Charlas de Quincho

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Pese a que el fin de semana estuvo teñido por el descenso de River Plate y la violencia que desató ese hecho deportivo, las noticias generadas en Olivos acapararon las charlas. Por eso le contamos las intimidades de dos designaciones, que involucran a otros tantos «vices» y que por el hermetismo de los implicados no trascendieron. «No me siento perdedor», explicó uno de los supuestos heridos por esas decisiones. No fue lo único de que se habló: en un restorán de Recoleta, un cómico devenido candidato a gobernador deleitó a sus conmilitones con frases que luego se convierten en eslóganes (le contamos algunas). Allí también se reveló la existencia de un libro de jugosísimas memorias que está casi en la imprenta. Y la visita de un célebre asesor político estadounidense, que escuchó al candidato radical y habló poco. Veamos.

Se cansarán cronistas y voyeurs de intentar sacarle a Daniel Scioli alguna palabra sobre el cierre de las candidaturas, en particular de su compañero de fórmula a la gobernación, a quien comenzó a aplicarle su método: que expliquen ellos lo que hicieron, no me pregunten a mí. Por eso Gabriel Mariotto estuvo ya el sábado en el piso 19 de la sede porteña del Banco Provincia, se sacó fotos con él y le hizo decir que fue el gobernador quien le ofreció el lugar en la fórmula. Juntos se fueron de allí a Olivos. Mandó a sus funcionarios también a callarse hasta nuevo aviso, con lo que sólo queda el recurso de leer estos quinchos para saber qué habló Scioli con Cristina de Kirchner en la mañana del viernes en Olivos, de donde salieron los dos más mudos que nunca.
En ese encuentro Scioli cumplió con explicarle por qué creía que la terna que llevaba en un papel -la encabezaba Cristina Álvarez Rodríguez- era el mejor abanico de posibilidades para una fórmula competitiva en beneficio de todos. La Presidente le respondió que la contribución de Mariotto era decisiva para atraer al público joven y completar el mensaje del puente generacional. «A Cristina -aportó la Presidente- la necesito en el Congreso como diputada, también a Mario Oporto, y a Colla (Alejandro, ministro provincial de Salud)». Colla no, lo necesito yo en el gabinete. Está bien, Colla no.

No le dijo otra cosa, porque Scioli ya sabía quiénes eran las cabezas de lista a legisladores nacionales (Aníbal Fernández y Julián Domínguez, negociados por su jefe de Gabinete Alberto Pérez con Carlos Zannini) y de ahí partió hacia el piso 19° adonde lo esperaban ministros y caciques legislativos, heridos por ser las víctimas del relato oficial del cual no se aparta buena parte del periodismo: que a Scioli lo doblegan, que a él le ponen los funcionarios y le barren gente de las listas. En la larga sesión de terapia del Banco Provincia hubo muchos sciolistas que mostraron que conocen poco a su jefe, para quien estas jornadas de arbitraje de nombres en listas suelen ser las de su peor desempeño. Hubo quienes esa tarde, en torno a altas bandejas de sandwiches de miga que se oreaban y retorcían sus puntas ya resecas -no era momento de ingestión- le reclamaron que fuera, como presidente del PJ y de la alianza a la junta electoral que preside Hugo Curto y que anotase una fórmula propia, como hicieron en sus provincias los juanmanueles (De la Sota y Urtubey).
Un disparate impensable en Scioli, cuyo método no es confrontar y que cree que si pudo domarlo a Alberto Balestrini en 2007 -quien también venía como un control de Olivos sobre su gestión, y tenía más envergadura que su compañero de fórmula de hoy- no tiene un panorama malo hacia adelante, pese a que el relato no lo favorezca. ¿Que le barren gente de las listas? Respuesta desde la cabecera de la mesa: ¿quién es mi gente? ¿dónde están los sciolistas que se quedan afuera? Silencio del otro lado. Es cierto, el sciolismo son todos y es nadie; y vean las listas y van a ver que están los nombres de quienes tienen que ir, reeligen los que deben reelegir, van ministros a la Legislatura y al Congreso. Salvo uno, le dicen; José Pampuro. «Lo vamos a contener», ya está; seguro de cargo en la provincia. Él querría una embajada, pero no hay nada que por ahora esté vacante y en los papeles de la Cancillería sólo hay lugar para jóvenes de la casa premiados con promociones. 

