1 de noviembre 2013 - 00:00

ANTICIPO EDITORIAL: la Tablada, última batalla de la guerrilla

Hacia enero de 1989, el Gobierno de Raúl Alfonsín se acercaba al final, desgastado por la economía, intentos de golpe de Estado y peleas inconclusas, cuando un grupo del izquierdista Movimiento Todos por la Patria copó un regimiento del Ejército en La Tablada. Los periodistas Felipe Celesia y Pablo Waisberg reconstruyeron minuciosamente aquella jornada, que terminó con decenas de muertos y desaparecidos, y la oscura trama que lo originó. A continuación, fragmentos del capítulo I, "Un lunes a sangre y fuego".

ANTICIPO EDITORIAL: la Tablada, última batalla de la guerrilla
Todavía está oscuro, pero ya se acerca el día cuando Ramón Ortiz marca 113 en el teléfono. "Seis horas, cero minutos, cero segundos", responde la voz imperturbable y algo metálica de la grabación de la hora oficial. El cabo primero Ortiz, de 24 años, mira por la ventana como para entretener el tiempo. Falta media hora para que llamen a formación. El Regimiento de Infantería Mecanizado 3 General Belgrano (RIM 3) está tranquilo este lunes de verano. Desde su puesto de comunicación, Ortiz puede ver la galería de pinos de la calle de acceso al cuartel y, detrás, la Compañía de Comandos y la Mayoría, el edificio de la subcomandancia de la unidad. Poco se mueve, salvo algún camión sobre la avenida Crovara o la gente de la Guardia.

A lo lejos, Ortiz ve un auto verde con baliza y un camión de proveedores que encara para el Puesto Uno de la Guardia. Ahí, en ese momento, está de servicio el soldado clase 1970 Juan Manuel Morales. Como todos sus compañeros, espera que este año la incorporación de nuevos conscriptos empiece temprano, así le dan antes de baja de la "colimba", que a esta altura ya se le hace interminable. El conscripto Morales también ve el Falcon verde parado y un camión Ford 7000 rojo de Coca-Cola que lo pasa y se dirige a la barrera. Supone que viene a dejar mercadería, como es habitual en un comienzo de semana y a esa hora. Sale entonces de la garita y se acerca al portón cerrado con cadena. A un costado de la entrada está un muchacho de civil que, pese a sus 23 años, parece bastante mayor que Morales, por esas cuestiones de las jerarquías militares. Es el cabo primero Daniel Cejas, recién llegado de su franco del fin de semana. Está en una charla animada con su compañero, el cabo primero Juan Pío Garnica, de 25 años, que en ese momento lo interrumpe y va detrás de Morales para pedir la documentación de rigor a los proveedores. Todo parece comenzar como es de rutina la mañana del 23 de enero de 1989. Pero en los últimos cincuenta metros antes del acceso al RIM 3, el Ford 7000 acelera y embiste el portón. La cadena estalla. Morales y Garnica salen despedidos por el golpe de las hojas de madera. Quedan tirados y conmocionados, pero ven que, tras el camión, entran a toda velocidad el Falcon de la baliza y otros cinco vehículos: un Taunus, un Renault 12 Break, un Renault 12, un Renault 11 y una camioneta Toyota. La extensa caravana transporta a 46 personas armadas.

"¡Viva Rico! ¡Viva Seineldín! ¡Mueran los generales hijos de puta!", gritan desde el camión y los autos. Los nombres de los jefes de los levantamientos militares que en los meses anteriores agitaron al país, Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín, parecen anunciar que se trata de una nueva intentona "carapintada" contra el Gobierno de Raúl Alfonsín. Esa versión circulará durante buena parte del día, en los medios, en los rumores de la gente y hasta en los despachos oficiales, aunque pronto en el cuartel se comprobará que esta vez se trata de algo completamente distinto.

El cabo de cuarto, Alberto Sosa, de 23 años, está sentado en un cantero del edificio de la Guardia de Prevención cuando escucha la arremetida de los vehículos. Se levanta y entonces ve el camión. Carga su fusil automático liviano (FAL) y le dispara ráfagas hasta agotar los veinte tiros del cargador. Desde los vehículos responden. El camión pasa y los dos autos siguientes también; pero el cuarto vehículo para y bajan varios hombres.

Uno de ellos grita: "¡Ríndanse, hijos de puta!". Desde adentro de la Guardia, el sargento Atilio Escalante escucha los gritos y sale, con el FAL en la mano. De inmediato comprende que es un ataque al cuartel; dispara sobre el camión y se repliega hacia el teléfono público, que está en el acceso a la Guardia. Vuelve a tirar, pero el fuego es muy intenso y no puede sostener la posición. Sin embargo, los disparos llegan a su objetivo y matan al acompañante del chofer del camión. Es la primera baja de los atacantes y del combate. Cuando todo termine, se sabrá que se trata de Pedro "Pety" Cabañas. Azulejista de profesión y nacido en el Paraguay, Cabañas era un veterano de la organización guerrillera setentista PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo).

