Charlas de Quincho

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Con opíparo asado de la delegación criolla en Caracas, en cuyo transcurso se recordó a Hugo Chávez a la manera mexicana (país donde se festejan los funerales), iniciamos los quinchos de este fin de semana. Presidida esa embajada por un canciller taciturno, políticos oficialistas y de la oposición le tomaron un examen de coherencia a Pino Solanas. Seguimos con una reunión sensible y sensitiva: la convocada por un cacique del radicalismo, y a la que asistió el alcalde. Para el final le contamos al lector los detalles de una vidriera opositora y disidente en Baradero, una reunión clave del agro y un elegante brunch político en la Embajada de Francia, con damas al tono. Veamos.

Hay usos y costumbres que los Estados Unidos han exportado y han sido adoptados con mansedumbre hasta por quienes se resisten a los dictámenes del imperio. En estas costas ya impusieron eso de acompañar el himno con la mano derecha sobre el corazón -lo importó Rafael Bielsa y lo adoptó Cristina de Kirchner, no tanto Néstor-. También se impone lentamente el hábito de convertir los actos funerales en una celebración muy cercana a la fiesta, algo que parecía exclusivo de los mexicanos. Eso explica que el lote multipartidario que viajó a Caracas a participar del megahomenaje a Hugo Chávez no tuviera otra idea, el jueves por la noche, que entregarse a un asado criollo en la magnífica residencia del embajador argentino en Caracas, Carlos Cheppi, un marplatense que viene de la actividad agraria y que lo que sabe bien es elegir los cortes de carne. Esa noche, a la hora en que Cristina de Kirchner regresaba al país junto con la delegación que subió al Tango 01, ingresaban los viajeros a la casa del embajador, una impresionante construcción que data de los años 70, de audaz estilo contemporáneo inspirado en Le Corbusier, para buscar consuelo a su congoja en el contacto con connacionales y, por un instante, sin mirar la militancia. Por eso se mezclaron los ministros Héctor Timerman -indiferencia al menú, porque es vegetariano- y Arturo Puricelli; héroes del piqueterismo de Estado como Milagro Sala, Luis DElía y Edgardo Depetri; Carlos Heller y Martín Sabbatella; los intendentes Fernando Espinoza (La Matanza) y Jorge Ferraresi (Avellaneda); Federico Martelli, Andrés Labrunda, Adela Segarra, Ester Sosa (Partido Humanista), el infaltable «Chino» Fernando Navarro, opositores como Pino Solanas, Claudio Lozano y, entre otros, el radical por Entre Ríos Fabián Rogel. La fiesta, que de eso se trató, no conmovió la tristeza de los asistentes, pero a poco que comenzaron a circular los «vidrios» -una rareza porque se sirvió vino en la embajada pese a que en locales de Caracas se había dictado una veda alcohólica- derivó en el ejercicio principal de los políticos, que es el verdugueo al otro. A Lozano lo empezaron a cargar por los dichos de su aliado Hermes Binner de que él hubiera votado al candidato antichavista, Henrique Capriles. «¿Venís en representación de Binner?», le gritó uno. «De ninguna manera, yo apoyaría a Chávez». Reivindicó que desde Rosario el senador provincial Miguel Lifschitz -socio de Binner en el socialismo- dijo que él hubiera votado por Chávez. El embajador ordenó la mesa y dio el primer discurso de la noche, y le pasó la palabra a quienes quería de oradores. Se la cedió a Timerman, quien resignó hablar. Explicó después que no estaba de ánimo y que limitaba su rol a presidir la delegación argentina; nada dijo de que en el pasado fue crítico de aristas del chavismo como el antisemitismo y que cuando era embajador en los Estados Unidos viajó a Caracas a solidarizarse con entidades de la comunidad judeo-venezolana cuyas sedes habían sido agredidas por seguidores del bolivariano.

Pasó la palabra a Puricelli, quien no se salió del discurso formal del Gobierno. Siguió D'Elía, quien desplegó sus argumentos en favor del chavismo que terminaron alejándolo del gabinete kirchnerista y sumó una serie de anécdotas de su relación personal con el muerto. Pero la cena tomó más vuelo festivo cuando Cheppi dijo que quería escuchar a un hombre de la oposición, Pino Solanas. El autor de «Tangos» se puso de pie y entonó un panegírico de Chávez con tanta acumulación de elogios y reconocimientos que hizo saltar a algunos kirchneristas que preguntaron cómo un hombre que decía eso no adhiere al Gobierno de Cristina de Kirchner, según un silogismo simplista que explica también la ligereza de los elogios de algunos kirchneristas hacia el venezolano, ignorando lo que había dicho la Presidente al partir de Caracas: «Vine a despedir a un amigo, no a un presidente». Como si buscase recortar la adhesión al muerto sin comprarse el personaje completo. Alguno recordó anécdotas del fastidio de los Kirchner por las intervenciones de Chávez en actos oficiales del Gobierno argentino, que toleraban por el deseo de Chávez de ayudar a ese Gobierno en momentos de crisis y por el énfasis del bolivariano en presentarse como discípulo de Perón. Tanto que entre las compras que hacía su Gobierno con cargo al fideicomiso integrado con el dinero que pagaba la Argentina por compras de petróleo se incluyó, durante un tiempo, una partida de calcetines blancos con la cara de Juan Perón y Eva Perón en cada uno de los pies, que Chávez hacía repartir en actos.

