Espectáculos

Cine: no confundir modas con calidad

Hace diez años comenzó en Europa a premiarse películas orientales. La estilizadísima y poco sustanciosa «El aroma de la papaya verde» se llevó el premio César y fue nominada al Oscar. De inmediato irrumpieron otros directores desde Hong Kong, Corea y otras procedencias asiáticas, como Wong Kar Wai con «As tears goes by» y «Con ánimo de amar», y una llegó a filmarse en Argentina, «Felices juntos», sobre amor entre homosexuales varones. Hong Kong también dio «El rey de las máscaras». En los noventa hubo gran moda de películas chinas, con Chen Kaige a la cabeza («Adiós mi concubina», ganadora de la Palma en Cannes y nominada al Oscar, «Luna seductora», etc.).

También en esa década se impuso una nueva moda cinematográfica en el mundo, la iraní, que tuvo casi cinco años de esplendor y varios títulos de repercusión. La Argentina no le fue ajena a ese fenómeno: «El sabor de la cereza», de Abbas Kiarostami, abrió el campo para otros títulos como «La manzana» y «El espejo», e inclusive el Festival de Mar del Plata premió en 1998 un film iraní como «La nube y el sol naciente», de Mahmoud Khalari.

Paralelamente en Francia comenzó una moda de películas de gran producción, financiadas por las distribuidoras estadounidenses «Juana de Arco», de Luc Besson, contaba con Dustin Hoffman entre los protagonistas y se rodó en inglés; «El quinto elemento» ya llevaba a Bruce Willis entre sus estrellas; luego vinieron las dos partes de «Los ríos púrpura», con Jean Reno y Vincent Cassel. Pronto este movimiento devino en un curioso subgénero de películas de misterio, preferentemente ambientadas en el pasado, en combinación con artes marciales. Y resulta curioso porque en la India el género dominante en cine comercial -no es el caso de Satyajit Ray u otros autores- es un amor imposible por cuestión de castas o diferencias sociales, más escenas de kung fu.

En Francia se produjeron en 2001 «Pacto de lobos» («Le pacte des loups» y ese mismo año «Vidocq», con Gérard Depardieu. Curioso asimismo porque el karate y el misterio no son propios del acervo cultural galo. Luego tocó el turno al conflicto en los balcanes. Poco y bueno se filmó, aunque merecen destacarse «El último día», de Danis Tanovic, ganadora del Oscar en 2002.

Hoy la moda en Europa son las películas de oriente cercano, como Israel, Siria, Palestina, u oriente medio como Afganistán. Comenzó con «Kandahar» (2001), sigue con «Las tortugas también vuelan» (2004) la notable «Ser digno de ser» (2005), y la muy interesante «La novia siria» (2004).

En Hollywood la moda desde hace unos años es lo que podría denominarse «vidas cruzadas»: Francia produjo, como ejemplo de esa corriente, «El latido de mi corazón». «Vidas cruzadas», en los Estados Unidos, ganó el anteúltimo Oscar, y «Los infiltrados» de Martin Scorsese, además, es un remake de una película asiática, «Asuntos infernales».

Siempre hay inmigrantes, sean chinos y rusos en las europeas, o mejicanos e indonesios en las americanas. La mezcla de mundos, de explotadores y explotados. Evidentemente responden al problema de la globalización, del éxodo masivo de pobres a países ricos.

La falsificación épica agigantada por efectos especiales jamás vistos también avanza. Si «300» es su último exponente, con rodaje sobre fondo azul para luego aplicarlo a la Grecia antigua, también lo fueron «Rey Arturo», «Troya» y «Alejandro Magno», siempre con actores y actrices embellecidos con botox y cirugías y vestuarios de modistos parisienses.

Pocas películas escapan a modas transitorias y coyunturales, como las de historias de enfermos terminales. Por ejemplo la española «Mar adentro». El problema de no advertir estas corrientes es que se premian obras que luego, vistas con el tiempo, se comprende que carecían de valor. Si «El acorazado Potemkin» propagandeaba la revolución bolchevique y «El tercer hombre» era producto de la Guerra Fría poco importa, porque son obras extraordinarias. En cambio ¿cuántos de los films actualmente celebrados sobrevivirán el juicio del tiempo?

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