Ambito Nacional

Cerró extenuante calendario electoral de últimos 25 domingos

La decisión de los gobernadores de provincializar las batallas locales se tradujo en una abrumadora seguidilla de comicios que arrancó el 27 de enero.

La extenuante seguidilla de elecciones provinciales y nacionales, que se inició con el plebiscito de La Rioja el 27 de enero, finalizó ayer con la renovación de gobernador en Salta y de intendentes en otros dos distritos, cerrando de esta manera un cronograma que consumió, nada más ni nada menos, que 25 de los 52 domingos del año.

No es un cálculo menor, sobre todo si se tiene en cuenta el sofocante clima electoral que se vivió de punta a punta del país en medio, además, de una crisis económica y política de magnitud.

El goteo de resultados a gobernador que había comenzando a alumbrar en Neuquén cerró ayer y selló el esquema con el que Alberto Fernández deberá gobernar a partir del 10 de diciembre.

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La decisión de la mayoría de los mandatarios de separar sus elecciones de las nacionales explicó aquella obligación de resguardar el poder local, incluso si eso significaba desoir el pedido explícito en sentido contrario del propio Presidente, como ocurrió con Jujuy y Mendoza. En esas provincias, Gerardo Morales primero, y Alfredo Cornejo después (este último caso, sin reelección aseguró la continuidad de Cambia Mendoza de la mano de su delfín Rodolfo Suarez) blindaron la permanencia en el poder del radicalismo por otros cuatro años más, un envión que también había logrado un año atrás -en calendario desfasado por intervenciones federales- el correntino Gustavo Valdés.

Más allá de sus particularidades, los distritos peronistas, Formosa, Entre Ríos, La Pampa, Tucumán, San Juan, San Luis y Chaco, no tuvieron mayores inconvenientes para asfaltar el camino de la continuidad. Aunque en muchos de esos casos hubo dispersión de peronismos, los actuales mandatarios pusieron en práctica el plan de “voto acorazado”.

Esa misma estrategia buscaron replicar muchos de los intendentes de las grandes capitales del país, batallas que se tradujeron en verdaderas pruebas de fuego también para el peronismo y el radicalismo en bastiones clave como las ciudades de Paraná, Santa Fe y Córdoba, entre otras.

A nivel gobernador, el detalle y la diferencia lo hicieron aquellos oficialismos que se autodenominan “provincialismos”, algunos con mayor historia política como el Movimiento Popular Neuquino y el Frente Renovador Misionero, o el novel Juntos Somos Río Negro, pasando por el exradicalismo K del Frente Cívico de Santiago del Estero; y Chubut Somos Todos, engendro pergeñado por el gobernador Mariano Arcioni. Todos apostaron, en mayor o menor medida, a la prescindencia en términos de alineamiento nacional explícito, una fórmula exitosa para despegarse de los algoritmos de los partidos políticos mayoritarios.

Una lógica a la que también adhiere el peronista cordobés Juan Schiaretti, quien tras la muerte de José Manuel de la Sota aseguró el destino del poder mediterráneo con Hacemos por Córdoba, una expresión local alejada del kirchnerismo con suficiente poder de fuego propio para garantizar la gobernación por cuatro años más neutralizando al histórico radicalismo cordobés, cuyo mayor referente es hoy el diputado nacional y excandidato a gobernador, Mario Negri.

La lógica de triunfos de los oficialismos se quebró el 16 de junio en Santa Fe. Aquel día, el socialismo que gobernaba desde hacía 12 años cayó derrotado ante un peronismo que, pese a haber definido a su candidato Omar Perotti en una Primaria con María Eugenia Bielsa, llegó a las urnas dando una muestra de unidad que sería el preámbulo del capítulo nacional que coronó en las PASO del 11 de agosto. Ese mismo domingo, Tierra del Fuego también frustró el plan de continuidad de Rosana Bertone: alineada con el kirchnerismo, no pudo reelegir y terminó derrotada a manos del radical K e intendente de Río Grande, Gustavo Melella

Lo que siguió a esas elecciones fue la síntesis de una expresión mayúscula en términos de política territorial. A la luz de la marabunta surgida por la derrota de Mauricio Macri ante Alberto Fernández, y de la caída de María Eugenia Vidal en Buenos Aires, los gobernadores cercaron su perímetro y radicalizaron la necesidad de provincializar todavía más los procesos electorales venideros.

Desde diciembre, Alberto F. deberá comenzar a redactar el reglamento de un nuevo juego de vinculación con los gobernadores, más allá de la “fraternidad” que lo acompañó a lo largo de los meses de campaña.

Por eso nadie tiene dudas a esta altura que lo que se viene es un tiempo de fricciones, acuerdos y negociaciones, tan extenuante como el año electoral que terminó ayer.

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