Charlas de Quincho

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Iniciamos los suculentos quinchos de esta semana con una peña terapéutica que reunió, en una parrilla emblemática, a lo más granado del kirchnerismo con un histórico referente peronista, Antonio Cafiero, y en la que inquietó el suspenso sobre una cumbre convocada por Néstor Kirchner para esta semana. A propósito del matrimonio presidencial: les revelamos a los lectores algunos movimientos con respecto a UNASUR, y una anécdota venezolana que dejó a soldados bolivarianos con la cabeza descubierta. Acompañamos también, durante su vareo por Buenos Aires, al ex candidato presidencial chileno Marco Enríquez-Ominami, quien no se privó de deslizar algunas infidencias sobre su país y escuchar otras tantas argentinas en sus varias reuniones multipartidarias, y finalizamos con un vistazo al mundo de los personal trainers vip. Veamos.

El peronismo es un ejercicio de dispersión política, representado por tantas vocerías como militantes. Aferrarse a los símbolos, Antonio Cafiero es uno de ellos, es la clave. Lo logra cada tanto Carlos Kunkel para mostrarlo a su gente como seguro de que el kirchnerismo sigue siendo una fracción del justicialismo, algo que niegan los adversarios de las distintas disidencias que se oponen al oficialismo. Fue el lunes en la parrilla más emblemática del peronismo y en donde se festejan éxitos y se lloran derrotas desde hace más de 20 años, «El Mangrullo», del matrimonio de Alejandro Granados -intendente eterno de Ezeiza- y Dulce Visconti -diputada nacional por el kirchnerismo que profesa con tanto énfasis, casi ingenuo si fuera un modelo de oportunismo, como antes lo hacía con el menemismo-. Kunkel tiene acostumbrados a los integrantes del bloque del Frente para la Victoria de Buenos Aires a esas peñas terapéuticas que hace en un restorán chino de la avenida Corrientes, elegido no por el avituallamiento -exótico para tan rancios herederos de Perón-, sino porque le brindan un hermetismo y un cerco de seguridad dignos de las organizaciones chinas en el país: no entran fotógrafos ni curiosos, nadie interrumpe la cena con escraches, algo tan usual hoy en cualquier acto en donde aparezcan ricos y famosos de la política. Dulce Granados se había quejado hace un par de semanas de la dieta china a que los sometía Kunkel y tomó a su cargo el gasto de darles de comer al propio Kunkel, Héctor Recalde, José María Díaz Bancalari, Carlos «Cuto» Moreno, Juliana Di Tulio, Mariano West, Adela Segarra, Jorge Landau, María Laura Leguizamón, Teresa García, Gloria Bidegain y algún otro.

No lo dejaron entrar a Granados, que sirvió el exquisito asado y siguió la charla detrás de un discreto biombo de esos que se usan en los restoranes para dividir los salones, esta vez un privado que tiene «El Mangrullo» en el primer piso y que han usado todos los jerarcas del peronismo de las últimas dos décadas. Tener allí a Cafiero era una invitación a la nostalgia, por más que el ex senador juegue desde hace más de una década como un opositor al peronismo gobernante -se distanció de Menem a mediados de los 90, cuando decía «no me voy al Frepaso por una cuestión de edad; peleó una interna contra Duhalde en 1999; hoy tiene a todos sus discípulos en el peronismo federal o disidente. Pero sentarlo a recordar capítulos de un nuevo libro de memorias con el cual amenaza a sus compañeros es la forma que tiene Kunkel de que él es el dueño de ese símbolo del peronismo para frotárselos a los críticos del kirchnerismo, que dicen que el santacruceño se apartó de las esencias del movimiento. Cafiero satisfizo con el pedido relatando sus mejores anécdotas como el ministro más joven de Perón, incluyendo alguna en que se reconoció como víctima de retos de Eva Perón. También cumplió con el mangazo a tan lucida concurrencia para que suelten alguna moneda para construir el demorado monumento a Juan Perón que debe inaugurarse este año en la placita que separa a la Casa de Gobierno del Palacio de los Correos. Difícil imaginar gente más importante del kirchnerismo legislativo que los comensales de esa noche, grupo en el cual estaba el trío de comisarios políticos (Kunkel, Moreno, Recalde), pero las alforjas permanecieron cerradas. No bastó que Cafiero les advirtiese que si no hay colaboración de esa vereda, los símbolos del peronismo terminan en otras manos, como la memorabilia que compró Francisco de Narváez en remates y la apropiación del mausoleo de San Vicente, sufragado también por el «Colorado» opositor. Tampoco que avisase que estaba llegando dinero de Mario Das Neves, también del sector crítico, algo que se concretó el jueves en el almuerzo cafierista del Círculo de Gendarmería, en donde el gobernador del Chubut se aparecería con un cheque por $ 30 mil, que no es poco para reactivar la creatividad del escultor, que no debe poder creer que esté trabajando para un oficialismo tan mezquino a la hora de tocar el morral.

