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Cabezón Cámara: "Encontrar algo de belleza es una posición política"

La autora celebra diez años de la publicación de "La Virgen cabeza", su novela debut, relanzándola junto a le editorial Sudamericana.

En 2009 Gabriela Cabezón Cámara irrumpió en la escena literaria con “La virgen cabeza”, una novela áspera donde conviven la marginalidad con una poética profunda y musical. Diez años después, y ya consagrada como una de las plumas más importantes del país, la autora se hace un espacio para hablar con Estilo A sobre la reedición de su opera prima, una obra que, según afirma, la animó a “arriesgarse a ir por otra cosa”.

Hace diez años publicaste “La Virgen Cabeza”, ¿cómo te llevas hoy con esa novela?

Gabriela Cabezón Cámara: Me siento lejos, pasó un montón de tiempo. Soy otra persona, un poco más tranquila. El laburo que fui haciendo con la lengua sí tiene que ver con lo que había en La Virgen, hay una evolución con respecto a eso. La novela me sigue gustando mucho. A veces, por algún motivo, veo citas y pienso que estaban bien. Esa relación tengo. Hace poco leí una frase del libro que dice que “nadie se salva de un naufragio porque los que se hunden están muertos y los salvados viven ahogándose” y pensaba que está bien, suscribo completamente. Me gusta la mezcla de registros que tenía, una cosa musical. La siento completamente propia.

¿Cómo convive con lo que estás haciendo ahora?

G.C.C.: Estoy haciendo otras cosas y tengo preocupaciones distintas, pero esas cuestiones me siguen interesando. Tanto la cumbia como la cosa loca del conurbano, de tener un country y al lado una villa que se cae a pedazos, algo grotesco e hiperviolento. Es una cosa opresiva y feroz. Acabo de llegar de Berlín y no está eso, no se nota, y si no se nota es que no está, o que es menos espantoso. Esa violencia estructural me sigue interpelando. Ahora con el gatillo fácil, que volvió a estar en boga, me interpela un montón, aunque no es sobre lo que estoy escribiendo.

La Virgen es una obra muy áspera, donde la marginalidad cumple un rol central, ¿cómo acompañó el contexto en el que la escribiste?

G.C.C.: Es una novela que empecé a escribir en 2004, creo que tiene que ver con el fin del menemismo. Tiene cierto delay porque salió un montón después. A mí me impresionó mucho el menemismo. En 1995 vi por primera vez una familia durmiendo en la calle. Antes había visto gente más rota o loca, que tampoco tiene que estar en la calle, pero eran más personajes. Acá vi una familia entera, que no tenía nada. Eso me impactó fuertísimamente. Después vino el experimento de la Alianza, que terminó más rápido y desastrosamente, tal vez peor. Todo eso me impactó mucho.

Virgen

¿Cómo se conjuga la poética con esa rispidez?

G.C.C.: La violencia dentro La Virgen está en la coexistencia de muchos registros de lengua. Hay algo con mezclar registros del renacimiento italiano con “Laura, se te ve la tanga” que, si bien se ensambla y hace una música, también raspa; es violento porque es muy distinta una cosa de la otra. Hay una tensión. La estructura de esta novela es la de La Odisea, que ahora suena súper sofisticada y antes era re popular; era lo que los tipos cantaban en las plazas de los pueblos y con eso conseguían plata. Eran como una suerte de Tinellis contemporáneos (risas), salvando todas las distancias. Elegí esa estructura primero como un homenaje porque me encanta La Odisea, y después porque permite la plasticidad de tiempos: podés empezar en la mitad, en una isla, e ir para atrás y para adelante. Te permite empezar por un lugar que no sería el punto cero de la historia sino como una meseta.

Las problemáticas de género, el travestismo y las familias disfuncionales son algunos de los temas de la novela. Hoy esos tópicos se debaten en la opinión pública, ¿los sentías como cercanos en 2009?

G.C.C.: Siempre las sentí. A los 17 tenía una amiga travesti, Paula. Ella tenía 15 y sus amigas también. Yo las amaba. Eran muy divertidas, había algo de muchísima vitalidad en su manera de encarar la vida, que era durísima. Todas habían sido echadas de sus casas. Ella decía que los padres la estaban buscando. No era cierto. Por el mero hecho de ser travesti te ponían un edicto, ibas en cana una vez, dos, tres. A la quinta te comías una temporada presa. Imaginate una niña de 15 años en una cárcel de varones. Si la hubieran estado buscando la hubieran encontrado. Era muy triste pensar en una niña que creen que la están buscando. A la vez, tenían mucho humor; nos divertíamos mucho. Vi cosas tremendas también. Los policías las violaban, preferían eso antes que ser violadas por toda una cárcel. A mí nunca me pareció algo tan raro, ni tan marginal. Lo era por el lugar social que se le daba, pero no para mí en mi vida. Es un homenaje también.

¿Qué te pareció la recepción que tuvo el libro entre el público?

G.C.C.: Estoy muy agradecida por las lecturas que tuvo. Me permitió posicionarme de otra manera en mi vida. Me animó a arriesgarme a ir por otra cosa, a salir de un lugar donde no quería estar. A veces lo que te contiene te ahoga. Salí de un lugar donde tenía un sueldo y un doble aguinaldo, pero un montón de cosas que no me gustaban. Pude lanzarme a un proyecto más personal, sin jefes. No sé qué voy a hacer cuando me jubile, pero por ahora estoy contenta (risas). Me la pude jugar gracias a La Virgen Cabeza.

¿Hay factores en común entre La Virgen y Las aventuras de la China Iron, tu última novela?

G.C.C.: Desde otro lugar, ambas trabajan sobre la misma matriz. Me parece que Las Aventuras de la China Iron tiene un ritmo más pausado, que se detiene mucho en la descripción de la naturaleza. Es una novela que narra peripecias, que narra la luz; el cielo de la pampa, las estrellas. Que piensa otro tipo de vínculos más expansivos. Hay vínculos con animales, tiene una lírica un poco más de detenerse en detalles. La Virgen es una vorágine. Es feroz, veloz. Tienen una música distinta. Me gusta tratar de sentirme interpelada por otras cosas. Estamos en un mundo horrendo, pero también es una posición política encontrar algo de belleza, porque si nos tienen deprimidos, cagados de miedo, nos ganaron.

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