Espectáculos

Aun sin su Leica, la mirada de Aldo Sessa es asombrosa

Se trata de obras de gran formato centradas en dos ciudades: Nueva York y Buenos Aires. La iconografía de ambas aparece en las imágenes, mezcladas con las obsesiones propias del artista.

La galería Maman inauguró hace unos días “Mi tercer ojo”, una exhibición de fotografías de Aldo Sessa (1939) tomadas con la cámara de su teléfono móvil. Por supuesto, no es que le falten cámaras para experimentar; Sessa posee una extensa colección que abarca casi toda la historia de la fotografía. Pero, frente a la inmediatez y el desafío de tomar con un simple celular imágenes de primer nivel con alta resolución, dejó de lado su Leica. La muestra es el resultado de una vasta producción.

Al ingresar a la galería se divisan más de 70 fotografías de gran formato; miden aproximadamente de dos metros por uno y están enmarcadas en la carcasa del celular. La selección, a cargo de Patricia Paccino, curadora de la muestra, presenta imágenes donde predomina el blanco y negro. Luego, el interés de Sessa está centrado en dos ciudades: Nueva York y Buenos Aires y, la iconografía de ambas aparece en las imágenes. Para comenzar, está la Estatua de la Libertad neoyorquina. Tomada desde un punto de vista extremadamente bajo, la foto tiene el color verdoso de la pátina y, los bordes plegados del manto ocupan el primer plano sobre la línea granítica del pedestal. Tan sólo dos detalles asoman en lo alto y permiten reconocer el monumento: un fragmento de la mano derecha izando la antorcha y tres pequeñas puntas de la corona de rayos solares.

El interés de Sessa por la estatua, se advierte al mirar el libro que recorre 60 años de su trayectoria, publicado por el Museo de Arte Moderno porteño el año pasado. Allí figuran las imágenes de la Estatua de la Libertad en blanco y negro tomadas en el año 1991, incluso una de ellas con el mismo punto de vista y encuadre. El imaginario de Sessa se nutre con sus propias obsesiones. A lo largo de la muestra se revela el gusto por las escaleras caracol, los autorretratos de su propia sombra y las rayas que proyectan las persianas configurando distintas abstracciones. Sessa vuelve una y otra vez su mirada sobre el edificio Chrysler y los museos, donde encuentra un público con actitudes cambiantes.

El ícono de Buenos Aires, el Obelisco porteño, aparece reflejado en un charco en medio de una vereda. Esta imagen y muchas otras más traen el recuerdo de los grandes maestros de la fotografía. ¿Cómo no recordar el gran charco de Henri Cartier Bresson que se convertiría en una de las fotos más famosas del mundo? Los reflejos se multiplican en toda la muestra: están en las distorsiones de los edificios vidriados, sobre un reluciente capot que replica los rascacielos de Nueva York o, en la araña del Colón, teatro donde nuestro fotógrafo trabajó cinco años. Las flores, tres Agapantos erectos, están emparentadas con las de Robert Mapplethorpe y, al igual que las que ornamentan el ingreso al Museo Nacional de Bellas Artes, parecen a punto de florecer. El universo de Sessa moviliza la memoria. La vidriera de una tintorería con la ausencia de una letra en el cartel lleva a evocar a los trabajos de William Klein y, en el plano local, los de Facundo de Zuviría. Allí están además los papeles enrollados como las flores de Walker Evans, las gotas de lluvia sobre la pantalla del celular y, muchas otras expresiones demostrativas de una inagotable cultura visual. Sessa exhibe su capacidad para citar y revisar el lenguaje de los clásicos, pero utiliza el ojo y la técnica de la contemporaneidad. De este modo, con los pasajes entre los diversos tiempos del arte, configura su juego.

Hay una foto con colores radiantes, “Plaza de perros” de Key Biscayne (2019). La curadora de la muestra establece una analogía entre estas obras de Sessa y el mundo soleado y amable que descubre David Hockney cuando llega a Miami. Georges Didi-Huberman habla del tiempo del arte, de “la admiración visual” y afirma que […] La gracia de la imagen suscita, pues, además del presente que nos ofrece, una doble tensión: hacia el futuro, por los deseos que convoca, y hacia el pasado por las supervivencias que invoca”. El propio Huberman cita la paradoja de Winckelmann cuando dice: “El único medio para llegar a ser grandes y, si es posible, inimitables, es imitar a los Antiguos”.

En estas últimas décadas, la fotografía, cambió aceleradamente de status y pasó a ser para los artistas un soporte más del extenso universo que proveen las nuevas tecnologías. La decisión de limitar el número de copias, aumentó la posibilidad de subir el precio, pero tuvo implicancias que superan las del mercado. De repente, comenzaron a surgir imágenes con el poder fetichista de las verdaderas “obras de arte”, con el aura que nunca habían tenido. Las ampliaciones que replican el formato de los cuadros de los grandes maestros de la pintura que pueblan los museos, suscitan esa “sensación irrepetible de una lejanía” (por cercana que se encuentre), la misma que Walter Benjamín le atribuye a las obras de culto.

“Entre los autorretratos destacamos uno en el que aparece reflejado sobre una obra de Lucio Fontana ya que la imagen posee una connotación autobiográfica: Fontana fue maestro de escultura de la madre de Sessa y éste la acompañaba a su taller cuando era un niño”, señala Patricia Pacino. Sessa Inició su formación en las artes gráficas en la imprenta de su padre. A los 17 años colaboró con el diario “La Nación” y luego con “La Gaceta de Tucumán”. En 1962, viajó a Los Ángeles para estudiar cinematografía con Sydney Paul Solow, donde descubrió la fotografía color. Su primer contrato como artista lo firmó en 1972 con la Galería Bonino. A partir de allí, realizó más de 200 exposiciones alrededor del mundo. La directora del Mamba, Victoria Noorthoon, trabajó junto a un equipo durante un año en el estudio del pasaje Bollini. Allí revisaron alrededor de 800.000 trabajos, uno por uno, para seleccionar los 700 exhibidos en 2018.

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