El país que quiere crecer sin crecer

Autos

El largo enero terminó. La sensación que quedó en el sector es la de haberse cumplido el peor de los pronósticos. Si bien -dicen- las comparaciones son odiosas, a veces son también inevitables y, en ese juego, hay que remontarse tres lustros atrás para encontrar una situación parecida. ¿Peor?

Suena el teléfono y del otro lado de la línea se escucha una voz enajenada.

Esto es terrible. Creo que esto es más grave que lo que sucedía en 2004 o 2005. En aquel momento estábamos en crecimiento. Ahora, no se sabe dónde está el piso.

El dueño de una concesionaria de Santa Fe no podía hacer otra cosa que lamentarse por la situación de su actividad. Más allá de los números fríos, la preocupación mayor entre los empresarios es que no se vislumbra una salida en el corto plazo. La asunción de un nuevo Gobierno, que siempre genera una expectativa positiva, esta vez no llegó hasta el momento a mostrar un cambio. Al contrario. El duro golpe impositivo a la clase media y media alta es una pésima señal para las expectativas. Imaginar un mercado de menos de 400.000 unidades, como ya vienen haciendo desde hace unas semanas en la asociación que agrupa a las concesionarias (ACARA), es un dato muy serio. Hay 12 fábricas instaladas en el país y más de 20 marcas importadas. Es una torta muy chica para repartir entre tantos invitados. A esto se suma que la exportación -el 80% del negocio teórico de una terminal- no está siendo el salvavidas que muchos esperaban. Brasil crece lento y, encima, el consumo se está volcando a vehículos que la Argentina no produce. Son estos sectores con poder adquisitivo los que consumen autos, los que movilizan la demanda y sostienen la actividad. Se puede argumentar que hay problemas más prioritarios que lo que sucede en un rubro que vende productos cuyo valor está por arriba del millón de pesos. Son pocos los modelos que están quedando por debajo de esa frontera. Pero esa sería una visión engañosa, parcial, miope. Una economía no puede funcionar si se mira todo por el cristal de las necesidades básicas y lo demás se desecha. Peor, se lo castiga. La tarjeta alimentaria puede ser de gran ayuda para sectores en situación de extrema delicadeza, pero una política global no puede resumirse sólo a eso. Cuando la parte de la población que puede acceder a otros bienes no lo hace, también es un problema. Hay toda una cadena de actividad que se rompe.

Con igual volumen de mercado que hace 15 años, antes ganábamos plata. Hoy son todos problemas, no tenemos rentabilidad, nos matan con las tasas, con los impuestos, estamos perdiendo fortunas -continuó su queja el dealer-.

Podría tomarse este caso como algo menor. Ante un chico que sufre por hambre, ningún reclamo empresarial parece tener valor. Sin embargo, hay algo que los une. Tanto uno como el otro necesitan que el país crezca y va a ser difícil solucionar los problemas más urgentes si los que invierten para ganar plata no lo hacen. Algunos quebrarán, otros levantarán el negocio a tiempo y buscarán otros rumbos; la consecuencia es la misma. No habrá crecimiento. La inviabilidad del mercado automotor, tal como está hoy -con precios exorbitantes, impuestos desmedidos, costos de mantenimiento imposibles de afrontar-, es una muestra de lo que sucede en otros sectores. También es una alerta para comprender que un país no se recupera si la política no tiene el equilibrio necesario para atender los problemas de todos (todas, todes, todxs o como quieran llamarlo como si, en la Argentina de crisis actual, este fuera un problema importante para que funcionarios pierdan tiempo en semejante debate).

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