Charlas de Quincho

Edición Impresa

El Mundial terminó, pero antes hubo tiempo para una trasnochada extrema en Pekín para ver la final. No fueron los únicos, obviamente: el gobernador de Buenos Aires tuvo en su casa un comentarista de lujo, el todavía técnico de la Selección, quien, sin embargo, se guardó muy bien de hablar de su futuro. En China se mencionaron las reuniones que mantendrá un ministro por dos temas: petróleo y aceite de soja. Un ex presidente, en cambio, lo vio en Olivos tras regresar de una inhabitual (por lo distendida) excursión a Chile. No todo fue fútbol, o al menos así lo entendió un empresario que invitó el sábado al mediodía a su ostentosa mansión, hecha totalmente de mármol, a escuchar un concierto privado. Pese a que lo que se jugaba después era el inexpresivo tercer puesto, todos sus convidados huyeron poco antes del inicio del partido. Veamos.

Se desveló el país por esa final de la Copa de Sudáfrica que se vivió por interpósita selección. En especial, la delegación que acompañó a Cristina de Kirchner a China, que atrasó el descanso hasta la madrugada de hoy (hay once horas de diferencia con la Argentina y siete con Sudáfrica), cuando comienzan las actividades de la gira. Cristina se embutió en la habitación para ensayar algún descanso después de un viaje agobiante que comenzó en Tucumán el viernes, con tantas escalas que los ministros que la acompañaban decían que se parecía a un viaje de estudiantes a Bariloche. Los funcionarios, recios, que habían tratado de hacer tolerable tan largo viaje con interminables partidas de truco a miles de metros de altura, se aglomeraron en el hall del hotel Saint Regis de Pekín para ver la victoria de España, angustiante como todas las empresas de la raza.

Julio De Vido, Héctor Timerman, Débora Giorgi y Julián Domínguez, Juan Pablo Schiavi, los intendentes Julio Pereyra y Daniel Giacomino, además del futbolero diputado Carlos Heller -incluido en el pasaje por su pasado comunista, aunque profesase la rama Moscú- y un grupo de la delegación empresaria siguió el partido que se alargó de manera exasperante. Se notará la proeza en las ojeras de los funcionarios hoy en las primeras actividades, cuyos detalles adelantó en el avión junto a la Presidente el ministro de Infraestructura, que es uno de los que más negocios -o sueños de negocios- llevó a China. La sorprendió a Cristina con promesas como que Córdoba puede tener el primer subterráneo del interior de la Argentina, si los chinos firman que financiarán el 85% de esa obra que quiere anunciar el alcalde de esa ciudad, y por eso se subió al avión.

En esas carpetas que se repasaron en el avión figura algún entuerto que tiene que desmadejar De Vido en la reunión que tendrá con una de las empresas petroleras chinas, que le quiere explicar que en realidad ellos no han comprado acciones de Panamerican Energy (empresa del grupo Bulgheroni) sino que en realidad han invertido en ella a través de un fondo. Esa explicación la quiere escuchar De Vido de los chinos, porque lo que se anunció era otra cosa y teme que sea una respuesta a la posición argentina de que no quiere que los chinos compren la parte de Panamerican que tiene la BP (la ex British Petroleum) herida por el desastre del golfo de México y pasar así a controlar la segunda empresa petrolera del país. Es el asunto en que la delegación decía anoche, en el entretiempo del partido, tener más inquietud. Giacomino es estrella de otro proyecto que tiene un costado chino: la reconversión de los motores de los ómnibus de la capital de Córdoba para que usen biocombustible. Cristina preguntó qué tenía que ver eso con los chinos y le respondieron: «Usamos el aceite que no nos compra China, con eso importamos menos gasoil y aprovechamos el aceite hasta que se normalicen las compras chinas. Fuera de esas charlas, pocas anécdotas de alto vuelo en el grupo, salvo ésa que cuenta que el miércoles, cuando un grupo de familiares y amigos de víctimas del atentado a la AMIA visitó a la Presidente, uno de los participantes, Sergio Burstein -martillo de macristas en la causa de las escuchas- preguntó a un funcionario si podía sacar el tema Macri en la charla que iban a tener con la Presidente. Ese funcionario consultó y le trajo la respuesta a Burstein: «Ni se te ocurra». La cita era para hablar sólo del atentado.

