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Casi radiante pero también obvia con celeste y blanco

Blanca como una novia y para colmo en el centro de la escena, pues todas las miradas estaban puestas en ella. Así estaba Cristina de Kirchner en el acto central para el Bicentenario de la Revolución de Mayo, con el «no color» a cuestas, que habitualmente se utiliza para el inicio de algo importante. Ya es su tradición, siempre opta por el tono neutro cada vez que enfrenta situaciones trascendentes, como cuando asumió la presidencia en diciembre de 2007. Completó con un abrigo turquesa de terciopelo italiano con puños bordados con piedras blancas y celestes, que la abrigó para caminar hasta el Cabildo y de allí al palco de la avenida 9 de Julio. Combinación esperable para festejar el cumpleaños de la patria.

Todo un mérito que se haya mostrado radiante, después de estar subida a más de diez centímetros de taco desde la mañana. Una lástima que aunque los zapatos eran del mismo tono que el vestuario, los tacos incaminables de Cristina de Kirchner no acompañaban la misma delicadeza, ya que eran de madera y deberían haber estado forrados.

Engamada con el lugar de la cena, apareció en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno. Ese lugar (donde juran los presidentes) lo eligió ella hace un par de semanas co-mo salón comedor, algo que fue comentado por lo bajo por otros políticos como una irreverencia. A propósito de la cena, para festejar la fecha patria se convocó a un cocinero francés; nada de empanadas, ni locro, ni carbonada ni mazamorra. Esos platos, aunque típicos de 1810, no son tan «fashion» como el mousse de maracu-yá y el cordero patagónico, más de los paladares del siglo XXI.

Moderna, con el blanco resaltaba Cristina de Kirchner entre tanto varón de traje oscuro. Al mediodía llamó la atención en el tedeum, en la Basílica de Luján, con un vestido de raso champán que de tan brilloso resaltaba ante la sobriedad de la mayoría de los presentes. Lástima que al mismo tiempo se la veía deslucida con ese tono triste que contrastaba con la abundancia de maquillaje. La que sí logró destacarse por su elegancia fue Karina Rabolini. La esposa de Daniel Scioli hace honor a sus años de maniquí, calzando prendas que resaltan sus curvas. A lo Jackie Kennedy, vistió un tapado con corte imperio en celeste de mangas tres cuartos y por debajo una falda tubo que completó, cabello recogido, con stilettos de taco aguja y sobre de nobuk al tono. Sobrio, pero chic.

Otra que acertó con el vestuario fue Nilda Garré, aunque siempre llamativa. La ministra de Defensa apareció con un vestido de seda rayado en azul marino y rosa viejo, con chaqueta abierta de nobuk de este último tono. Se excedió con las uñas pintadas de rojo furioso, pero al menos vistió acorde con la situación. Además, exhibió la «escarapela del Bicentenario», esa flor de pétalos celestes y blancos con centro amarillo tan grande que la hace parecer un huevo frito y que estrenaron todas las damas para la fecha patria. Como Alicia Kirchner, que además se puso un sombrero que poco la favoreció dentro de la iglesia.

Dudoso gusto

El vestuario de la ministra de Desarrollo Social merece párrafo aparte, por ser de dudoso gusto y aires de realeza, con color oscuro (azul marino) y textura bri-llosa, con detalle de pluma de avestruz en el pecho y ese sombrero en pico, como usan las reinas y princesas europeas, tirado para un costado. Lejos todo de la elegancia.

Mejor suerte corrió la nueva primera dama de la Ciudad de Buenos Aires, Juliana Awada, no en Luján, sino en el tedeum de la Capital Federal. Claro que la novia de Mauricio Macri corre con ventaja, es una profesional de la moda, diseñadora de la marca de indumentaria que lleva su apellido. Acompañó a su pareja en la Catedral porteña con falda gris con estampado de arabescos, top camel de hilo con escote profundo y saco sastre sin solapa, escote en «V», todo de su creación. Desprovista de joyas, puso el acento en su maquillaje suave y el peinado recogido.

Néstor Kirchner le hizo caso a su esposa y también eligió llevar los colores de la bandera en su vestimenta. Usó una corbata celeste con lunares blancos y detalles en azul. Pero no fue el único político al que se le ocurrió llevar «corbata patria». El ministro de Economía, Amado Boudou, el jefe de la bancada oficialista en Diputados, Agustín Rossi, José Pampuro, Eduardo Fellner y hasta Macri y Horacio Rodríguez Larreta complementaron sus camisas ayer con un toque celeste y blanco.

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