Argentina no es Ucrania, por suerte

Economía

Ese país llegó al borde del default no por la impericia de sus gobernantes, sino por la posibilidad real de una guerra civil. Y consiguió refinanciar su deuda por el peligro geopolítico que representaba.

Hasta ahora son cerca de once las propuestas catalogadas para reestructurar la duda Argentina a partir del año que viene. Lo que las une a todas -que van desde una quita del 50% de un Fondo interesado en recomprar deuda argentina, hasta emitir Credit Default Swaps y usar los ingresos para cubrir el pago de la deuda por un especialista del sector- es que priorizan los intereses particulares (las comisiones en juego no bajarían de u$s200 millones).

En este universo de fantasías –todos venden la ilusión de que es posible reestructurar sin que nadie sufra- la idea que más está creciendo es la de instrumentar un “reperfilamiento a la ucraniana”.

Incapaz de hacer frente a los u$s 11.000 millones que debía pagar ese año a sus acreedores, enfrentando una durísima recesión (la caída del PBI en 2014 fue del orden del 6,6% y la de 2015 9,8%) y una inflación que rondaba el 28,5% anual, en febrero de 2015 Ucrania consiguió extender su acuerdo con el Fondo Monetario Internacional de los u$s17.000 millones conseguidos el año previo a unos u$s40.000 millones. Como parte de los duros compromisos con el Fondo, aliviados en algo por los u$s2.100 millones aportados por la Unión Europea y el aval de los EE.UU. por u$s2.000 millones (famosos por ser el medio con los que el entonces Vicepresidente de los EE.UU. forzó la salida del fiscal General de Ucrania, a cargo de investigar la empresa en la que su hijo era Director), estaba la renegociación de la duda soberana en manos del sector privado por u$s 18.200 millones.

El 12 de noviembre de 2015 el país anuncia que había finalizado exitosamente la reestructuración de deuda correspondiente a 14 bonos. Afuera solo quedaban los u$s3.000 millones de un Eurobono enteramente en manos del Gobierno ruso, quien lo consideraba un préstamo oficial (no comercial), que al día de hoy sigue sin pagarse.

Al frente de la operación, el FMI y un comité de acreedores privados encabezado por la gente del Fondo Templeton. Lo relevante es que era el primer caso del siglo de una reestructuración soberana con “quita de capital”, pero sin entrar en default (es discutible, pero Grecia y dos naciones caribeñas lo habían logrado antes).

Lo pactado era una quita de 20% del capital (con lo que la deuda externa pasaba de u$s19.300 a u$s 15.500 millones, una reducción sobre el PBI de 4,3%) contra un incremento a 7,75% de los intereses (los corrientes rondaban entonces 7,2%) más una extensión de cuatro años en los plazos (“pateando” para después de 2019 el pago de unos u$s11.500 millones de capital) y el agregado de warrants ajustables por PBI. En esto último en lo que Argentina había sido pionera, tanto por las emisiones (2005 y 2010) como por las artimañas para no pagarlo, se incorporaban una serie de cláusulas adicionales para proteger a los tenedores (estimaciones independientes del PBI, opciones de salida, etc.). Así el pago de los cupones se activaba ante un crecimiento mayor al 3% de un PBI superior a u$s125.400 millones –la proyección del fondo para 2019- pagando una tasa que iba del 15% al 40% de ese crecimiento hasta un monto que no superase 1% del Producto.

El resultado más claro de la operación se vio en la tasa de Riesgo País que bajó de 1277 puntos a 689 en 24 horas (la merma debiera de haber sido algo mayor, ya que en ese nivel los títulos ucranianos pagaban poco menos del 9% frente al 7,75%) para colocarse hoy cerca de los 500 puntos.

De ahí hasta la normalización pasaron casi dos años, cuando a mediados de septiembre de 2017 se emitió el primer bono post reestructuración (parte del demorado aporte acordado con el Fondo que debía hacer el sector privado) colocándose títulos por u$s 3.000 millones (u$s1.700 destinados a la recompra de títulos 2019-20 -2019 era un año electoral y el gobierno quería estar tranquilo- y u$s1.300 al financiamiento de nuevas inversiones) de 400 ofertas por u$s 10.000 millones, con una tasa anual de 7,375% a 15 años.

No es que hoy Ucrania este de parabienes, pero se evitó el default, el año pasado el PBI creció en torno al 3,3% (en 2016 y 2017 fue 2,5%), se espera algo más cerca del 4% para el actual, y la inflación bajó a 10,9% en 2018 y se espera 8% este año.

Se entiende entonces porque la idea de una restructuración “a la ucraniana”, entusiasma tanto al establishment.

El problema es que los entusiasmados olvidan algo muy importante: Argentina no es Ucrania... por suerte.

En 22 de febrero de 2014 una violenta revolución (103 civiles y 13 policías muertos) que venía gestándose desde noviembre del año previo y que llevo el país al borde presidente ucraniano Viktor Yanucovych de marcada tendencia pro soviética, quien se refugió en Rusia. El 26 comienzan las manifestaciones en la Región de Crimea –centro petrolero y gasífero de Ucrania-, el 17 de marzo se declara la independencia y el 26 de marzo la península y la ciudad de Sebastopol son anexadas/se integran (depende de qué lado se está) a la Federación Rusa, aún sin el reconocimiento de las Naciones Unidas. Casi al mismo tiempo (en marzo), en sur y este de Ucrania arrancan las protestas pro soviéticas en la región de Dombas, el centro industrial del país. El 22 de agosto artillería y personal ruso o un “convoy humanitario" (depende de qué lado se está) cruzan la frontera ucraniana.

Hoy se está ante un “conflicto congelado” del que el mundo prefiere no saber nada, con más de 20 intentos de cese el fuego desde el inicio -el ultimo el 8 de marzo de este año-, en el que han muerto unos 4300 ucranianos, 5631 rusos y 3339 civiles. Se suman a ellos unos 30.000 heridos, 1,4 millones ucranianos desplazados y casi un millón emigrados. Todo esto en el corazón de Europa y en la frontera con Rusia.

Si Ucrania llego al borde del default no fue por la impericia de sus gobernantes, sino por posibilidad real de la guerra civil y si consiguió refinanciar su deuda en 2015 en condiciones que las partes llamaban entonces un “win win para todos”, no fue ni por la bondad de los acreedores, ni la magia de un Mago Ucraniano, sino por el peligro geopolítico que significaba para el mundo occidental la caída del país a manos de los rusos.

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