Charlas de Quincho

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Cristina de Kirchner vive de acá en adelante con las valijas listas; llegó de San Pablo, se va esta semana a Chile, de ahí sigue el avión hacia Qatar y comenzará abril en Londres para la cumbre del G-20. Un experimento total éste de un país que camina sobre las brasas por la pelea con el campo, que mira a la sesión del jueves en donde el Senado tiene que tratar, con los votos oficialistas sobre el filo, el adelantamiento electoral. Todo con la Presidente en viaje y el país a cargo del díscolo Julio Cobos y del inquilino de Olivos, Néstor Kirchner, vigilando. Cuando vio la agenda en Olivos el sábado, el ex presidente revisó su decisión de acompañarla a Cristina a Chile, mejor quedarse a echarles una mirada a dos batallas que pueden jugar el destino del Gobierno. En definitiva, Cristina viaja sola, acompañada de sherpas fieles, pero sin Néstor, que no quería perderse el espectáculo de Viña del Mar, donde su mujer se aseguró ya reuniones a solas con Joe Biden (el vicepresidente de Obama) y con el primer ministro inglés, Gordon Brown, a quien le adelantará las quejas por Malvinas, de manera de no tocar el tema cuando esté en Londres en fecha emblemática, el 2 de abril.

Lo que más encantó a la Presidente, según el relato a la familia y a los pocos entornistas que la escucharon el sábado al mediodía, no fue el maratón con empresarios que tuvo en Brasil, sino el encuentro que más le interesaba, la reunión con José Serra, que puede ser el próximo presidente del Brasil -está 20 puntos arriba de Dilma Rousseff, la candidata de Lula-. Le dedicó más tiempo a solas que al presidente cuando lo visitó en la gobernación de San Pablo, donde este ex ministro de Fernando Henrique Cardoso se prepara para gobernar Brasil si gana el año que viene. Para Cristina es un deber de Estado prepararse para un nuevo Gobierno en ese país; además, charlar con este nieto de una correntina que fue ministro de Cardoso le sirve para comprobar si existe el péndulo en política y si el mismo cambio que se prevé en Brasil puede tocar en la Argentina. Como Serra no gobierna, el diálogo con este candidato que habla perfectamente español se disipó -como muchas charlas en el vértice del poder- en nimiedades, como la pasión de Serra por el cine argentino. «El nuevo cine argentino», le respondió Cristina. «Sí, el nuevo cine argentino y también el de antes». Hablar de esas aficiones refina las posibilidades de la diplomacia presidencial, a la que puede recurrir cuando hay problemas sin intervención de diplomáticos, lobbystas e intermediarios. El objetivo era juntar a los empresarios. Omitió Serra hablar de elecciones, pero se mueve ya como ganador, pese a que Lula le dijo a Cristina -en la reunión de 5 minutos a solas que mantuvieron en un aparte de la cena de la FIESP, federación de empresarios paulistas- que su candidata y jefa de Gabinete puede todavía crecer mucho y que sus posibilidades no están cerradas. Cristina festejó este encuentro como la posibilidad de un posicionamiento futuro, como si hubiera kirchnerismo después de estas sordas batallas. Nada apasiona más al peronismo que el posicionamiento, estar en la mejor posición en el momento adecuado y recibir el elogio de los compañeros que más orgulloso pone a un peronista: «¡Qué bien posicionado que quedó!». Por eso le dedicó a Serra media hora de charla contra 5 minutos a Lula (¿o fue éste quien acortó los tiempos?). Le llamó la atención a Cristina de este Serra lo enterado que está de la economía argentina y de los nombres de economistas argentinos que le mencionó el candidato en la charla. Le quedó la duda de si esos economistas son amigos de la profesión de Serra o los consulta para medidas de Gobierno.

