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Diálogos de Wall Street

Wall Street con el casco puesto, y en el subibaja. Aunque baja más que lo que sube, no se rinde. Conversamos con Gekko sobre la guerra de comercio y las amenazas en danza.

Periodista: Wall Street se balancea como el elefante sobre la tela de una araña. El presidente Trump no se queda quieto, y, esta vez, China no se calla. Ya avisó que se preparó para dar una larga batalla, y a fondo. La Bolsa cae como un saco de papas un día, pero se levanta al siguiente, todavía mantiene la fe en un acuerdo. ¿Cuánto tiempo durará en la encrucijada sin tirar la toalla y hundirse en una corrección?

Gordon Gekko: Eso es lo que Beijing querría saber.

P.: Se sentarán a esperar, ¿no le parece?

G.G.: Sí, aunque entendamos que a ellos también les aprieta el zapato.

P.: Usted piensa que finalmente se llegará a un salida negociada.

G.G.: Los costos de no acordar son crecientes, y pueden escalar muy rápido.

P.: La impresión que uno tiene es que ahora que se rompieron lanzas, y se cruzaron acusaciones fuertes, llevará algún tiempo preparar el terreno para poder hacer una foto de familia.

G.G.: Washington dejó saber que Trump y Xi Jinping podrían arreglar el entuerto personalmente en la cumbre de Osaka del G-20 a fines de junio. No sea cosa que los mercados se depriman sin ver ni un islote de tierra firme en el horizonte.

P.: ¿Y usted qué cree?

G.G.: No se rompieron las negociaciones. Y no costaba nada. Hubo esmero en señalar que habrá una próxima ronda en Beijing. Y con el acuerdo pasa como con el “brexit”: no está definido taxativamente de antemano. Lo que para el “brexit” es dramático –porque en los hechos Gran Bretaña se arrepiente de la decisión y no se atreve a consagrarla– en este caso es bueno. Cuando las partes se arrepientan –quizás cuando ambos estén lejos de su zona de comfort- podrán sacar un “acuerdo” de la galera, hecho a la medida de la situación.

P.: Que deje afuera a los temas insolubles.

G.G.: Tiene el ejemplo de lo que se arregló con Corea del Norte.

P.: La clave es identificar cuál es el umbral de tolerancia.

G.G.: El denominador común. Ya lo dijimos, China piensa que Trump no soportará un derrumbe de Wall Street. Y una de dos, o la Bolsa hace gala de una gran entereza y no se resquebraja; o Trump tendrá que demostrar que no le tiembla el pulso y sigue adelante.

P.: ¿Qué pasará en el interregno? Paul Krugman piensa que la guerra de comercio –en estos niveles de intensidad– no debiera gatillar una recesión global.

G.G.: En el papel, puede que no. En las actuales condiciones, puede que sí. De hecho a fin del año pasado, con la Bolsa al borde mismo del mercado bear, la recesión parecía estar en camino. ¿No es, acaso, el mensaje de la curva de bonos cuando se invierte? La desaceleración del comercio internacional es un dato. Su volumen cayó en febrero. Y la actividad manufacturera atraviesa, como mínimo, un bache prolongado. La inversión cross border entró en modo pausa. Es una realidad frágil. Agitarla es un peligro. Nadie asegura cuánto resiste. Aunque la Fed le haga caso a Trump y le dé la baja de tasas que pide.

P.: China amenaza con vender su cartera de bonos del Tesoro de los EE.UU. Son, más o menos, 1,3 billones de dólares.

G.G.: Perro que ladra, no muerde.

P.: ¿No le ve asidero?

G.G.: ¿Cuánto rinden los bonos a diez años? 2,42%. Nadie se asusta, parece. Es que China tratará de no hacerse daño a si misma. Seguirán cortando cupones.

P.: ¿Y la estrategia de dejar que el yuan caiga y compense el aumento de los aranceles? La moneda sí se depreció...

G.G.: Cuando se precisen más de 7 yuanes para comprar un dólar volveremos a hablar del tema. Y le diré que no. China ya se quemó con el juego de la devaluación. Acuérdese de 2015. La fuga de capitales fue de casi 700 mil millones de dólares, y les costó retomar la calma. Ahí sí tuvieron que vender bonos del Tesoro para cubrir la pérdida de reservas. Por definición si quieren pelear mano a mano con Trump no van a usar estrategias que no controlen y puedan comprometer su propia estabilidad.

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