Charlas de Quincho

Edición Impresa

Los quinchos de mitad de semana llevan claramente el sello del Teatro Colón, aunque por motivos nada líricos. Estuvimos en Edelweiss, restorán emblemático, donde se festejó la reapertura y se oyó al presidente uruguayo juzgar en lo íntimo, poco diplomáticamente, la negativa de Cristina de Kirchner de concurrir al Colón. También se interpretó la idea de «comunidad organizada» de Macri según las ubicaciones que repartió para la noche, y la ausencia de Eduardo Duhalde, que estaba en la «fundación» (describimos las dos acepciones de esta palabra en el dialecto duhaldista). Le contamos al lector cómo transcurrió, asimismo, el reducido y exquisito quincho en La Torcaza, de Carlos Pedro Blaquier, y un insólito debate tras el biombo de un coiffeur. Veamos.

Se sucederán, con el correr de los días, más relatos sobre la noche del Colón, y también las interpretaciones sobre el sentido del país dividido que se mostró festejando en la calle con la celebración del Gobierno nacional -masiva, pacífica, con una alegría inusual en la Argentina en manifestaciones públicas-, y a la misma hora, con otro padrón que recuperaba glorias perdidas y una dignidad que el poder le niega al público tantas veces bajo los techos dorados de uno de los teatros más importantes del mundo. Pero todo acontecimiento termina teniendo final de quincho, como ocurrió a la 00.00 de ayer, cuando los viandantes que venían de la gala macrista cenaban, tarde, después del espectáculo, en ese santuario que es obligado siempre después de la ópera, el restorán Edelweiss de la calle Libertad, que volvió a vivir con los ricos y famosos que se dispersaron cuando declinaba el cóctel ofrecido por Mauricio Macri al terminar la velada. En esas mesas pudimos saber la opinión del extravagante Pepe Mujica sobre el acontecimiento, dictamen que susurró para los oídos de algunos privilegiados. Llano, casi soez, le dijo al grupo entre quienes estaba la actriz Graciela Borges: «Qué b. la Presidente. ¿Cómo se perdió esto?». El presidente del Uruguay, único mandatario extranjero en el palco oficial, le salvó el rango internacional a la fiesta que la ausencia de Cristina de Kirchner y su elenco quiso reducir a una celebración aldeana. Mujica fue a la gala porque en su país muchos le reprochan su cercanía con los Kirchner, responsables según ellos de la mala relación post-Botnia. Que se expresase de esa manera sobre quien anoche compartió su mesa en el Salón Blanco ya es un tópico de los presidentes uruguayos, que viven disculpándose de las barbaridades que dicen de los argentinos, una costumbre que se parece a las inquinas que hay entre provincias vecinas pero que los mandatarios de ese país deberían moderar un poco, más cuando para ellos, desde la Argentina, hacia ellos sólo hay elogios por su gente, su geografía, su sistema político y otras bellezas orientales.

En ese renovado Edel-weiss, un restorán premoderno convertido esa noche en quincho, se distribuyeron varias etnias. Por un lado, el ministro Guillermo Montenegro custodiado en una mesa por un grupo de periodistas y animadores, curiosamente, adictos al Gobierno Kirchner. En otra mesa, el ministro Daniel Chaín, responsable de las refacciones del Colón, brindando hasta la madrugada de ayer con arquitectos y diseñadores que participaron de la obra. Los miraban de lejos, en otra mesa, el empresario Paolo Rocca y su mujer; más allá un raro trío multipartidario, el conservador macrista Federico Pinedo, el peronista Diego Guelar y el radical Jorge Aguad. Había otras mesas más de artistas, una encabezada por el bailarían Julio Bocca, otra por esa reliquia de cine y la ópera que es Sergio Renán -eterno, como Racing-. Todos ellos cruzaron anécdotas que desarrollarán otras crónicas, pero coincidieron todas las mesas en que la ubicación de los invitados en el teatro reflejó la idea que tiene Macri de qué debe privilegiar y qué no. Por ejemplo, bendijo a periodistas y animadores de TV con ubicaciones en la platea, elevó a sus socios políticos a los palcos y recluyó a la gente más importante a las galerías superiores, adonde fueron políticos, embajadores, intelectuales, etcétera. El reparto transmitió la idea de «comunidad organizada» que tiene Macri, distinta de la que reflejó anoche Cristina en la cena del Salón Blanco: nada de periodistas, ni en el fondo; presidentes extranjeros, gobernadores amigos y todo el gabinete. Una rareza de protocolo para un Gobierno que intenta cuando puede exaltar la igualdad de sexos: la invitación era sin mujeres. Exhibirse con presidentes extranjeros tiene la intención de demostrar que algunos opinólogos que dicen que la Argentina está aislada del mundo no tienen razón. Piñera también es un dictamen de las encuestas; una de ellas, que entusiasma mucho al Gobierno, se hizo en Brasil sobre la imagen de Lula, y dice que el 48% de los consultados en ese país no tiene la más mínima idea de qué hace o ha hecho el presidente brasileño, pero el 46% de los consultados sí recuerda las fotos de Lula en viajes al extranjero o con figuras de la política internacional.