¿Le gusta esto a Scioli? Si fuera por su rostro no, tampoco a Karina Rabollini. Es un estilista de la imagen pública y sabe que tiene que sufrir esta cuarentena de todo cierre, cuando le reclaman que traduzca el poder que tiene -su especialidad, es lo que domina mejor que la mayoría- en nombres y estructuras -que es lo que los demás buscan- y queda desnudo con el celular en la mano; es cuando lo mira y ríe: éste es mi único equipo político. Paciencia, les pide a todos los que ensayan gritos de guerra contra el peronismo de la otra vereda. «No le hagan caso a lo que dicen los que no entienden nada -fue la consigna del gobernador a ese grupo-; decían en 2003 que me sacaban de la Capital para embromarme, después que me sacaban de la vicepresidencia, en 2007 que me ponían a Balestrini para esmerilarme, en 2009 que me harían dejar la gobernación para asumir una banca de diputado. Nada de eso pasó y me dieron más responsabilidades». Además, «¿qué les pasa con Mariotto. Es un muchacho responsable, dice que viene a sumar. Y encima -revelación quinchesca- ya lo tuve cenando en casa».
Con ironía algún ministro dice: esto lo van a pagar en la elección en la provincia, va a ser un festival del corte de boleta. En esos extremos se levanta la reunión del viernes que se retomó el sábado en la misma sede, casi con los mismos protagonistas, a la espera de la foto con Mariotto y la partida hacia Olivos, adonde nadie sabía qué pasaría. Pongamos un lente sobre la residencia presidencial, adonde ingresaba la «perrada» -funcionarios de nivel intermedio- por una lenta cola que los sometía a revisión de documentos odiosa para gente acostumbrada a saltarse todos los escáneres. Por una puerta menos evidente, por la calle Malaver, tuvieron el privilegio de entrar los ministros del gabinete y los gobernadores, a quienes la casa los halagó en el edificio «Jefatura» con una mediatarde -café, gaseosas, canapés- mientras se abrían y cerraban puertas, entraban unos y otros a un salón en el que estaba Cristina de Kirchner.  

El grupo vip se conmovió cuando lo llamaron a Juan Manuel Abal Medina. Estuvo unos minutos y salió con un rostro inescrutable; nadie supo de qué hablaron. Nueva marejada cuando lo llaman a Amado Boudou. Adentro recibió la noticia de que sería el candidato a vicepresidente. Le reclamaron silencio y también rostro impenetrable: «Poné cara de...», pudo ser la instrucción. Por eso fue el único que sabía cuál sería el anuncio de minutos más tarde, que terminó con las especulaciones de superficie y de fondo. Las de superficie apostaban ya al nombre del ministro de Economía; las de fondo apostaban a que Cristina no elegiría -como ocurriera con Mariotto- a ningún cacique territorial del peronismo que hubiera podido crear celos de los pares, algo que aconsejaba Maquiavelo que un jefe nunca debe alentar entre los suyos.
Supo guardar el secreto Boudou en esos minutos porque hubo mensajes de texto que se cruzaron hombres de su entorno diciendo que no era el elegido; alguno hasta se volvió a su casa sin entrar a Olivos. Esto lo festejó el ministro cuando todo terminó en la parrilla Happening de Puerto Madero, adonde llegó acompañado por el director de la ANSES Diego Bossio, sus asesores «Juanchi» Zavaleta y Sergio Poggi; la ministra Cristina Álvarez Rodríguez y su marido Miguel Cubero, que es funcionario de Economía; Juan de Jesús (quien siendo intendente del partido de La Costa le dio la primera oportunidad como funcionario político al candidato) acompañado de su hijo y homónimo, los hermanos, las sobrinas, los padres, etc. Tampoco a ese grupo -había muchas orejas indiscretas alrededor, en las otras mesas- le contó detalles de la oferta. Sobraba tema para brindis, festejos y hasta para las lágrimas. Cerca de la medianoche el ministro-candidato dio por terminada la celebración. Lo que viene es más que duro.


