Charlas de quincho

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¿Macri, estrella ahora del transformismo? Ensayó tres meses para festejar sus 50 años casi sin políticos, con una inolvidable imitación. Lejos de estas fiestas, se empezó a creer en Olivos que el proyecto de lista única que tanto defiende la oposición puede terminar conviniéndole al peronismo. En el avión de Cristina, las charlas entre gremios y empresarios dieron sólo para sarcasmos. Ya en Madrid, las primicias del ánimo con el que esperan hoy los españoles a Cristina de Kirchner las tuvo, comiendo los mejores arroces, como siempre Daniel Scioli. Veamos.

Algunos, como Palito Ortega, cantaban para tener poder; otros, como Hugo Chávez y ahora Mauricio Macri, buscaron poder para poder cantar. El jefe de Gobierno porteño demostró eso y algunas cosas más en la discreta pero brillante fiesta que dio en la noche del sábado para festejar sus 50 años. Por ejemplo, demostró que, para él, en política hay amigos y, aparte, los aliados, y que para un cumpleaños como éste no son la misma cosa. Apenas un puñado de políticos pudo entrar esa noche al club house del Buenos Aires Golf, sobre la autopista del Buen Ayre, cerca de la Panamericana, una empresa que alquila canchas de golf y que es uno de los emprendimientos más antiguos y rentables de la familia Macri (lo administra Gianfranco, su hermano, ausente; Mariano, otro hermano, estuvo presente). De los invitados, además, pocos hacen política con él: de ellos seleccionó sólo a Gabriela Michetti, Horacio Rodríguez Larreta (h) y Federico Pinedo; un solo ministro de su Gabinete, Marcos Peña; dos legisladores, Paula Bertol y Diego Santilli. De la política grande, sólo Enrique Nosiglia y Ramón Puerta, que son amigos de la vida; el sigiloso «Coti» apadrinó la exaltación de Macri a la tarima que le permitió ser lo que es hoy, la presidencia de Boca. Con Puerta fueron compañeros, en camadas distintas, en la carrera de Ingeniería de la UCA y comparten la misma libreta de direcciones para hacer política, aunque nunca han militado en la misma vereda.
El resto de los invitados, familia, viejas amistades del fútbol, del colegio, la banda de las amigas de su novia Malala Groba y algún compromiso. Nombres: Gerardo Sofovich, Marcelo Tinelli, el banquero Eduardo Escasany, Carlos Ávila, el tío Carlos Blanco Villegas, alguna gloria del fútbol como el «Bambino» Veira, «Tanque» Alfredo Rojas o Antonio Ratín, algún directivo de Boca como Richard Wilmot, algún actor como Martín Seenfeld o el amigo del alma Nicolás Caputo, cuya novia Agustina fue la responsable de la ambientación, de un minimalismo blanquinegro -mucho camastro- poco compatible con esos barros del conurbano en donde está el club, Panamericana cruce con Bancalari, zona liberada diría Juan Carlos Blumberg, aunque no para los custodiadísimos 300 invitados, en realidad 120 con esposas, más un malón de colados.

Tanto escenario merecería un buen show, y Macri lo dio: apareció ataviado con zapatillas, pantalón y campera de cuero blanco que, cual stripper de madrugada, revoleó para quedar en músculos. Ya era Freddy Mercury y, en alarde de transformismo que envidiarían sus colegas de la política, cantó tres canciones de Queen que nadie olvidará jamás. Verlo al jefe de Gobierno y al amigo en ese despliegue de sinceridad que es todo disfraz, haber elegido los extremos del género que encarnó la estrella de Queen y la inocencia con la cual desnudó su alma ante los amigos le pareció a la mayoría una inocentada. La discreción de la fiesta -sin fotógrafos, sólo un video familiar que registró todo y que buscará hasta encontrarlo la TV de escándalo- Macri recibió sólo felicitaciones y ningún reproche. Con el mismo regocijo con que su entorno le festejaba a Carlos Menem que baile tangos y zambas en fiestas de Olivos, le celebraron a Macri la imitación, casi una estudiantina que es compatible con cierta austeridad que demostró en la fiesta, que incluyó un video en broma hecho por los hijos y la actuación de la banda juvenil con la que debutó como imitador de Freddy Mercury, faena para la cual se preparó con un profesor durante tres meses para alcanzar la performance del sábado, que recibió los elogios de su ex cuñado, el «Zorrito» Fabián Von Quintiero. Sorprendió, además, a paladares exigentes como el de muchos de los presentes que en los dos ambientes -uno bajo techo, el otro bajo una carpa- se sirviesen bandejas de canapés, caprese, gazpacho, pollo picante (sin curry, advirtió un experto), pero que el menú fuera pizza y helados con identificación de marca comercial (Los Inmortales, Persicco). Para buscar restarle más fastos a la cita, Macri pidió que no se llevasen regalos sino alimentos para regalarle a los pobres (se dice no perecederos) o vales de compra -muchos acercaron bonos por libros o útiles de colegio para donar a niños-.

