Charlas de Quincho

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Segunda parte de los abundantes quinchos de fin de semana largo, que se inician en un clima de Mil y una noches, tal la alcoba del palacio real en Marrakech que el rey Mohamed VI y la princesa Laila le cedieron a la Presidente en una de sus escalas a la India. Continuamos con otras intimidades kirchneristas y seguimos con algunas radicales, menos palaciegas, sobre todo por el ambiente: una cantina de Villa Constitución, sobre la Ruta 9. También le relatamos al lector la paella, cargada de suculentas infidencias, que celebró el embajador de España con políticos y empresarios, y un quincho histórico: el que aglutinó al menemismo tradicional, empezando por su líder, en el festejo de los 20 años de la llegada al poder. Veamos.

La trasnochada del sábado en el Senado afectó también a Cristina de Kirchner, quien apenas apareció en la cabina del Tango 01 que la llevó ayer a Nueva Delhi, eludió las clásicas confidencias de alto vuelo. Estuvo hasta el sábado a las 6 de la mañana junto a Néstor Kirchner, Carlos Zannini, Héctor Icazuriaga y Francisco Larcher en Olivos mirando hasta su término la votación en particular de la ley de medios, y extendió el desvelo con llamados a sus escuderos en esa faena, senadores, funcionarios del COMFER y punteros que ayudaron a atornillar a los propios en las bancas para que no durmieran o abandonasen la sesión. El viaje, agobiante por las tres escalas a que obliga la nave -Recife, Marrakech, El Cairo y final en Nueva Delhi, recién anoche-, lo pasó la Presidente en la cabina especial de la cual salió sólo dos veces. Al arrancar el Tango 01 el sábado a la noche, hizo una sola aparición para festejar con sus acompañantes (Julio De Vido, Débora Giorgi, Elio Barañao, Jorge Taiana, José Luis Gioja, Oscar Jorge) el voto positivo a la ley. «Nadie creía después del 28 de junio que haríamos esto. Acá hay un antes y un después», reía antes de embutirse en el dormitorio que instaló Carlos Menem en el avión presidencial. La Presidente reapareció ayer a la mañana, apenas salió de Marrakech, y para relatar la noche que había pasado en el palacio real de esa ciudad, una gentileza del rey Mohamed VI y de la princesa Lalla Salma que no compartió el resto de la delegación, que debió conformarse con habitaciones en el Sofitel de esa ciudad. Los reyes le franquearon las alcobas de ese palacio de las Mil y una noches que no está abierto a visitas turísticas, una distinción poco usual y que gestionó la Cancillería cuando vio que el viaje hasta la India duraría casi tres noches de esas mil y una. Los Kirchner, en los viajes al extranjero, acostumbran tomarse un día libre antes de iniciar las actividades oficiales, algo que Cristina debió despachar sola en los salones regios de Marra-kech. Al subir al avión, como la princesa Sheherezade, contó exquisiteces orientales que le mostraron y le brindaron los reyes que, sin embargo, nunca aparecieron a saludarla porque había decidido permanecer en Rabat, la capital de Marruecos. La princesa Lalla se comunicó con ella para saludarla y avisarle que la esperarían en el viaje de regreso para que vuelva a hacer escala en el mismo lugar, oportunidad en que ella le dará una cena a toda la delegación.

El resto del viaje fue un intercambio de proyectos de dimensión oriental. El sanjuanino Gioja contó, enojado, que la empresa Tata, de origen indio, estuvo estudiando una radicación en su provincia, pero que después eligieron desviar sus inversiones en Córdoba y en la Capital Federal. «Ahora les llevo vinos y otros productos de la provincia, para convencerlos de que hagan algo allí también». Lo demás fue un torneo interminable de truco entre los ministros y el personal de asistentes, fotógrafos y custodios, ejercicio al que no se prestó la Presidente, que ya había tenido que tolerar el viernes el regreso del fútbol en la residencia oficial. Kirchner, nervioso por el trámite de la sesión en el Senado, justificó la convocatoria de algunos ministros y los secretarios en que había que hacer un picadito para animar la larga jornada. Esa jarana la extendieron a la noche con un asado y, de trasnoche, se pegaron al televisor hasta que terminó la sesión en el Senado. Kirchner animó esa extenuante jornada de trabajo y de deporte con consignas triunfalistas y festejó cómo, dice, había retomado la iniciativa y quebrado a la oposición con jugarretas como sacarle a Carlos Reutemann a la senadora Roxana Latorre; a María del Carmen Alarcón, a Hermes Binner; y al radicalismo de Corrientes, a la senadora Dora Sánchez. «Nadie de la oposición les puede ofrecer nada a quienes los siguen, ni hacen falta pactos», alardeó. Se enojó por las presunciones acerca de coberturas al saliente Arturo Colombi a cambio del voto de la Sánchez; sus negociadores, entre ellos, Florencio Randazzo, ya habían comprometido ese voto antes del ballottage de esa provincia, antes del asesinato de un empresario ligado a la administración saliente de esa provincia.