Entre esas reflexiones, mucha minucia. Por ejemplo, ¿quién fue la única figura del kirchnerismo que se atrevió a ir al Colón? Respuesta: la diputada Graciela Giannettasio, quien aceptó la invitación pese al santo y seña que dio el Gobierno Kirchner de que no había ni que pisar las veredas del Colón. Alguno creyó haber advertido a otro dirigente kirchnerista muy aficionado a la ópera escondido detrás de una columna, pero nadie pudo certificarlo. Otra: ¿estuvo Marcelo Tinelli? No, por lo menos, en la alfombra roja. Interesa el dato porque uno de los dictámenes del asesor Jaime Durán Barba a Macri es: de lo único que te tenés que preocupar es de que Tinelli no sea el candidato contra vos. La mención de este personaje permitió resolver otro enigma de la noche: ¿a quién se le ocurrió invitarlo al payasesco Ricardo Fort? Respuesta: la invitación no fue para él sino para su madre, la empresaria y cantante Marta Fort, que es una militante y también aportante al PRO desde la primera hora. Con ese paquete de tickets entró Fort, que sorprendió a muchos pese a que había connotados peces de la farándula, Mirthas, Susanas, Boganis y otras personalidades que viven en la TV. También sorprendió la presencia en un palco y después en el cóctel en el Salón Dorado del cuñado de Macri, el parapsicólogo Daniel Lorenzo, el hombre que más ha comprometido a Macri en el caso de las escuchas. Se movió con la soltura de un hombre de la familia pero, seguramente, con conexiones con la dimensión desconocida. Una final: ¿quién mandó a Carlos Reutemann a un palco lateral ocupado por intelectuales como Jorge Asís? Era un privilegio, pero cuando los mayordomos se dieron cuenta de eso, lo sacaron al Lole y lo sentaron con otros invitados del peronismo opositor, como Ramón Puerta y Juan Carlos Romero. En las mesas de Edelweiss, ninguna muy afecta al Gobierno, hubo chanzas por el fracaso de la votación de la semana pasada en la Legislatura porteña de la designación de Hugo Chávez como ciudadano ilustre de la Ciudad. El proyecto era del bloque de Pino Solanas, pero a la hora de votar, hubo dos ausencias que hicieron fracasar esa distinción: una, de la «pinista» Laura García Tuñón; la otra, nada menos que de Aníbal Ibarra. ¿Fue ésa la razón por la cual Pino faltó al Colón? Sus custodios en la Legislatura dicen que dudó hasta último momento, pero que decidió irse de campaña a Neuquén, entusiasmado por las encuestas que lo señalan como un presidenciable con chance para 2011. Todas estas lucubraciones terminaron a la 00:00 de ayer cuando, arrancando el 25 de Mayo, se levantaron todos a cantar el Himno Nacional.

A propósito del senador por Salta, abrió su departamento de la calle Parera para una cena paralela a la de Edelweiss, adonde pudo arrastrarlos a Puerta, al ex embajador Juan Archibaldo Lanús, al empresario Amadeo Riva y a un grupo de familiares. Allí contó Puerta detalles del acto que organizaron los duhaldistas de Córdoba la semana pasada, que le juntaron al ex presidente cerca de 2 mil dirigentes y empresarios en tres actos, algo que consagró al ex ombudsman Eduardo Mondino como referente principal en esa provincia, y con quien deben ahora compartir la sucursal los ya conocidos «Chiche» Aráoz y Teodoro Funes; también el diputado Carlos Brown, que aunque funge de bonaerense, es cordobés, tiene una casa en la sierra y desde allí agita duhaldismo sin pertenecer al distrito. Puerta y Romero venían de largas charlas con Lole en el palco del Colón en las que el santafesino repitió que no es candidato a nada. «Cuenten conmigo para lo que quieran en el peronismo federal», les dijo, «pero no para candidato a presidente. No me gusta que me anden promoviendo por ahí». Puerta, que es rápido, le contestó: «No te preocupés, Lole, que yo sólo me propongo a mí como candidato, a nadie más». Puerta igual hizo prevenciones sobre lo que el Lole dice y hace: «Es alemán y los alemanes cuando dicen algo, es porque lo sienten, no andan con dobles juegos. He tenido novias alemanas y a las novias alemanas hay que decirles la verdad. Si Lole dice hoy que no es candidato, es porque no es candidato. Pero si el año que viene dice que es candidato, es porque es candidato, pero en ese momento. Hay que entenderlo. Eso no vale para otros en la Argentina. Cuando uno dice que no es candidato, en realidad está ocultando que es candidato, y si dice que es candidato es porque no quiere ser candidato. Pero esto no vale para el Lole».

