Opiniones

Debates electorales: oportunidades para la política y para la ciudadanía

Si bien suele argumentarse que no puede demostrarse que los debates electorales modifiquen la opción por la que se votará y que por lo tanto serían irrelevantes, evaluarlos desde esa perspectiva es perder de vista su objetivo.

Los debates en los que quienes se postulan a un determinado cargo público contraponen sus ideas de cara a la ciudadanía son cada vez más frecuentes a lo largo y ancho del mundo. Los medios de comunicación, las organizaciones de la sociedad civil y el Estado, de distintos modos y en diferentes momentos históricos, los han impulsado con el objetivo de ayudar a las personas a ejercer su voto.

El camino argentino hacia el debate presidencial involucró gradualmente a esas tres partes. En 2015 la primera edición fue impulsada por Argentina Debate (un conjunto de personalidades públicas y del sector privado, organizaciones de la sociedad civil e instituciones académicas) y puso de manifiesto el enorme interés de la sociedad: obtuvo el mayor rating de los últimos 30 años de TV. Una ley hizo los debates presidenciales obligatorios en 2016, mientras que la Ciudad de Buenos Aires hizo lo propio en 2018 con un Código Electoral que los dispone tanto para quienes se postulan a la Jefatura de Gobierno como a bancas en la Legislatura y en las Juntas Comunales.

En ese contexto, es relevante poner de manifiesto una vez más los motivos por los que se trata de un avance significativo. Si bien suele argumentarse que no puede demostrarse que los debates electorales modifiquen la opción por la que se votará y que por lo tanto serían irrelevantes, evaluarlos desde esa perspectiva es perder de vista su objetivo. La razón por la que tantos países los han incorporado como práctica no necesariamente está relacionada con un cambio en las preferencias de quienes sufragan. En rigor, los debates son una doble oportunidad, y por lo tanto tienen un valor intrínseco que va más allá de su impacto en los resultados de una elección.

Por un lado, un debate abre la posibilidad de que la ciudadanía pueda evaluar a quienes se postulan conociendo su personalidad y sus propuestas en profundidad. Esto efectivamente puede impulsarlos a cambiar su decisión, pero también puede ayudarlos a convencerse con más fundamentos de lo que habían elegido. La razón de ser de los debates es que el electorado vote con más información, independientemente de si su decisión se modifica respecto de la opción inicial o no. Es cierto que esto no ocurrirá si el contenido de la conversación carece de sustancia o de buena fe, pero eso solo puede saberse si el debate se realiza. Caso contrario, se cierra la puerta a una oportunidad para mirar de cerca a las personas que se postulan.

Por otro lado, la comunicación entre quienes se candidatean representando distintas ideas en general ocurre a través de medios indirectos. Sus declaraciones en televisión, radio, diarios o sitios web interactúan entre sí en diferido, ya que esas plataformas no estimulan el diálogo en tiempo real. El debate puede realizar un aporte invaluable: generar una conversación política democrática civilizada en la que se interactúe en simultáneo, con reglas claras en las que prime la tolerancia mutua y se haga énfasis en desarrollar propuestas de política pública.

La instancia de debate, entonces, es una doble oportunidad para proveer información al electorado y civilizar la conversación entre postulantes. Es por ello que su impacto va más allá de una elección en particular: son una instancia de fortalecimiento de las instituciones, tanto para quienes eligen como para quienes aspiran a ser elegidos. El país y la ciudad pueden sentir orgullo de seguir dando pasos sólidos en la construcción de la democracia: el debate es definitivamente uno de ellos.

(*) Subsecretario de Reforma Política y Asuntos Legislativos, Ministerio de Gobierno, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

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