El país de la marmota y las sorprendentes similitudes día tras día

El Día de la Marmota es en la actualidad un clásico con el que podría explicarse, a partir de sus similitudes y diferencias, qué se encuentra sistemáticamente mal en nuestro país.

Texto elaborado en co-autoría con Constanza Mazzina, pofesora de Políticas Públicas de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Cada día Phil Connors despertaba a las exactas seis de la mañana y repetía la misma rutina. Una y otra vez. En un bucle protervo que produce en el espectador un escenario de hastío desafiante, y en Phill (hábilmente protagonizado por Bill Murray), una sensación eterna de cansancio espiritual que en más de una de esas repeticiones diarias lo induce al suicidio.

El Día de la Marmota es en la actualidad un clásico con el que podría explicarse, a partir de sus similitudes y diferencias, qué se encuentra sistemáticamente mal en nuestro país. En el campo de las similitudes, por esa manía ridícula de repetir una y otra vez lo mismo, de manera acrítica, como atrapados en un bucle de tiempo que otros nos han impuesto por “arte de magia”. Por el lado de las diferencias, por la enorme divergencia que existe entre un Phil Connors que finalmente decide aprovechar la repetición para mejorarse a sí mismo, y nosotros los argentinos, que en un escenario similar solo salimos a aplaudir como marionetas la maldita repetición. Sin aprendizaje, sin reflexión, pero intentando el suicidio una y otra vez.

Entonces, por arte de esa misma magia, nuevamente enfrentamos una crisis, nuevamente la intentamos resolver anulando el debate político, nuevamente erigimos en el trono de rey al líder de turno, nuevamente la oposición intenta encolumnarse con la supuesta demanda patriótica de unanimidad de pensamiento, nuevamente algunos aprovechan la situación para incrementar su poder y patrimonio, nuevamente gestamos las bases para una crisis mayor. Seis de la mañana, hora de levantarse. Sí, nuevamente.

Tal cual escribió Guillermo O´Donnell hace décadas, nuestra democracia republicana se ha transformado en una democracia delegativa. Un tipo de democracia disminuida, flaca, en la cual, tal como estamos presenciando en estas semanas, un órgano fundamental de la República como el Congreso, pasa a ser un bello monumento; un hermoso teatro vacío. Porque en la práctica no existe real incidencia del debate parlamentario en la conformación de las políticas públicas que rigen los destinos de nuestro país, con crisis o sin ésta. El mismo destino termina siguiendo la prensa, los organismos de contralor y hasta la Corte Suprema.

Por el lado de la oposición, su inacción y carencia de visión republicana la condena a ser un componente más de la enorme crisis de legitimidad que parece estarse gestando. Porque el día después del silencio patriótico, cuando se devele que la dicotomía salud-economía fue una herramienta más de ese relato constante que encubre errores e impotencias, como lo fueron el patria-antipatria, el Braden o Perón, o tantos otros, y pase a cobrar verdadera dimensión la crisis económica en la que nos hayamos inmersos, ¿quién podrá representar el descontento de muchos si, de un modo u otro, también eran parte de ese decorado de aplaudidores?

Hace más de treinta años, cuando regresó la democracia a la Argentina, lo hizo con un espíritu de optimismo que parece haber quedado en el camino. Pasamos del “con la democracia se come, se cura y se educa”, al con la democracia se garantizan solo beneficios de castas. Porque en la práctica, los demócratas se transformaron en políticos de turno cuyo turno no acaba nunca, y así repetimos también, como parte de ese bucle, los mismos protagonistas en una película bizarra que no tiene fin. Así las cosas vemos hasta el hartazgo cómo se garantizan privilegios que en el siglo XXI y con tanta crisis a cuesta, ya casi nadie puede ostentar.

Decía O'Donnell que la democracia delegativa empezaba con una crisis y terminaba con otra, pero la profundización de esa distancia que separa al representante de sus representados, que hoy muestra a una clase política no dispuesta a escuchar los reclamos de los ciudadanos, tiene el pleno potencial de conducirnos a una crisis final que puede ser no de gobierno, sino de régimen.

Esperamos que, como Phil Connors, esta vez aprendamos algo.

(*) Politólogo. Profesor de Políticas Públicas de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

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