Mientras seguía subiendo el tono hagiográfico del discurso de Solanas, que alguien ironizó que se parecía a lo que podía haber dicho Fidel Castro en el entierro del Che Guevara, brotaron del fondo algunos gritos como «¡Pino, Néstor Vive!». El diputado, que es un profesional de la escena con más experiencia política que cualquiera de los presentes esa noche, ignoró las pullas y remató el panegírico de Chávez. Solanas es respetado, después de todo, por los propios peronistas como el creador del peronismo tal cual lo conocen las actuales generaciones. Lo hizo con sus films de los años 70 con reportajes al general de donde surgió la idea de un Perón revolucionario y de una Evita insurgente y reemplazó la idea conservadora de la anterior generación de los Torcuato Fino y los Taiana (padre), hombres del peronismo del zapato café con leche combinado, un atuendo emblemático de aquellos veteranos. Por ese respeto las chanzas quedaron ahí. Milagro Sala, que no es peronista, ya había avanzado sobre Solanas antes de este asado, cuando se lo encontró a Pino antes de subir a un colectivo que lo trasladaría a la capilla ardiente y le buscó la lengua: «¿Qué pasa Pino que estás tan serio? Antes sonreías más. A lo mejor te está haciendo mal tomar las mismas pastillas que Lilita», le dijo Sala al diputado. «Parece que levanta polvareda mi nueva compañera de baile», respondió Pino con una media sonrisa. Y completó la metáfora danzarina. «Yo por las dudas me compré zapatos... reforzados», dijo y se miró el calzado. Antes, irrefrenables, algunos kirchneristas de la delegación, al entrar a la capilla ardiente, se lanzaron a cantar la Marcha Peronista ante la mirada distante del cineasta y le gritaron: «Vení Pino, te perdonamos». Con tanto verdugueo, habrá pensado Pino: «¿Para qué viajé?».

Macri, que manda en su distrito sin discusión ya en un segundo mandato, se permite gestos que otros políticos reprimen para que el público no saque conclusiones espejísticas -los espejismos son lo que más alimenta el imaginario político, en donde el principal producto es el error; es un oficio en el cual aciertan muy pocos y donde se verifica la hipótesis de que todo emprendimiento colectivo, salvo excepción, está condenado al fracaso-. Macri exhibe cierta libertad de movimientos que es una de las claves del atractivo que tiene en el público que lo sigue y lo vota (la libertad es lo que admira el público en los artistas, por ejemplo; libertad de estilos, de discurso, de gestos) y puede ir de sacarse fotos en Baradero con Lavagna o al departamento de la calle Arenales de Enrique Nosiglia, donde apareció en la tarde del viernes. El exministro alfonsinista y cacique principal de la UCR porteña había invitado de improviso, sin tarjeta de cartón, a un grupo de amigos para celebrarle el casamiento a su hijo Santiago. Era la primera fiesta, modesta y familiar, reducida a quienes entran en un departamento del Barrio Norte. Allí estuvo el jefe porteño, rodeado de un seleccionado del alfonsinismo más rancio entre quienes estaban Macelo Bassani, Carlos Becerra, Facundo Suárez Lastra, Luis Cetrá, amigos como Eduardo de Santibañes (médico del hospital Italiano, hermano de Fernando, ex SIDE de Fernando de la Rúa) o el «Ruso» Raúl Sanz, un ex Puma que es secretario de la Unión Argentina de Rugby, sello en el cual siempre «Coti» ha tenido mucho interés. El resto, de menor edad, miraba a estos jóvenes dinosaurios de la política -son jóvenes, pero no hacen política de superficie, salvo alguna excepción- mientras esperan el ruido y los excesos de la verdadera fiesta, que se hará en Misiones, tierra natal de los Nosiglia y de la esposa de Santiago.