Claro que estas minucias quedaron postergadas por cuestiones más serias, como por ejemplo qué hay detrás de la convocatoria de Néstor Kirchner a una cumbre con todo el bloque oficialista el próximo jueves por la noche. Se especuló con algún anuncio que vaya más allá de lo que Olivos deja trascender -por ejemplo, lanzar una batucada nacional para instaurar, después de más de un siglo y medio de votada la Constitución del 53, el juicio por jurados. La mesa se conmovió con algo de escalofrío sobre cuál puede ser la suerte de los políticos si alguna vez van a juicio por jurados populares en un país tan agitado -hasta manipulado, dijo alguno en Ezeiza- por las mareas mediáticas. Si los jueces ya viven aterrorizados por lo que dicen los diarios sobre ellos, deberían imaginar cuál pueda ser el efecto de esas mismas presiones sobre vecinos elegidos del padrón por sorteo para juzgar a sus dirigentes. Ya el peronismo festejó hace cinco años que Juan Carlos Blumberg se apoderase de ese proyecto cuando lo alentaban Cristina de Kirchner y Jorge Yoma y lo convirtió en una bandera de sus manifestaciones, lo que motivó el archivo del proyecto porque nadie quería darle crédito a ninguno del «ingeniero».

Como estaba presente «Cuto» Moreno, la charla recayó sobre cuál pueda ser la suerte de la banca de Kirchner si asume la secretaría de la Unasur el 4 de mayo. Uno quiso saber si ése era un proyecto en serio: «Claro que es en serio, le respondieron, porque los Kirchner han comprometido al ecuatoriano Rafael Correa y si después dice que no quiere van a tener un problema con el eje». Moreno fogonea la renuncia de Kirchner a la banca porque quiere que asuma su suplente, Dante Dovena, que camina por los pasillos como el hombre que se sacó el Prode y perdió la boleta. Kirchner lo puso debajo de él en la lista con la promesa de que renunciaría, como todos los testimoniales, y le dejaría la banca. Pero cuando se perdió la elección del 28 de junio todo cambió. «Ya no es lo mismo -le dijo Kirchner a Dovena-; si renuncio ahora, después de una derrota, tengo un costo altísimo». Le prometieron cargos que nunca llegaron y esto de Unasur representa la esperanza de volver al Congreso para Dovena. Pero ahora aparecen otras especulaciones, que tuvieron voceros en la mesa de Ezeiza. ¿Para qué renunciar a la banca con el costo de tener que explicar que no es una retirada, ni un paso al costado, temas que harían la felicidad de sus opositores en la política en los medios? Minimizó la mesa la cuestión de los fueros porque hoy un juez, recordó uno de los diputados, puede hasta procesar a un legislador porque la nueva ley de fueros lo único que le impide es detenerlo. Ganó la moción de que pida licencia, con lo cual tiene fueros y además no paga el costo por la palabra «renuncia». «Para mí que ni renuncia ni toma licencia», remató uno del trío de comisarios y que tiene contacto diario con Kirchner, «porque el reglamento de Uansur no dice que el cargo sea incompatible con una banca de diputado». Salieron todos con el convencimiento de que Kirchner orejea la salida de la banca para ponerle algo de suspenso al caso Unasur y halagar el gusto que le provoca al santacruceño sorprender al público.