Con tanto funcionario en Olivos supimos que la agenda de la dueña de casa -perturbada por tanto anuncio- no dejó de lado cuestiones que no terminan. Lo que más le interesó fue el mensaje directo que le llegó de La Habana negando que Hugo Chávez tenga una enfermedad terminal, que su salud no peligra y que vuelve en cualquier momento. Este extravagante bolivariano es un activo -y un pasivo- de la gestión kirchnerista y todo lo que pase en Venezuela termina golpeando por aquí. Decidió creerle Cristina a ese informe que llegó de Cuba, que es adonde se está tratando Chávez de su enfermedad, sea la lesión en la rodilla, la infección en la pelvis o algo más dañino. Tampoco Scioli se apartó de sus costumbres. Buscó el descanso con familiares en La Ñata hasta la madrugada del domingo, para emerger ayer como si nada hubiera pasado: fútbol a mediodía con los Piqueteros de Villa La Ñata y por la tarde acto con el Chaqueño Palavecino en Hurlingham. Hoy lo espera a almorzar a Mariotto, su compañero de fórmula.

Descontaba la oposición la conmoción que sería en la campaña el anuncio de candidaturas kirchneristas; por eso, los principales caciques buscaron salir de la vidriera, dejarle al oficialismo los titulares del fin de semana, y concentrar la artillería en los distritos. Eso motivó la presencia de Mauricio Macri en la casa de pastas La Stampa, en la recova del bajo autopista de la Capital, junto a armadores de Santa fe como el propio Miguel del Sel, el apoderado de los Midachi, el «Oreja» Fernández, el legislador en Capital Álvaro González -que es nativo de esa provincia-, el economista Luciano Laspina (que está en la gestión Sturzenegger en el Banco Ciudad), el jefe de campaña nacional Emilio Monzó, la diputada Gladys González y el jefe del Gabinete porteño, Horacio Rodríguez Larreta. El grupo repasó cuitas de esa provincia por un rato corto porque el cómico Del Sel hegemonizó la charla con un rosario de anécdotas. Eso permitió el silencio de Macri, que cuando está con Del Sel queda embelesado por los cuentos y las ocurrencias del candidato, que podrían competir con las de un Luis Juez.
En esas mesas, Del Sel ensaya frases que repite modificándolas hasta que quedan redondeadas como lemas proselitistas. Por ejemplo, contó que en un acto en un pueblo le preguntaron: «¿Usted es Macri?», y respondió: «Sí, soy Macri; no soy ni Schoklender ni Jaime». Risas. En esa mesa se celebraron algunos números que acercan a la lista macrista a los que encabezan los sondeos, el socialista Luis Bonfatti y el peronista Agustín Rossi. Estas albricias las tienen que equilibrar con el disgusto de algunos aliados provinciales, que se enteraron cuando ya era tarde de que el sindicalista del plástico Vicente Mastrocolla sería el primer candidato a diputado nacional del sector Del Sel, después de pasar por el apoyo a Rossi y a Carlos Reutemann en distintos turnos. Esa nominación posterga a otros más veteranos que entienden que quizás Mastrocolla los desplaza porque puede acercar recursos a la campaña. También tendrán que contener a quienes se quejan de que la segunda diputada será Gisela Scaglia, que viene de ser asesora de la concejal rosarina Laura Weskamp y que estaba anotada hasta ahora como candidata a concejal en Gálvez. Estos arbitrios se los atribuyen los macristas santafesinos al apoderado Fernández, a quien ven como el cerebro de su candidato a gobernador.


En la sobremesa hubo aire para otras anécdotas de ese espacio, como la que se le atribuye al diputado macro-duhaldista por Misiones, de haber bromeado ante el propio Duhalde con esta frase: «Sos un verdadero kirchnerista; primero lo elegiste a Néstor como candidato a presidente; ahora lo elegís a Das Neves, que es lo más parecido a Kirchner, por el método y porque viene de una provincia petrolera y pesquera». No está confirmado que le haya respondido que si tenía otro candidato a vice que aportase recursos para la campaña, que lo trajese. Como le hace decir a Danny DeVito el dramaturgo americano David Mamet en el guión del filme «Heist»: «Todos necesitan dinero, por eso lo llaman dinero» («Everyone needs money. That's why they call it money...»).