De la charla con Lula, según el relato que se escuchó en Olivos, lo importante es el entusiasmo con que compartieron la posición que llevarán los dos a la reunión del G-20 para la reforma del FMI. La Argentina ha dicho en todos los idiomas que si el FMI hace o simula alguna reforma, el Gobierno buscará acordar un programa que incluya préstamos imprescindibles para que cierren los números. Lula y Cristina saben que Obama lleva una presión para esa reforma, pero que ningún cambio ocurriría antes de 2010 o 2013 (si prima la posición de Francia y Alemania, que temen que esos cambios en los organismos les hagan cargar con el fardo de la crisis en los países de Europa oriental). El otro punto fue buscar alguna forma de enfrentar la invasión de los productos chinos sobre la región, asunto que merodeó todas las reuniones de los empresarios que acompañaron a Cristina en el viaje con sus colegas del Brasil. Se consolaron en esos 5 minutos a solas Cristina y Lula de que los presidentes poco pueden hacer si los empresarios no se ponen de acuerdo. «Si ellos arreglan, nosotros acompañamos», dijo uno de los dos. Llegaron a la reunión con aire de pelea, pero en realidad la puja estaba entre los empresarios, arrinconados con la crisis. «Pelear con China sí,» se dijo en la reunión a solas, «pero también algo hay que hacer con empresarios brasileños que importan de la Argentina y viceversa, pero que al mismo tiempo importan de China». Uno de los esfuerzos de la cumbre fue tratar de sincerar algo la posición ante China, difícil desde un Gobierno porque en el fondo se trata de negocios en donde la lógica comercial está por encima de todo. Se encantó Cristina, también, con la condecoración «al mérito industrial» que le entregó la FIESP, un medallón paraestatal (lo da una entidad privada) que a ella, se quejó casi a solas, le hubiera gustado recibir alguna vez de los empresarios argentinos. En ese aparte se enteró también Cristina de detalles de la visita de Lula a Obama. Lo que le preocupa más -dijo Lula- es hasta cuándo les va a seguir dando dinero Obama a los bancos. «Es un barril sin fondo», se le escuchó decir, porque los bancos reciben un dinero que después no vuelve al crédito. «Me lo vas a decir a mí», le respondió Cristina.

La delegación argentina que acompañó a Cristina recibió a poco de llegar a San Pablo, Brasil, la noticia de la muerte de Juan Cruz, hijo de Luis Betnaza, vicepresidente primero de la UIA y uno de los máximos directivos de Techint. En el momento, el vicepresidente de la UIA, José Ignacio de Mendiguren y David Uriburu, del grupo Techint, decidieron regresar a Buenos Aires. Juan Cruz tenía 28 años y estaba casado con Male Santamarina, con quien tenía dos hijos. A pesar del mal momento, hubo que seguir adelante. En ese viaje de 24 horas hubo resultados positivos. Algunas pymes lograron colocar productos con valor agregado, especialmente las que se dedican a la moda y la joyería. Las empresas brasileñas no tuvieron la misma suerte porque la Argentina tiene una crisis que ha paralizado las compras en el exterior. Lo que resultó inexplicable para los empresarios fue el discurso de Débora Giorgi, la ministra de Producción, que trazó un paralelismo entre Brasil y la Argentina, pero con datos del INDEC. Para los empresarios fue poco serio, otros no entendieron el sentido de la alocución y para los más benévolos «fue curioso que acudiera al INDEC para hablar de la Argentina si quería mostrar un panorama creíble». Les llamó la atención que quisiera resaltar que la Argentina era la menos afectada por la crisis mundial, cuando Brasil ya la está superando con medidas prácticas. Uno de los empresarios estaba asombrado no sólo por la baja de los precios de los combustibles, sino porque eliminaron el IPI (una especie de Ingresos Brutos que allá está en el 10%) para los automóviles, y los industriales se beneficiaron con un dólar que subió de 1,50 a 2,30 reales. Cristiano Rattazzi, presidente de Fiat Group, habló ante los empresarios y dijo que «la Argentina debía abandonar su eterno estado de país en desarrollo y comenzar a despegar». No mencionó a Brasil, pero todos entendieron la alusión.

