17 de enero 2011 - 00:00

Charlas de Quincho

Quinchos que parecen extraídos de «Las mil y una noches», con jeques petroleros de anfitriones y absoluta falta de alcohol. La lejanía del evento sirvió para que en la sobremesa (sin whisky ni vodka; apenas café) se hablara de un escandaloso affaire que podría comprometer a figuras del Gobierno. También de la posibilidad de que se investiguen las finanzas privadas de empresarios, políticos y (¡oh, sorpresa!) sindicalistas. También hubo multitud de fiestas en Punta del Este, marcando sin duda el final de la temporada alta en ese balneario. Veamos.

Recepción de gala en el palacio real de Kuwait. Cristina de Kirchner hasta le presentó a su hija, Florencia, al emir Sabah IV Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah.
Recepción de gala en el palacio real de Kuwait. Cristina de Kirchner hasta le presentó a su hija, Florencia, al emir Sabah IV Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah.
Fin de semana milinochesco, diría el poeta Darío, entre la cena que le ofreció en Kuwait el emir de ese oasis petrolero a la delegación que acompañó a Cristina en el viaje a Medio Oriente, los fastos que marcan el final de la temporada alta de Punta del Este y las conspiraciones, también nocturnas y fantasiosas, que se desplegaron en los balnearios de la costa argentina, en la cual siguieron los festejos de cumpleaños a repetición de algunos candidatos. Lo más novelesco, claro, lo compartieron la Presidente y su hija Florencia (actuó de primera dama, como lo hacía Zulemita Menem con su padre en viajes al extranjero para no dejar libre la silla a esa dignidad por la viudez o la soltería que siguió al divorcio del riojano), mirándose en la mesa principal del emir Sabah IV Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah y su hermano, el príncipe, con los criollos Miguel Pichetto, Teresa García, Julio De Vido, Héctor Timerman, los gobernadores Sergio Urribarri y Juan Manuel Urtubey, que no atinaban a cruzar palabra -salvo en el caso de Timerman, la competencia idiomática en el inglés es un recurso escaso en el gabinete- frente a los casi cuatrocientos invitados, la mayoría «empresarios» kuwaitíes y unos pocos convocados de la delegación argentina -unos 80 en total-, como Eduardo Eurnekian, Federico Nicholson, la encuestadora Doris Capurro y el «trapito» Sergio Kompel, quien protagonizó ayer una de las algaradas principales del viaje cuando inauguró una sucursal de su empresa de lavado de autos con globos y cantos de «Vamos, vamos Argentina», una proyección internacional de este emprendedor que planta por el mundo esa especialidad criolla del lavado de autos.

Como ocurre en estos viajes, el aislamiento de la Presidente respecto del resto de la delegación fue la nota, agravada porque Cristina y su hija fueron los únicos invitados a alojarse en el magnífico palacio Bayan del emir; el resto debió conformarse con habitaciones en el lujosísimo Sheraton Kuwait, tan desprovisto de bebidas alcohólicas como el menú que les sirvieron, lo que provocó la ansiedad de más de un integrante de la comitiva, que perdió el tiempo reclamándoles a los mozos algún vinito, por lo menos, para darle aire a la visita. La cena fue un despliegue de cocina francesa con degustación de platos sobre base de camarón que coronó un tiramisú (intrusión italiana en la carta) que no cocina ni Ileana Calabró (que parece haber patentado ese postre como propio).

Al estilo árabe, los platos llegaban a la silla del emir, que probaba un poco y mandaba, con un gesto, que le trajeran el siguiente, sin dejarles a los comensales argentinos terminar lo que estaban comiendo. Se sucedían los platos y los mozos les sacaban a los invitados la comida sin que pudieran depositar los cubiertos hasta el final, cuando el emir se levantó para irse y todos, como en un cuento oriental, se levantaron también para retirarse. «Eat and rush», definió un embajador occidental presente cuando le preguntó un legislador argentino a qué se debía esa rara coreografía. En el regreso al hotel, los acompañantes de Cristina echaron en falta la sobremesa con café a la que están habituados en estos viajes; eso les permitió, sin mucha vigilancia oficial, desplegar argumentos sobre las dificultades del Gobierno, principalmente los casos de inseguridad aeroportuaria con narcos detenidos en España, que la mayoría insiste en atribuir a una consecuencia de internas de Gobierno fruto del cambio de autoridades en el manejo de las fuerzas de seguridad.

