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Caracas, el "paraíso" de los venezolanos que viven en el interior

Los apagones convirtieron a las capitales provinciales como Maracaibo en ciudades fantasma, y obligan a sus habitantes a huir.

Caracas - En la oscuridad, Triztan hizo maletas guiado por la débil luz del celular. Sin dinero para irse de Venezuela, escapó a Caracas del caos desatado por meses de apagones en Maracaibo. La capital es percibida como un “paraíso” por venezolanos del interior asolados por el colapso de los servicios, con racionamientos eléctricos de 12 horas diarias, o más, que interrumpen el bombeo de agua e infartan la actividad económica.

“La situación (en Maracaibo) es horrible. En las noches no podía dormir por el calor, me quedaba despierto hasta la madrugada esperando que llegara la corriente”, dice Triztan, de 21 años, aliviado pese a vivir ahora en una de las capitales más violentas de Latinoamérica.

Calles sucias y dañadas, comercios cerrados, escasez de gasolina y transporte público, semáforos apagados y carros viejos atestiguan la postración de la otrora pujante capital petrolera, donde el calor húmedo asfixia.

Los apagones, que expertos atribuyen a falta de mantenimiento y corrupción y el Gobierno a “sabotajes”, alientan “desplazamientos” hacia Caracas, explica Jorge Govea, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad del Zulia.

“Maracaibo es prácticamente una ciudad fantasma”, afirma Govea, quien ha comenzado a documentar estos movimientos que, según el presidente de la Cámara Inmobiliaria, Carlos Alberto González, “están lejos de ser masivos”.

El venezolano Triztan Rodriguez empaca su maleta durante un corte de luz en Maracaibo para migrar a Caracas el 15 de agosto de 2019. El joven, que aún no termina la secundaria, saborea el placer de dormir una noche completa, algo imposible con apagones, temperaturas de 40 grados y el acoso de mosquitos transmisores de dengue.

“La situación es precaria”, relata Griselda González, que viajó 14 horas en autobús desde Caracas, donde reside hace dos años, para buscar a Triztan, su único hijo. “Vivía deprimido, llegó a decirme que se quería morir”.

De paso, añade, la comida es más cara en Maracaibo que en Caracas, donde igual resulta impagable para muchos por una inflación que cerraría 2019 en 1.000.000%, según el FMI.

Quienes se mudan lo hacen porque “tienen un ancla económica o familiar” y evitan seguir el camino de los 3,6 millones que emigraron desde 2016, comentó Luis Vicente León, de la firma Datanálisis.

“Caracas es el lugar donde hay agua y luz”, añade, apuntando que el fenómeno es difícil de medir.

González aclara que no es “migración interna”, sino movimientos puntuales que aumentan en momentos críticos. Muchos regresan.

Una corredora inmobiliaria con tres décadas en el negocio reporta una mayor demanda de alquileres baratos en Caracas por parte de habitantes de Maracaibo.

Ante la devaluación del bolívar (49,3% solo en el último mes), los arriendos se negocian en dólares, un lujo que Triztan, albergado por una familia amiga, no puede darse con un salario equivalente a ocho dólares.

La aparente normalidad caraqueña, interrumpida por cortes esporádicos que paralizan el metro, su principal medio de transporte, incluye una mayor oferta de productos que hace olvidar estantes vacíos.

Pero esta “ilusión puede ser efímera, ya que si le metemos más gente a Caracas habrá más racionamientos por el estrés del sistema”, declaró Aguilar.

Antes de trasladarse de Maracaibo a Caracas, Ana Parra completaba siete meses sin agua, servicio valorado negativamente por 84% de sus paisanos, según el privado Observatorio de Servicios Públicos.

Politóloga de 22 años, saltó de emoción cuando una firma consultora la contrató.

Ahora vive en el acomodado este de la capital y recibe parte de su salario en dólares, estrategia con la que algunas empresas intentan frenar la diáspora.

“Caracas muestra una normalidad increíble, es como otro país, siento como si hubiese emigrado”, cuenta la joven, para quien esta “burbuja” no representa la agónica realidad de ciudades como Maracaibo, donde 500 negocios fueron saqueados durante apagones que paralizaron el país en marzo.

Triztan presenció atónito cómo una turba arrasaba el supermercado donde llevaba dos días trabajando. “Volví a quedar desempleado”, recuerda.

Un 36% de las 350 empresas de Maracaibo prevé cerrar este año, según la Cámara de Comercio local.

Ana ve a su país como “laboratorio” ideal para su profesión. Por eso se resiste a emigrar.

Si bien Triztan dejó atrás sus noches en vela, el salario que aún no cobra se devaluó 32% en la primera semana de trabajo en una pizzería. Aún así, está animado. “Mi calidad de vida ha mejorado, a Maracaibo no regreso”.

Agencia AFP

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