Estas lucubraciones llevaron -lógicamente- a hablar de otro ausente en la fiesta del Colón, Eduardo Duhalde -que si hubiera estado, habría completado la foto opositora que fue el palco principal-. Se había ido a Punta del Este junto a Miguel Toma a pasar el fin de semana largo, previo paso por la «fundación». ¿Qué es la fundación? Si Duhalde dice un día de semana: «Vamos a la fundación», quiere decir que hay que ir a la sede del Movimiento Productivo, que está en el piso en donde antes funcionaba la Fundación de Chiche Duhalde. Pero si dice: «Vamos a la fundación un fin de semana o feriado», significa una convocatoria para reunirse a jugar al póker en el quincho de la casa del banquero «Chicho» Pardo, que es donde se siente más en familia Duhalde, incluso más que en el vestuario del club San Jorge, que es donde, en bata, negocia política con propios y extraños, entre ellos, varios intendentes del conurbano que hoy ofician en los altares kirchneristas, pero que Duhalde dice que el año que viene lo acompañarán en tsunami político que dice que encabezará. De paso, ¿no podría elegir Duhalde otra metáfora menos sombría para describir su proyecto político?

Detrás de estas anécdotas quedará para los historiadores resolver el asunto que se discutió todo el fin de semana: ¿quién se portó peor en el novelón del Colón? ¿Macri, que mencionó al consorte con tono de desdén; o Cristina, que redobló el enojo exagerando en la superficie una cuestión de fondo y que va más allá de las fruslerías de estilo? El jefe porteño, como los padres que exageran los retos, intentó desandar el entuerto el viernes y, aconsejado por Gabriela Michetti, ese cable a tierra al que apela cuando reflexiona sobre las decisiones tomadas en soledad, la llamó a la Presidente por teléfono, pero ésta no le devolvió la llamada. Ese día ya se había corrido la voz entre los funcionarios del Gobierno nacional de que debían devolver los tickets y guardar los trajes oscuros que habían mandado a planchar para estar esa noche en la reinauguración del Colón.

Los Kirchner se encapsularon en Olivos con el pretexto -cierto, según los entornistas que pudieron verlos o hablar con ellos el fin de semana- del cansancio extremo con que regresó Cristina de la gira española, un viaje que le podía haber rendido mucho más en efecto público si no hubiera sobrevenido esta peleíta que escaló hasta convertirse en una puja de Estado, de esas que les hacen perder prestigio a sus protagonistas. No es común ver a estadistas pelearse por el posicionamiento en las fotos -más bien se los imagina enfrentados por grandes proyectos o cuestiones de gobierno-, pero la crisis política de fondo en la Argentina les hace privilegiar estos modos de los que creen depende el afecto popular que necesitan para no perder sus cargos. La gobernabilidad se juega, al final, en fintas de maquillaje más que en debate de fondo.

Kirchner, Néstor, se entiende, dedicó el sábado y domingo a recorrer todo el circuito del Gobierno para comprobar que había obediencia debida y que nadie entre los hombres de la administración nacional imaginaba aparecerse en el Colón, desairando del mensaje kirchnerista. Se perdió Cristina quizá la oportunidad de dominar el espacio ajeno desde el palco presidencial con su séquito de ministros y gobernadores, marginándolo a Macri al pelotón de la segunda línea; un mensaje de debilidad que tampoco lo beneficiaba a Macri, que no festejó lo sucedido y que con ese llamado a Olivos intentó superar (tarde) la escalada verbal. El domingo, en la única actividad del fin de semana, Macri se justificó ante pocos con frases como «Kirchner nunca iba a ir al Colón, nunca respondió el matrimonio las notas de invitación, iba a buscar éste o cualquier otro pretexto para hacernos el desaire». Lo hizo ante el pequeño grupo que lo acompañó a la extravagante y lujosa casa La Torcaza, de Carlos Pedro Blaquier, en donde compartió un almuerzo con el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot; su asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba; el jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, y muy pocos más.

