No queda otra que cerrar sí o sí el BCRA: entendiendo por qué

Economía

Paul Volcker explica que “…solamente una primera derivada (inflación) del nivel general de precios igual a 0 garantiza que la segunda derivada (aceleración) también sea 0”. Traducción: solamente una inflación de 0 (cercana a 0) garantiza que la inflación no se acelere. En otras palabras, una inflación alejada de 0 garantiza aceleración inflacionaria y más inflación. Argentina lo avala: la inflación pasó de +7,3% (2003/2006); a +20,7% (2007/2010); +28,6% (2011/2014) y +35,2% (2015/2018) promedio anual. En 2018/2019 trepa hasta +58,6% anual.

La inflación imposibilita el cálculo económico en general y de los retornos en particular, lo cual atenta contra la inversión, acumulación de capital y el crecimiento económico, es decir, contra el bienestar y la prosperidad. Hay un estudio del Banco Mundial que afirma que cada vez que la inflación supera el 20% anual se pierde -1,58% de crecimiento. Argentina avala con creces esta última relación negativa. Teníamos el quinto PBI per cápita del mundo. Luego de 73 años de BCRA nac&pop y alta inflación, tenemos el PBI per cápita 70 en la tabla de posiciones.

Además, la inflación es una estafa moral. El BCRA falsifica dinero (sin respaldo) para cobrarnos impuesto inflacionario, que es el peor impuesto de todos, porque no se puede evadir, lo cual lo convierte en el instrumento de coacción más perfecto que tiene la casta política para apoderarse de parte de nuestra propiedad privada (poder adquisitivo). Segundo, porque afecta más fuertemente a los más pobres, y los multiplica. Tercero, la inflación distribuye ingresos desde los privados (les “quita”) hacia los políticos (les “da”).

La teoría económica que explica que la inflación es siempre un fenómeno monetario ha desarrollado tres opciones para bajar la inflación: 1) control de tipo de cambio; 2) control de tasa; y 3) control cantidad de dinero. Ninguna de las tres puede tener éxito en Argentina.

Control del tipo de cambio: en el largo plazo hay una relación que se llama PPP (paridad del poder adquisitivo), que sostiene que “los precios locales vienen dados por los precios locales multiplicados por el tipo de cambio”. En este contexto, anclando el tipo de cambio se “pisa” la inflación. El tipo de cambio fijo baja rápidamente la inflación, pero la economía queda expuesta a shocks internacionales. No parece la mejor opción por dos motivos. Primero, el contexto internacional se volvería más volátil durante los próximos años. Segundo, el tipo de cambio fijo tendría baja credibilidad, ergo, la estabilidad sería efímera.

Control de la tasa de interés: este sistema es inconsistente porque la tasa de interés no se determina en el mercado monetario; en consecuencia, la tasa de interés no puede servir para controlar la variación del poder adquisitivo del dinero (inflación), que sí se determina en el mercado de dinero. Es por esto que el control de la tasa de interés sólo puede funcionar a bajos niveles de inflación, muchos más bajos que los que tiene Argentina. De hecho, los países emergentes que aplicaron exitosamente el sistema de metas de inflación “arrancaron” con una inflación promedio de 14% anual y la bajaron -2,5% (promedio) por año; otro lujo gradualista que Argentina no puede darse.

Control de Agregados Monetarios: anclar la cantidad de dinero ancla las expectativas de inflación, el poder adquisitivo del dinero, y así termina anclando la inflación. Sin embargo, este sistema no puede funcionar ni cuando hay Leliq y pases netos por un equivalente a la base monetaria, ni cuando hay un Banco Central quebrado, dos fenómenos que enfrenta el BCRA. Las Leliq son promesa de más emisión y más inflación a futuro. Un BCRA quebrado es promesa certera de más devaluación y convalidación monetaria (inflación) a futuro. Además, cuando la inflación está alimentada principalmente por el repudio al dinero, la buena política de oferta monetaria no arregla los problemas.

En este marco, está claro que Argentina debe aplicar “otra” solución monetaria para bajar la inflación. ¿Por qué? Porque Argentina no tiene el punto de partida que sí tuvieron otros países. Los otros países tienen demanda de dinero. El dinero es medio general de intercambio (demanda para transacciones) y reserva de valor (demanda para ahorrar). Por el contrario, en Argentina el peso no es reserva de valor, ni medio general de intercambio voluntario. Los argentinos repudiamos el peso y elegimos al dólar.

En este marco, la demanda de dinero argentina es la más débil y volátil del mundo. Cada vez que los argentinos ahorramos en dólares, cae la demanda de dinero por motivo ahorro y se gatilla un salto instantáneo de tipo de cambio y de tasa de interés para equilibrar el mercado cambiario. Las subas del dólar y de la tasa de interés derrumban la demanda de dinero por motivo transacción, generando mayor caída de demanda de dinero total y convalidación monetaria (por exceso de pesos), que da lugar a una pérdida sostenida del poder adquisitivo del dinero (inflación). Nada de esto sucede en los otros países.

En este marco, para bajar exitosamente la inflación, los otros países sólo necesitaban poner la oferta monetaria en “raya”, alineándola con su demanda de dinero. Por el contrario, en Argentina (sin demanda de dinero) no hay manera que el BCRA haga converger oferta y demanda de pesos. No hay chance que el BCRA (con el peso) pueda aplicar una política monetaria activa desinflacionaria exitosa. El BCRA no tiene control sobre el principal problema: la falta de demanda de dinero. El sistema monetario argentino, con BCRA y peso, es dinámicamente explosivo. Sin demanda de dinero, no hay moneda; y sin moneda la economía (la gente) no puede crecer (prosperar). En este sentido, se necesita una política monetaria de shock que instituya una moneda que los agentes económicos deseen demandar. Está claro que no será ningún signo monetario emitido por el BCRA. Ya llevamos seis.

Hay que cerrar el BCRA, dejar de tener política monetaria y peso. Esta política requiere crear un sistema bancario anticorridas, como el desarrollado en la década del 30 en la Universidad de Chicago (Banca Simon). Un almacén de valor en el cual los depósitos a la vista están encajados 100%. Esto impide que la intermediación financiera cree dinero y ahorro artificial (sin respaldo), evitando generar booms artificiales seguidos de inexorables recesiones. Segundo, una banca de inversión en el cual se gana tasa de interés, pero al no haber prestamista de última instancia (sin BCRA), el inversor que elige mal pierde, pero sin perjudicar al resto. Luego de esta reforma bancaria, se establece la libre competencia de monedas.

De acuerdo con nuestro análisis y a la luz de los hechos, los argentinos escogerían espontáneamente el dólar. Se liquidarían los activos y pasivos del BCRA, y la economía argentina quedaría dolarizada de hecho, lo cual sería un verdadero trampolín para un boom de crédito, inversión y crecimiento en nuestro país. Si la reforma bancaria y el cierre del BCRA son acompañados con reformas estructurales que apuntalen la posibilidad de hacer negocios para el sector privado, una considerable porción del ahorro argentino fuera del sistema (u$s400.000) se volcaría a nuestra economía. Habría un aumento genuino del ahorro que desplomaría la tasa de interés, lo cual estimularía el crédito, la inversión, acumulación de capital y el crecimiento económico. Argentina reiniciaría el camino hacia la prosperidad perdido hace casi ya 100 años.

(*) Profesor titular UB, adjunto UBA y director de E&R.

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