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Dólares: arena que se escurre entre los dedos

La fuga de capitales es el talón de Aquiles del modelo macroeconómico actual, e incluso podríamos afirmar que del modelo neoliberal en su totalidad.

Para tomar conciencia del nivel de dicho fenómeno, durante la gestión de Cambiemos la FAE (Formación de Activos Externos) neta llegó al 21,8% de las exportaciones, alcanzando el máximo de 33% en 2018. A falta de saldos comerciales externos favorables, la dolarización ha sido sostenida en base a un creciente endeudamiento externo.

Como sabemos, las economías periféricas se encuentran limitadas para su crecimiento por la disponibilidad de divisas, siendo las mismas suministradas, fundamentalmente, por las exportaciones y el endeudamiento externo.

Considerando esta restricción, el drenaje de divisas por formación de activos externos, es una enorme limitación al crecimiento económico, funcionando de forma equivalente a un deterioro de los términos del intercambio. De esta forma, Argentina debe mermar su crecimiento económico aminorando el nivel de importaciones, a fin de disponer de excedente externo para financiar la FAE. Es de destacar que ello es así incluso si el BCRA no interviene en el mercado cambiario: la presión sobre la cotización del dólar que genera este fenómeno genera depreciaciones contractivas que limitan la capacidad importadora de la economía argentina.

Las hipótesis que explicaban dicho fenómeno por las características políticas y económicas de la gestión nacional y popular, parecen haber caído en saco roto. No solo el cambio de signo político no ha hecho mella en la FAE (de hecho, la acrecentó), sino que hasta ahora ninguna medida monetaria o fiscal ha sido suficiente para contener este enorme drenaje de divisas que vive la economía argentina. Tasas, expectativas, déficit fiscal o cantidades de dinero, ninguna variable parece explicar la pulsión argentina por el billete verde.

Asimismo, las explicaciones basadas en la “anomalía argentina” o “el gen dolarizador” no solo son insuficientes y ligeramente facilistas (“no hay nada por hacer”), sino que no tienen sustento empírico alguno. Si observamos las cuentas externas de las ocho economías más grande de Latinoamericana, encontraremos que Argentina no se destaca particularmente: entre 2002 y 2017 la FAE en nuestro país alcanzó el 2,4% del PBI y el 14,3% de las exportaciones, en la región los mismos coeficientes alcanzan el 2,8% y 13,6% respectivamente (según estimaciones de fuga realizados por Magdalena Rua). Objetivamente: la fuga es una característica estructural de nuestra región.

Gobiernos de varios signos políticos, políticas económicas variopintas, inflaciones y devaluaciones no parecen explicar el nivel de FAE. Es más, resulta sumamente llamativo que las dos economías más fugadoras se encuentran en las antípodas ideológicas: Venezuela y Chile.

¿Cómo podemos explicar la dolarización de carteras entonces? Pues bien, solo podemos esbozar algunas hipótesis. Como supieron considerar los economistas argentinos más destacados de nuestra historia, las dinámicas económicas no son homogéneas en cualquier país, resultaría necio pensar que Argentina o Uruguay funcionan como Estados Unidos o Alemania. No sería descabellado trasladar esa lógica a la moneda. En ese caso, pensar que los activos en moneda doméstica funcionan como sustitutos de las divisas resulta bastante insensato. Las divisas no solo permiten el acceso a cualquier bien del planeta, sino que son el paso necesario para acceder a los activos financieros internacionales más robustos. A través del dólar se pueden obtener las acciones de las principales compañías del mundo, títulos de deuda, commodities, derivados, etc.

Pensar que nuestra moneda no puede competir con la principal divisa mundial por falta de seriedad, o por determinadas políticas macroeconómicas, parece sumamente insuficiente. Es tiempo de discutir como lidiaremos con este problema, dejando de lado expresiones de deseo y comprendiendo nuestra ubicación subordinada en el sistema monetario internacional.

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