Ambito Nacional

Cierra extenso calendario desdoblado y completa nuevo mapa de gobernaciones

La necesidad de asegurar el poder llevó a la mayoría de los mandatarios a despegar su elección de la nacional. Desafío: coparticipación y medidas urgentes.

Hasta el 16 de junio todo venía saliendo dentro de lo previsto. En el calendario desdoblado que había arrancado el 10 de marzo con la elección a gobernador en Neuquén, los oficialismos locales repetían una tendencia empírica de triunfo seguro.

Pero aquel día de junio Santa Fe fue la excepción y el socialismo, que gobernaba desde hacía 12 años, cayó derrotado ante un peronismo que, pese a haber definido a su candidato Omar Perotti en una primaria con María Eugenia Bielsa, llegó a las urnas dando una muestra de unidad que sería el preámbulo del capítulo nacional que coronó en las PASO del 11 de agosto. Ese mismo día, además, Tierra del Fuego también quebró la lógica de triunfos oficialistas: Rosana Bertone, alineada con el kirchnerismo, no pudo reelegir y terminó derrotada a manos del radical K e intendente de Río Grande, Gustavo Melella, un seminarista salesiano. En una punta y otra del país la política se sacudía la modorra.

Lo que siguió a esas elecciones fue la síntesis de una expresión mayúscula en términos de política territorial. A la luz de la marabunta surgida por la derrota de Mauricio Macri ante Alberto Fernández, y de la caída de María Eugenia Vidal en Buenos Aires, los gobernadores cercaron su perímetro y radicalizaron la necesidad de provincializar todavía más los procesos electorales venideros.Ese goteo de resultados que había comenzando a alumbrar en Neuquén cerró finalmente ayer con las elecciones en Buenos Aires, CABA, La Rioja y Catamarca (falta, sin embargo, Salta que vota el 10 de noviembre) y pintó de celeste un nuevo mapa de país que en algún momento se había entusiasmado quizás con un esquema menos monocromático.

Sin detenernos aquí en los casos particulares de la Ciudad de Buenos Aires y la Provincia, los triunfos del peronismo en los otros dos distritos que votaron ayer eran absolutamente previsibles, especialmente por la imposibilidad que tuvieron allí los referentes de Juntos por el Cambio, Julio Martínez en La Rioja y Roberto Gómez en Catamarca, para consolidarse a la sombra de una crisis económica (y política) que actuó como una mancha venenosa.

A partir del 10 de diciembre, Alberto Fernández deberá comenzar a redactar el reglamento de un nuevo juego de vinculación con los gobernadores, más allá de la “fraternidad” que lo acompañó a lo largo de los meses de campaña. Lo que viene es un desafío en términos de acuerdos y negociaciones. La definición en torno a la sustentabilidad o no partir del 31 de diciembre de la eliminación del IVA y la reducción de Ganancias será una de las primeras batallas. Y pondrá a prueba, mansamente, la legitimidad de muchas de esas fidelidades.

El otro gran desafío a corto plazo es la contención de las economías regionales. Pese a cierto viento de cola producto de los vaivenes del dólar, las expresiones productivas locales no logran despegar. El Presidente electo prometió en campaña que trasladará de manera rotativa su Gabinete al interior para atender particularmente las necesidades de cada sector.

El verano, en tanto, adormecerá hasta marzo la acción de las provincias en el Congreso. Y el fin del receso legislativo llegará de la mano de la renovación también de gran parte de la Cámara de Diputados y del Senado donde, pese a la derrota en las generales de ayer a nivel presidencial, Juntos por el Cambio logró crecer en términos de representatividad parlamentaria.

La decisión de la mayoría de los mandatarios de separar sus elecciones de las nacionales explicó aquella obligación de resguardar el poder local, incluso si eso significaba desoir el pedido explícito en sentido contrario del propio Presidente, como ocurrió con Jujuy y Mendoza. En esas provincias, Gerardo Morales primero, y Alfredo Cornejo después (este último caso, sin reelección aseguró la continuidad de Cambia Mendoza de la mano de su delfín Rodolfo Suarez) blindaron la permanencia en el poder del radicalismo por otros cuatro años más, un envión que también había logrado dos años atrás -en calendario desfasado por intervenciones federales- el correntino Gustavo Valdés.

Más allá de sus particularidades, los distritos peronistas, Formosa, Entre Ríos, La Pampa, Tucumán, San Juan, San Luis y Chaco, no tuvieron mayores inconvenientes para asfaltar el camino de la continuidad. Aunque en muchos de esos casos hubo dispersión de peronismos, los actuales mandatarios pusieron en práctica el plan de “voto acorazado”.El detalle y la diferencia este año lo hicieron aquellos oficialismos que se autodenominan “provincialismos”, algunos con mayor historia política como el Movimiento Popular Neuquino y el Frente Renovador Misionero, o el novel Juntos Somos Río Negro, pasando por el exradicalismo K del Frente Cívico de Santiago del Estero; y Chubut Somos Todos, engendro pergeñado por el gobernador Mariano Arcioni. Todos apostaron, en mayor o menor medida, a la prescindencia en términos de alineamiento nacional explícito, una fórmula exitosa para despegarse de los algoritmos de los partidos políticos mayoritarios.

A esta lógica adhiere también el peronista cordobés Juan Schiaretti, quien tras la muerte de José Manuel de la Sota aseguró el destino del poder mediterráneo con Hacemos por Córdoba, una expresión local alejada del kirchnerismo con suficiente poder de fuego propio para garantizar la gobernación por cuatro años más neutralizando al histórico radicalismo cordobés, cuyo mayor referente es hoy el diputado nacional y excandidato a gobernador, Mario Negri. Ese ying-yang en el que se mueve Schiaretti entre propios y ajenos le cerró el cerco al Frente de Todos, pese a los esfuerzos de Alberto Fernández y Cristina de Kirchner, y mantuvo abierto –por acción u omisión- el camino para que Mauricio Macri volviera a ganar por amplísima diferencia la elección presidencial en uno de los cuatro mayores distritos del país. Aunque esta vez no haya alcanzado para catapultarlo a la Casa Rosada, como sí ocurrió en 2015. Cordobesismo puro.

El proceso electoral global que finalizó abre, además, una nueva oportunidad política para repensar el sentido del tan vapuleado federalismo, de la mano de un debate serio que demanda la Constitución desde 1994 sobre el reparto de fondos de coparticipación, para que de una vez por todas la Nación dejé de actuar como prestamista de las provincias y elimine definitivamente el sistema de premios y castigos.

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