Nadie se anima a mostrar todo lo que sabe, pero circularon en esa sobremesa presunciones sobre los detenidos hermanos Juliá, a quienes se les atribuye la intención de hacer por las suyas, por fuera de las mafias del negocio, un embarque de drogas para retirarse de una actividad que habrían realizado para terceros en el pasado, con una jubilación de unos u$s 20 millones. Apartarse de las redes habituales les habría costado la delación ante las autoridades españolas. Uno de los empresarios, que sabe de esas cosas, dejó una duda colgando en la charla: ¿desde cuándo en un operativo de narcotráfico actuaron dos hermanos en el embarque? Las familias que actúan en el narcotráfico suelen tabicar, contó, las responsabilidades y nunca irían dos hermanos en el mismo avión, para asegurar la cobertura en caso de un fracaso. Esta especulación abre la posibilidad de que la responsabilidad de los Juliá la terminen compartiendo con alguna banda mayor.

De lo que nadie quiso hablar es de los efectos de este caso si la pesquisa comprueba que el cargamento se hizo en la Argentina -camuflar casi una tonelada de droga entre los paneles de un avión no se hace en una escala de seis horas en Cabo Verde- o de lo que puede pasarles a los funcionarios responsables de esa área, lista en la que no figura Aníbal Fernández, que ya no era responsable de las fuerzas de seguridad cuando eso ocurrió. ¿No aprovecharían los implicados en el caso la debilidad del sistema de seguridad que provocó el cambio de responsabilidades? Todo es posible, pero ayuda a que se disparen los enigmas por el silencio de los investigadores españoles, que no han dicho casi nada del caso y dejan que los argentinos del Gobierno y de la oposición imaginen por la libre qué pudo ocurrir. Claro que todos miran a Nilda Garré, que ha arremetido con todo sobre la cúpula de la Policía Federal y transcurre por el lapso de mayor debilidad de un funcionario que hace eso en fuerzas de seguridad, hasta que se afirme con la nueva cúpula que reemplaza a los que se fueron y que termina con más poder que los retirados. Un clásico que ya vivió dos veces en la provincia de Buenos Aires el reformador León Arslanian, cuya doctrina sigue Garré.

Esta funcionaria es la más comprometida del gabinete por un tema de gestión y se juega su futuro político, que lo tiene en la estrategia del Gobierno de que florezcan mil flores en la Capital Federal, es decir aquello que propuso en su momento Néstor Kirchner para la provincia de Buenos Aires: que se lancen todos los candidatos con alguna chance de juntar votos para impedir que se les escapen dirigentes a la oposición. Eso está detrás de las postulaciones de Amado Boudou, Carlos Tomada y Daniel Filmus, que ya están en campaña, sin cornadas entre sí, pero celándose como nunca.

En ese panorama corre por detrás Garré, cuyo perfil frepasista y garantista puede ser también una propuesta para candidata en Capital, distrito al que ya representó como diputada. En realidad, creen en el Gobierno, ella tiene un producto adecuado al público porteño. El garantismo que propugna no lo quieren en las demás provincias, pero el electorado porteño «compra» ese producto cercano a la centroizquierda con el agregado de que tiene un ADN peronista.

Cualquier especulación electoral en la Capital tiene que anotarla, salvo que la gestión en Seguridad la someta a tropiezos insalvables para cualquier candidato. Las reformas que lleva adelante suelen dar fruto en varios años, si es que los dan (ocurrió así en Buenos Aires) y someten a los funcionarios a calvarios como los que ha pasado Mauricio Macri cuando se le ocurrió, para su desgracia, crear una nueva Policía también peleándose con la vieja Policía: le detuvieron a sus dos primeros jefes y a él lo procesaron.


De esto y de mucho más se especuló en la sobremesa del Sheraton entre empresarios y funcionarios de la segunda línea que escuchan todo y después lo cuentan, atentos a que la tolerancia no es signo de estos tiempos en el Gobierno. Si no, que lo diga el exvocero de Arturo Puricelli, quien perdió el cargo que ostentó un par de semanas por la inocentada de enviarle un saludo por el aniversario al diario La Nación; para el Gobierno eso no se hace. En lo festivo del viaje, hay que registrar un brindis sin alcohol que se hizo por el cumpleaños retrasado de Julio De Vido, otro capricorniano aunque clandestino; fue el 26 de diciembre y quedó afuera de la lista del resto de los del mismo signo que festejaron a fin de año (Aníbal Fernández, Alberto Samid, Julio Alak, Juan Mussi, etc.).