Baleados por la trasnochada, los acompañantes de Cristina en el viaje a China se comunicaron con otros santuarios en donde se vio el partido, como la residencia de Olivos en donde lo vio Néstor Kirchner con amigos, o con una sede a la que pocos pudieron acceder, la quinta La Ñata, pedanía de Benavídez, partido de Tigre, adonde Daniel Scioli invitó a ver la final nada menos que a Diego Maradona. Se comieron un asado, pelaron sus habanos -los dos son cultores de las mejores hojas- y se vieron todo el partido junto a Karina Rabolini y Lorena Scioli, Verónica Jeda, el médico Alfredo Cahe y algunos de sus hijos. Para el anfitrión y para el médico fue una experiencia ver un encuentro de esa categoría con el comentario del aún DT de la Selección, que curiosamente fue parco en el comentario sobre a favor de qué equipo estaba. Sus palabras, pocas, oportunas en situaciones clave, les sirvieron a quienes asistían al espectáculo de Diego viendo un partido que equivale a un doctorado en fútbol.

Aunque estaba en confianza plena, el invitado no abrió la boca sobre si seguirá siendo entrenador; Scioli se pliega a la doctrina de quienes creen que el trabajo que hizo sirve como base para la continuidad. Maradona, se sabe, ya escribió en la intimidad del Twitter, en la noche misma cuando regresó al país, «Ya está. Se terminó un ciclo.» Sigue siendo el único dictamen que se le conoce sobre su futuro al «10», hombre que se mueve con la lógica del artista y esperará el momento más espectacular para anunciar qué hará. El Gobierno sigue atado a la misma doctrina Scioli por temor a que el público le cobre la derrota en Sudáfrica después de que el Gobierno se quedó con el negocio del fútbol. Responderá que, después de todo, Argentina salió quinta en el campeonato y que perdió frente a uno de los mejores equipos que compitieron.

Los estertores de la Copa del Mundo estiraron la molicie en la que ha vivido la dirigencia en el último mes. Aliviados de las vuvuzelas van a buscar prolongar las vacaciones; muchos habían prometido definiciones políticas para después del Mundial, antes que nadie el Gobierno, pero tratarán de mantener el silencio. Entre ellos, por ejemplo, el propio Néstor Kirchner, a quien nadie le pudo quebrar la reserva en ese viaje extraño que hizo a Chile. Extraño porque se franqueó como pocas veces ante íntimos en una cena que le ofreció el ex candidato Marco Enríquez-Ominami en su chalet de Los Benavídez, barrio de la clase media emergente que comparte con su esposa Karen Dogenweiler, una de las estrellas de la TV estatal de su país, que a diferencia de otras experiencias latinoamericanas, mantiene su trabajo en una señal que administra el adversario de su marido, Sebastián Piñera. En esa cena que ocurrió el miércoles, Marco -a quien Cristina dijo un día que para ella era como «un hijo»- trató de sacarle algo sobre su futuro político. Le reconoció que va a seguir peleando por el «proyecto», pero cuando le pidieron definiciones respondió: «Y... Cristina no quiere».

El anfitrión llenó la mesa de piscos, mariscos y otras delicias para tratar de conmoverlo a Néstor con preguntas del discípulo al maestro que conmovieron poco a los otros comensales, que han visto mucho en su vida política (el padre del candidato, el ex senador Carlos Ominami, que es además su jefe de campaña, los asesores del santacruceño el ex insurgente Rafael Follonier y el libresco Juan Manuel Abal Medina, el embajador Ginés González García). «¿Cómo se siente uno al dejar el poder?», pregunta Marco. Responde Néstor: «Cuando uno tiene alta la autoestima, eso no se nota». Admitió con bromas que no es lo mismo cuando se calificó de «Primer damo» y de «Inquilino de Olivos». También se entregó a anécdotas familiares sobre su madre chilena, una mujer nacida en Punta Arenas que nunca se nacionalizó argentina. «Con eso terminó no votándome nunca, salvo, creo que a intendente». A medida que avanzaba la noche, las confesiones personales también avanzaron, en especial sobre la relaciones con su madre, que convencieron a los amigos de esa noche de que esa dama, María Juana Ostoic, conserva una influencia sobre su hijo tan poderosa como desconocida por el gran público que habrá que investigar un poco más.