La reunión replicó otras que organiza el empresario Blaquier, con un exquisito menú de entrada de langostinos y lomo con salsa de plato principal y acompañado por la música de la soprano Alicia Nafé, que recoge éxitos en Madrid y que tiene, como otros artistas, el privilegio del mecenazgo de los Blaquier. En ese almuerzo trató de distenderse de tanta tensión que terminó rodeando lo que será la fiesta más importante de su mandato, una oportunidad que tenía de distraerse de las tribulaciones de su procesamiento en la causa de las escuchas, para la cual activó a sus principales operadores, que no son los que suelen aparecer más. En la prisa, se aferró a Michetti, una dirigente que tiene lazos con sectores poco frecuentados por el macrismo.

Lo mismo que otro negociador con largos tentáculos, como Federico Pinedo. A los oficios de este diputado le debe Macri el apoyo tácito de otras fuerzas políticas, como el duhaldismo, el radicalismo o Elisa Carrió, que salieron a decir que hasta que no haya una confirmación del procesamiento en cámara no hay que pensar en comisiones investigadoras ni en juicios políticos. Una tregua frágil -porque no está seguro Macri de que en segunda instancia le vaya mejor-, pero tregua al fin. De Michetti logró que recorriera el circuito de radios y canales defendiéndolo con el predicamento que tiene la diputada en sectores independientes. Tanta confianza le tiene Macri a Gabi que no se separó de ella en los últimos días ni cuando ésta se internó en la peluquería el jueves para «hacerse color» y prepararse para estas fiestas. Se le apareció en el local de Sanders, de la avenida Las Heras, el jueves a la mañana para sorpresa de una decena de damas que se atendían en ese edificio -el mismo a uno de cuyos pisos suele concurrir la mismísima Cristina de Kirchner para atenderse del tocado con las manos de Alberto Sanders, el dueño de casa.

Esa noche del jueves Gabi debía comparecer en varios programas de TV y Macri quería que no olvidase las principales consignas de la defensa. Se sentó con ella -que estaba acompañada de su hermana- detrás de un biombo, en donde les sirvieron café con masas secas que Macri devoró en un instante mientras le hablaba en voz alta -ella estaba ya en el secador, que hace mucho ruido- sobre lo que entendía que debía decirles a Nelson Castro y a otros contertulios televisivos. Por lo concentrado que estaba y por el ruido de los secadores Macri no percibió que entre esas damas estaba la legisladora María José Lubertino escuchando todo. Esta diputada, hoy kirchnerista, antes radical-terragnista, venía de atizarlo el miércoles en la interpelación al ministro Guillermo Montenegro, y entró en pánico por temor a que la descubrieran escuchando lo que no debía. Tomó aire, se levantó con ruleros y bata y habló por encima del biombo para darse a conocer sobre un asunto que les sonó tan extraño como el sexo de los ángeles. «Por favor -dijo-, ¿mi proyecto sobre equidad de género en empresas por qué comisión creen que debe entrar, la de responsabilidad empresaria o la de legislación general?». Macri se levantó colorado por las masas secas: «¿Me querés explicar de qué me estás hablando vos?». Gabi, que es rápida, cerró el diálogo: «Sí, María José, por responsabilidad empresaria». Lubertino se despidió recordando viejos tiempos en el canal Utilísima, cuando era columnista de temas de la mujer y Sanders sobre estilos de peinado. Desopilante diálogo de alta peluquería, diría un ministro locuaz, que revela algo de los escenarios en los que se discute poder en la Argentina.

Las jornadas del fin de semana parecieron las vísperas de nuevas batallas, días de fajina, orden interno y entrenamiento que los punteros siguieron con mimo digno de mejores causas. La cúpula macrista se agolpó el domingo en el Colón para escuchar a puertas cerradas el último ensayo con ropa y luces de La Bohème, cuyo segundo acto sonaría el lunes en ese teatro. No fue Macri, pero sí sus principales ministros (Rodríguez Larreta, Daniel Chaín, Hernán Lombardi, etc.). A la misma hora, Daniel Scioli se embarró participando como testigo privilegiado de un entrenamiento de la Selección en Ezeiza. Apuró un regreso de Pinamar y se aguantó el video que les pasó Diego Maradona de un partido viejo de Canadá, la charla técnica del coach y una práctica de las estrellas de la Selección chapoteando en el barro. Se llevó la camiseta firmada por todos y aseguró que no viajará a Sudáfrica.