Entre gente tan culta como la que devoraba spaghetti y sorrentinos en La Stampa, recayó el reproche que le arrojan académicos, lingüistas y gramáticos a Duhalde por el título de su último libro, editado por una universidad, que tiene gran promoción en medios y va por su segunda edición: «Es hora que me escuchen», cuando debería decir «Es hora de que me escuchen». Sobre libros, nos enteramos de que se vienen una memorias de postín, que mucho esperan que cuente más que el libro de Carlos Corach, de la pluma de Hugo Anzorreguy, exjefe de la SIDE de Carlos Menem y dueño de los secretos de todos durante una década. Los amigos lo convencieron a Anzorreguy de que cuente lo que vio antes de que se olvide de todo. Arrancó con la ayuda de su hijo Martín y un par de plumas del oficio, y promete relatar su adolescencia como liceísta, sus relaciones con el sindicalismo, el roce con la clase alta del Jockey Club, y sus conversaciones con celebridades de la política, como Juan Perón, Isabel, Augusto Vandor, Lorenzo Miguel, Juan Duarte, George Bush, Bill Clinton y Silvio Berlusconi y, por cierto, Menem.
También hay mucho en ese volumen sobre algunas aficiones privadas del ex SIDE, como el box y el turf. Por ejemplo, va a contar que fue testigo del saludo entre Perón y Gatica, y escuchó la frase «Dos potencias se saludan». De Menem, anécdotas menemistas, como cuando lo llamó Julio Mera Figueroa a Anzorreguy a su casa de Punta del Este con un «Venite que el Presidente te quiere en la SIDE». Respondió: «Ojo que yo a Menem ni lo conozco». Igual quiso viajar -no se rechazan ciertos cargos en la vida-, no había pasaje, llegó por ferry vía Colonia en el auto del ex Swift Carlos Oliva Funes. Cuando lo recibió, Menem le dijo: «¡Hugo! ¿Ya asumiste?». Todo un retrato sobre cómo elegía sus gabinetes Menem, quien hizo a Oscar Camilión y a Antonio Salonia ministros de Defensa y de Educación sin conocerlos personalmente de antes.


En campaña todo vale, todo sirve, todo suma. Con eso hacen su agosto los asesores internacionales de candidatos, que se mueven como peces de profundidad -lentos, callados, mimetizándose con el lecho marino para no ser víctimas de ninguna trampa- por cuarteles de todos los signos. No les gusta aparecer, tampoco quieren mostrarlos mucho los candidatos, que temen ser percibidos con gestos de debilidad como acudir a una opinión foránea. Por eso James Carville, que da una mano en los cuarteles de Daniel Scioli -antes asesoró a Eduardo Duhalde-, está pero no está; transparente, todos lo niegan en esos despachos, pero nadie asume la relación. Los radicales tampoco mostraron mucho a David Axelrod, que también le da letra a Barack Obama, y que pasó por las oficinas de Ricardo Alfonsín durante la semana última. Su aporte principal fue ordenar las preguntas que deben hacer los encuestadores que va a contratar la UCR. De lo que se pregunte saldrá la verdad. Hagan las encuestas, mándenme el resultado y yo les preparo lo que pueda aportar, dijo al despedirse.
Más silencioso fue el sábado otro asesor famoso que pasó por las oficinas de la avenida Santa Fe del candidato radical, el célebre Dick Morris, que pasó unos días de vacaciones en la Argentina (tiene aquí buenos amigos) y no quiso irse sin conocerlo a Alfonsín. Antes asesoró a los victoriosos Fernando de la Rúa y al mexicano Vicente Fox, por eso se lo escucha con atención cuando pide charlas sin compromisos. Lo escuchó a Alfonsín y a su equipo mínimo (Javier González Fraga, Raúl Borrás (h), Germán Esponda, Angel Rozas, que es amigo de Morris de anteriores batallas y Mario Brodersohn). Estuvo con Alfonsín pero no dio ninguna respuesta; un experto como él tiene que tener otros elementos para dictaminar algo serio. Habló un poco de política de su país (cree que el republicano Mitt Romney, de Massachussets, será el próximo presidente de los Estados Unidos) y se retiró con gestos de aliento que les hizo creer a sus anfitriones que daba una señal de triunfo. Este Morris se hizo célebre como consejero de Bill Clinton cuando perdió la primera elección legislativa y todos creyeron que no tendría reelección. La revista «Time» lo consideró el hombre más influyente de su país cuando se reveló que actuaba como asesor, algo que mantuvo en secreto para no levantar celos de otro competidor cerca de Clinton, el mismo Carville, el hombre que escribió en el pizarrón del comando de campaña del presidente americano la frase: «es la economía, estúpido». Vino a la Argentina para la campaña de De la Rúa y ha dado una mano a otros candidatos como Ricardo López Murphy y, en elecciones anteriores, Elisa Carrió. Es el hombre que le pegó un cachetazo en la cara a De la Rúa cuando filmaban un spot en 1999 y le pareció que no exhibía la energía de un candidato ganador. Funcionó porque De la Rúa ganó esa elección.