También le pidió el dueño de casa algún consejo, que recibió con tono de desaliento: «El próximo turno no es para vos». Ominami es un hombre joven, reflexionó, y tiene tiempo para madurar y esperar. También Kirchner se mira en el espejo de Michelle Bachelet, que salió del cargo con alta estima y tratará de volver a la presidencia para sucederlo a Piñera. Lo último que querría Kirchner es salir respaldando al hombre a quien la Concertación acusa de haber precipitado la derrota del entonces candidato oficial, Eduardo Frei, al presentar una tercera candidatura que le sacó votos. «No es así -repitió Ominami- si yo no hubiera corrido, Piñera habría ganado en primera vuelta y el desastre habría sido peor». Es lo que suele decir cuando le preguntan sobre el asunto. Habló esa noche de política argentina, salvo las habituales chicanas sobre las limitaciones que cree ver en la oposición para enfrentar al «proyecto». Esa noche del martes en Santiago, ciudad que dijo no conocer, terminó con café de amigos en el hall del hotel Sheraton y repasando la agenda, de la que bajó algunas reuniones como la que le había pedido el empresario Horst Paulmann, del Grupo Cencosud (Jumbo). Al día siguiente, después de la cita ya contada con legisladores en el Congreso de Valparaíso, volvió a aceptar un momento de distensión. Corría hacia el aeropuerto de Viña del Mar, Torquemada (pertenece a la Armada chilena, algo que no pareció importante a Kirchner) pero sus acompañantes le pidieron alguna pausa. ¿Qué apuro hay? Tenemos avión privado, sale cuando queremos nosotros. ¿Por qué no nos comemos algo rico? Pidió pescado y mariscos y lo llevaron al restorán Vasco de la avenida San Martín de Viña, en donde el grupo argentino almorzó distentido escuchando otras confesiones kirchnerianas sobre cómo había conocido Viña del Mar. «Mi madre suele venir aquí con Alicia, mi hermana», deslizó. Pocas veces habían visto estos acompañantes a este Kirchner -por lo común crispado, saliendo o entrando en una pelea- distraerse en recuerdos, devorar frutos de mar y prolongar una sobremesa para preguntar sobre los barrios de Viña del Mar. Irrefrenable en algunos temas, Kirchner volvió al vicio en esa despedida de Viña para pedir el brindis por la última encuesta, una muestra que mandó a hacer en La Matanza -barómetro de elecciones nacionales- en la que el Gobierno recoge el 43% de apoyo en una eventual presidencial y más del 50% de apoyo a la gestión cristinista.

El Mundial, sin Argentina pero con Uruguay en las finales, desbarató el fin de semana de varios. El primero, el embajador de Alemania Günter Kniess, quien había recibido, junto a un centenar de personas, la invitación a uno de los regios almuerzos que organiza el empresario Carlos Pedro Blaquier en su casa La Torcaza, una de las más fastuosas de la Argentina y que se suele pensar como un museo a la voluntad de su dueño de tener algo más que una residencia sino un monumento, como los señores renacentistas. El pretexto esta vez fue escuchar un concierto del pianista Horacio Lavandera, uno de los más afamados del país y que cuenta, como otros artistas, del mecenazgo del propietario de La Torcaza. Los invitados llegaron más a tiempo que nunca porque el partido Uruguay-Alemania empezaba a las 3 y media; Pedro Güiraldes -hijo del «Cadete» y hederero del autor de «Don Segundo Sombra»-, la pintora Antonia Guzmán, el matrimonio de Rodolfo y Alicia Lavaque, bodegueros de Salta; Mónica y Guido Parisier, Teresa González Fernández, entre otros, fueron rigurosos en la entrada, primer plato, postre y degustación de los caldos de Blaquier, que salen de una de las bodegas más exquisitas de la Argentina.

Escuchado que fue el concierto, que Lavandera también apuró con un ojo de rabo al costado sobre el partido, cuyos preliminares sonaban con eco lejano desde una radio en el área de servicio, se fue imponiendo en el comedor un silencio respetuoso a medida que se acercaba el encuentro. El embajador, cuando ya no podía más, se levantó y con medias palabras en alemán ensayó una despedida urgente. Comenzaron a levantarse todos, abrazos, besos y agradecimientos a los dueños de casa, generosos en la despedida con regalos de libros y folletos, y corrieron a los autos como si acercase un tsunami. En dos minutos no había nadie, los Blaquier solos, y todos como una exhalación a ver el partido.  


