El virus manda (pero el cash es rey)

Economía

Se mire como se mire, el mercado bull es un occiso más. Wall Street sucumbió. La pandemia no respeta fronteras. Y va más allá. También se infectaron las correlaciones, y las carteras de paridad de riesgo (risk parity) diseñadas para que en situaciones así la volatilidad y las pérdidas queden confinadas a una cota. Sin embargo, acciones y bonos del Tesoro se precipitaron en simultáneo y arruinaron la ingeniería que los unía a modo de contrapeso (como pasó en el crac de 1987 con las estrategias de seguros de portafolios). El virus atravesó la línea Maginot sin dar rodeos, la prisa por vender los bonos de todo pelaje y otros activos defensivos (súbitamente indefensos) se aceleró, y los vicios conocidos de la plomería post Lehman hicieron el resto. No pasó lo de septiembre cuando la Fed bajó su tasa a 2% y la de pases (repos) se disparó a 10%.

El banco central se adelantó con sucesivas inyecciones masivas de pases y lo evitó. No obstante, nada más inquietante que no poder operar una posición de viejos bonos del Tesoro (off the run) y quedar atrapado aún con una cartera sin riesgo crediticio en el mercado más líquido del globo. Lo demás viene por añadidura. Si los arbitrajes dejan de serlo porque se cuelan los quebrantos, si se volatiliza la relación entre subyacentes y derivados por fuera de lo que admiten los modelos, si el maldito virus no cede y todo se tiñe de rojo no es extraño que los inversores quieran salir de la trampa, estar afuera. Vender todo. Para colmo, ese informe del Imperial College de Londres, y sus drásticas conclusiones sobre la persistencia de la epidemia. Que Trump reconociera el peligro del virus y que no nos libraremos de su saña hasta julio o agosto, que Boris Johnson ordenara la reclusión del rebaño que antes quería en la calle para inmunizarse, nos dice que estábamos en offside, que nos infectamos en grande y que hay cambio de estrategia.

La recesión, vía la autoimposición de cuarentenas, es hoy la política de salud de Occidente. Cuando este jueves, los pedidos de subsidios de desempleo en los EEUU orillen, o rebalsen, el millón habrá que tomarlo con soda porque es sólo el aperitivo. En California y Nueva York esta semana regirá el encierro para 40 millones.

He aquí las buenas noticias, que también las hay. La Fed bajó las tasas a cero; los encajes, ídem; y los colchones de liquidez y capital bancarios, a voluntad. El QE4 auténtico ya está habilitado: adquirirá bonos del Tesoro y de agencias por 700 mil millones de dólares. ¿Y qué hacer con los inventarios de todo lo demás? Los bancos están invitados a tomar redescuentos dejándolos como garantía. Y pueden sobregirarse en el día en su cuenta con la Fed, faltaba más. No habrá estigma por recibir asistencia (si persiste, volverá la ventanilla TAF). Casi toda la sopa de letras de la crisis de Lehman se reinstaló. O sea, plomería completa: un amplio soporte para que el pánico no colapse los mercados de pagarés empresarios de corto plazo, de bonos municipales o de fideicomisos, y que funcionen los fondos de mercado monetario y los dealers primarios.

Y volvieron los swaps de monedas. Lo único que la Fed no hizo, es raro, fue el servicio posventa, dorarle la píldora al público. El Tesoro, a la par, negocia con el Congreso un megapaquete fiscal que era de un billón de dólares y ahora sería de dos, para atender las dificultades de empresas -sobre todo, pymes- y ponerles plata en el bolsillo a las personas. Urge que la crisis viral no se cobre un pez de calibre à la Lehman y trepe a otro umbral de magnitud. Mientras, los paquetes extraordinarios de ayuda son un juego de espejos en todo el mundo. Es evidente que el virus no lee el boletín oficial, que las plazas financieras tienen que rearmar portafolios y en la prisa destruirán valor, y que la actividad económica estará definida por la cuarentena más que por cualquier otra política, pero sirve que la arquitectura de contención esté lista tan temprano, y pueda mitigar destrozos y evitar que daños transitorios se transformen en un legado permanente más oneroso.

¿Y qué decir de la desagradable reacción de los bonos del Tesoro, y la suba de sus tasas, cuando se sumaban los anuncios de estímulo? ¿Se cruzó un límite? No es bueno que el cash sea el rey, pero hoy que el virus manda es la mejor noticia. Los que venden bonos Tesoro, o cualquier otra cosa, aceptan cash a cambio. Querrían salud y pesetas, como se decía en España. Salud no hay. Pero la fábrica de efectivo está intacta, libre de virus, puede trabajar a destajo en tiempo real y cubrir perfectamente la demanda excedente.

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