Si de dinero se trata, el empresario de juegos de azar Daniel Angelici, un ladero eficaz de Mauricio Macri que aspira a ser presidente del Club Atlético Boca Juniors con el apoyo del alcalde porteño, llenó el salón principal de la tanguería Madero Tango -administrada por un exconcejal de ese partido el miércoles para que punteros radicales compartiesen un instante con el jefe de Gobierno y candidato a la reelección. Angelici integró el original lote de propietarios del cual se ha desvinculado ya que el local ha quedado exclusivamente en manos del exlegislador y fallido aspirante a gobernador de la ciudad en las elecciones de 2003, Cristian Caram Urcullu, quien pagó la minuta. Uno de esos punteros reflexionó ante el número de asistentes: «Hay más radicales en esta comida que en el último plenario del Comité Capital», omitiendo maliciosamente que cualquier tenida gastronómica -máxime de carácter gratuito- tiene más éxito entre los herederos de Yrigoyen que cualquier discusión interna.
Entre la concurrencia se destacaban los denominados radicales PRO Laura Alonso y Cristian Gribaudo (diputados nacionales), Oscar Zago, Martín Ocampo y Raquel Herrero (legisladores porteños) y Orlando «Conejo» Yans (legislador bonaerense). También estaba el ministro de Salud, Jorge Lemus (sobre quien Macri bromeó «el ministro preferido de jueces, fiscales y diputados opositores»), acompañado de casi todo su gabinete, entre ellos Néstor Pérez Baliño y Francisco Tropea. Mucho radical que reporta en la nómina del funcionariato porteño como Sebastián De Stefano, Alberto Maques, Claudio Niño, Néstor Pan, Pablo Garzonio, José Palmiotti, «Larry» Ochoa, Jorge Costamagna, Jorge Lazo, los exconcejales Héctor «Tom» Costanzo y Mabel Diez y algún líbero como Diego Barovero. También se dejó ver, aunque en una mesa lateral, el exsushi Lautaro García Batallán, quien desarrolló desde su paso por la gestión delarruista un extenso recorrido desde el menemismo hasta el denarvaísmo y ahora recala en el radical-macrismo. Aunque ausente, alguien se animó a vaticinar el desembarco de otro exsushi como ministro de Educación en la próxima segunda administración macrista: Andrés Delich.