Entre las excepciones de estos radicales retirados antes de tiempo de la política está Suárez Lastra, que hasta ahora es el único de ese partido que se ha anotado para ser candidato a diputado nacional por la ciudad en la que fue intendente designado (suele bromear con «cuando yo era chico era intendente»). Animó el costado político de la fiesta en lo de «Coti» una larga charla con Macri, en la que coincidieron en que el problema más grave de la administración porteña es que la autonomía nunca concretada del distrito es una de las principales vías de desfinanciación del Gobierno porteño. La falta de traspaso de fondos de los servicios cedidos o las partidas que deben dedicarse a pagar gastos que la Nación dejó de cubrir son un curso de dispendio que podría evitarse si se perfeccionase la autonomía que frenan los gobiernos peronistas para hostigar a sus opositores en el orden nacional. Suárez Lastra camina las peñas y locales de la UCR como único postulante de su partido a la cámara de Diputados con la libertad de que Ricardo Gil Lavedra, cuyo mandato termina en diciembre, hasta ahora ha dicho que quiere postularse a una senaduría, empresa difícil porque debe enfrentar, además de a un eventual Pinedo o a un eventual Lavagna, a Pino Solanas y al candidato del kirchnerismo que puede ser de nuevo Daniel Filmus, quien cree representar mejor que otros lo que el peronismo porteño es hoy y que lo dejan insistir en el método Lula (perder cuatro elecciones hasta ganar una quinta) para llevar a los herederos de Perón al Gobierno porteño alguna vez.

Inevitable, aunque fuera para cortar con un poco de leche opositora el fuerte café kirchnerista que fue la presencia argentina en Caracas, darse una vuelta por Baradero, que se convirtió en una especie de vidriera de las oposiciones, la de afuera del Gobierno, con la Mesa de Enlace y la liga de peronistas disidentes y el macrismo; y de la de adentro, con la asistencia de Daniel Scioli, a quien le gritaron mientras paseaba por la muestra rural que se hizo allí: «¡Scioli presidente!». Halagador, pero como masticó el gobernador, después vienen las facturas. Allí se mostró Mauricio Macri junto a Roberto Lavagna en un sinceramiento que ordena hacia adentro los proyectos de los demás candidatos. Fue la tercera vez que se veían y la primera en público, en una mesa adonde se sentaron además el «Momo» Venegas y, entre otros, Humberto Schiavoni, armador del PRO en el nivel nacional. Se mostraron la fotos pero nadie contó de qué hablaron, que es lo que importa. En la charla hubo mucho diagnóstico sobre la situación actual del país, de lo que hace y no hace el Gobierno y de lo que habría que hacer. Pero de proyecto político ni una palabra. Salvo la confesión de Lavagna de que le gustaría ser senador nacional por la Capital. Hasta ahora el ticket oficial era Federico Pinedo-Gabriela Michetti. El diputado conservador puede resignar esa pretensión porque además tiene dos años más como diputado nacional. Eso es por lo menos que llegó desde La Angostura, más precisamente de la residencia de José Ibarzábal en el exclusivo country Cumelén -compite con el Tortugas en ser el más viejo del país- donde Pinedo pasó unos días junto a su hermano kirchnerista, Enrique, y el diputado Pablo Tonelli. Michetti puede ser la dama de la fórmula, por el cupo, y tentar el ingreso al Senado. Pese a no hablar de proyectos, los comensales de Expochacra manifestaron que seguirán hablándose durante los próximos 90 días, que es lo que queda más o menos antes del primer deadline de alianzas y candidaturas. Sí parece incólume el proyecto macrista de que vayan como candidatos por Buenos Aires, Carlos Melconian y Guillermo Montenegro, según lo que se escuchó el viernes desde una mesa cercana a la que compartieron esa noche en un restorán de sushi de San Isidro Schiavoni, Montenegro, Emilio Monzó -estratega macrista en el distrito- y el economista Rogelio Frigerio, a quien algunos prueban como protocandidato a diputado nacional por Entre Ríos. Es legislador por la Capital pero tiene domicilio también en aquella provincia, en donde participa de un emprendimiento rural que creó su abuelo del mismo nombre, estrella del frondicismo.

Antes de la presencia de Macri y Scioli hubo en Baradero el lunes una cena a la que hay que darle una mirada por entramado de relaciones que revela el sociograma de mesas e invitados. Era una cita para los expositores y fue fácil registrar el efecto que tuvieron los sistemáticos ataques oficiales a lo que históricamente fue una importante concurrencia de público representativo del campo. Por cierto ahora es difícil saber lo que es más representativo del campo. Por ejemplo, estuvo en pleno la Mesa de Enlace. Pero es evidente que Luis Miguel Etchevehere no es Luciano Miguens y que Eduardo Buzzi, tan cuestionado ahora por su propia tropa federada, no es ni la mitad de lo que fue en 2008. En los últimos tiempos, por otra parte, se han destacado más las líneas técnicas, como de quien fuera el economista de Coninagro y ahora se desempeña como director ejecutivo, Daniel Asseff, de desempeño crecientemente protagónico. La cara política más destacada fue la del senador radical por Mendoza y precandidato presidencial Ernesto Sanz, a quien lo sentaron junto al public affairs de Techint, Luis Betnaza. Cerca de ellos estuvo uno de los oradores de la noche, Gustavo Marangoni, presidente del Banco Provincia, quien ensayó una sutil defensa del modelo pero sazonada de señales de esperanza ancladas en ideas que hoy no rigen pero que no implicarían un cambio de rumbo. Fue el discurso de Scioli con acento económico y empresarial.