En lo preocupante entre empresarios figura el temor de que Hugo Moyano endurezca su relación con el Gobierno por un dato clave que no escapó a la mirada de nadie: el viernes se publicó en el Boletín Oficial una resolución de Juan Sbatella, titular de la UIF (ente del lavado de dinero, para evitarlo se entiende), en la que comunica a los bancos y demás autoridades que deben vigilar las cuentas de funcionarios por ser gente «expuesta políticamente». Esa directiva incluye -primer punto que les preocupa- a los empresarios que conduzcan cámaras de su actividad y también, aquí viene lo grave para Moyano y sus colegas, a los dirigentes sindicales. Desde al frustrado intento de Patricia Bullrich de meter mano en las finanzas de los caciques gremiales cuando era ministra de Trabajo de Fernando de la Rúa, que empresarios y sindicalistas no había sufrido tamaña amenaza de revisión, con lupa, de sus cuentas personales. Esto compromete también a los políticos, acostumbrados a manejar dinero negro en campaña del cual, cuando son gobierno o acceden a cargos, no pueden dar cuenta clara. Estar en la mira de la UIF por lavado no es chiste, y menos con los compromisos a que ha llegado el país en esa materia con la GAFI (ente mundial) y con los Estados Unidos, tema del cual hablaron en la semana que pasó Julio Alak y la embajadora Vilma Martínez. 

En cuanto a flores que crezcan en su distrito, eso ya no ocurrirá en el caso de Buenos Aires, adonde sigue circulando la fantasía de que Daniel Scioli se reunió con Cristina de Kirchner para acordar un cese de hostilidades del kirchnerismo en su distrito. Haya o no ocurrido esa reunión, los efectos de la leyenda ya producen frutos. El gobernador se dedicó desde el jueves, día de su cumpleaños, a exaltar la reelección presidencial, una especie de cambio de favores por las palabras del ultrakirchnerista Carlos Kunkel en apoyo de la reelección del gobernador, callando a algunos rebeldes que querían construir su futuro bajo los faldones de Martín Sabbatella o los dichos siempre agresivos y extravagantes de Luis DElía, que se enojó porque Scioli fue a comer con Mirtha Legrand, acompañante fetiche de todos sus cumpleaños.

Esas palabras de Kunkel surtieron efecto y ya el sciolismo camina tranquilo a la reelección sin disidencias serias, y queda libre el gobernador para seguir machacando con su método «naranja», que no es sólo la paranomasia que expresa «no pasa nada conmigo» sino los colores del equipo de fútbol del gobernador y toda la cartelería de la costa de publicidad oficial. Eso le permitió seguir con las celebraciones de cumpleaños que fueron en multitud en el restorán Viento en Popa y en la tallarinada de los pescadores y en la intimidad junto al cantante Ricardo «Soy feliz» Montaner, el empresario Florencio Aldrey Iglesias, su hija Lorena, Karina Rabolini y pocos más en la suite que ocupa en el Hermitage, en fiesta que se extendió hasta la madrugada de ayer.


Eso le permitió seguir con las celebraciones de cumpleaños, que fueron en multitud en el restorán Viento en Popa, en la tallarinada de los pescadores y en la intimidad junto al cantante Ricardo «Soy feliz» Montaner y su familia, el empresario Florencio Aldrey Iglesias, su hija Lorena, Karina Rabolini y pocos más en el restorán del Hermitage, en fiesta que se extendió hasta la madrugada de ayer, por donde pasaron, entre otros, el protomacrista Miguel Del Sel, José Pampuro, el intendente local Gustavo Pulti y, por si faltase, hasta el ministro Florencio Randazzo. A quienes les desvelan esas especulaciones, Scioli responde: «Hablo todos los días con Cristina, me llamó para mi cumpleaños, le deseé suerte en el viaje, y hablo de todo, de gestión y de política, pero cumbres secretas yo no hago».