Los radicales pudieron interactuar con un Macri distendido, relajado y hasta cordial como suele mostrarse en auditorios de empresarios. Pudieron saludarlo y sacarse fotos con él y comentar entre ellos «es indudable que el voto radical tradicional de la Capital acompaña a Macri desde 2003. Algunos más audaces arriesgaban: «Fue un error estratégico la candidatura de Giudici -a quien el sábado le pusieron encima, en la lista se entiende, al exfiscal Manuel Garrido-, que no levanta vuelo; cuando Macri desistió de la carrera presidencial debimos formular un acuerdo local asegurándonos el voto hacia la boleta de Ricardo Alfonsín y acompañarlo en el distrito a cambio de un par de asientos en su gabinete». La experiencia del acuerdo bonaerense de Alfonsín con Francisco de Narváez ha dejado heridas en el radicalismo metropolitano, dispuesto a explorar posibilidades en un distrito en el que conoció el esplendor y que le es esquivo desde 1999, que seguramente brotarán en la catarsis partidaria la noche del 10 de julio al finalizar el escrutinio porteño.

Con un almuerzo en el café con vista al Riachuelo de La Boca, la Fundación Proa cerró la exposición de la francesa Louise Bougeois. Se despedía la quintaesencia del arte de inspiración psicoanalítica y la araña gigantesca que deslumbró a los porteños, que permanecerá unos días más en la esquina de Caminito y Pedro de Mendoza. No es de extrañar, observaron, que en la ilustrada Buenos Aires, la ciudad que logró la gran hazaña de popularizar el psicoanálisis y el cine de Bergman, la muestra haya sido un éxito.
Le daban la bienvenida, entretanto, a otros artistas que llegaron a La Boca invitados por la directora de la fundación, Adriana Rosenberg, esta vez del teatro, la moda y el arte. El comediante Alfredo Arias, glamoroso artista surgido con el grupo Pop del Instituto Di Tella, que supo triunfar en París, contó, mientras comía unos crepes de espinacas, que nunca pudo olvidarse de la cocinera Doña Petrona C. de Gandulfo. Así surgió la idea de rendirle un homenaje, junto al modisto Pablo Ramírez y el artista Juan Stoppani.
En «Patria Petrona» Arias se da el gusto: presenta tortas con novios, niños, chocolates, cremas, banderitas, soles, flores y la mar de detalles ornamentales. Pero no más arte efímero, sus tortas están realizadas en brillante cerámica, para que duren toda la eternidad. Stoppani pintó los postres deliciosos que cuelgan de las paredes y reproducen los individuales, mientras Ramírez presenta unos vestidos, aunque la influencia del fútbol de Boca Juniors supera la de la comida.  


Cuando llegaron los helados, Arias relató una historia peronista. En el barrio Remedios de Escalada de su infancia -aseguró- habían expropiado unas viviendas para construir una autopista que nunca se hizo. Y, entonces, agregó: «En ese desierto se fue instalando poco a poco una villa de emergencia. Cuando Perón daba sus discursos, la gente de la villa nos pedía ver la TV, mis padres acercaban el aparato a la ventana. Era una misa. En ese mismo aparato apareció Doña Petrona y para mí fue un refugio. En lugar de ir a Disneylandia, iba a Petronalandia». Lo cierto es que, con una creatividad tan exaltada como la que cimentó la fama de la cocinera, Arias evoca el don para la oratoria de Petrona en su obra «Tortazo». Con la lectura de algunas recetas y de los inefables consejos para un ama de casa perfecta, se abre el abanico sociológico de la vida cotidiana y el ascenso social. Cuando llegó el café, volvió el sabor de esas tortas lejanas, mientras se cerraba la brecha entre el museo y la calle, y el arte coincidía con las cuestiones prosaicas de la vida.

Vamos a terminar con un chiste de plumíferos. Un pato entra a un bar, se sienta en la barra y le pregunta al cantinero:
-¿Tenés pan?
El hombre, repuesto de su sorpresa inicial, responde:
-No, no tengo pan.
-¿Tenés pan?
-No, no tengo...
-¿Tenés pan?
-¡No!
-¿Tenés pan?
-¡Te dije que no tengo pan! ¿No entendés? ¿Sos sordo?
-¿Tenés pan?
-¡A ver, pato de mierda: si volvés a preguntarme si tengo pan te clavo el pico ese roñoso que tenés en la barra para que no molestes más!
-¿Tenés clavos?
-Eh, no...
-¿Tenés pan?

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