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Cómo hacer frente a la resistencia a los antibióticos

LA OMS la considera la principal amenaza a la salud pública en el Siglo XXI. Y si bien el fenómeno no puede frenarse, sí pueden tomarse acciones para evitar que crezca a pasos agigantados. El fin, evitar que infecciones comunes dejen de tener un tratamiento.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera a la resistencia antimicrobiana (RAM) como la principal amenaza a la salud pública en el siglo XXI y para determinadas infecciones comunes la escala de antibióticos que se deben utilizar crece en forma dramática. A su vez, por sus altos costos de investigación se dificulta que nuevos antimicrobianos salgan al mercado. El panorama empeora con la irrupción de las llamadas “superbacterias”, que no responden a los tratamientos disponibles.

La resistencia antimicrobiana es en sí misma es un fenómeno natural de adaptación de los microorganismos ante la presencia de los antibióticos o antimicrobianos. Por ende, si los residuos de éstos circulan en demasía en el medio ambiente, los microorganismos pueden no responder a los tratamientos. El problema se agrava si se toma en cuenta que el uso que se le da a estos medicamentos en agricultura (es más difícil administrarlos de manera controlada), el mal empleo en la comunidad (cuando se los consume de manera incorrecta ante infecciones virales o bien cuando no se termina un tratamiento y se desecha los medicamentos sin cuidados específicos) o bien cuando los residuos hospitalarios salen del ambiente nosocomial.

“En los países en los que más resistencia antimicrobiana se registra, sólo el 20% de los antibióticos se consumen en hospitales, mientras que el 80% en la comunidad. De ese 80% se estima que la mitad se los ingiere de manera inadecuada”, había indicado tiempo atrás la microbióloga Alejandra Corso, del servicio de Antimicrobianos de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud ANLIS “Dr. Carlos G. Malbrán”, durante una capacitación organizada junto a la Red Argentina de Periodismo Científico (RAdPC). A su vez, había explicado que no se puede evitar que la resistencia ocurra porque las bacterias evolucionan, pero sí se pueden tomar medidas para evitar que progrese a pasos agigantados, como no ingerir antibióticos para tratar virus u hongos y que los países tomen acciones para evitar que se usen fármacos que son la única opción de tratamiento contra determinada bacteria en la agroindustria.

Por fortuna, el tema se instala en agenda cada día más, así como también sus asignaturas pendientes. De hecho, la Dirección General de Salud y Seguridad Alimentaria de la Comisión Europea (DG SANTE) ya organizó un seminario sobre las RAM, en el que se hizo énfasis en una necesaria una acción global para implementar políticas contra este problema, tanto en el sector de la salud pública como en el veterinario y del cuidado del Medio Ambiente.

Por ende, ¿cómo enfrentar este problema, con sus múltiples aristas? ¿Qué se puede hacer desde los hospitales, el sector agropecuario, la industria, los gobiernos y la comunidad? Los expertos opinan.

Incremento de la vida útil

“Desarrollar un antibiótico puede llevar cerca de 10 años y los costos de la investigación son aproximadamente de entre 10 y 30 millones de dólares”, señaló el doctor Carlos Espinal Tejada, director del Consorcio de Salud Global de la Universidad Nacional de Florida, en el marco de un seminario de ciencia y salud organizado por el laboratorio MSD. Durante su ponencia explicitó que se comienza a investigar entre cuatro o cinco moléculas para terminar con un producto definitivo. Pero lamentó que por el problema de la resistencia “la vida útil de un antibiótico ronde los tres años”. La pregunta del millón es qué se puede hacer para aumentar ese período. Para empezar, utilizarlos racionalmente y por ende, los jefes de enfermedades infecciosas “no deberían comenzar a tratar investigaciones ligeras con los antibióticos más potentes, ya que esta conducta crea resistencia”, dijo a ámbito.com.

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Dr. Carlos Espinal
Dr. Carlos Espinal

Por su parte, el bioquímico microbiólogo Fernando Pasterán, quien se desempeña como investigador en el servicio de Antimicrobianos de ANLIS señaló en declaraciones a este medio que una posible solución es “trabajar en diagnósticos rápidos para mejorar la detección de las infecciones, con el fin de tener terapias personalizadas y utilizar menos antibióticos de amplio espectro”. Es decir, “conseguir que una persona que se acerca con una infección urinaria a un consultorio y es medicada con un antimicrobiano potente, no tenga que esperar tres días para saber a qué antibiótico (más específico y por ende generador de menor resistencia), responde. La OMS creó un grupo de trabajo este año “para mapear los métodos existentes y presentarle a las empresas un perfil de productos que necesitamos, en general métodos de detección que no requieran de laboratorios de alta complejidad para que puedan ser realizados en la espera médica o al pie de la cama”.