Ya se contó la manía de Elisa Carrió de festejar varias veces su cumpleaños, amparada en que nació el 26 de diciembre y la anotaron el 26 de abril. La noche del sábado llevó a sus principales dirigentes al chalé de la amiga que la aloja cuando visita Mar del Plata, que tiene una vista envidiable frente al Golf Club, y les ofreció lo que llama una «fiesta gitana», comida, bebida y música hasta que las velas no ardan. Estaban el diputado Adrián Pérez (compañero en la fórmula presidencial); el candidato a gobernador bonaerense Juan Carlos Morán, cuyo hijo Nacho, de cuatro años, fue una de las atracciones de la fiesta cuando se puso una máscara con la cara de Carrió); el candidato a Gobernador de Santa Fe, Carlos Comi; el de Córdoba, Omar Ruiz; la postulante a intendente de la capital de esa provincia, Laura Sesma, que fue la principal animadora de la pista de baile sobre el césped; Alfonso Prat Gay; Fernando Iglesias (que demostró que no sólo baila bien tango -es un asiduo visitante a las milongas porteñas- sino que también puede destacarse con otros ritmos); Fernanda Gil Lozano; Susana García; Horacio Piemonte, Elisa Carca y Elsa «Tata» Quiroz, que fue la cuarta voz del trío musical santafesino invitado especialmente por Carrió y que tiene el curioso nombre de Solari y compañía.

Con la caída del sol, los invitados y sus familias se entretuvieron con los dichos del payador que Carrió conoce de sus caminatas por la Recoleta, al que invitó a viajar a Mar del Plata con su compañero de arte callejero, un payaso que toca el acordeón y que apareció en el jardín cuando ya era de noche para interpretar. Compitió con ellos Morán, quien apeló a un largo recitado campero acompañado con mímica por Laura Sesma. La comida, casi tan fastuosa como la del emir de Kuwait: lechón, cordero, pata de ternera, empanadas criollas y pizzetas, tortas de frutilla, chocolate y una especial de crema de la repostería preferida de Lilita en Mar del Plata. La fiesta duró más que la que hacía Scioli a la misma hora en el Hermitage, los dos con una sed de ilusiones infinita. Carrió venía de una intervención por TV el miércoles con la que había encendido a toda su militancia, que cree en serio lo que ella repite de que será presidente, que todos serán felices y que ha terminado la era de la impostura. Pocas veces se equivoca Carrió cuando vaticina, pero pocas veces ha dicho algo sobre su propio destino personal. No creen sus militantes que exagere, pero lo que no saben es cómo logrará ella todo lo que promete con lo que tiene hoy. Algunos imaginan todavía algún encuentro con los radicales que ella ha fustigado tanto, no en alianzas o acuerdos, sino en la urna, que es donde al final se hace una alianza, por más que imaginen los políticos triquiñuelas y martingalas.


No muy lejos de estas rumbosas celebraciones, en la modestia de un chalé de Pinamar, el senador Juan Carlos Marino ofreció una cena fría para su conmilitón Ricardo Alfonsín, que llegó buscando convencerlo a él y al resto de los radicales de que es mejor candidato a presidente que a gobernador (es lo que imaginan muchos como mejor chance con Ernesto Sanz de postulante a presidente). Llegó con su hermano Javier, el estratega Guillermo Hörst y el campañólogo de cabecera Germán Esponda, del que no se separa hasta nuevo aviso. Marino es un pampeano que juega muchas veces de bisagra -le permitió a Gerardo Morales seguir siendo jefe del bloque en el Senado cuando todo parecía perdido para el jujeño- y busca como tantos radicales su lugar en ese extraño juego de un vicepresidente que no quiere internas, pero busca la candidatura que también reclaman Danz y su anfitrión del viernes.

