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‘‘Creo que los viajes nos ayudan a entender la vida’’

Paola Vukojicic es una Leona que se emociona al rememorar el camino recorrido con el incontenible orgullo de haber quedado ya, junto a una legión de amigas, en una página del deporte argentino; de haber andado por el mundo prestigiando a nuestro país. El hockey, que la llevó a ciudades que nunca había soñado, le dejó otras en deuda, que quisiera conocer. Dialogamos con Paola Vukojicic sobre sus viajes un mediodía en uno de los restoranes de su familia, donde sin que la descubran puede servir una mesa o hacer un café.
Periodista: ¿Cuándo empezó a jugar?
Paola Vukojicic: Empezando la secundaria, en el Instituto Lavardén de San Isidro, que era mixto y tenía hockey. Con unas compañeras nos gustó el deporte, y nos dijimos: «Vamos a un club, es más divertido, le dedicamos más tiempo». Teníamos que elegir entre el CASI (Club Atlético San Isidro) y el SIC (San Isidro Club), que son los de la zona. Mi hermano hacía rugby en el colegio, pero no éramos de un club, el deporte no era una cuestión de familia. Con mis amigas elegimos el SIC porque nos gustaba más y porque nos quedaba más cerca. Así empecé, a los 14 años, y ya de entrada me pusieron a jugar en divisiones más grandes de las que me tocaban. Los primeros partidos como delantera, wing derecha con ganas de hacer goles. En quinta división es muy normal que no haya arqueros; las jugadoras se van turnando. Un día dije: «Voy yo». De chiquita jugaba mucho al fútbol con mi hermano y los amigos de mi hermano; pensé que eso era parecido y que como el arquero, podía patear la pelota. Con tal de conseguir una arquera, mis compañeras me metieron el bolazo, me decían: «Atajás rebién, sos rebuena». Con ese verso me quedé adentro del arco para siempre. Así empecé, y así han transcurrido 20 añitos, de los cuales 15 son en primera división. El sueño de cualquier jugador es aspirar a la primera de tu club; la gran ilusión, ni hablar, llegar al seleccionado.
P.: ¿A qué se dedicaba su familia?
P.V.: Por ese tiempo mi viejo tenía una fábrica, Vucotextil. Mis padres se separaron cuando yo tenía 7 años, y mi madre, que es una genia, artista plástica y astróloga, se fue a vivir a Lagartos, a Pilar, cuando había menos que nadie; ahora que se pobló, se fue a Mendoza. Yo tenía un hermano, pero cuando entra a la familia Marita Novaro Hueyo con sus hijos, la familia se me agranda maravillosamente. Además, papá y Marita me dieron otro hermano, Tommy, que fue como la bisagra entre las dos familias.
P.: ¿Viajó mucho?
P.V.: Viajé mucho con papá y mamá, de cruzar la frontera, de ir a Brasil, a Uruguay, a Disney. Pero si tengo muchos viajes encima, es por necesidad. Antes de que me convocaran para el seleccionado, hice un viaje de placer de tres meses por Europa. Con una amiga nos habíamos dedicado a juntar plata para poder lanzarnos a esa aventura. Para eso yo trabajé de cajera en el restorán Via-Monte, y llegué a ser encargada. Fue un viaje inolvidable. Arrancamos en España, y seguimos por Italia, Grecia y sus islas. Llegamos a visitar Yugoslavia, donde tengo familia. Viajábamos en tren de noche para ahorrarnos los hoteles. Llegamos a Belgrado, y nos malcriaron mis tías, mi abuela, parientes que no conocía. Fue donde mejor comimos y dormimos, se pasaban agasajándonos. Después volvimos por la Costa Azul, por Francia, pasamos a Inglaterra, a Londres. A Alemania recién fui años después, viajando con el seleccionado. Del recorrido quedé alucinada con playas donde a las cuatro de la tarde ya había gente bailando, en la barra tomando daiquiris. Hicimos turismo aventura, la típica de mochilero, conociendo gente, sin límites y rompiendo prejuicios. Bueno, Barcelona, donde viví, siempre me gustó, y después terminé yendo a jugar ahí. Lo importante es que los viajes te cambian la cabeza, te ayudan a entender la vida. Acá, como nos va tan mal a veces, dejamos de valorar cosas que tenemos, y cuando uno viaja, cuando se aleja de la vorágine argentina, de pelear por la moneda, es como que las redescubre.
P.: Y al regresar buscó compartir eso que ha aprendido a valorar.
P.V.: No pude compartirlo mucho porque, apenas volví, viajé con el SIC a jugar a Sudáfrica, conocimos Johannesburgo, Durban, hermosísimas playas. Y ahí Sergio Vigil, «Cachito», me convocó para el seleccionado, y nos fuimos a Sudáfrica. Ese año estuve dos veces en Sudáfrica. Todo se dio en el momento justo. Si se hubiera dado antes, o me hubiera perdido aquel viaje o me hubiera perdido Las Leonas.
P.: ¿Qué le pasa a partir de que forma parte de Las Leonas?
P.V.: Empecé otra vida, a resignar otras cosas. Con los amigos no más vacaciones. Con la Selección, torneo tras torneo, viajé mucho. Volví a Europa, a lugares donde había estado paseando. No es el mismo tipo de viaje. Con el seleccionado se conocen lugares, y a veces se tiene más tiempo y otras no tanto, se es poco turista. Apenas se tiene un poco de tiempo, se va a hacer alguna comprita en el típico centro, que en el apuro todos son iguales, parecen el mismo. Cuando se tiene un torneo más largo, se puede conocer más, por ejemplo, cuando fuimos a Pekín.
P.: ¿Durante las Olimpíadas?
P.V.: No, ahí no. Un año antes tuvimos el simulacro del juego olímpico, y ahí fuimos a visitar la Muralla China. Subir esas escaleras es toda una mañana, un desgaste físico. Eso en las Olimpíadas no lo podíamos hacer. En el seleccionado nos dan unas horas, uno no tiene todo el día libre para andar caminando. Muchos lugares se repetían por los torneos, Amsterdam en Holanda, Melbourne en Australia. Pero también hemos ido a Corea y a Japón. Hoy hay nuevos lugares, países donde el hockey ha crecido. En una de las giras que hicimos en Sudáfrica nos enfrentamos con el seleccionado de la India, pero no fuimos a competir a la India, y me quedé con las ganas.
P.: Además del SIC y Las Leonas, usted formó parte de equipos europeos.
P.V.: Mi primera experiencia afuera fue en el Rotterdam de Holanda, donde tuve la suerte de jugar con Ceci Rognoni, que también se había ido a jugar ahí. Después me fui a Barcelona, a jugar en el Junior, y estuve además en el Real Club de Barcelona. Después me volví acá.
P.: ¿Qué lugar, de los muchos que visitó, le es imborrable?
P.V.: Pekín, desde ya, por todo lo que vivimos allí.
P.: ¿Qué siente que le dio el deporte?
P.V.: Uf, tanto. La formación de la personalidad. Miles de valores que se aprenden en la práctica. Compañerismo, amistad, respeto, trabajo en equipo. Esas cosas me sirven ahora para mi trabajo en los restoranes temáticos, de comida mexicana, los María Félix, que crearon mi padre y Marita. En esos restoranes me estoy metiendo de a poco, empecé con diseños en la web. Hay mucho para hacer en internet.

Entrevista de Máximo Soto

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