Esa noche hubo un invitado ausente, el diputado de La Matanza Luis Cogogna, vicario de Alberto Balestrini, a quien había ido a visitar la clínica en la que se repone de un derrame que tiene un complejo pronóstico. Aunque nadie profundizó sobre la persona y su salud, la charla giró sobre las consecuencias políticas que tiene que Balestrini no pueda reasumir funciones hasta nuevo aviso. El hecho ha forzado a imaginar nuevos escenarios, especialmente el que presume que Daniel Scioli es el «second best» si Kirchner no logra el capital necesario para ser candidato a presidente. Ese proyecto cuenta con que Balestrini sea candidato a gobernador en 2011 y asegura una elección digna para el kirchnerismo en Buenos Aires, condición de cualquier proyecto ganador. Hasta ahora Scioli ha dicho que va a la reelección, pero sus movimientos presidenciales son inocultables. Si otro candidato ganador a la vista en Buenos Aires queda atrapado en la provincia y le da más aire a que Kirchner deba ser candidato nacional sí o sí con Scioli a gobernador. No parece tener otra chance el kirchnerismo para enfrentar 2011 con alguna esperanza de retener el poder.

El silencio sobre estos proyectos los mantiene Kirchner también para los íntimos de Olivos; hasta de Cristina, imaginan algunos, quien ha dicho a ministros que no sabe qué hará Néstor con este proyecto UNASUR. La salida, el viernes, raudamente hacia El Calafate impidió que los visitantes a la residencia presidencial tuvieran alguna pista. Sólo pudieron escuchar, antes de la partida, el enojo presidencial por la declaración del ex embajador Eduardo Sadous sobre una trama de coimas en los negocios con Venezuela, un demonio que no abandona al Gobierno y que creía sepultado por el tiempo. Esa historia del fideicomiso se publicó hace tiempo pero no había alcanzado gravedad judicial y está detrás de los movimientos que alejaron de sus cargos no sólo al diplomático sino hasta al ex canciller Rafael Bielsa, de quien ya se contó que jugó el puesto cuando le mandó una carta personal a Kirchner presidente avisándole que había una diplomacia paralela con la que no quería tener nada que ver. Inquietó al matrimonio, a la hora de la partida, el desembarco en la Feria del Libro de la última obra de Martín Redrado en la cual cuenta algunos diálogos suyos con Cristina, pese a que el autor le sigue debiendo a los lectores algunas revelaciones que estaría en condiciones de hacer sobre su estadía en el kirchnerismo, y que seguramente guarda para otra oportunidad. De paso, se quejaron de algunos movimientos del ex BCRA, a quien los mirones del Gobierno registran en reuniones con bastoneros del peronismo federal y también, para inquietud de los Kirchner, con algún ministro de Mauricio Macri con injerencia en la administración financiera. ¿Quizás para revelarle algunas triquiñuelas a las que puede apelar la administración porteña para sacarse de encima el corsé del Gobierno nacional en algunos trámites de endeudamiento? Ese rol de irse de un Gobierno para contarle secretos a la oposición no es nuevo. Lo desempeña por ejemplo José Scioli (hermano y ex ministro de Daniel) con Francisco de Narváez. La función de este emigrante del kirchnerismo es «contarle cómo es esta gente del Gobierno» al diputado y candidato a gobernador - no ya a presidente. Como siempre, animó Cristina a Néstor con anécdotas de su viaje a Venezuela para participar de los actos del Bicentenario. La más divertida retrata a la delegación que la acompañó subiendo la escalerilla del avión para regresar a Buenos Aires. Jorge Yoma, uno de los viajeros, lo saludó a Hugo Chávez con este piropo: «¡Comandante, qué linda gorra para llevarme a La Rioja!». Chávez: «Diputado, ¿eres de La Rioja? ¿Y para qué la quieres?». Yoma: «Para hacer campaña, porque es roja como la bandera de las montoneras federales del siglo XIX». Chávez: «¡A ver, soldado -dice el bolivariano dirigiéndose a uno de la tropa de custodia- darle la gorra al diputado!». El soldado cumple en el acto pero levanta la atención de los demás legisladores, Ariel Basteiro, el senador formoseño José Mayans, entre otros: «Nosotros también queremos una gorra». Chávez: «Soldados, ¡entregarle la gorra a los hermanos argentinos!». La comitiva partió toda engorrada y los soldados pasaron a militar en el bando de los «sin gorra».

