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Consiglio: es la ficción lo que permite sostener el deseo

En la obra, de reciente aparición, sus personajes descubren a una edad tardía que desconocen casi todo de sí y del otro, y deben reconstruirse.

A la edad en que cualquier persona cree conocerse, los personajes de “Tres monedas” (Eterna Cadencia), nueva novela de Jorge Consiglio, descubren que se desconocen, y que desconocen a la persona con la que conviven; que no quieren tratar de saber cuál es el sentido de su vida, si es que tiene un sentido, o si hay que dejar que el azar o el I-Ching determinen el propio destino. Consiglio lleva publicadas doce obras donde hay libros de poesía, de cuentos, de ensayos y cinco novelas, que lo han convertido en un autor multipremiado.

Periodista: Si fuera una película europea “Tres monedas” se llamaría “el taxidermista, la meteoróloga y el oboísta”.

Jorge Consiglio: Esta novela la pensé desde la imagen, como tres líneas narrativas. Con momentos que ponían un detalle en primer plano. Cada vez pienso más en cuánto aporta el cine a lo que uno hace, y más que una referencia literaria concreta. Hay en “Roma” de Alfonso Cuarón un comienzo, donde se ve que se está baldeando un patio, enormemente narrativo, trabajado con detalles que abren lo connotativo y son mejores que un mero enunciado, y ese narrar desde las astillas lanza una chispita lírica, algo metonímico que se vuelve iluminador. Instala el punto de vista desde donde se mira. Yo trato de que las escenas, a través del punto de vista, a través del lenguaje, sean como pequeñas iluminaciones que formen un tramado narrativo que puedan capturar.

P.: Y eso a pesar de contar de gente que está sola, o que aún en pareja, está sola.

  • C.: Los personajes van por carriles que parecen paralelos. Son como trencitos que tienen la ilusión de formar un tramado. Es la ilusión de algo que no se genera. Tienen eventuales cruces, y la comunicación es también eventual. Cuando conocen a otro se queda fascinado en ese pliegue al que no tienen acceso. El germen del deseo está justamente en la incertidumbre, en no tener noticia de cómo es el otro y protegerse con la ficción de que se lo conoce cabalmente. Para sobrevivir construyen la fantasía de una trama que los vincula, pero en el fondo saben que van por un carril y no hay demasiada comunicación.

P.: Los hombres son llevados por la desidia de lo rutinario, la mujer busca un sentido a la vida, y para eso hasta echa mano a lo mágico, al azar, al I-Ching.

J.C.: Para Marina lo mágico le hace posible entender la realidad. Uno enfrenta la realidad con la pretensión de entender, pero es tan porosa que desconcierta. A Marina el pensamiento mágico la tranquiliza. Que la decisión no la tome ella sino lanzar las “tres monedas” del I-Ching le da cierto amparo. El pensamiento mágico se supone que regula el azar. Es un alivio, pero puede llevar a cualquier lado. El I-Ching es una máquina narrativa. Hay un relato de Piglia donde una mujer que pasa mucho tiempo sola comienza a regir su destino por el I-Ching y termina travestida, consumiendo prostitutas porque el I-Ching determinó que ella es un hombre.

P.: ¿Si un marido le regala a su mujer un vibrador, ella lo terminara engañando? ¿Es un hecho mágico de otro orden el que ocurre en su novela?

J.C.: No, es una manifestación de lo que vive Carl, ese alemán trasplantado por amor a la Argentina. Para mí fue importante que ese juguete sexual, regalo de cumpleaños, lo escondiera en la caja de juguetes desechados de Simón, del hijo. Me interesó el recorrido que hace ese objeto hasta que es descartado. Todo lo que dice sin que se diga nada sobre él. Cómo pone en acto el destrato. Cómo le permite a Marina darle un estado de situación, algo que no sirve. A veces las relaciones son mediadas por objetos, los más variados, que ofrecen la fantasía de cercanía, de la comunicación. Los encuentros en “Tres monedas” tienen que ver con instancias epifánicas, a veces suceden. Y si suceden son como chispas dentro de un universo de simulacros. Los personajes están inmersos en un magma de intentos fallidos de encuentro.

P.: Es muy seductor cómo el relato salta de personaje en personaje, en el ritmo de breves escenas significativas, en la cadencia de lenguaje.

J.C.: Soy muy obsesivo con los que escribo. Releo, releo y releo. Y en cada lectura abrevio. Como hago para con menos decir más. Un silencio puede ser más elocuente. Y una cierta composición musical, cierto sonido que se busca. A la vez si en un párrafo se suma mucha información se produce un efecto cosmos. Es un intento. Todo es efecto también de una enorme inseguridad que nunca me abandona. Es mi forma de combatir cierto barroquismo al que tiendo. Es redescubrir las enseñanzas de los maestros. Me pasó hace poco de encontrar en “Dublineses” de Joyce, un momento en que un hombre, que desea sexualmente a su mujer, ella le empieza a contar de alguien que amó y que murió cuando ella era adolescente. El descubre que esa mujer que ahora duerme, que cree conoce a la vez la desconoce. Y entonces empieza a nevar.

P.: ¿Qué tipo de país hay detrás de ésta novela, que no trata sobre el país?

J.C.: No se puede esquivar la política ni el país donde se vive. Hay algo del desmembramiento, del no contacto, del acostumbramiento, del escape individual que definitivamente tiene que ver con la Argentina y con esta etapa de la Argentina.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

J.C.: Cuentos, y una novela que comenzaré después del verano. Trata de un hermanastro que yo no sabía que tenía. Después de escribir “Tres monedas” me puse a pensar en qué medida mi biografía estaba presente en una historia tan ajena. Hasta que punto un relato de ficción que produzco es algo relacionado con mi propia vida, con la forma personal de ver el mundo. Un relato en su autonomía tendría que está asentado sobre lo más auténtico que uno tiene, en el modo en cómo uno se contacta con el mundo. Bueno, ahora me tendré que ver con un autobiografía que se me aparece como una ficción que se va corporizando, haciéndose real. Todo un desafío.

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