Kirchner estuvo más que enigmático cuando le preguntaron quién había hablado con Carlos Menem para lograr lo que éste hizo, ausentarse de la sesión, conducta que explicó el riojano a sus amigos en quincho que se cuenta más abajo. La barra, entusiasmada, cuando avanzaba la noche, le pidió más. «¿No les basta con haberle dado un proyecto al peronismo, sin que nadie haya disputado el liderazgo?»; pero eso no era suficiente para peronistas que quieren un futuro más allá de 2011. Les trató de matar la incertidumbre con un consejo y una anécdota. Lo primero fue: «No le hagan caso a las encuestas y, menos, a las que se hacen hoy, que falta tanto». La anécdota la remitió a una charla entre José María Aznar y Tony Blair cuando lamían heridas por la impopularidad que les había acarreado el apoyo a la invasión a Irak de los Estados Unidos. En esa oportunidad, le dijo Aznar a Blair que había encuestas con el 70% de rechazo a ese apoyo a Bush, y el premier inglés le respondió: «No te hagas problema, vi una encuesta en la que el 25% de la gente cree que Elvis Presley está vivo».

Tan agotados como estos kirchneristas llegaron el sábado a Rosario los radicales que habían seguido o participado de la sesión sobre la ley de medios. Los esperaba una amansadora de un día y medio con deliberaciones, negociaciones, discusión de documentos, una forma de hacer política que les ha permitido a los radicales seguir existiendo como partido. Alguna clave había para que tuvieran todavía alguna cuerda, más cuando la prisa del encuentro de lanzamiento de la nueva fuerza, que conducen Gerardo Morales y Ernesto Sanz, no dio para que hubiera una cena o un almuerzo de todos los concurrentes, una rareza increíble en un partido que parece haber sido creado para comer en cenas y almuerzos. Tanto fue así que el único quincho destacable consistió en el que se registró en una cantina de Villa Constitución, sobre la Ruta 9, en donde confluyeron en el viaje de regreso a la Capital Federal los pasajeros de varias combis y remises que transportaban, entre otros, a Ricardo Alfonsín, Nito Artaza, Juan Octavio Gauna (ex procurador), el ex diputado José Bielicki (que todavía lamenta haberse olvidado allí una campera importada con el carné que lo acredita como legislador con mandato cumplido, contaba anoche en una misión que confió a René Bonetto y a Aníbal Reinaldo para que rescatasen). Entre cervezas y sándwiches inmensos de jamón crudo de la zona, deliciosos para ese paladar postergado tras dos días de insomnio y discusión, los viandantes cruzaron la información más importante que conviene retener de ese encuentro. La principal ilustró sobre la resistencia al sueño de los radicales del norte del país, pese a haber estado en sesión desde el viernes a las 10 hasta el sábado a la tarde. Siguieron, al parecer, costumbres de los pueblos originarios y se la pasaron coqueando los dos días, y con el acullico (bolo que se forma con las hojas y el bicarbonato) desafiaron la lucidez de sus correligionarios de otras regiones, que se quedaban dormidos en los bares y las cantinas en donde repostaban (los hoteles Riviera, Presidente, el tenedor libre del Colegio de Escribanos, el restorán Pan y Manteca, el bar El Cairo).