Los políticos suelen huir de estar cuando juega la Selección porque si pierde les van a decir que son mufa y si gana, aparecen festejando en un lugar que el público envidiaría y también es mal mensaje. Scioli los alentó recordando su pasado deportista y vaticinando que serán campeones. Le preguntaron, claro, si iría al Colón; dijo que no, que al Colón se puede ir en cualquier momento, pero que el clima de agravios le impedía estar allí como quisiera, si las cosas hubieran sido de otro modo.

Otra forma de entrenamiento emprendía al mismo tiempo Kirchner desde Olivos cercado por la tormenta, juntando gente para que fuera a vivarla a Cristina en el desfile-instalación de los artistas de Fuerza Bruta, pero más para los dos actos de la semana. Uno es la cumbre del PJ con gobernadores mañana en Tucumán para inaugurar las instalaciones de una nueva sede; el otro es el sábado, en el Club Unidos de Pompeya de la Capital Federal, un cabildo abierto para un relanzamiento del kirchnerismo porteño, un armado del ministro Carlos Tomada, Daniel Filmus, Guillermo Oliveri -secretario de Culto y, en cuanto tal, árbitro de los tedeums que hubo ayer en todo el país- y otros funcionarios del oficialismo nacional que sueñan con que alguna vez les cambiará la suerte. Todos ellos tenían tarjeta para estar el 24 en el Colón y se lamentaron en el almuerzo que tuvieron el fin de semana en el restorán El Histórico, de la ex Biblioteca Nacional, de la calle México, de no poder usar sus galas. Espera Kirchner que esas convocatorias tengan éxito porque las acompaña con datos alentadores de encuestas que dicen que la caída de imagen se frenó y que el público está menos crítico del Gobierno porque hay una mejora de la economía. «Nos arrastra hacia arriba el crecimiento económico», repitió Kirchner por teléfono a todos quienes hablaron con él durante el fin de semana largo.

La mayoría de los kirchneristas que se quedaron sin Colón aceptó ir hoy a la velada que hace Scioli en el Teatro Argentino de La Plata, una especie de repechaje operático al que han quedado condenados los kirchneristas. Kirchner en el feriado largo, con ministros y gobernadores, por teléfono, escuchó la promesa de todos de que no irían al Colón y trató de animarlos a que se juntasen lunes y martes para ir a los actos del Gobierno nacional. «Son muy lindos; además van a ver lo contenta que está la gente con los recitales, los stands de las provincias y todo lo demás». Sí, Néstor. Con la Presidente festejó además noticias llegadas de otros territorios, por ejemplo, desde Nueva York, adonde el fin de semana se iluminó la cúpula del Empire State Building con los colores de la Bandera Argentina, changa que se ocupó de lograr por segunda vez el embajador Héctor Timerman antes de irse el domingo a Calgary, Canadá, a una reunión de sherpas del G-20 a defender un documento de la Argentina que critica, por si hiciera falta, las propuestas de ajuste que hace el FMI para la crisis europea. Los colores de la insignia parecieron invadir Nueva York, no sólo por estas luces del mítico edificio, sino por las banderas que flamearon el domingo, alzadas por varias delegaciones que participaron de la conmovedora «parade» que se hizo a lo largo de la Quinta Avenida en homenaje al aniversario de la creación del Estado de Israel. Miles de vecinos marcharon por más de siete horas con banderas e insignias de todo el mundo, entre ellas la de la Argentina.

Vamos a terminar con un chiste importado de Estados Unidos, donde los «bar jokes» son una tradición. Un hombre está acodado en la barra, durante una hora y media, contemplando su trago. En eso entra un corpulento camionero y sin decir una palabra alza la copa del hombre y se la bebe de un solo trago. De inmediato, el parroquiano pensativo rompe en un llanto inconsolable. El camionero lo palmea en la espalda y dice:
-Dale, hermano; no es para tanto... ¡Era una joda! Ya mismo te pago otro trago y quedamos amigos. ¿Te parece?
Y el hombre responde:
-No, no lloro por el trago... Es que hoy fue el peor día de mi vida. Me quedé dormido y llegué tarde al trabajo; el jefe me estaba esperando y me despidió; cuando salí de la fábrica y fui a buscar mi auto, me lo habían robado ¡y el seguro se me había vencido ayer! Me tomé un taxi a mi casa, y cuando me bajé me di cuenta de que me había olvidado la billetera con todos los documentos, la plata y las tarjetas. Entro a mi casa y me encuentro a mi mujer en la cama con el portero.
-¿Y qué hiciste?
-Nada; salí de mi departamento, crucé la calle, entré a este bar y justo cuando estaba pensando acabar con mi vida ¡entrás vos y te tomás mi veneno!

  • Vea la primera parte de Charlas de Quinchos (24 de mayo)
  • Dejá tu comentario