Lejos de estas latitudes, un kirchnerista desengañado acarició los santuarios del poder en serio. Alberto Fernández, turista por Washington para hablar en un seminario universitario sobre cómo ganar elecciones (no es su especialidad, pero ha visto mucho), eligió para almorzar un restorán que está frente a la Casa Blanca y que tiene el nombre emblemático de Oval Room (Salón Oval). Gasta los últimos cartuchos que le quedaron del cargo que tuvo para aprovechar un viaje que le organizó el propio Earl Anthony Wayne, embajador de los Estados Unidos en la Argentina, para mantener reuniones con Nancy Lee (viceministra para Asuntos Latinoamericanos de la Secretaría del Tesoro), Dan Restrepo, (del National Security Council) y darle la mano a un amigo, Tom Shannon, del Departamento de Estado, que faltó a la cita porque tuvo que atender labores de su oficio en El Salvador, adonde asumió el Gobierno el Frente Farabundo Martí (que tuvo el apoyo de campaña de Eduardo Duhalde y, como veedor, la visita de José Octavio Bordón, que ha vuelto a las singladuras internacionales después de ser embajador en Washington). No se le movió un pelo a Fernández cuando expuso en la universidad George Washington sobre cómo deben ser las relaciones entre un Gobierno y la opinión pública -para lo cual tampoco le sirven mucho las experiencias en el gabinete kirchnerista-. Cumplió con el lema oficial de que gobernar no es cuestión de marketing, sino de convicciones. Ante los acompañantes que lo llevaron a comer al Oval Room expuso otra contradicción: argumentos sobre la necesidad que tiene el Gobierno de apoyarlo a Aníbal Ibarra en una candidatura a diputado nacional por la Capital Federal. Claro que este proyecto disipó las especulaciones de quienes le atribuyen promover también la candidatura del actual embajador en Wa-shington, Héctor Timerman con el propósito avieso de producir la vacante y colocar allí a su amigo Jorge Argüello, hoy representante ante la ONU. Que Fernández haría cualquier cosa por beneficiarlo a Argüello se entiende por el pasado común; los dos tuvieron una primavera macrista antes de que existiese Kirchner; los dos dieron el primer domicilio legal porteño para el Frente para la Victoria de los Kirchner (un estudio jurídico de la calle Lavalle por el que pasaban además el ex cancillería Eduardo Valdés y el macrista Helio Rebot). Pero mucho haría Cristina de Kirchner para mantenerlo en el puesto a Timerman, su verdadero canciller volante y sherpa perpetuo para cualquier viaje internacional importante (cumbre progresista en Chile esta semana; G-20 la semana que viene). Lo que no se entiende tanto es que Alberto Fernández haga ibarrismo cuando los Kirchner lo quieren bien lejos porque les produjo la derrota política más seria del Gobierno de Néstor (la destitución por la tragedia de Cromañón del gobernante en el distrito vidriera del país cuando era su aliado principal). También con esos amigos que ha tenido como Argüello, Valdés, Rebot, reales victimarios de Ibarra al actuar de manera militante para su caída (Rebot le dio la puntada final al ser el voto clave en la definición de su caída en la Legislatura porteña). Para alentar la incansable inquina política, Argüello agasajó a Fernández en Nueva York, donde pasó el fin de semana el ex jefe de Gabinete también para cenar con otra amiga norteamericana del kirchnerismo, la lobbista del Council of the Americas Susan Segal, antes de regresar hoy a Wa-shington, en donde al fin lo va a recibir Shannon. Ser ex funcionario da más trabajo que ser funcionario.

José Nun, que aunque no se crea aún es secretario de Cultura, creyó que iba a un quincho político, pero lo desencantaron rápido. Lo había invitado el sindicalista Gerardo «Momo» Venegas a los célebres almuerzos de los martes en la parrilla de UATRE (sindicato de los rurales), hoy, un felipista y aliado desde la CGT, rarísimo, a la Mesa de Enlace, que le hace huelga al Gobierno. Lo sentó junto a los históricos de la comisión del monumento a Juan Perón: Antonio Cafiero, Fernando Galmarini, Teresa González Fernández, Lorenzo Pepe, Guillermo Piuma, el ex ministro Jorge Casanovas, Carlos Campolongo. Y Nun, que es sociólogo, propuso apenas llegó la morcilla el tema de conversación. «Hablemos del paro del campo». La «Colorada» González Fernández, una experta en diplomacia política, lo hizo callar: «Mirá Pepe -por Nun- acá de política no hablamos porque si lo hacemos estalla todo». Galmarini, otro experto en convivencias políticas como suegro que es de Sergio Massa, directamente manoteó el celular y se levantó de la mesa. «Acá hablamos sólo del monumento a Perón y de dónde va a salir la plata para hacerlo». Ese monumento es objeto de una suscripción pública y la única persona que ha puesto unos euros es «Isabelita». «La piedra fundamental la pagué yo, bueno, la secretaría», se defendió Nun, «¿quién más va a poner?». «Momo» le dijo que necesitaba la ayuda del Gobierno para sacarles alguna moneda a los gobernadores porque si no el homenaje a Perón termina siendo del peronismo opositor. «Por eso te invitamos», le dijo «Momo», «para que nos ayudés a terminar con las rispideces con el Gobierno». Cafiero insistió con ese argumento con voz alta, más de la habitual. «No me griten, que no soy sordo», dijo Nun. «¿Quién es sordo?», preguntó Cafiero haciendo campana con la mano en la oreja. «Nadie es sordo, pero nadie pone una moneda», cerró la charla Venegas.