Para esa mesa lo mejor sería que la candidatura se decidiera en abril, pero no con una interna de urnas, sino leyendo encuestas, con el propósito de no someter al radicalismo a un recuento globular que podría revelar pocos asistentes a una elección cerrada y para evitar un gasto descomunal para un partido en el desierto de la oposición. En esa charla pinamarense acordaron que esperarlo a Cobos hasta agosto en las primarias es darle una chance al Gobierno, que no hace internas sino que designa a Cristina de Kirchner a dedo y sin discusiones y los somete a un riesgo peor: los jueces electorales ya han dicho que esa primaria tiene que tramitarse sin apelaciones. Es decir que se parece mucho a un juicio sumarísimo. ¿Qué pasaría si alguien impugna el resultado de la primaria radical por alguno de los infinitos recovecos de la ley electoral? Sería resuelto sumariamente para llegar a octubre, pero volteando sin muchos argumentos al candidato impugnado. Se lamentaron, entre quesos y chorizos, de que la vida partidaria a la que se someten los radicales no los beneficia frente a otros partidos para los que las internas no existen. Pero, rieron, no hay radicalismo sin internas.

Cruzaron comentarios sobre los adversarios de Alfonsín, como el cordobés Oscar Aguad, quien recibió a Sanz para llevarlo al festival de Jesús María, pero no logró quebrar la orden oficial de no anunciar la presencia de ningún político ni compró las entradas para los 40 acompañantes radicales, lo que provocó un clásico incidente de ingreso a un estadio. El mismo veto le alcanzó a Alfonsín, que se rió cuando le contaron que las chicas que reparten cartones y marcadores para que el público escriba saludos para que se vean por TV les aclaran que está prohibido mencionar a dirigentes políticos, del oficialismo y de la oposición. Este Aguad, cuando fue Sanz, dijo que era su candidato, pero cuando acompañó a Alfonsín días más tarde, le dijo: «Ahí estuve presentándolo a Ernesto, que no lo conoce nadie». Marino, que tampoco tiene opción definida, aclaró en la mesa que lo va a recibir en Pinamar a Sanz.

Merece un apunte la noche de Punta del Este, donde una acumulación de cenas y fiestas marcó el final de la temporada alta, simbolizada en la que organizó anoche Cristiano Rattazzi en la disco Tequila, donde encumbrados hombre de empresa (Gerardo Werthein, Franco Macri, Ricardo Stuart Milne, Aldo Roggio, Héctor Méndez, Alejandro MacFarlane, Gerardo Bovone, Sebastián Eskenazi, Belén Yapur, Javier Vernengo), hombres de la economía (Carlos Melconian), Rodolfo Costantini, Gabriel Romero, Marcela Losauro -ex secretaria de Justicia de Kirchner- y Javier Madanes, danzaron y, más que danzar, bebieron y miraron, rodeados de los productos menores de 25 años que suelen animar -sin pensar ni en negocios ni en la economía- estos encuentros de verano. Algunos habían estado la noche anterior en otra cena clásica, de todos los años, la que había organizado el banquero Jorge Brito en su chacra Mamá Gansa, en las cercanías de La Barra, para ofrecer un menú también clásico: cordero oriental (no patagónico) a la parrilla. Ese es un producto poco cultivado por quienes creen en el cordero del sur o el pampeano; ya había detectado el llorado Gato Dumas esa superioridad, que viene de la ingesta de pasto que crece junto al mar y le agrega cierto gusto salado a la carne. Lo gozaron Méndez y Miguel Acevedo de la UIA, Adelmo Gabbi, de la Bolsa de Comercio, y gente de las finanzas, como Ezequiel Carballo (su socio en el Macro), José Luis «Chicho» Pardo (Banco Mariva) y los hermanos Jorge y Ricardo Stuart Milne (Patagonia), entre otros. En total, fueron unas 15 parejas que se repartieron en tres mesas; después de los entremeses, el cordero y las verduras a la parrilla y las ensaladas para acompañar la carne, los hombres -puros y whiskys de por medio- compartieron un rato de evaluación y prospección. Hubo consenso en que era absurdo pensar que de ese asado saldrían definiciones sobre el pacto social que el Gobierno primero anunció y pocos días después sepultó sin miramientos. Uno de los presentes recordó que, sin la participación oficial, el «pacto» se reducía a una serie de reuniones entre Hugo Moyano y la UIA, sin ningún resultado a la vista más que la posible ganancia política que podría darle al capitoste de la CGT (en su interna en el PJ) una foto con la cúpula empresarial.