En esos entreveros del bar de Villa Constitución supimos la razón verdadera del encuentro, que explicó uno de los presentes con una anécdota poco conocida. Hace dos meses, Julio Cobos llamó a Gerardo Morales, presidente del Comité Nacional, con una intimación: «O me dan el partido o se buscan otro candidato». Este dictamen salía de la mesa chica que ha armado el vicepresidente con Raúl Baglini, Rafael Pascual, Enrique Nosiglia, Fredi Storani y Leopoldo Moreau, que lo juegan a Cobos en todos los tapetes, desde una candidatura partidaria, pero controlando el sello UCR, hasta alianzas extravagantes con Felipe Solá, Francisco de Narváez y hasta Eduardo Duhalde, nada sorprendente desde que el mendocino fue candidato y ganó en el ticket de Cristina de Kirchner. Esta intimación espantó al resto del radicalismo, que terminó con esta cumbre rosarina que busca que repita como titular del Comité Nacional el jujeño Morales. La carta orgánica le impide hacerlo si no tiene el 66% de los votos de los delegados, pero la imaginación radical, que no se dobla ni descansa, nunca encontró el atajo: Morales, en realidad, completa el mandato del renunciante Roberto Iglesias. Eso, con alguna licencia interpretativa, le permitirá superar el escollo. ¿Por qué Morales si muchos presumían ya que el nuevo titular de la UCR sería Ernesto Sanz? El conjunto de radicales que fueron a Rosario, un arco que iba de Juan Manuel Casella a Mario Negri, Ricardo Gil Lavedra pasando por Leandro Despouys, Ángel Rozas, Alejandro Nieva, Guillermo Moreno Hueyo, Elsa Kelly, Elba Roulet, Carlos Lacerca, Alfredo Martínez, Daniel Salvador, Mario Negri, Melchor Cruchaga, Adolfo Stubrin, María Luisa Storani, se puso de acuerdo en una sola cosa: el jujeño es el único tapón para las pretensiones de Cobos; pueden mantener una relación de empate con Elisa Carrió y mantener una relación buena con los socialistas que, en cualquier momento, hacen jugadas propias. Sanz, en cambio, es sospechoso de cobismo por el acuerdo que tienen en Mendoza, por más que haya firmado la creación de la nueva línea con Morales a la cabeza. Con esa liga, que sostienen posee representantes de todos los distritos, creen que pueden ir a un acuerdo con Cobos que le sujete las fantasías de candidaturas descontroladas. Festejaron un saludo de la vicegobernadora de Binner, la radical Griselda Tessio, una adhesión de Enrique Olivera (que no se termina de divorciar de Carrió y quiere volver a la UCR) y la presencia de Pablo Javkin, diputado electo en listas de Carrió, pero que los radicales respetan desde que fue presidente de la juventud del partido y por ser uno de los dirigentes de su generación que estuvo más cerca de Raúl Alfonsín. En la UCR, este tipo de constancias pesa más que en otro partido y eso alienta fantasías que creyeron registrar muchos de los presentes sobre que «se puede ser gobierno». Eso bastó para aguantar casi tres días de hambre, sueño, y hasta arriesgar la campera.

A contramano de una agenda complicada -sesión por ley de medios en el Senado, migraciones colectivas por el fin de semana largo, embotellamientos que paralizaron tránsito y accesos a la Capital-, el embajador de España logró juntar a más de un millar de invitados en el festejo adelantado del 12 de Octubre. Hasta lo complicaba la nomenclatura de la fiesta que, para los argentinos, sigue siendo el Día de la «Raza», mientras que los súbditos de Juan Carlos intentan que sea una celebración de la hispanidad, un abstracto no menos gaseoso que la idea de la raza, como dijo el decreto original que se firmó bajo el Gobierno del hispánico Hipólito Yrigoyen. Rafael Estrella, el embajador, ofreció lo que considera la mejor paella de Buenos Aires, la que hace el restauranteur español Pedro Bello, preparada después de una auditoría que hizo el propio Estrella junto con el staff de su embajada unos días antes. En ese examen previo a la gran fiesta, el embajador llevó como paladar decisivo al de Nelly Arrieta de Blaquier, quien sancionó que era, a su juicio, la mejor; una audacia, porque ella presumía hasta ahora de ser experta en bellas artes y porque este Bello se gana la vida ofreciendo, más que arte en paellas, papas fritas (es la especialidad de su restorán más importante). Entre bandejeos sustanciosos y golpes de paella, Estrella le levantó el ánimo a más de un circunspecto; algunos, por el avance irresistible del proyecto kirchnerista en el Senado, como Francisco de Narváez y Gabriela Michetti, portavoces de un poder que se viene y que logran, en embajadas por lo menos, congregar apiñamientos de obsecuentes saludadores que piden fotos con ellos. Menos suerte tienen otros legisladores del oficialismo, como María Laura Leguizamón, imperceptible en la multitud, pese a ser de las más agraciadas de la profesión, u hombres que buscan en la tercera edad un nicho en la política, como el ex embajador en España Abel Posse. Como siempre, ausencias de funcionarios del Gobierno, salvo la infaltable María José Lubertino, o miembros de la Cancillería, como el embajador Ricardo Lagorio (ex canciller de Daniel Scioli durante varios años), y la encargada de relaciones culturales, Gloria Bender.