No le prestaron mucha atención los Kirchner a otra de las algaradas políticas de la semana, la que provocó durante 48 horas Eduardo Duhalde en Rosario, adonde llegó el miércoles acompañado del infaltable lote de Carlos Brown, el sindicalista Gerónimo «Momo» Venegas, Julio César Aráoz, Miguel Ángel Toma, el ex defensor Eduardo Mondino y, horas después y en un avión distinto -así suelen viajar los monarcas, en naves separadas, para asegurar gobernabilidad en caso de accidentes-, la propia Chiche Duhalde. El hombre de Lomas visitó a empresarios (cena en el hotel Savoy) enfrentó un molesto escrache en la Fundación Italia, pero superó la prueba del acto masivo en el Patio de la Madera, adonde llevó a más de un millar de seguidores que escucharon su alarde de triunfo frente a los Kirchner, la promesa de que va a jugar por adentro del PJ en las primarias de agosto de 2011 -«por ahora es así», le explica a unos pocos- y el vaticinio de que al final Néstor Kirchner no se va a presentar a esas internas. «Voy a ganar porque la gente va a hacer cola para votar contra Kirchner en esas primarias», apostó Duhalde, quien además se hizo acompañar en la cena con el dirigente de FAA Eduardo Buzzi. Esa presencia levantó entre los rosarinos más especulaciones sobre candidaturas de la gobernación provincial. Los santafesinos adhieren fácilmente a estas reflexiones porque también en el oficialismo binnerista está desatada la interna por su cargo, donde juegan ya el actual jefe de Gabinete («ministro coordinador», le llaman por ahí) Antonio Bonfatti, el senador Rubén Giustiniani y el radical intendente de la capital provincial, Edgardo Barletta, quien sufre el mismo problema de los precandidatos del norte de Santa Fe: tienen que ganar más adhesiones entre los votantes del sur de la provincia, que son la mayoría. Duhalde, que ya tiene bastante con sus internas, cortó cualquier charla sobre peleas ajenas, con una invitación a los presentes al acto que hará esta semana cerca del mausoleo de Perón, en San Vicente, llevado por su fiel Antonio Arcuri, que fuera dueño y patrón de esas tierras hasta no hace mucho. «Al loco me lo llevo, pero sin votos», rió cuando alguno de los anfitriones puso en duda ante él la solidez del proyecto duhaldista.