El mensaje de quien busca ser presidente de la Argentina al resto del club de los políticos fue claro: la fiesta es para los amigos, a los aliados no se los invita, se preserva la intimidad y en ese clima el candidato se exhibe en camiseta y sin temor al ridículo, algo que en política ayuda mucho. En suma, libreto propio pero muy cuidado; por ejemplo, estuvo ausente el padre Franco Macri, que en la misma noche daba una cena en Manantiales de Punta del Este para su decorador Carlos Entenza, faltazo que alimentó la leyenda de que no se llevan bien padre e hijo. Era al parecer importante ese cumpleaños en Manantiales, pese a que Nuria, la novia de Franco, está en China y debió consolarse con la compañía de amigos como Cristiano Rattazzi, Ginette Reynal, Gloria César y Wally Diamante. Lejos del patriarca seguramente había menos inhibiciones para el show transformista que se perdió el padre del jefe del PRO. Nadie se olvidó tampoco de la política, y menos que nadie el primo Jorge Macri, que se paseaba por las mesas avisando que había que leer el diario del domingo a la mañana, que contaría -como contó- que entre hoy y mañana se juntarán Mauricio con Felipe Solá y Francisco de Narváez para cerrar alguna forma de acuerdo para jugar juntos en la provincia de Buenos Aires. Que hagan algo alguna vez no llama la atención en estos tres dirigentes que han tenido o tienen un vínculo umbilical con Eduardo Duhalde o el sector del peronismo que él representa. Los marean las encuestas que dicen que si suman la intención de voto de los tres le ganan al kirchnerismo, pero como toda embriaguez hace ver borrosos los detalles. Si estuvieran seguros del vaticinio firmarían ya mismo la alianza. Pero los tres van con necesidades básicas insatisfechas: 1) Macri necesita hace algún ademán para no quedarse afuera de la elección, aunque sea a través de su movedizo primo; 2) De Narváez exige ser el candidato a diputado nacional porque está primero que Felipe Solá en las encuestas; por ahora pide que se postergue la discusión de nombres; 3) Solá, el más necesitado de todos, tiene el margen que necesita para volver locos a los otros dos: dice querer una candidatura a diputado pero él ya lo es, y más que legítimo, obtuvo la banca a la cabeza de la lista que ganó -que haya sido la de los Kirchner no tiene mayor importancia, salvo para su intimidad que además nunca revela-. No le compite a De Narváez en la candidatura a gobernador en 2011, porque dice que quiere ser presidente. Apurándolos a un acuerdo en realidad les toma un examen a los otros dos, de manera de tener margen para su elección final: Solá nunca juega a perdedor, y sólo apostará a ese trío si le asegura la victoria. Si no, ya habrá otras ofertas, pero que sean ganadoras.

Boca Juniors fue tema infaltable de la conversación, pero también la crisis de River Plate que, según los más versados, no tiene por ahora solución porque han armado una estructura perdedora. Los jugadores, contó uno, llegan al club por un lugar en donde los esperan barras bravas con amenazas y reclamos. Después, en el vestuario se reúnen para hacer planteos de cuándo cobran lo mucho que les deben por los sueldos. Todos viven angustiados y no hay diálogo con los dirigentes, que además no aparecen porque saben que les van a reclamar por los atrasos en los pagos. Los problemas se extienden al entrenamiento y a la cancha.
También hablaron de la candidatura a presidente de River de Daniel Passarella, que viajó el sábado a Europa a reunirse con Michelle Platini. El ex técnico de la Selección dice que se va a capacitar en Europa para manejar el club. Quiere «sudamericanizar» aún más el fútbol y «europeizar» la gestión sin tercerizar, ni privatizar. El grupo que acompañó a Passarella estaba munido de computadoras y teléfonos satelitales de última generación, parecían Ceo internacionales de una «task force». «Ésa es la escuela que dejó Mauricio», comentó uno de los asistentes. Pese a estos comentarios, hubo mucha exhibición de rostros ayer en la reinauguración del palco de honor en River, en donde se agolparon Felipe Solá, su jefe de asesores, Juan José Alvarez, Aníbal Ibarra -cuando llegó River ganaba 2-0; terminó 2-2 -, Jorge Enríquez y Eugenio Burzaco, que buscaron mejor suerte para su equipo y para sus pretensiones políticas.