En esos primeros cruces de disparos, el Ford 7000 termina chocando contra un árbol frente a la Enfermería del cuartel, unos metros más allá del edificio de la Mayoría. Su conductor, sin embargo, sale ileso. Con el correr de los días se sabrá que es el cordobés Juan Manuel "Fede" Murúa, de 36 años, también veterano del ERP y que ha combatido junto con los sandinistas en Nicaragua.

El cabo Sosa se tira al piso para esquivar las balas y quiere disparar, pero el FAL se le traba. Entonces ve que el soldado Roberto Taddía, un conscripto de 19 años, sale de la Guardia con las manos en alto; pero una bala entra por debajo de su axila izquierda y se desploma. Es el primer muerto del regimiento. Desde su posición, también Escalante es testigo de la escena: Taddía sale corriendo hacia la izquierda de la Guardia, desarmado, y cae, inerte.



***


También integra el grupo Jorge Baños (33), una de las figuras públicas del MTP y reconocido como abogado de derechos humanos. Otros de los atacantes de la Guardia del RIM 3, en cambio, tienen una militancia más reciente, como el activista barrial Sergio "Queco" Mamani, el dirigente estudiantil Fernando Falco (18), el obrero Félix Díaz (23) y el militante barrial Ricardo Veiga (29).

El mayor Horacio Fernández Cutiellos es la máxima autoridad entre los ciento veinte militares que hay en el regimiento cuando escucha tiros en el Puesto Uno. Está frente al espejo, en bombacha de combate y alpargatas, afeitándose. Su habitación está en el primer piso de la Mayoría y desde allí detecta el despliegue de civiles armados. A sus 37 años, Fernández Cutiellos, muy católico y nacionalista, padre de cuatro hijos, tiene una carrera promisoria en el Ejército. Cuarta generación de militares, orden de mérito 17 de la promoción 103 del Colegio Militar, durante la Guerra de Malvinas fue movilizado y puesto al mando de paracaidistas de elite, pero no entró en combate.

Casi como un mandato biológico, el mayor toma su fusil y desde lo alto empieza a tirar sobre el grupo que toma la Guardia y que empieza a distribuirse entre los árboles y la garita.

Desde la Mayoría, Fernández Cutiellos ve sus objetivos a unos 50 metros, tal vez sean 70. Está motivado y es buen tirador. Apunta, hiere dos veces al Gordo Sánchez y los asaltantes le responden el fuego. Unos minutos después mata de un tiro en la cabeza al Gallego Caldú, que intentaba cubrirse entre los autos estacionados en la calle Belgrano, la principal del interior del cuartel, que nace en el Puesto Uno.

A muy pocos metros de Caldú, Queco Mamani recibe un tiro en la cintura dentro de la caja de la camioneta Toyota y le pide a gritos a Mendoza que lo ayude. Pero Chepe Mendoza tiene poco margen para rescatar a su amigo. Buscando sofocar la posición de Fernández Cutiellos, se mueve hacia el edificio de la Compañía de Comandos y Servicios y ahí cae muerto, con un tiro en el estómago.

Igual suerte corre el azucarero Arroyo. Maradona Díaz queda herido en la cabeza; Veiga tiene un balazo en el hombro y Baños está herido en el pecho. Los sobrevivientes se reagrupan en la garita de la Guardia. El último en llegar es Baños, con el rostro desencajado como si lo persiguiera la certeza de que va a morir.

Kim Álvarez y Quito Burgos se quedan en la entrada de la Guardia y desde allí dan ánimo, como para contrarrestar la evidencia de que perdieron la iniciativa. Para recuperarla, Sánchez agarra el arma antitanque RPG 2 y lanza una granada y luego otra contra la Mayoría. Ambas hacen blanco en el edificio, pero no alteran el orden del conflicto. Los tiros de Fernández Cutiellos siguen haciendo daño a los guerrilleros.





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¡Pero vayan! ¡Soldados cagones!

Antonópolos no contesta, pero entiende que a él lo obligaron a estar allí y que Fernández Cutiellos, en cambio, es militar de carrera. Ir a mirar de dónde vienen los tiros es casi convertirse en un blanco fijo.

La batalla continúa y Fernández Cutiellos no se detiene a ejercer su autoridad. Se coloca con su FAL en el marco izquierdo de acceso al edificio y se pone a tirar contra la Guardia. El conscripto Amodeo queda debajo de la escalera, rellenando los cargadores que le tira el mayor.