Otros estaban molestos por el anuncio, esa mañana, de un premio Nobel de la Paz a Barack Obama, que entendían como un apresuramiento cholulo de los encargados de esa cucarda, de los cuales se desmarcaba como podía uno de los invitados, el embajador sueco, Arne Rodin, quien explicaba que este premio, el de la Paz, lo dan los noruegos y no sus compatriotas. En una tertulia en la cual el escritor Juan José Sebreli anunciaba que no creía en la paella y se iba a almorzar a otro lado, gente de la cultura reía: Obama había recibido un Nobel de Literatura, género discursos, porque en realidad le premiaban sus peroratas con promesas y no realizaciones, difíciles de alcanzar con nueve meses de Gobierno y cuatro años de actuación política y más cuando el cierre de postulaciones se hizo cuando el hombre de color (como dicen los relatores de box) llevaba poco más de una semana en el cargo. A Obama todos lo quieren, más que nada en Noruega, pero le reprochan que para la paz ha mantenido al ministro de Defensa de George W. Bush y no ha desmantelado Guantánamo. Los anfitriones se enojaban al decir que más mérito para un premio a la Paz lo tenía el rey Juan Carlos I, que ha protagonizado mediaciones desde hace años, la última entre la Argentina y el Uruguay por la papelera de Botnia, o el brasileño Lula da Silva. Lejos de estas lucubraciones odiosas que hacen avergonzar hasta a quienes aman a Obama, que son muchos, algo así quiso decir el propio premiado cuando puso en la red Twitter -que enlaza a quienes quieren expresarse en pocas palabras sobre lo que hacen a cada instante- «Humbled» como única respuesta. No tiene una traducción exacta en español este verbo, para algunos «abrumado», para otros «humillado», para los amigos «honrado». Se entiende que haya elegido tan ambigua palabra porque es como también lo vio el público.

Con tanto empresario se comentaron avatares, siempre ríspidos, sobre las relaciones entre Buenos Aires y Madrid. Había mucha gente de YPF y Repsol (Sebastián Eskenazi, CEO de YPF; el español Antonio Gomiz, country manager enviado de la central madrileña de Repsol), representantes de empresas como el presidente de la cámara argentino-española, el «hispánico» Carlos Ambroggi, y el ex banquero Guillermo Stanley, entre quienes corrieron las noticias. Una, que halaga al Gobierno, es el entusiasmo que hay en Madrid por el nuevo secretario de Transportes, Juan Pablo Schiavi, quien se dio un garbeo por España hace un par de semanas y dejó encantados a los funcionarios de José Luis Rodríguez Zapatero. «No es Jaime, no es Jaime», repiten los cables que circularon entre funcionarios de la Corona. Esto, del lado español, significa mucho para cerrar el entuerto por Aerolíneas, que se considera liquidado en cuanto la Argentina anuncie que va a poner unas monedas para pagar los Airbus cuyos contratos toma de la saliente Marsans. Un respiro para este Schiavi que viene anotado en grilla de cargos con todos los gobiernos desde comienzos de los años 90, a quien Aníbal Fernández le quitó el manejo de una caja de más $ 5 mil millones en subsidios del gasoil para el trasporte, un fondo que auxilia a empresarios y sindicalistas del moyanismo y que es el karma de la administración. Con YPF, a partir un piñón -como se dice en Madrid para expresar que las cosas andan bien- después de las reuniones del fin de semana de Enrique Eskenazi con la cúpula de Repsol, y los anuncios de inversiones y la salida de acciones a la Bolsa.