La prisa de la semana -viajes a Venezuela y a El Calafate- dejó sin tiempo a los Kirchner para recibir en Olivos a quien Cristina alguna vez calificó con el saludo afectuoso de «es como si fuera mi hijo», el ex candidato presidencial chileno Marco Enríquez- Ominami, que se vareó por Buenos Aires de la mano del asesor presidencial Rafael Follonier pero, juraban los kirchneristas hasta ayer, sin encontrarse nunca con el matrimonio. Este singular personaje vino al país para agradecer apoyos recibidos en la campaña que libró contra el ganador Sebastián Piñera y el concertador Eduardo Frei que van desde el cenáculo oficialista de «la Oesterheld» (una peña que anima los lunes el ex funcionario Martín García en una tanguería porteña) hasta lo más alto del empresariado, simbolizado por Hugo Eurnekian, delegado de Eduardo, su tío, para llevar adelante el faraónico túnel entre Chile y la Argentina. Rápido, entrenado para la política como propio, Ominami se presentó ya como candidato a presidente de su país en las próximas elecciones. ¿Contra quién? Contra Piñera y contra Michelle Bachelet, confesó a unos pocos en el coqueto café del hotel Sofitel. Ya de campaña, la presencia en la Argentina la imagina como una vidriera para su país, atento a todo lo que ocurre por aquí con los chilenos. Según Ominami, el régimen político de su país es el que imaginó Augusto Pinochet para sí mismo, una maquinaria que puede perpetuar a un presidente o a un partido. De eso, explicó, benefició la Concertación de Aylwin a Bachelet, pero también puede usarlo en su provecho Piñera. «Puede haber Piñera por 20 años», asustó Ominami a sus anfitriones. ¿Y Bachelet? Se fue bien, con popularidad y nadie la va a convencer de que no puede volver. Por eso Piñera está obligado a «matarla» políticamente, revisando lindezas de su administración, como un presunto subsidio que dio la ex presidenta a una fundación ligada a su partido por unos u$s 3 millones. Le van a hacer, imaginó, lo mismo que le hicieron desde la Concertación al socialista Ricardo Lagos para que no reincidiese con un segundo mandato, ejerciendo revisionismo sobre su desempeño anterior como ministro de Obras Públicas de Frei.

Tocó temas que a sus anfitriones pueden no gustarles, como cuando siendo diputado hizo una comisión para examinar cómo gastaba el Gobierno Bachelet dinero público en avisos en medios. «Descubrí cómo iban millones de las Fuerzas Armadas a ciertos diarios que además no se distribuían en donde esas fuerzas tienen su personal, lo que hizo caer el argumento de que era publicidad para informar a su personal». Otros temas que le preguntaron pudieron no gustarle a él, cuando los veteranos de la Oesterheld quisieron sacarle alguna manifestación estridente sobre Malvinas, que despachó con respuestas correctas que no le levanten críticas en su país. O cuando debió explicar el entuerto del financista de su campaña, el ex insurgente Max Marambio con el Gobierno de los Castro de quien se dice es socio en negocios millonarios. Enríquez-Ominami estuvo duro con el Gobierno de La Habana, al que cree arrinconado por la crisis que le obliga a montar un corralito sobre empresas de sus socios. La muerte misteriosa de un gerente chileno de Marambio en Cuba puso el tema en los diarios. Pero el visitante amortiguó explicaciones que tiene derecho a no dar porque él no tiene relación con Cuba, país al que se le atribuye haberlo abandonado en la campaña electoral para reforzar la posibilidad de que Frei ganase la elección impidiendo el triunfo de Piñera. Los que siguen el asunto de cerca afirman ya que Marambio perderá todos sus bienes en Cuba ,y que el origen de sus cuitas es que era el preferido de Fidel, algo que nunca le gustó a Raúl Castro, que toma, a cargo del poder en la isla, venganza sobre todos los fidelistas. Atento, Ominami, se derramó en agradecimientos a Cristina por haberlo recibido en plena campaña cuando el resto del Gobierno Kirchner apostaba por Frei para que siguiese la Concertación en el Gobierno. ¿Tantos votos le reportó esa foto con la Presidente? Sí, dijo con una sonrisa de admisión. No contó que de esa reunión dependió otra, después, con Lula da Silva, quien se negaba a recibirlo en Brasilia si no lo hacía antes otro presidente de la región.