Hubo un variado y representativo nivel de presencias de negocios del agro. Estuvo la embajadora de los Estados Unidos, Vilma Martínez; el presidente de Aapresid, César Belloso; Luis Bameule; el presidente de Maizar, Alberto Morelli; el secretario de la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA), José Dodds; el directivo de KWS, John Murphy; el presidente de Casafe, Sergio Rodríguez y el infaltable «Momo» Venegas. En esas mesas se comentó la ausencia de stands Monsanto (que se acercó a la morenista Cámara de Exportadores, Capeco), John Deere y otras firmas. El presidente de la Asociación de entidades de tecnología agropecuaria (ACTA), Oscar Domingo, defendió la acción empresarial del sector y lo que podría rendir si, por caso, se sancionara una ley de semillas. El ambiente fue cordial y la comida cubrió las expectativas de los asistentes que, antes que después, ganaran la Panamericana para volver a sus pagos.

El martes, mientras corría como un reguero de pólvora la noticia de la muerte de Chávez, el alcalde de París, Bertrand Delanoë, llegó con más de una hora de demora a la recepción que le ofreció el embajador de Francia en la Argentina, Jean-Pierre Asvazadourian, en el Palacio Ortiz Basualdo. Delanoë venía de la Casa Rosada. En su encendido discurso, mencionó los desaparecidos durante la dictadura, a las Madres de Plaza de Mayo y luego, habló del motivo de su viaje: estrechar los vínculos entre París y Buenos Aires y, en suma, crear estrategias para estar cada día mas cerca. El jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri, cosechó en un firme apretón de manos con el francés, el trabajo que desde hace tres años inauguró el ministro Hernán Lombardi con el Proyecto Tandem: una extensa cadena de intercambios culturales. Lombardi, entretanto, hablaba de San Petersburgo, la ciudad de las noches blancas, ya que hoy, en la Casa de la Cultura presenta las fotos de ensueño de Dmitry Timofeev y Sergey Bogomiako.

En primera fila para escuchar al alcalde estaban las amigas de la casa: las mujeres de la agrupación franco argentina Marianne, una red que favorece relaciones comerciales, culturales y sociales, integrada por empresarias o líderes en alguna materia, como Dominique Biquart (Identia), Margarita Melo de Vaquer, Carmen Argibay (Corte Suprema), Teresa Constantini (OSDE) y las políticas Teresa Anchorena y María Eugenia Estenssoro. Acaso para escandalizar a tanta mujer que gana terreno con su propio esfuerzo, una bella rubia contó la historia de Mirelle, una argentina y no tiene reparo en confesar que le gustaba tanto París que decidió que lo mejor que podía hacer era casarse con un ejecutivo francés. Y ahora, cada vez que vuelve a Buenos Aires lo presenta como un trofeo, y dice: «Aquí está, les presento a Bernard, mi marido». «Mirelle y Bernard, son los condes de Herouville», agregó la rubia.

El bocadito más exitoso fue la brochette de jamón con melón acompañado con champán, y entre los invitados estaban Amelita Baltar, Mauricio de Núñez, Alexandra de Royere, Claudia Caraballo, Susana Rinaldi, Marta Minujín, Norberto Frigerio, Liliana Chazo (Criadores Holando Argentina), el consejero de la Embajada de Francia, Aldo Herlaut; Diana Saiegh y el embajador Roberto Laperche. El comentario comparativo entre París-Buenos Aires fue que, al igual que aquí las bicicletas, allá el Gobierno provee autos eléctricos.

Vamos a terminar con un chiste de rubias. Una rubia entra a una biblioteca, se acerca al mostrador, y a los gritos pide:

-¡Quiero una ensalada de lechuga y rúcula, sin aceite, con un chorrito de limón y un agua sin gas natural!

El bibliotecario la mira azorado y le dice:

-Señorita, por favor... esto es una biblioteca...

La chica, de nuevo en voz muy alta, ordena:

-¡Quiero una ensalada de lechuga y rúcula, sin aceite, con un chorrito de limón, y un agua sin gas natural!

Nuevamente el empleado informa:

-Pero, señorita: ya le dije que esto es una biblioteca...

Y la joven, bajando la voz a un volumen casi inaudible, susurra:

-¡Uy, perdón! Quiero una ensalada de lechuga y rúcula, sin aceite, con un chorrito de limón y un agua sin gas natural.

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