Lejos del piño que festejaba a los electos del PRO -abandonados por su jefe, Mauricio Macri, quien prefirió ver todo desde su departamento en Manantiales, Punta del Este, y reponerse de dos semanas en Florida-, se movía como un líbero de la política Diego Guelar, canciller de esa agrupación, quien cruzaba zalemas con Estela de Carlotto. «Lo respeto por lo que fue antes y por lo que hace ahora», se derramaba la jefa de las Abuelas. ¿Qué antes y qué después?, le preguntaron. «Antes era montonero, ahora es lo mejor de su sector». Guelar retrucó con un sombrerazo imparable: «La de ustedes es la ONG más importante de la Argentina; la de ustedes, no la otra». Este corro se hizo más opositor cuando se acercó Aníbal Ibarra, quien con poco va construyendo el Cromañón con que sueña para derribar a Macri. Esta vez con la pinchaduras que traficaba un contratado del Gobierno porteño, que desnudan más de una improvisación porque los beneficiarios de esas pinchaduras al familiar de AMIA Sergio Burstein y al empresario Carlos Ávila no están en el Gobierno porteño, pero que las administrase uno de los auditores del Ministerio de Educación es encandaloso. Se reía Ibarra cuando este caso puede convertirlo en un misil para vengarse de la destitución que promovieron, entre otros, los macristas por la tragedia de la disco de Omar Chabán. Carlotto parecía la única, en toda la fiesta, entusiasmada por la nueva ley de medios y se despidió porque tenía que ir a la manifestación kirchnerista ante el Congreso. «¿Estás a favor de eso?», se inquietó Guelar. «Cuando una ley es buena, la apoyamos, venga de donde venga», respondió. Carlotto, hay que recordar, ha sido uno de los martillos de Ernestina de Noble en un juicio sobre ADN de presuntos desaparecidos, y ésta era una oportunidad de facturar esa pelea. Animado, el ex Fronterizo César Isella se lamentaba de algunas grabaciones del mítico conjunto que registran canciones con él como integrante durante los 10 años en que perteneció a Los Fronterizos, pero lo niegan en los créditos y en las fotos. «Es increíble, viajo por el mundo con 'Canción con todos', pero me piden el repertorio de Los Fronterizos, nadie se ha olvidado, y eso que me fui del conjunto en 1965". Contó que ha pensado alguna vez hacer un juicio para que le respeten su papel en esas grabaciones, pero que ya tiene bastante con el que lo enfrenta a la cantante Soledad por desconocer un contrato de producción y pese a que él fue el inventor de esa artista. «Ya gané en dos instancias. Me voy a comer un asadito con esa plata en cualquier momento», se despidió.

También a contrafrente de todo lo que pasaba el viernes, a puertas cerradas se registró una de las reuniones más curiosas que se podía prever en la política argentina, cuando el ex ministro Carlos Corach juntó en su estudio de la calle Belgrano de la Capital Federal a todos quienes acompañaron a Carlos Menem en el gabinete entre 1989 y 1999. Este año se cumplen veinte de la asunción de aquel Gobierno peronista cuya agenda busca demoler este Gobierno peronista, de Néstor Kirchner que cuenta en sus elencos a muchos de quienes estuvieron con Menem, lo que constituye otra prueba de que el peronismo es un género del sufrimiento que, si canta a la lealtad, es porque se trata de un recurso escaso en sus filas, y que para un peronista no hay nada peor que otro peronista. El comedor de Corach es una de las sedes más calificadas de la rosca política -no sólo peronista-, y funciona cuando el dueño está en el país; además se come bien, algo inusual en ese arte de la política que es también una ciencia, diría Menem. Eso no fue suficiente para convencerlo de ir a José Luis Manzano, uno de los ministros más conspicuos que tuvo Menem, que dejó el lugar vacío con la tarjetita con el nombre. Del resto estuvieron casi todos, algunos venciendo inquinas eternas, como Domingo Cavallo y Eduardo Bauzá, protagonistas de las peleas internas más fuertes que se recuerden -superiores a la de Cavallo con el mismo Corach, que fueron a Tribunales, o a la de Cavallo con el también presente Rodolfo Barra, quien lo acusó antes al «Mingo» de haber promovido su renuncia (si se lo piensa bien, en realidad Cavallo se peleó con todos, hasta con Menem).

