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Cecilia Fanti: "Para escribir sobre el dolor físico hay que fracasar y fracasar mejor"

Cecilia Fanti empezó a escribir La Chica del Milagro cuando todavía estaba rota. Sus páginas, tan precisas como poéticas, narran el "punto de giro" de su propia vida: cuando una mañana de 2012 es atropellada por un auto que la hace volar por los aires para después caer y los 35 días de internación que le siguieron en los que los médicos, con más dudas que certezas, se debatían cómo iba a seguir la historia de la protagonista, que ante la espera de un pronóstico debía verlo todo en posición horizontal.

Pero esta novela dista de ser la documentación de un acontecimiento médico, sino que indaga en la femineidad cuando un cuerpo no puede moverse por sí mismo; en cómo las curvas se moldean por un corset ortopédico; en la manera en que un vehículo no sólo impacta en el accidentado, sino también en los afectos y en cómo padre, madre y novio se acomodan a sus nuevos roles como piezas de ajedrez. Incluso en cómo un profesional encargado de su rehabilitación la apodó "la chica del milagro".  

"Sufrí una fractura con desplazamiento de una vértebra. La médula, que corre por el medio de los discos, estaba comprometida. Cuando el disco se rompe, en general corta la médula entera de forma transversal. Pero en mi caso, el disco estalló en muchos pedazos que quedaron desperdigados en distintos lugares y rodearon la médula, que estaba comprometida porque algo se había roto, pero no se había cortado del todo", detalló Fanti tras una pregunta de ámbito.com. Hoy, sin secuelas visibles de ese día, relató que la prótesis que abarca cuatro vértebras se hace sentir en los días de humedad y con los cambios abruptos de temperatura. A medida que sanaba, armó su libro con textos independientes que se unieron en un debut que es también una novela que le escapa a los lugares comunes.

Periodista: ¿Cuándo empezaste a escribir La chica del milagro?

Cecilia Fanti:
Empecé en octubre del 2012, tres meses después de salir del sanatorio, cuando quedé internada en la casa de mi mamá. De todas las actividades que tenía, la única que retomé fue un taller de narrativa con Santiago Llach. Allí quise buscar las palabras para contar lo que había pasado, porque sentía que al haber tanto cuerpo faltaba el relato. Los primeros textos fueron como un vómito, pero después ganaron en artificio. Ya no eran anécdotas, sino textos literarios. Sin embargo, nunca los había pensado como unidad. Una carpeta albergaba lo que escribí por cuatro años y esos textos estaban desorganizados, no tenían un orden. Así fue hasta que recibí la propuesta de la editorial Rosa Iceberg de convertir esos textos en un libro. Y con su cierre recién dejé de contar lo que había pasado.

P.: ¿Cuándo sentiste que tenías un libro más allá de la experiencia?

C. F
.: Escribí el texto que inaugura el libro para una maestría. Se lo mandé a una amiga, que me dijo "esto está buenísimo" y me pidió permiso para mandárselo a otra amiga suya, que estaba armando una editorial. Pasaron los meses hasta que me escribió Marina Yuszczuk, de la editorial que comparte con Emilia Erbetta y Tamara Tenembaum, preguntándome si tenía más textos como ese. Le dije que sí, pero que estaban desorganizados. Y ahí nos empezamos a juntar con las chicas y a trabajarlo como libro, a descartar material y agregar a algunos nuevos fragmentos que escribí hasta diciembre del año pasado.

P.: Dentro del libro hay textos poéticos. ¿Fue una elección dejarlos?

C.F.: Sí, fue una elección en la cual no confiaba al principio. Yo le había contado a Marina que había una serie de poemas que yo quería mucho a pesar de que al lenguaje poético lo transito menos que a la prosa. Ella entonces me dijo "veamos cómo funciona, porque me apenaría mucho que por formar un texto homogéneo termináramos perdiendo algo de todo eso". Cuando los leímos en conjunto funcionaban muy bien, y también era acertado que aparecieran más hacia el final, donde el libro se volvía más esperanzador y luminoso.

P.: ¿De qué te cuidaste a la hora de escribir el libro?