Más nervios hubo ayer en la residencia del embajador de España Rafael Estrella, que hizo un open house para la colectividad española para ver la victoria de su país en la copa en pantalla gigante y con un despliegue de tortillas, tapas, jamones, vinos y cervezas que tiene pocos antecedentes en una legación que nunca defrauda en materia gastronómica. Varios directivos de empresas -Guillermo Ambroggi, de la Cámara de Comercio Argentino-Española; José Luis Rodríguez Zarco, de Telefónica; Juan Pablo Maglier de La Rural; Diego del Carril de Christies Argentina -todas las familias de los diplomáticos de la casa sufrieron como nunca esos siete goles que se perdieron los españoles en el alargue del partido que parecían frustrar el sueño del favorito-. Entre tanta fiesta y tanta comida y tan justificada algarabía, se comentaron algunas lindezas de la vida pública, como una feria de comidas regionales que se hizo el fin de semana en La Rural que a un diplomático español le pareció una radiografía de la Argentina: la organizó el grupo Clarín en el predio que pertenece a De Narváez con stands todos promovidos y subsidiados por el Gobierno Kirchner en los que se podía comprar, pero nunca recibir una factura, es decir que las adquisiciones entraban todas en la economía informal. La distancia que provee la mirada de un diplomático permite ver esas contradicciones en los hechos que desmiente lo que los protagonistas dicen en público.

El nivel de estas fiestas hizo replegar a un segundo orden a otros encuentros que con otra agenda podrían ser cabeceras de quinchos, que no de playa. Por ejemplo, el cumpleaños de la funcionaria del Ministerio del Interior y ex musa menemista Raquel Kismer de Olmos, «Kely» para los íntimos. Con juego en la Capital, esta dama sufrió ser minoría con el menemismo y ahora repite la desgracia con el kirchnerismo, que por lo menos le festeja los cumpleaños y con estrellas como Carlos Tomada -quien se traslada con muletas por una operación de meniscos-, Oscar Parrilli, que va a pocas fiestas pero concedió ir a ésta; Daniel Filmus «el Triste», el secretario de Culto Guillermo Oliveri; Raúl Garré -jefe de asesores de su hermana Nilda en el Ministerio de Defensa-y activista del peronismo que ha sostenido siempre a los gobiernos de su partido, esté quién esté; el teatrista y periodista Enrique Masllorens, hoy en Canal 7, pero que en su juventud, que lo fue de todos, integró La Joven Guardia con Roque Narvaja y consagró temas como «El extraño de pelo largo» y «La extraña de las botas rosas». Como es un político serio nadie le pide que cante ni en estos cumpleaños. Por eso los asistentes a ese ágape de jueves en El Histórico (restó de la ex Biblioteca Nacional de la calle México) debieron consolarse con relatar picardías de su formación.

Una de ellas es la irresistible marcha del peronismo de la provincia de Buenos Aires -cuyo gobernador Daniel Scioli ha sido designado junto a Jorge Capitanich y Sergio Urribarri como interventor virtual del PJ local- a una elección primaria entre Scioli y Sergio Massa, quien dice que a él le conviene pelear para perder, sacar minoría para legisladores y «posicionarse». Para eso tiene el saludo de Néstor Kirchner, quien se arriesga a que Scioli se moleste, pero quien cree que una interna sirve para construir política y que es bueno que haya confrontación. ¿Kirchner apoya eso? pregunta la mesa y responde el funcionario de más alto rango allí: no, pero tampoco lo prohíbe, o sea que lo autoriza. Como estos políticos viven de la desgracia ajena, supimos allí también de la investigación que se dispone a reflotar un juez sobre una revista que editó hace algunos años el vocero de un ex funcionario que está a punto de ser citado por el Congreso pahacer declaraciones sobre las declaraciones del embajador Eduardo Sadous sobre declaraciones de empresarios que dijeron, y después negaron, que les cobraban coimas por hacer negocios con Caracas. Esa revista habría tenido como clientes publicitarios a empresas que ese funcionario debía vigilar, situación que lo ha movido a buscar algún acuerdo con los denunciantes de esa presunta picardía editorial. El caso moviliza ya a socios del peronismo disidente de ese ex funcionario para aplacar el caso, que seguramente estallará como un nuevo eslabón de lo que el Gobierno dice que es una «telenovela» pero de cuyo libreto y casting hasta ahora no puede zafar.