En los mentideros más politizados no faltaron comentarios negativos sobre las declaraciones de Hermes Binner, quien volvió a la carga contra Carlos Reutemann y reeditó el viejo cuestionamiento hacia el ex gobernador y actual senador nacional por las lamentables muertes ocurridas en la ciudad de Rosario en el mes de diciembre del año 2001 y las inundaciones de 2003 en la ciudad de Santa Fe. En la capital provincial, dirigentes peronistas y de otros signos políticos cuestionaron las declaraciones hechas por el gobernador a un canal de cable santafesino, antes de partir hacia México. Uno de los asistentes enfatizó que «es de mal gusto hacer política con muertes que nadie quiso». Los más expertos aseguraron que, si va a pasar por ahí la estrategia de la campaña del socialismo, resultará contraproducente y el público le va restar apoyos. Es una paradoja que mientras Binner se despachaba con estas impensadas opiniones, Rosario, gobernada por el también socialista Miguel Lifschitz, sufrió un desastre climático que dejó varios muertos y daños incalculables. Alguien de una mesa no dejó de arrojar, con ironía, una pregunta: «¿Habrá que condenarlo también al intendente por las muertes de estos días en Rosario?». Hubo sí, expresiones a favor de este intendente, que reaccionó ante el desastre con energía, tomando medidas como hacer trabajar a los municipales sin horario y hasta reclamando a la Justicia que abriese piquetes que amenazaban con impedir las acciones en beneficio de los dañados por el temporal. La conclusión en la mesa fue que Binner está mal asesorado en varias cuestiones y ésta es una de ésas. «Querer correr una carrera sin conocer bien la pista -añadió un parroquiano- es un riesgo grande. Me parece que el gobernador, con estas declaraciones, tuvo su primer derrape fuerte. No sea que haga despistar al socialismo si sigue así», remató.

De estas perplejidades y otras que pueblan la imaginación de los dirigentes, se habló mucho en el avión que la llevó a Cristina de Kirchner a España, donde hoy inicia un viaje oficial. La Presidente venía de una recoleta tarde en Olivos junto a Néstor, con quien repasó detalles que le quitaron el humor, como enterarse de que el viernes, en la reunión del consejo de ministros de España, el gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero votó la concesión de varias condecoraciones, además del Collar de la Orden de Isabel la Católica para Cristina, entre ellas una para Carlos Reutemann, que rechazó subirse al avión en el viaje a España. Aunque el senador hizo saber que nunca iría a esa visita porque lo querían sentar junto a Agustín Rossi y llevarlo, en el plan original, en un riesgoso Tango 01 (tiene menos de cuatro turbinas, algo que exige siempre el senador), el Gobierno no pudo parar esa condecoración, que recibirá la Presidente (es un diploma y una caja con el lazo y el botón para ponerse en el ojal) para traerla a Buenos Aires. El consuelo para Olivos, y la broma en el avión cuando la comitiva viajaba en la noche del sábado a Madrid, es que le dieron al Lole santafesino una condecoración del mismo rango que al vocero Miguel Núñez (una modesta Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil que podrá lucir en el pecho el vocero mudo de la Presidente). De la prisa de Olivos antes del viaje hay otro testimonio: el llamado urgente a Carlos Tomada para que se subiera al avión. Los Kirchner urdieron esa tarde del sábado una reunión entre los empresarios y los gremialistas que viajaron a Madrid con el Consejo Económico y Social de España, una oficina que los hombres de negocios criollos tienen como modelo pero que nunca el Gobierno argentino quiso traer al país (le echan la culpa en realidad a Roberto Lavagna, que frustró en 2005 un decreto de Néstor Kirchner copiando el modelo español, que se inspira en la tradición corporativa de 40 años de franquismo). Esta subida atropellada de Tomada al avión demoró la partida e impidió ese momento de jarana que gana a los viajeros presidenciales apenas se alcanza la velocidad de crucero. Cuando estaban todos sentados, se acercó Cristina de Kirchner al «gallinero» de la nave, donde charlaban ya los invitados Hugo Moyano, Omar Viviani, Antonio Caló (CGT) con Juan Carlos Lascurain y José Ignacio de Mendiguren. Los saludó, los escuchó un rato y oyó la frase de la noche: «Bueno, si tenemos que hacer un cuarto intermedio, el que sale tiene que salir también del avión». Con ese humor acuerdista, a 10 mil metros de altura, siguieron charlando cuando Cristina se fue a dormir, momento que fue de las confesiones más crudas. La principal fue que gremialistas y empresarios coincidieron en que el Gobierno es el sector que menos ha atendido hasta ahora la magnitud de la crisis. Quizás porque está forzado a presumir de lozanía, no termina de medir la crisis y, según los sindicalistas y empresarios que se trasnocharon en el avión presidencial, se agota en anuncios cosméticos cuando debiera imitar a otros gobiernos. «Lo primero», dijo uno de los empresarios, «evitar que el debate pase por el porcentaje de aumentos a los salarios, un disparate en este momento», frase que no pudo responder ninguno de los sindicalistas que, embozados en las frazadas que dan en el Airbus, ya se quedaban dormidos.