El carné de baile de Ominami incluyó una cena con «jóvenes políticos y empresarios» en La Bodega del Fin del Mundo, reducto de Palermo, cuya principal atracción es -obvio- su cava. Hasta allí llegó el martes escoltado por Follonier. «¿Soy pura espuma, un invento mediático, como dicen algunos o soy un político que produjo un giro histórico en Chile? No puedo ser ambas cosas», desafió apenas inició el diálogo. Siguió sincero en la autocrítica: «No le dimos suficiente importancia al financiamiento, no armamos un comité de financiamiento». Ecuménica la cena, con gente de empresas y de múltiples orígenes políticos. Por el macrismo, la diputada nacional Soledad Martínez, Ezequiel Fernández Langan, director de Juventud de la Capital y Leo Cóppola, símil de provincia de Buenos Aires; un contingente de radicales Rodrigo López Tai, vicepresidente de la Internacional Socialista juvenil; Sergio Duarte, de Franja Morada; Federico Miranda, de la FUA; Nahuel Ibazeta y Emiliano Alvarez Raso. Otros provenientes de gremios como Aníbal Torreta, de la rama joven de la CGT al lado de Maia Volcovincky y Catalina Fernández de Judiciales. También, obvio, del peronismo en múltiples versiones: Juan Abdo, de Iniciativa de los Bicentenarios (la definición explora el trecho 2010-2016, por el Bicentenario de Mayo y también el de la Independencia), Marcelo Pérez, la directora de Juventud Mariana Gras y Andrés «Cuervo» Larroque de la JP Capital y funcionario de la Jefatura de Gabinete; Andrés Lablunda del Consejo de Juventud, Diego Segovia (AJUS), Guillermo Piuma -amanuense de Antonio Cafiero en su profusa biografía que ya supera las 800 páginas-, Oscar «Cachi» Martínez, que aspira a entrar en la grilla de candidato a gobernador del PJ en Santa Fe y Ariel «Ruso» Passini, diputado nacional del FpV. Como parte de lo que Marco Enríquez-Ominami llama PAM -partido de los adultos mayores- estaba Guillermo Quinteros, un ex guardián que ofició como su lazarillo en la Argentina, le llevó la agenda y lo sacó de gira por el país. Del sector empresario estaban Marian Recalde (Aerolíneas) y su segundo, Juan de Dios Cincunegui, Federico Cuomo de la UNAJE, Jerónimo Morales Rins (Fundación Andina), Gonzalo Santamaría (Fundación Contemporánea), el diverso Agustín Freixas que va de la FURP, a la Fundación «Pupi» Zanetti y al negocio de las nuevas tecnologías, al igual que Federico Agardy, inversor de Patagon.com entre otras ramificaciones, Nicolás Posse (Corredor Bioceánico), Ezequiel Barrenechea (Aeropuertos) y Hugo Eurnekian del grupo Túnel.

En el repaso de éxitos y fracasos, Ominami se atribuyó que varias medidas de Piñera -por ejemplo su reforma fiscal- están calcadas de sus propuestas y se ufanó de un fenómeno que vive la política chilena: una lluvia de jóvenes, en todos los partidos, que anuncian candidaturas y desafían, como él lo hizo, el statu quo partidario. Una especie de Guerra del Cerdo a la chilena, por aquel libro de Adolfo Bioy Casares. Aquí y allá, anécdotas de todo tipo y origen. Instigado por la presencia del chileno, alguien recordó que su padre, el senador Carlos Ominami, tuvo una larga charla con los Kirchner a pocas semanas de la asunción de Cristina, cuando la Presidente planeaba como golpe de efecto un cambio de gabinete. Ominami le citó el caso de Bachelet, que había aplicado una medida similar removiendo a los ministros que venían con Ricardo Lagos, con una consecuencia drástica: la gestión se paralizó. «No lo hagas, Cristina», dicen que, por entonces, les advirtió Ominami, muy escuchado por los Kirchner. Cierto o no, casi no hubo cambios en el staff K. Avanzada la noche -tras el lomo y los vinos -, más relajado en parte por el champán, los temas se aflojaron y un comensal contó que a Jorge Rivas, el socialista que sufrió un ataque y quedó cuadripléjico, sus amigos apodan cariñosamente «Gauchito Gil» porque la gente se acerca a tocarlo porque «da suerte». Tras el episodio que sufrió Alberto Balestrini, el caso de Rivas es revisitado por su formidable recuperación que, anticipan, marcha ahora a recuperar el habla, lo que derivó en la anécdota de que el programa de computadora que utiliza para comunicarse tenía, en el mercado, un valor de 20 mil dólares y el que fue diseñado por informáticos del socialismo se obtiene gratuitamente en internet.