El ex senador Cafiero no presionó más porque es beneficiario de otro de los gestos de pacificación gubernamentales con sectores críticos del Gobierno: la Gendarmería, que depende de Aníbal Fernández, autorizó a que se vuelvan a hacer los almuerzos en el círculo de oficiales retirados de esa fuerza, en la calle Paraguay, de donde habían sido expulsados por el tono crítico de las sobremesas. La comida fue frugal, casi castrense, pero la devoraron los asistentes con aire de reivindicación (mayonesa de ave, peceto con salsa de mostaza y fritas, ensalada de frutas): Osvaldo Papaleo, Cafiero, Alieto Guadagni, el embajador Jorge Hugo Herrera Vega, Moisés Ikonicoff, la ombudsman porteña Alicia Pierini, el economista más ortodoxo del peronismo Carlos Leyba, Mariano Caucino. Desafiaron la paciencia de los anfitriones escuchando a un encuestador, Ricardo Rouvier, que dijo venir de darles clase a economistas de todo el mundo en un congreso que hubo en Cuba. Algunos amagaron con levantarse de la mesa, pero había promesas de encuestas. Cafiero trató de retenerlos también con anécdotas sobre cómo él había adelantado el triunfo del Frente Farabundo Martí en El Salvador, y que lo había traído al país al nuevo presidente Mauricio Funes cuando estaba de campaña para que tomase un café con Cristina de Kirchner. «Es periodista en su país, es muy popular; espero que no cunda el ejemplo por acá», se rió Cafiero en raro desdén a la profesión. Las encuestas que mostró dan, como muchos, un triunfo del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires y para halagar a los disidentes que eran mayoría le dio buenos números a Felipe Solá. Muchos de ellos tomaron con distancia esos presagios porque saben ya que Solá piensa dejarle la candidatura a Francisco de Narváez, poner gente de él en la lista y esperar el futuro desde la banca que ganó junto a Cristina de Kirchner en 2007.

Había invitación para todos los ex presidentes, pero fueron sólo dos, Fernando de la Rúa y Ramón Puerta. Menos mal, porque quien invitaba, el ex embajador Esteban Caselli, los había convocado a la Bolsa de Comercio para lanzar una fundación de Italianos en el Mundo. Caselli, después de ser embajador argentino en el Vaticano, y de la Orden de Malta en Perú y el Uruguay, fue elegido el año pasado senador por los inmigrantes italianos en Sudamérica en las listas de Silvio Berlusconi. Extrañó ya que en la invitación convocase Caselli -un rabioso opositor- junto al vicegobernador Alberto Balestrini -un inequívoco oficialista-. Los demás ex presidentes no fueron, pero sí mediáticos como Juan Carlos Blumberg (no se saludó con la activista antidelitos Constanza Guglielmi porque la calificó de «inestable» en una revista), el rabino Sergio Bergman, el ex gobernador Néstor Perl, el ex ministro Carlos Corach, el ex embajador Jorge Asís, el presidente de la Bolsa Adelmo Gabbi, el arzobispo de La Plata Héctor Aguer y un seleccionado de dirigentes comunitarios, ante quienes un senador italiano, Sergio de Gregorio, presentó a Caselli como candidato a presidente de la Argentina con el aval de Berlusconi. Caselli empuñó una carpeta y leyó un documento de lanzamiento de su candidatura ante la mirada de los presentes que descubrieron cómo se puede usar una convocatoria comunitaria para un lanzamiento presidencial, algo que puso de pésimo humor a uno de los dos que ya fueron presidentes.