Hubo algo alentador antes de salir para los Kirchner en Olivos y es el primer informe que recibió el matrimonio sobre el significado del proyecto de instauración de una boleta única para las elecciones que presentó todo el aro opositor. El proyecto busca evitar que en un cuarto oscuro haya centenares de boletas que los malos suelen destruir para perjudicar a los buenos. La idea que defienden radicales, aristas e independientes implica poner todos los nombres de los candidatos en una sola tira en la que el votante tenga que marcar con una cruz sus predilecciones. El proyecto, según ese informe que llegó a Olivos, puede terminar beneficiando al peronismo. No porque mejore la situación de sus candidatos, sino por el efecto destructivo que tendría sobre los partidos pequeños. Este informe dice que la boleta única produciría un efecto de dispersión nefasto para las formaciones menos conocidas, en particular en distritos como en la provincia de Buenos Aires, en donde el nuevo sistema desengancha las categorías (legisladores nacionales, provinciales y municipales) y le traslada al votante la responsabilidad de juntarlas en la urna. Por ahora van a seguir los funcionarios del Gobierno criticando aspectos pintorescos de la iniciativa (que la lista sábana pasa a ser frazada porque sólo figurarían los tres primeros candidatos, que en Buenos Aires la boleta es tan grande que va a ser un rollo) y resistirán las reformas a un sistema que tiene más descrédito que ineficiencias. Pero puede llegar un momento en que el Gobierno empiece a verle -si la marea opositora engancha con el público- el lado positivo.

El pesimismo de los empresarios que fueron en el avión no es menor que el que tienen los que no fueron al viaje, o que fueron como particulares a mirar la gira presidencial desde afuera para cuidar sus intereses en los dos lados del océano. Por eso algunos acompañantes de Cristina de Kirchner quisieron tener antes de hoy -cuando empieza la visita oficial- una radiografía puntual del clima empresario. Las primicias las tuvo Daniel Scioli, el acompañante de más alto rango de la Presidente, en el almuerzo discretísimo que tuvo ayer, apenas bajó del avión, con el embajador de España en Buenos Aires, Rafael Estrella, y el empresario Enrique Eskenazi, socio de Repsol en la criolla YPF, con quienes degustó los mejores arroces que se pueden comer en la península -lo que es ya decir mucho- en el restorán L'Albufera, del hotel Meliá, en pleno centro madrileño. El encuentro, conversado desde Buenos Aires, permitió que el gobernador tuviera una minuta completa de lo que la petrolera va a hacer en la Argentina. En la semana que pasó, Repsol anunció recortes de inversión en todo el mundo pero en el viaje que hizo a Buenos Aires su presidente, Antoni Brufau, para participar de un almuerzo con la Academia Argentina de Gastronomía, había negado que el país estuviera incluido en esos recortes. Eskenazi aclaró que esos recortes no llegan al país, pero que sí habrá un plan de economías. Las inversiones que están en los papeles, escucharon Scioli y el embajador Estrella, no se tocarán y se van a cumplir. La mesa no pudo escapar al comentario de las rispideces de esta visita, por ejemplo cómo recibirán los empresarios a Hugo Moyano, que ha organizado más de una algarada criticando a los españoles, la más recordada cuando fue al Congreso e insultó a empresarios en la audiencia previa a la estatización de Aerolíneas. O al comentario de uno de los empresarios más importantes de la Argentina -y por cierto, socio del Estado en más de un emprendimiento-, que es tan escéptico que dijo que en los próximos tres meses pensaba viajar sólo 15 días fuera del país, pero que como van las cosas, apenas va a pasar, en esos tres meses, 15 días en la Argentina. Vaticinó además ese hombre -a quien conocen bien los tres de la mesa de los arroces- a amigos en Buenos Aires que el país enfrentará tres años durísimos que van a poner a examen no sólo a los empresarios, sino las condiciones intelectuales de quienes gobiernan. Optimista por metodología -y no le va tan mal- Scioli explicó a la mesa sus proyectos. El primero, irse anoche a cenar con su amigo Isidoro Álvarez, propietario de la cadena El Corte Inglés, de donde volvió con un panorama completo sobre el ánimo con el cual los españoles esperan el comienzo de la visita que inicia hoy Cristina.