Útil un buceo por el mundo de los servicios personales, a cuyos detalles accedimos en el cumpleaños del profesional Aldo Jiménez, «personal trainer» de bajo perfil pero de altos clientes, porque lo es de ricos, famosos y políticos. Al asado que le organizaron el ex funcionario del área de transportes Marcelo Salinas y su mujer, la vedette María Eugenia Ritó, fue un grupo selecto de los entrenados por Jiménez. Entre ellos Mauricio Macri y su novia Juliana Awada, quien se integró rápidamente a las conversaciones. También estuvieron el actor Christian Sancho con su mujer, Vanesa, y su hijo Gael, un bebé de dos meses; Martín Seefeld y su esposa Valeria; el director de teatro Ernesto Medela; la artista plástica Analía Bordenave y Ana Soriano, ex mujer de Luis Rusconi. El jefe de Gobierno contó que subió en las encuestas por la caída de Boca Juniors. La contradicción causó asombro. Alguien le dijo que tenía entendido que la suba fue por el retroceso de Julio Cobos después de haber votado en contra de Martín Redrado. Los puntos de popularidad perdidos por el vicepresidente de la Nación favorecieron a dos personas: al jefe de Gobierno y al ex presidente Néstor Kirchner. A su vez, Analía Bordenave comentó el avance de su obra conceptual «Homenaje a la individualidad», que nació en ArteBa 2009, donde más de 6 mil personas dejaron su huella digital en paneles. La artista llevó su obra a Estados Unidos y Puerto Rico y ahora está en la Argentina, donde quiere que cada persona deje su huella digital en pintura dorada en el centro de la bandera argentina como homenaje al Bicentenario. A los brindis, Mauricio contó una anécdota de cuando llevó a su trainer a ver un partido de Boca Juniors al Paraguay. «Durmió en el avión desde antes de que despegara; durmió en la combi que nos llevó al estadio y durmió arriba de una banqueta durante el partido. A la vuelta siguió durmiendo. Cuando me retire de la política, yo quiero ser su ayudante», dijo.

Vamos a terminar con un chiste de actualidad. Un anciano iraquí, que vive desde hace 40 años en Chicago, se muda un día a una casa con jardín y descubre que allí podría realizar el sueño de su vida: plantar papas. Pero como ya es demasiado viejo, está solo y es débil, le envía un e-mail a su hijo, que estudia en París, para comentarle su problema: «Querido Ahmed: estoy muy triste porque no me siento en condiciones de plantar papas en mi nuevo jardín. Estoy seguro de que si vivieras aquí conmigo me ayudarías a hacerlo. Te quiere, papá». Al día siguiente, el hombre recibe un e-mail de su hijo: «Querido papá. Ni se te ocurra tocar ese jardín porque yo hice plantar 'algo' ahí. Yo también te quiero, Ahmed», A las cuatro de la mañana, al anciano lo despiertan el Ejército de los EE.UU., una formación de Marines, el FBI, la CIA y hasta una cuadrilla de Rangers. Mientras lo apuntan con sus pistolas, los hombres revuelven todo el jardín, milímetro a milímetro durante horas, y al no encontrar nada se marchan. Unas horas más tarde, el aterrorizado anciano recibe otro e-mail de su hijo: «Querido papá. Me imagino que a esta hora ya podrás plantar las papas sin ningún esfuerzo. Te quiere, Ahmed».

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