Hubo incluso quien felicitó a Méndez por haber cancelado el encuentro con el camionero del martes pasado, casi cuando en la sede de la central obrera ya estaban sirviendo los cafés y poniendo las masitas en la mesa. El dirigente industrial explicó que -tras charlarlo con otros miembros de la «mesa chica» de la UIA, uno de ellos, el propio Acevedo que estaba allí- convinieron en que lo mejor era dejarlo para más adelante, cuando estuviera claro qué es lo que quería hacer el Gobierno con este pacto. «Lo que buscan es patearlo para más adelante, más cerca de las elecciones, cuando les va a servir más esa foto que ahora, porque para octubre ya todo el mundo se habrá olvidado del pacto social», aventuró uno de los presentes. Otro lo calificó de optimista. El ambiente, claro, era de jolgorio.

«Todo el mundo piensa que acá vamos a hablar de política, pero la política de verdad está en otro lado», dijo Gabbi (presidente de la Bolsa porteña) a los invitados en la casa de Jorge Brito. Es que el operador bursátil venía de Las Vertientes, la mansión que tiene en la zona de Las Cumbres el empresario Juan Carlos López Mena, dueño de Buquebús. El armador naviero, devenido hombre del mercado aerocomercial (su línea BQB ya está volando), convocó para su cumpleaños al presidente oriental, José «Pepe» Mujica, y a todo su gabinete. También a colegas empresarios uruguayos y argentinos, como Cristiano Rattazzi (Fiat Argentina), Bruno Quintana, Gustavo Cinosi (Sheraton Pilar y multitud de negocios con el Estado), Daniel Funes de Rioja (COPAL) y el periodista Enrique Llamas de Madariaga, que ahora es figura de las radios uruguayas.

Entre tanta gente fina, nos enteramos de que Pupi Sebastiani, la presidenta de la fundación Beethoven, partió el sábado para Madrid. Fue para asistir a los prolongados festejos de los 70 años de Plácido Domingo. Los fastos del aniversario del tenor son variados e incluyen una fiesta para los amigos más íntimos. Pupi irá a la más exclusiva porque, además de la amistad que la une al cantante, ella es representante del Met New York y la mentora de que en la última semana de marzo se presente en el Colón. Calculan que para esa fecha, Pedro Pablo García Caffi tendrá solucionado el conflicto que paralizó al Teatro. Pero la llegada del tenor español no será un hecho tan plácido como su nombre de pila porque reavivará el pleito entre Cristina y Mauricio. Ambos quieren que el español ofrezca una función popular y gratuita. El jefe de Gobierno sueña con que cante en la plaza Lavalle frente al Colón o en la avenida Libertador. Cristina se lo quiere arrebatar e imagina un obelisco iluminado. Traer al cantante cuesta un millón de dólares.




Vamos a terminar con un chiste escuchado en un cumpleaños en Punta del Este. Cenicienta acaba de cumplir 75 años; después de haber vivido feliz con el Príncipe Azul se retira al campo, con la sola compañía de su gato Alan. Una tarde, de la nada, aparece el Hada Madrina. Cenicienta la saluda soprendida.

- Hada Madrina: ¿Qué hacés acá después de tanto tiempo?

- Es que desde la última vez que nos vimos fuiste una mujer tan buena que he decidido otorgarte tres deseos.

La sopresa de Cenicienta se triplica ante la noticia. Con el aliento entrecortado pide el primero:

- ¡Quiero ser más rica que nadie en el mundo!

De inmediato, todo el mobiliario y las paredes de su casa se convierten en oro sólido. Tras agradecerle al Hada Madrina, Cenicienta piensa y enuncia su segundo deseo:

- ¡Quiero volver a ser joven y bella!

Al instante, su viejo y achacoso cuerpo recupera la belleza y la turgencia de cuando tenía 18 años. Junto con su cambio anatómico, Cenicienta vuelve a sentir dentro de sí unos deseos y ansias que hacía años no experimentaba. De ahí, su tercer deseo:

- ¡Quiero que transformes a Alan en un joven apuesto!

Un segundo después, el gato se convierte en el efebo más esbelto y buen mozo de que se tenga memoria. Con esto, el Hada Madrina da por cumplida su misión y se va. Cenicienta y Alan se quedan mirándose a los ojos; la chica estudia el cuerpo más perfecto de hombre que haya visto. Alan se acerca a la joven, pone su cabeza contra la de ella y le susurra al oído:

- Seguro que ahora te arrepentís de haberme castrado...

Dejá tu comentario