Para no salir del distrito federal, la novedad de las últimas horas es la revelación de que el amor ha inundado al Gobierno porteño. No ya con Mauricio Macri anunciando matrimonio y en cualquier momento paternidad, o comprando chocolatines el jueves en el duty free antes de subir al avión que lo llevó junto a Gabriela Michetti y Hernán Lombardi a un acto en Montevideo, sino con esta diputada porteña inaugurando simpatías en público. Toda estrella de la política tiene que pasar, entre otros exámenes, el de la prensa del corazón. Le toca ahora a «Gabi», una persona que tiene, según sus entornistas, más pretendientes de los que el público imaginaría, quien apareció ayer en una revista cruzando mimos con un empresario, Juan Tonelli, que no tiene nada que ver con la política, pero según algunos la tiene con empresas. Cultor de grupos de oración, este Tonelli (sin relación con el ex diputado loPablo) es un integrante de facto del GAG (Grupo de Amigos de Gabi) que integran, entre otros, Marcos Peña, Martín Borelli y Esteban Bullrich. La relación data de dos meses y dos revistas le habían montado guardias en su casa de la calle Pasco.

Duchos en el manejo de medios y otras pantallas, los novios se aseguraron de que esas guardias no incurrieran en feísmos periodísticos, como capturar los ingresos o saliendo de lugares inconvenientes. «No estoy tan avanzada como Mauricio, a quien nunca he visto tan enamorado», reconoce «Gabi» a sus amigos, que no pueden creer cómo en una formación tan conservadora como el PRO prosperen estas relaciones o cunda tanto el amor. Esa liberalidad es la misma que muestran Macri y «Gabi» cuando eluden el cerco de quienes quieren embretarlos en el debate sobre el matrimonio de personas del mismo sexo. Pasan de esa pelea y se colocan más allá del progresismo, al que la gestión macrista en Capital halaga a veces con más generosidad que el Gobierno nacional, cumpliendo con aportes y subsidios a museos de la memoria, organizaciones sociales de madres y abuelas de tanta fidelidad que cuando se haga el balance de lo que hizo Macri corre el riesgo de aparecer más munificente que los Kirchner en esta materia.

Viernes de nostalgias en el Club del Bajo San Isidro. Después de los temas de los 70 de la Soul Road, como «Ruta 66», «Una pequeña ayuda de mis amigos», «To Love somebody», hubo un momento de relax con los músicos que siempre tienen historias a mano. La mayoría de los relatos tiene que ver con anécdotas del ambiente, pero hubo uno que mezcla música y política como el del regalo que Cristina de Kirchner le hizo a José Pepe Mujica, su par de Uruguay, cuando se reunieron en Colonia. La presidente lo sorprendió con un bandoneón «doble A», un instrumento que en Alemania no se fabrica más y que en el mercado puede costar fortunas siempre que se consiga a alguien dispuesto a desprenderse del instrumento. El presidente uruguayo es fanático del tango y, al igual que Cristina, nunca supieron que ese bandoneón le llegó de la mano del rock. Para conseguir el instrumento hubo que recorrer un largo camino. El que recibió la orden de comprar el bandoneón pronto se dio cuenta de que estaba ante una misión difícil. Su falta de contactos hizo imposible siquiera que se acercara a algún dato cierto sobre el paradero de algún «doble A» que estuviera en venta. La orden de la Presidente fue descendiendo hasta que a alguien se le ocurrió contactar a un conocido guitarrista de rock. Como los músicos son una raza que tiene códigos especiales de comunicación, pronto apareció un «doble A» desvencijado que mandó a restaurar y llegó a manos de la Presidente.

Pero el tema del momento en esa conversación de roqueros fue la pelea callejera en Las Cañitas entre Horacio Enrique, conocido como el «Ninja», y «Acero» Cali, el campeón mundial de kickboxing, más conocido por ser custodio del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y por haber ido a desbaratar frente a la puerta de la quinta de Olivos el furibundo cacerolazo de los días de conflicto con el campo. Uno de los músicos es amigo del «Ninja» y desgranó historias que hacían ver a un hombre bueno, pero que cuando «se le salta la térmica es incontrolable y no mide riesgos». Cali había cuestionado al «Ninja» por su enfrentamiento con el empresario Ricardo Fort y había dicho que lo habría sacado fácilmente de su situación. Todos sabían que el boxeador se desespera por ser jefe de la custodia del cantante chocolatero. El destino hizo que el «Ninja» lo encontrara a Cali en un restorán de Las Cañitas y lo esperara pacientemente. A la salida lo increpó por «boquear» y por querer quedarse con el puesto del jefe de la custodia de Fort.