Con más humor, inusual cuando se comporta en público, tomó su futuro político Ricardo López Murphy cuando le preguntaron qué hará en la mesa más política de la fiesta de casamiento de la hija del ex legislador Jorge Enríquez (María Sofía, casó con Germán Cogliano) en la que estaban el ex Banco Ciudad, Horacio Chighizola (era De la Rúa) y el abogado radical Zenón Cevallos -un gurú de la profesión para sus correligionarios, que no pueden explicar su afición por la figura de San Genaro-. El economista había descartado cualquier nominación, pero lo han sacado de su estudio radicales de la Capital que lo quieren como candidato a primer legislador, y de la provincia de Buenos Aires, que creen luciría en una lista de diputados nacionales. La mesa trató de sacarle algún dato sobre esa posibilidad, pero se negó a salir de su aire sentencioso, que volcó en la anécdota que recuerda cómo convencieron a Hipólito Yrigoyen que fuera presidente. Se votaba en 1916 y fueron los militantes a ofrecerle la candidatura a un campo de Noberto de la Riestra, localidad de la provincia de Buenos Aires, donde halagaba a la viuda de Cambaceres. «Estoy por el apostolado, ¿cómo voy a ser candidato?», se negó don Hipólito. Volvieron a la carga recordándole la historia de golpes, muertes, sacrificios, que él debía honrar. Los miró y musitó: «Dispongan de mí». ¿Querrán estos radicales de hoy disponer de López Murphy? Imagina seguramente un operativo clamor, el mismo con que sueñan los políticos cuando se creen llamados al combate, pero los fuerzan al calvario ingrato de las internas y las negociaciones. También con anécdotas describió, cuando llegaba la hora del vals, lo que considera un error del Gobierno al pedir el adelantamiento de las elecciones. Sancionó que le producirá más daños que beneficios porque no tiene en cuenta la situación del país, que empeorará. Cuando un gobierno tiene problemas, lo mejor -juzgó- es tener las elecciones lo más lejos posible. Ilustró su dictamen recordando a un entrenador de fútbol uruguayo de apellido Borrás. Este profesor «hacía unas sesudas estrategias que ponía en un pizarrón con los jugadores en determinadas posiciones y posibilidades de despliegue. Incluso mostraba Borrás esos pizarrones antes del partido. Pero después, cuando venía el partido, perdía por goleada, porque los adversarios no tenían en cuenta esa planificación, jugaban a otra cosa y lo llenaban de goles. Kirchner -se reía- es el profesor Borrás: planifica algo sin tener en cuenta a qué se juega y cómo van a jugar los demás».

Vamos a terminar con un chiste sutil. El dueño de un bar en un barrio porteño lanza una promoción, basándose en la fortaleza de uno de sus mozos: le pagará mil dólares a quien sea capaz de extraerle a mano limpia una gota más a un limón, luego de que lo hubiera exprimido ese mozo. Quienes quieran participar deberán pagar $ 50. Durante la semana que dura el concurso se presentan decenas de participantes, de fisicoculturistas a levantadores de pesas; desde estibadores hasta obreros de la construcción. Y nada: ninguno es capaz de arrebatarle una gota más a la cáscara de limón que deja el mozo. Hasta que un viernes a la noche, con el bar lleno de gente, entra un hombrecito de mediana edad y no más de 75 kilos, pone sus $ 50 sobre la barra y pide enfrentarse con el forzudo local. Con una sonrisa canchera, el mozo toma un limón, lo parte con un cuchillo, lo toma en su mano derecha y lo estruja hasta que ya no queda nada en su interior. O así parece, porque el hombrecito toma la cáscara y extrae ¡cuatro gotas más de jugo de limón! Ovación en el bar, y el dueño
-resignado- saca los mil dólares y se los entrega al vencedor. Mientras le da los diez billetes de cien, le dice:
-La verdad, lo felicito. Nunca pensé que alguien iba a ser capaz de sacarle a un limón más jugo que el forzudo. Una pregunta: ¿a qué se dedica usted: es camionero, estibador, obrero metalúrgico...? ¿Levanta pesas en un gimnasio?
-No: soy inspector de la AFIP.

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