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¿Cuánto podría reactivar la economía en 2019?

Opinión

La ortodoxia académica prescribe tres formas de reactivación económica clásicas: incremento del consumo, ‘lluvia’ de inversiones o shock exportador. Los tres son impulsos por el lado de la demanda, y es por eso que se llama reactivación, para distinguir del efecto por el lado de la oferta que corresponde al incremento de los factores productivos y el cambio tecnológico, es decir al crecimiento. La reactivación al igual que la recesión son fenómenos transitorios, ‘desvíos’ respecto de la tendencia de largo plazo. Así entendido, la reactivación es simplemente la recuperación de una recesión, ambas explicadas por impulsos de la demanda. Algunos analistas prominentes y funcionarios gubernamentales consideran que la actividad económica hoy en duro proceso recesivo, podría ingresar en una fase expansiva hacia el segundo trimestre del año próximo, esto es a partir del mes de abril. Veamos por cuál de las tres vías habituales podría darse esta reversión del panorama presente.

A la política oficial de altas tasas de interés y multi oferta de bonos para secar la plaza, se sumó la salida de capitales para deprimir la demanda agregada, generando indefectiblemente una situación recesiva. Por más que aumenten los salarios y las jubilaciones en 2019, esta mejora no podrá ser sino modesta para evitar afectar la ya deteriorada rentabilidad de las empresas y reducir la oferta agregada. Tengamos en cuenta asimismo que el gobierno anunció subas en gas, electricidad, agua, transportes y combustibles del orden de 50 a 70 por ciento, y que la generalización y aumento de impuestos se sentirá con mayor fuerza desde marzo, con los incrementos en otros rubros que esto suele aparejar. Resulta así difícil que la gente vaya a disponer de efectivo como para protagonizar un auge del consumo.

En cuanto al segundo vector, Cristiano Ratazzi el mandamás de Fiat Argentina declaró en forma pública que “las inversiones demorarán tres o cuatro años en llegar”. Tanto el empresariado vernáculo como el foráneo tenderán a aguardar que la inflación se reduzca en forma duradera y estable, que bajen las tasas de interés a niveles compatibles con la producción, y que el índice de riesgo país retorne a guarismos normales. El magro desempeño actual del Gobierno y las encuestas que favorecen el regreso del peronismo bravo, atentan contra estas aspiraciones. Mientras los empresarios sigan aguardando, la demanda por el lado de las inversiones no va a reaccionar. Los acuerdos firmados durante la exitosa reunión del G-20 aportarán 3.500 millones de dólares para Argentina, más teóricos 5.000 adicionales si todo marcha bien. Llegan cada año a nuestro país unos 10.000 millones de dólares promedio en inversiones directas del extranjero, comparados con 75.000 millones que le ingresan a Brasil por ejemplo y 24.000 que van a Chile. La tan mentada “lluvia de inversiones” que auguró/deseó Cambiemos al inicio de su gestión, pareciera que demora en llegar. Al menos por el momento.

Seguramente a su pesar y al revés de sus convicciones, Mauricio Macri dispuso todas medidas contrarias a la exportación en el último plan lanzado dos meses atrás. Aplicaron retenciones a cada bien y servicio que envía nuestro país al exterior, fueron eliminados los reembolsos a la exportación, se dejó flotar el dólar hacia la banda inferior y aumentó la tasa de interés que complica severamente el crédito a las pequeñas y medianas empresas. El conjunto de estas disposiciones actúa en sentido inverso a la intención y anuncios del ministro de Producción y del Presidente “de alcanzar 200.000 millones de dólares en exportaciones en 2023”. Aunque el discurso oficial critica las retenciones y alienta los esfuerzos exportadores, fueron las necesidades de caja y el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario los que terminaron imponiendo el criterio actual.

Pero lo que se analiza en círculos de economistas y no tanto en medios periodísticos y políticos, es que el año próximo las autoridades deberán continuar reduciendo el gasto público en cientos de miles de millones de pesos más, porque así como se presenta la situación hoy los números no cierran. Y el otro factor que mantiene en vilo a inversores y empresarios es la resolución final de la masa de dinero en Leliq y otros bonos estatales, que a fines del año 2019 alcanzará el billón y medio de pesos, unos 30.000 millones de dólares. Hacienda apuesta a un nivel de renovación de los bonos superior al 50 por ciento, aunque esto no es lo que suele darse en Latinoamérica ante la inminencia de una elección presidencial, y máxime si acecha la posibilidad del retorno del populismo salvaje. Los planes tipo ‘Primavera’ como el actual, no suelen resistir el temor de ahorristas e inversores frente a comicios de resultado incierto. Es un juego circular peligroso: la economía espera las señales políticas, y estas a su vez dependen de la evolución de la economía.

Por todas estas razones es que resulta tema de debate tanto la posibilidad como el alcance de una reactivación en el año 2019. Una excelente cosecha y la habitual mayor actividad que producen elecciones nacionales, provinciales y municipales seguramente moverán a mayor inversión, pero eso sería un impulso muy modesto para revertir el proceso de enfriamiento y caída de la economía que sufrimos hoy.

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