Moyano, Viviani y Caló ya habían despachado antes de subir al avión los detalles del principal proyecto que embarga hoy a los sindicalistas, que no es reunirse con españoles ni, aun, ponerse a discutir sueldos de empleos que saben que si se desmadra la crisis tampoco existirán. Se trata del lanzamiento de un partido de los trabajadores, según el modelo del PT brasileño, que se inspira en la movida del campo en la Argentina, que despertó en muchos la creación de un partido del campo. Ese partido lo quiere crear Moyano como una agrupación política que adhiera como el PJ a frentes peronistas, pero que tenga listas propias y un proyecto que vaya más allá de los gobiernos. Los tres estuvieron la noche del miércoles en la sede del sindicato de marítimos del «Caballo» Enrique Omar Suárez, que ofrece los mejores pescados a la parrilla del sindicalismo argentino (compite con la parrillada que brinda en el UATRE, sindicato de los rurales, el «Momo» Gerónimo Venegas, otra estrella de la gastronomía) en el quincho que tiene en la calle Perú de la Capital Federal. Allí llevó Moyano a unos 30 caciques de gremios de la CGT ese miércoles -el mismo de cuando Luis Barrionuevo había juntado a sus críticos en Mar del Plata- exclusivamente para explicarles el proyecto. «Se acabó -les dijo- el tiempo de rogarle al PJ que pongan candidatos en sus listas, que después no los ponen, o si los ponen no les dan ningún relieve ni los llaman jamás». «Y -agregó el «Negro»- cuando necesitan una movilización, nos llaman a nosotros, cuando necesitan una ayuda de las que ya saben, nos llaman a nosotros. «Nos ningunean y después nos piden apoyo. Ahora van a ver que van a venir a hablarnos de poner o no gente nuestra en las listas. ¡Ésa es la coyuntura! Con el partido propio vamos por más. Eso se acabó», bramó esa noche Moyano, quien pidió secreto para esa idea que va de punta contra sus acuerdos con Néstor Kirchner, que exige sumisión al PJ que él domina sin que nadie pueda mover un papel. Y que paga por eso, como pudo probarlo Moyano esa noche, cuando lo interrumpieron en la cena para contarle que el Ministerio de Trabajo había avalado un acuerdo para llevarse para Camioneros a los distribuidores de diarios. Una concesión del Gobierno más que grave para la libertad de expresión, ya que el periodismo gana un nuevo socio, caro, y que va a querer leer los diarios antes de distribuirlos. Lo más notable de esta gracia del Gobierno es que la resolvió Carlos Tomada por sí solo, sin darle siquiera vista del reclamo de Camioneros a la comisión arbitral de la CGT, que suele mediar entre los gremios cuando se plantean problemas de encuadramiento. Hasta Moyano esperaba que esto ocurriese, pero esa noche se enteró de que el Gobierno le hacía ese regalo sin preguntarle a la CGT, sino usando los poderes del ministro de Trabajo para dar o quitar. Otro caso que requerirá que se apliquen los términos del fallo de la Corte sobre libertad sindical, ya que los distribuidores de diarios habían votado hace diez días seguir con su organización aparte y no pasar a ser Camioneros. ¿Deberán usar el método de los trabajadores del subte porteño, que quieren dejar de estar en el gremio de choferes y buscan ampararse en ese fallo de libertad sindical que tiene tanta resistencia del Poder Ejecutivo?

Terminamos con un chiste de la línea animal, aunque procaz: Tres ratas están en un bar. Una de ellas pide un whisky, se lo manda de un trago, estampa el vaso en la barra, mira a las otras dos ratas, y dice: «Cuando encuentro una trampa para ratas, salto encima del gatillo, agarro el alambre que viene bajando con los dientes, lo muerdo 20 veces para afilarme la dentadura, lo rompo y me como el queso, carajo!».
La segunda rata la mira, pide un vodka, se lo embucha de un saque, rompe el vaso en un rincón, y dice: «Cuando encuentro veneno para ratas, me lo llevo a casa, lo pongo en el microondas, hago popcorn y me lo como mirando tele y tomando cerveza, mierda!». Acto seguido, ambas ratas se dan vuelta, y miran a la tercera. Esta pide un vaso de leche, toma un sorbito, las mira, toma otro sorbito, deja el vaso, y dice: «Perdonen, pero hoy no tengo tiempo de contarles nada... tengo que ir a casa a cogerme al gato».

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