Con todo, para el bioquímico es difícil predecir la vida útil de un antibiótico, ya que eso depende de distintos factores: uno directamente relacionado con la droga, cuál es el activo y como ataca a la bacteria; otro es el uso responsable que hacemos de esa droga (es decir emplearla solo con prescripción médica en la dosis y el tiempo que son indicados), pero también otras variables no manejables por el humano, como la evolución bacteriana.

Uso racional en hospitales y en la comunidad: qué falta

Todos los hospitales deberían cumplir un protocolo de prescripción de antibióticos para que no se arranque con los de amplio espectro para infecciones menores. Pero según Pasterán, aún falta que este paso se cumpla al 100%. “Recién este año, por una idea del Ministerio de Salud porteño, se planteó la necesidad de que todos los nosocomios tengan un programa de control de infecciones que incluya también los protocolos de uso de antibióticos. Ahora, las provincias deben adherir, pero los hospitales necesitan recursos”, señaló. Citó algunos ejemplos de establecimientos acreditados con normas internacionales en los que estos protocolos se cumplen, entre ellos el Hospital Austral y el Hospital Italiano. También comentó que existe un ejemplo excelente en el ámbito público, el Hospital Central de Mendoza, “que cuenta con un programa de control de infecciones que es un lujo, en el que los anitibióticos se recetan en un recetario exclusivo de color amarillo y en el que se educa al paciente”.

¿Qué hacer con los desechos?

“Las infecciones hospitalarias por cepas multirresistentes son las más graves, por lo que hay que evitar que esas cepas salgan del hospital y empiecen a circular en la comunidad”, señaló Espinal. Para tratarlos, se necesitan los antibióticos de tercera generación. ¿Pero qué se hacen con los desechos antibióticos en nosocomios? Según el especialista, los establecimientos de primer nivel cumplen con protocolos para el desecho de los antibióticos sobrantes, pero en los más pequeños esto es más difícil y a veces se tiran junto con otros residuos patológicos.

Pasterán, por su parte, comentó que se está evaluando cuál es la mejor forma de tratar los desechos hospitalarios “porque no es que sólo se tiren las pastillas o los sachets sobrantes, sino que también estos residuos van acompañados por los desechos humanos en orina y materia fecal, que se vierten al sistema común de afluentes”. Y comentó que la OMS comenzó a estudiar poco tiempo atrás la eficacia de distintos métodos en materia de potabilización de aguas, “por lo que se puede advertir que pronto surgirá una recomendación para repotabilizar afluentes hospitalarios”. En cuanto a tirar los medicamentos que sobran “ya hay líneas de investigación avanzadas sobre si se deben calentar los residuos, triturarlos en la termocupla, esos son temas de ingenieros, pero por suerte hay mucho interés en evitar que el antibiótico vuelva al circuito como agua potable”.

Por otra parte, también se debe cuidar con regulación “lo que sucede en el agro, ya que los animales también tienen desechos que llegan al agua por el mal uso, ya que se ponen estos productos en los contenedores y alimentos”

¿Cómo se pueden generar nuevos antibióticos?

El costo enorme que acarrea la investigación de un nuevo antimicrobiano lleva a que pocos productos nuevos salgan al mercado. Ante un escenario de resistencia, urge repensar formas para que las infecciones comunes se vuelvan enfermedades desatendidas. Ante la pregunta de si las empresas farmacéuticas piensan crear alianzas para elaborar nuevos productos, con el fin de dividir los costos, Espinal reconoció que “este tema se está empezando a discutir recién ahora, y que hasta ahora las empresas venían trabajando de manera individual”. Pero “esta conducta sería prudente y merece ser planteada”. A la vez, indicó que las alianzas público-privadas son siempre bienvenidas.

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Pasterán recordó que se armaron consorcios de pequeñas compañías con el fin de crear un nuevo antibiótico. Y citó el ejemplo de “The Medicines Company”, un conjunto de pequeñas empresas que desarrolló el vabomere, un antibiótico contra las superbacterias que fue aprobado por la FDA en EEUU, pero que aquí no tiene representación. “Lamentablemente no poseen las cadenas de distribución a nivel global, entonces dependen de que las grandes farmacéuticas los compren. Sabemos que ese medicamento va a ser un éxito y lo pedimos, pero The Medicines Company ya declaró que no va a desarrollar más antibióticos y es una pena. La FDA está avanzando en cambios regulatorios que ayuden a los procesos de aprobación, porque pasar por todas las fases de investigación es tan costoso que las pequeñas compañías no llegan. Entonces se apunta a permitir trabajos más simples sin perder la calidad”, señaló.

Por último, opinó que “el hecho de que las compañías grandes comiencen a unirse sería una solución, porque de forma individual no suelen recuperar la inversión, más allá de que puedan permitirse estos desarrollos al obtener mayor rentabilidad en otras líneas”.

En conclusión, para un problema multifactorial se necesitan soluciones de actores múltiples. Desde educar al paciente a diseñar protocolos hospitalarios. Desde regulación para el agro a los consorcios. Todo para resistir frente a la mayor amenaza a la salud pública del siglo XXI.

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