Andá arriba y llamá a la Policía y a la Brigada de La Plata. Amodeo no logra comunicarse, pero Fernández Cutiellos llega, marca y logra dar con la Brigada de Infantería Mecanizada X para pedir apoyo. Poco después lo llama el jefe del regimiento, el teniente coronel Jorge Zamudio, que estaba de vacaciones en su casa, y le pide que defienda el cuartel.

Quédese tranquilo, que voy a morir en mi puesto.



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Gordo se decide a terminar con el tirador que tanto daño les está haciendo desde la Mayoría. Iván Ruiz y Kim Álvarez intentan neutralizarlo desde las ventanas del museo de la Guardia, pero Fernández Cutiellos economiza sus disparos y cambia de posición. Tras un breve descanso en uno de los sillones de la Guardia, Sánchez toma el fusil y sale con la idea de rodear la entrada de la Mayoría y sorprender al jefe del regimiento.

En la Mayoría, Fernández Cutiellos se queda sin blancos, sale al pórtico y se parapeta en una de las cuatro columnas del edificio. Por su derecha se acerca Sánchez muy lentamente, sin tirar, arrastrándose. Cuando lo tiene en la mira, a unos veinte metros, el Gordo gatilla el FAL y le pega al mayor en el omóplato derecho.

¡Tomá, la puta que te parió! festeja el jefe guerrillero. Fernández Cutiellos cae, pero no muere. Con el tiro, Sánchez descubre su posición. Desde el edificio de Comandos y Servicios, un oficial lo elimina de un tiro en la cabeza.

El mayor Fernández Cutiellos tiene una herida en el hombro, con orificio de salida por la espalda, y está perdiendo mucha sangre. Logra levantarse y, como puede, camina hacia la entrada del edificio para ponerse a cubierto; pero cada vez tiene menos fuerza. Se recuesta en la pared y ahí el fuego desde la Guardia arrecia. Ruiz, Álvarez y Baños ven la posibilidad de abatirlo y le tiran sin pausa. El contorno de Fernández Cutiellos queda tapizado de marcas de balas. Está a medio metro de la puerta. Pero no da el paso final. Un tiro le pega entre las clavículas, le arrasa la tráquea y le rompe la médula.

Se desploma, muerto.



***


"Si quieren, váyanse, pero los van a matar. Ustedes están jugados como nosotros. Nos van a matar a todos", les dice Ruiz y les propone: "La única que les queda es agarrar un fusil y pelear...".

Nadie responde y nadie se mueve. La respuesta está tácita. José Alejandro "Maradona" Díaz está herido en la cabeza y tiene un trapo ensangrentado a modo de vendaje. Ante los desertores y soldados dice que es un "familiar" que quedó atrapado en el combate. Uno de los soldados le retruca que a las seis de la mañana no hay visitas. La mentira es muy inocente, insostenible, pero Maradona se queda con ellos en los calabozos y hacia el final le pide al conscripto Gentile que diga que es su primo y al desertor Miranda que, si muere, vaya a su casa en Quilmes y le diga a su madre que murió combatiendo.

Las piezas de artillería ya empiezan a pegar en la estructura del edificio y las orugas de los tanques se oyen por el perímetro.

En el área de la Guardia están Quito Burgos, Baños, RicardoVeiga y Kim Álvarez; en los calabozos, con los soldados y desertores, Ruiz y Díaz. El cañoneo se intensifica y el techo comienza a incendiarse. Los soldados deciden moverse al último calabozo cuando un bombazo pega cerca.

El fuego derruye la estructura del ala de oficinas de la Guardia, que termina cediendo y desplomándose. Burgos, Baños y Álvarez quedan bajo los escombros.

En los calabozos la situación también está al límite. En cualquier momento el techo puede ceder y caerse. Rojas y Aibar aúnan fuerzas para mover uno de los barrotes de la ventana. Hacen presión hasta que logran aflojarlo y, por fin, sacarlo del anclaje. Los desertores están de civil y temen que los maten ni bien salgan. Piden salir alternados con los soldados. Aparecen entonces Gentile, Rojas, Aibar, Salas, Miranda, Valenti y, finalmente, Díaz y Ruiz. Afuera los recibe un comando, el teniente primero Carlos Alberto Naselli. Flaco y enjuto, con su FAL en la mano derecha, el oficial de 26 años va tironeando con la izquierda las piernas que asoman. Salen todos. El desertor Salas busca reivindicarse ante la fuerza y le dice a Naselli: "Esos dos son subversivos". El colimba Gentile también avisa que los últimos dos que salen son atacantes. El teniente encañona a Ruiz y a Díaz, que no se resisten, y se los lleva para los fondos del cuartel. El reportero gráfico Eduardo Longoni capta con su cámara la secuencia de la rendición.

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