Cali respondió con una trompada que no tuvo fuerza suficiente para voltear al voluminoso «Ninja», quien aprovechando la ventaja de kilos que le lleva al custodio de Moreno se le tiró encima y le pegó unas cuantas trompadas que dejaron huellas en los ojos del campeón del mundo. Sin embargo, el acompañante de Cali, un fisicoculturista salido de la cárcel donde cumplió una condena por tráfico de drogas, le tiró un par de patadas por la espalda al «Ninja» quien se dio vuelta pero no con la rapidez suficiente como para evitar que el ex convicto salga corriendo. Hasta aquí la historia era conocida con más o menos detalles, pero lo que sorprendió del relato es que el «Ninja» va a ser un personaje de «Showmatch», el programa de Marcelo Tinelli, que va a reemplazar a «Tito», un ex custodio de Fort, cuyo mayor mérito en TV fue no hablar una palabra. La idea de Tinelli es armar una pelea en el Luna Park el «Ninja» y Cali. Obvio, hoy por hoy el «Ninja» tiene la simpatía de la gente no por su carisma, que está cerca de cero, sino por el temor que produce Cali por su cercanía con Moreno.

Si ya el Gobierno presume conspiraciones en donde no las hay, qué hubiera pensado de saber que un seleccionado de economistas opositores se reunieron en la residencia que fue de Alfonso XIII junto a las playas de Santander, el palacio de La Magdalena que ocupa la Universidad Menéndez y Pelayo, en donde se realizó un seminario de temas bancarios. Se vio, a cara descubierta, a Roberto Lavagna, Roberto Frenkel (el hombre que le sugirió a Raúl Alfonsín que le dijera a Eduardo Duhalde que nombrara a Lavagna ministro de Economía cuando renunció Jorge Remes Lenicov), Martín Lousteau (ex Solá, ex Cristina, ex 125, hoy Solá, hoy Das Neves) y Federico Poli, que fue subsecretario de Industria de Néstor Kirchner pero que hoy busca fortuna como segundo de Enrique Iglesias en la oficina madrileña que organiza las cumbres de mandatarios iberoamericanos; la de este año se hará en Mar del Plata. Ese grupo, que devoró las delicias del hotel Bahía, se trasladó a Madrid, en donde acompañó a Duhalde en varias de las visitas que hizo hasta el fin de semana, entre ellas la que realizó a José María Aznar. Este contacto tiene miga política porque Aznar es el padrino internacional del proyecto de Mauricio Macri para la presidencia. La Fundación FAES del ex premier y la Fundación Pensar son hermanas, intercambian equipos y, se presume, auxilios de otra índole, y los dos dirigentes se mantienen en contacto permanente. Algo de estas relaciones atenderán los diputados Jorge Triaca (directivo de la Fundación Pensar) y Federico Pinedo en el viaje europeo que comenzaron este fin de semana por Italia, dato que sirve para completar el conocimiento de dónde está cada quien. Para cerrar ese panorama, guarda cama con fuerte gripe el ministro Julio Alak, impedido por ese motivo de acompañar a Cristina de Kirchner en el viaje a Tucumán.

Vamos a terminar con un chiste rural. Un chacarero lleva su camioneta al pueblo y el mecánico le dice que tiene que dejarla hasta el día siguiente, así que decide regresar caminando a su chacra, que no queda lejos. En el camino pasa por la proveeduría y compra un balde y un tarro de pintura. Allí, un colega le entrega dos gallinas y un ganso que le debía. Ahora nuestro granjero tiene un problema: cómo llevar todo a casa caminando. Mientras piensa cómo hacer, se le acerca una viejita y le pregunta cómo llegar a la granja de los González; el chacarero le dice que va en esa misma dirección, y que si no tuviera que llevar esa carga la acompañaría. La señora dice:

-¿Por qué no ponés la lata de pintura en el balde? Lo llevás en una mano; te ponés una gallina debajo de cada brazo y llevás el ganso en la otra mano...

El granjero agradece y comienza a acompañar a la viejita. En un momento le dice:

-Conozco un atajo, que nos saca del camino principal, pero nos ahorramos un kilómetro.

La viejita lo mira con desconfianza y responde:

-Soy una viuda solitaria sin un hombre que me defienda. ¿Cómo sé que no me vas a llevar por el medio del campo, me vas a poner contra una tranquera y vas a abusar de mí?

-¡Pero señora! Aun cuando quisiera, ¿cómo hago? Llevo un balde, una lata de pintura, dos gallinas y un ganso. ¿Cómo hago para apretarla contra la tranquera y abusar de usted?

-Ponés el ganso en el piso, lo cubrís con el balde, colocás la pintura encima del balde, y yo te tengo las gallinas...

Dejá tu comentario