Poco a poco se congregaron Cavallo, Roque Fernández, los dos jefes de gabinete, Bauzá y Jorge Rodríguez, Enrique Rodríguez, ex de Trabajo, quien se extrañó por otra ausencia, la de su antecesor, Rodolfo Díaz, Barra, su adversario Elías Jassan, Andrés Cisneros, que fue viceministro del fallecido Guido Di Tella (por quien hubo brindis, como por Julio Mera Figueroa y Antonio Erman González), Oscar Camilión, Alberto Mazza (que fue de Salud) y, claro, el riojano Menem. Este desmintió la leyenda de su frágil salud devorando todo el menú de copa de langostinos, carré de cerdo con verduras y helado con cremas a los postres. El grupo dedicó (costumbres de la veteranía de la que sólo se salvan Enrique Rodríguez y Cisneros) demasiado tiempo a las anécdotas, género que a determinada altura de la vida desafía el infinito, porque a cada una le siguen las rectificaciones que quieren hacer los protagonistas sobre lo que pasó o no pasó. De a poco llegaron a la actualidad y de la charla surgieron dos afirmaciones que aportar. La primera salió de la boca de Menem, quien preguntaba a cada rato cómo iba la sesión por la ley de medios en el Senado. ¿Vas a ir?, le preguntaron. «Sólo si mi voto es imprescindible, si no, no». Se quejó el riojano de que los peronistas disidentes se habían sacado una foto deliberadamente sin él. «No me llamaron a las reuniones de ellos, ni se quieren mostrar. ¿Por qué voy a hacer lo que ellos hacen?». Se expidió sin muchos argumentos contra el proyecto oficial, pero insistió en que sólo iría a la sesión si el voto de él fuera necesario para tumbar el proyecto (no olvidar sus inquinas contra Clarín, aunque esté alineado contra el proyecto), algo que no hizo falta porque al kirchnerismo le sobraron votos en la votación en general y mucho más en particular de cada artículo, prueba de que la oposición estaba más de acuerdo con la iniciativa de lo que expresaron en el momento de la puja Gobierno-oposición.

Barra, que es abogado del Gobierno de San Luis en este tema, anunció que llevará a la Corte el reclamo contra la ley porque avasalla fueros de las provincias. «Es difícil, pero se puede lograr», dijo este abogado experto en constitucionalidades. Inevitable era que la mesa hablase de Economía y que coincidiesen Cavallo y Fernández en que los mensajes que cruzan el Gobierno con el FMI son puro humo. El Gobierno no se acercará tanto al FMI como promete Amado Boudou, y el FMI le pedirá a la Argentina obligaciones que el Gobierno no cumplirá. Sobre el brindis final, el diagnóstico quedó en meras conjeturas: coincidieron todos en que nadie de los que está en carrera presidencial supera un ballottage en 2011, ni Kirchner, ni Cristina, ni Duhalde, ni aun Julio Cobos. Pero alguien va a ganar. Ninguno de ellos, insistió la mayoría entonando una melodía que para estos peronistas tiene una sola letra, Carlos Reutemann, nombre que nadie pronunció.

Vamos a terminar con un chiste de la línea transportista, y fuerte:

Un camionero va de noche por una ruta oscura y ve que un hombrecito todo vestido de rojo, a un costado del camino, le hace una seña. El camionero se detiene extrañado y el hombrecito rojo le dice: «Por favor, señor, tengo hambre. Si me da cualquier cosa para comer le dejo que me haga el amor». El camionero, asqueado, le arroja entonces dos sándwiches envasados y le dice: «Tomá esto. Lo último que se me ocurriría en el mundo es hacerte el amor a vos». A los pocos kilómetros, divisa un hombrecito todo vestido de verde a un lado de la ruta, que también le hace una seña. «¡Señor, señor!», le dice el hombrecito verde cuando se detiene. «Estoy muerto de sed. Si me da algo para beber le hago sexo oral». El camionero, más impaciente, le tira una lata de cerveza y sigue su marcha sin contestarle siquiera. Diez kilómetros más allá, ve un hombrecito todo vestido de azul que le hace otra seña. Furioso, el camionero vuelve a detenerse y le grita: «¿Y vos qué querés? ¿Que te viole cinco veces o hacerme sexo oral?». El hombrecito de azul le responde: «Registro, cédula verde, y acompáñeme a la seccional para hacerle la misma pregunta al comisario».

Vea aquí la primer parte de las Charlas de Quincho (del lunes 12 de octubre)

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