La alta inflación pone en peligro la reactivación

Economía

Salir de la profunda crisis económica en que está sumida la economía argentina no es una tarea sencilla. El actual gobierno al profundizar el control de cambios que el gobierno saliente debió implementar ha logrado mantener superávits diarios de divisas que le han permitido aumentar levemente las reservas internacionales. También ha encarado la renegociación de la deuda externa y también adoptó medidas contra la pobreza.

Sin embargo no ha logrado contener la fuerte presión inflacionaria, ni tampoco reactivar la economía. Y esto último es fundamental porque tal como lo han señalados las propias autoridades sin crecimiento, no será posible pagar la deuda externa, que es el principal escollo que enfrenta la economía argentina.

El elevado ritmo de aumento de los precios es un hecho. Al incremento cercano al 4% de los precios al consumidor de diciembre, seguirá en enero un incremento similar, según todas las estimaciones. Estos incrementos se producirán mientras rige el congelamiento de las tarifas y del tipo de cambio y estas variables pronto comenzaran a escalar en forma significativa.

Por otra parte las proyecciones de inflación para este año del Gobierno son superiores al 30% y las estimaciones privadas van más allá del 40 %. Pero esos números se elaboran suponiendo que no habrá sobresaltos en la marcha de la economía. Realmente la delicada situación no permite descartar este tipo de eventos.

La alta inflación afecta gravemente la política de reactivación de la economía. En primer lugar la voluntad de “poner plata en el bolsillo de la gente” para poner en “movimiento la rueda”, ha sido virtualmente neutralizada.

Es posible en un contexto de control de cambios –que reduzca la fuga hacia el dólar– y de expectativas positivas que genera un nuevo gobierno estimular la demanda y de esa forma dar paso a una mayor actividad económica. Sin embargo la difícil situación de las finanzas públicas y empresarias ha llevado al Gobierno a dar este tipo de beneficios sólo a los escalones más bajos en la escala de ingresos. Con los elevados índices de inflación no solo se producirá de hecho una caída del poder de compra en los ingresos medios, sino que aun las mejoras nominales en los niveles más bajos está siendo en gran parte absorbida.

Todavía hay muchos que hablan -exagerando su potencialidad– del círculo virtuoso de la demanda las ventas y el empleo. Pero la realidad es que no se vislumbra que se pueda lograr en este contexto ampliar la capacidad de compra. Los aumentos de suma fija para jubilados y trabajadores provocarían, y ese es el objetivo, que los ingresos de estos sectores aumenten menos que la inflación. De esos se trata, precisamente la llamada desindexación de la economía. De esa forma desde las capas medias bajas para arriba, cabe esperar una caída de la capacidad de consumo y se trata del grueso de la demanda.

No se ha logrado “desindexar” a los precios. Además del fuerte ritmo de expansión monetaria, al que hay que agregar las expectativas inflacionarias de la mayor parte de la población y de los empresarios en particular, hay otras fuentes de inflación que –más allá de la ortodoxia– no pueden subestimarse.

Por un lado la inflación inercial. Siempre hay sectores que estiman que aumentaron sus precios menos que los demás o en forma insuficiente, y quieren ponerse al día. La presión que sobre los costos ejercen los futuros, pero no tan lejanos, aumentos de tarifas y del dólar actúa necesariamente, porque industriales y comerciantes se manejan con costos de reposición, para no ver licuado su capital. Con alta inflación el consumidor pierde noción de los precios, lo que afecta la competencia. Los “precios cuidados” ayudan a normalizar el mercado, pero sólo alcanzan a la canasta familiar.

Por otra parte no cabe duda que en mercados claves como son la alimentación y los medicamentos, hay comportamientos oligopólicos. En estos mercados los precios pueden seguir aumentando mientras los ingresos de las empresas derivados del aumento de precios sean mayores que la pérdida de ingresos por caída de ventas.

Además, la alta inflación con la que arranca el programa impide bajar las tasas de interés. Ya los medios destacan que las tasas pasivas son negativas en términos reales y ello obviamente está llamado a provocar fuga de depósitos. Altas tasas activas impiden el uso del crédito a las empresas necesario para ampliar su giro. También impiden a la DGI reducir las tasas de financiación de la mora, porque se corre el peligro de que las empresas abusen de este mecanismo.

También tiene que tenerse en cuenta que la alta inflación exacerba la lucha por la distribución del ingreso. Así como el shock es más efectivo en un programa ortodoxo, también lo es en un programa heterodoxo, porque siempre la fortaleza inicial de un gobierno facilita la aplicación de medias duras.

El Gobierno tiene la necesidad de actuar en forma más agresiva contra las causas no monetarias de la inflación para evitar que el programa se frustre. El retorno del IVA a los alimentos debía haberse negociado de otra manera, el acuerdo social no puede seguir demorándose, allí donde la oferta está más concentrada es necesario regular precios, los acuerdos de precios deben ir más allá de los alimentos, etc. De esa forma sería posible hacer política de ingresos y de reactivación que sean mucho más efectivas.

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