C.F.: Al principio quería narrar para saldar una deuda y hacer justicia con la escritura por lo que había pasado. Eso me trababa mucho porque todo el tiempo contraponía el relato con la realidad. Por suerte la escritura se autonomizó y dejó de querer saldar esa deuda. El relato empezó a estar al servicio de sí mismo y no a ser una copia de los hechos. También al principio tenía pudor porque había muchas personas conocidas involucradas en el texto, como la familia, los médicos y mi novio de aquel momento. Yo no quería que nadie saliera lastimado, por eso no sabía si dejar los nombres reales o no. Hasta que en un momento me tuve que decir "esto es un libro, no la vida".

P.: Escribiste sobre el dolor, por más que el dolor sea una experiencia intransferible. ¿Cómo lo lograste?

C.F.: Fue un proceso de fracasar y fracasar mejor, descubrir que a veces para narrar el dolor se empiezan con los lugares comunes como "uno ve estrellitas" y de a poco, tras atravesar esa sensación y los miedos, ocurre lo increíble de convertirlo en un objeto estético o poético, hacerlo a hablar con otros registros, como el de los colores, las texturas, los olores. Y es un desafío porque ponés a trabajar un imaginario para narrar algo tan propio, pensar en cómo decir "me duele mucho", sin escribir "me duele mucho". Me ayudaron muchos textos de Susan Sontag y de Sylvia Molloy. Fue un trabajo de mucho tiempo, de leer, escribir y romper.

P: En tu primer libro narraste una experiencia muy tuya y fuerte. ¿Tenés miedo de que este libro, al ser tan propio e importante te condicione para escribir los próximos?

C.F.: Ahora estoy trabajando en un libro que no tiene nada que ver, que es una ficción 100%. Los lectores que puedo tener hoy, que se sientan interpelados por la literatura del yo, con la experiencia con la femeneidad y con el cuerpo pueden llegar a decir "¿qué es esto?" y preguntarse si la escritora es la misma que la de La chica del milagro. Pero yo no elegí que libro iba a escribir, sino que el libro me eligió a mí. Claramente si lo del accidente no hubiese pasado, mi primer libro podía haber sido cualquier otro, ero la historia se impuso. En este momento me cuesta escribir, más por la emoción tras un lanzamiento. Pero espero que no, condicione mi manera de escribir. Trato de que eso no me asuste, aunque algunos días no puedo evitarlo. De hecho, (el escritor) Rodrígo Fresan me preguntó "¿vas a seguir escribiendo sobre vos?" Al contestarle que no, él me dijo "menos mal, porque eso es un riesgo muy grande".

P.: La escena de la elección del título es muy bella. Pero más allá de esa idea, hablaste sobre una atención médica de calidad. ¿Pensaste de antemano en el contraste entre el título con la palabra milagro y el rol de quienes te atendieron, por más que esa palabra haya salido en el marco de una rehabilitación?

C.F.: El título también se impuso porque al principio el libro iba a llamarse "Diario de Cama". Mis editoras lo recibieron con ese nombre, pero cuando lo empezamos a trabajar notamos que, al estar de moda la literatura erótica, podía confundirse con ese género a priori en una búsqueda de internet. En un "ping pong" salió La chica del milagro y ya no pude pensar en otro título. Había un texto que no quedó en el libro que hablaba de ciencia y religión, de ciencia y fe y de cómo habían tenido su romance en esos 35 días en que mi vida se debatió en que todo saliera bien o mal. Los médicos fueron fundamentales y la frase incluso surge de los diálogos de la rehabilitación, que me hicieron ver que mi salida era anómala. Yo era la que pudo salir, la excepción, pero también era la excepción que confirmaba la regla, y eso es durísimo. Existía un riesgo muy fuerte en la escritura que constaba en fantasear con lo que podría haber pasado, que es infinito. Si hablaba de esas fantasías, mi novela hubiese tenido golpes bajos y eso hubiese sido muy injusto para las las personas que tuvieron accidentes similares. Entonces, de alguna manera, me dije "vamos a poner lo que pasó al servicio de una ficción más luminosa". Es cierto que en las primeras escrituras experimenté como cierto regodeo en el dolor, en la pregunta sobre cómo se sale de esto. Y la verdad es que se sale saliendo y se escribe escribiendo.

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