de personas ubicada en su base estira las cervicales y mira hacia el cielo: impresionante se levanta este monumento ante los ojos de absolutamente todos ellos.

Lo curioso es que estos turistas porteños se preparan para ingresar al monumento, “escalarlo” y llegar hasta su punta, donde podrán apreciar lo que probablemente sea una de las vistas más espectaculares y emocionantes de la Ciudad de Buenos Aires.

La gran duda: si se puede subir a la Torre Eiffel en París o a la estatua de la Libertad en Nueva York, ¿por qué el Obelisco no está abierto al público? La realidad es que sus 67,5 metros (equivalentes a 22 pisos) no son tan fáciles de subir ni aptos para cardíacos, miedosos, claustrofóbicos...

Antes de arrancar la travesía, vale repasar un poco de su historia, porque ingresar a las entrañas de este gigante implica empaparse de su razón de ser, su construcción, sus críticas y aceptaciones. El Obelisco fue construido en 1936, en un tiempo récord de 31 días. Tal como lo tiene tatuado en su fachada, se alzó para celebrar los 400 años de la fundación de Buenos Aires, por parte de Pedro de Mendoza. Pero el proyecto fue bastante mal recibido: de hecho, estuvo a punto de ser demolido. Afortunadamente, sobrevivió a las críticas y malos tratos y hoy, unos pocos argentinos pueden contar cómo es por dentro.

Tras ingresar al Obelisco, es obligatorio colocarse un casco y un arnés. Una mínima escalera marinera separa la base de su cima. El objetivo se encuentra a 206 escalones. Afortunadamente, hay en el camino 7 bases de descanso.

No hay mucho por mirar en el interior del monumento. Dar cada paso en esa escalera se lleva toda la atención. El vértigo no aparece hasta tanto uno pispea para abajo. Algunos recuerdos de quienes han pasado por allí se aprecian en sus paredes. Una fuente de Guardia Civil cuenta que antes no estaba tan controlado y más de uno ingresó sin autorización plasmando su firma.

Tras varios pasos, en los que a veces se siente la fuerte vibración del subte, finalmente se llega a la meta. Con mucha emoción, parece una maratón que logró finalizarse. “¡Estoy dentro del obelisco, en su punta, a 67 metros de altura, esto es increíble!”, relata una de las afortunadas escaladoras. Allí están las 4 ventanas que toda la vida observó desde el auto o bien parada en la esquina de Corrientes y 9 de Julio. Sí, esos mínimos recovecos son los que invitan a apreciar a Buenos Aires como desde un avión. O aún mejor, porque desde el Obelisco se llegan a distinguir los más espectaculares monumentos y fachadas: a un lado, la avenida más ancha del mundo, coronada por la Embajada de Francia, mientras los autos van y vienen sin saber que alguien los observa casi desde el cielo. Al otro lado, el final de la vista es acariciada por el Río de la Plata. A la Plaza de Mayo también se la ve bellísima.

Entre otros, se distinguen maravillosas cúpulas y edificios como la Confitería del Molino, el Congreso de la Nación, el Palacio de Tribunales y el edificio Kavanagh. Además, desde esa cima hay un plano bastante más cercano del curioso chalet Diaz: se trata de una secreta casita construida en la terraza de un edificio en plena avenida 9 de Julio hace 90 años ¡Cómo no mirarla!

Luego de descubrir cada una de estas joyas porteñas, no queda otra opción que el descenso, que es un poco más fácil y llevadero.

Para su 80 aniversario, celebrado en 2016, el Gobierno porteño regaló como festejo la posibilidad a 80 vecinos de subir al Obelisco. Muchos lograron llegar hasta arriba mientras que otros se quedaron en el camino. Por ahora, no tienen planeado repetir la experiencia de abrirlo al público, pero tampoco lo descartan.

Historia del monumento

El Obelisco fue levantado en 1936 por el arquitecto argentino Alberto Prebisch.

En el lugar actual del monumento se encontraba la iglesia de San Nicolás de Bari, el lugar donde se izó por primera vez la bandera Argentina en el año 1812. Para su construcción y ensanchamiento de la lo que sería la Avenida 9 de Julio, el Gobierno de Buenos Aires decidió demoler la Iglesia y otros 100 inmuebles, lo que generó cierta polémica entre los ciudadanos.

Dos años después de su inauguración, se produjeron algunos desprendimientos del revestimiento, por lo que las placas de piedra debieron ser reemplazadas por revoque de cemento para prevenir nuevos accidentes.

Actualmente, el Obelisco es una de las postales más representativas de la Ciudad. El monumento es el ojo que todo lo que ve: desde manifestaciones, hasta festejos y encuentros. Allí, firme desde hace años en pleno centro porteño, sabe vigilar con su imponente estructura todo lo que sucede a sus pies.

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