9 de marzo 2011 - 17:13

Charlas de Quincho (Segunda Parte)

1- Daniel Scioli llegó a la máxima altura, respecto de los demás políticos criollos, en materia de carnavales. Estuvo el lunes en el palco oficial del sambódromo de Río de Janeiro, invitado por el gobernador Sergio Cabral. Lo acompañaron el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde y el empresario kirchnerista Jorge «Topo» Devoto. 2 -Mauricio Macri se resignó a un carnaval de cabotaje, pero con público que vota: se reunió con empresarios en un campo de Gualeguaychú.
1- Daniel Scioli llegó a la máxima altura, respecto de los demás políticos criollos, en materia de carnavales. Estuvo el lunes en el palco oficial del sambódromo de Río de Janeiro, invitado por el gobernador Sergio Cabral. Lo acompañaron el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde y el empresario kirchnerista Jorge «Topo» Devoto. 2 -Mauricio Macri se resignó a un carnaval de cabotaje, pero con público que vota: se reunió con empresarios en un campo de Gualeguaychú.
Enfiestadísimo el fin de semana largo, con un carnaval que desplegó a toda la grey de políticos, empresarios y la farándula que los acompaña por toda la geografía patria y de la región. Pero vamos a lo importante. Dejamos al lector de estos quinchos en la primera tirada del lunes cuando comenzaba en la residencia La Colorada, en lo más selecto de José Ignacio, el festejo más sonado de todos: el cumpleaños 38 de Antonio de la Rúa, quien ofreció en la casa que comparte aún con la cantante Shakira una fiesta para un grupo de amigos, socios y asistentes de su empresa, y sobre la que se levantaban apuestas acerca de si participaría la colombiana, que está separada del hijo de Fernando y luce una relación de superficie con el futbolista Gerard Piqué.
Comenzó pasada la medianoche del domingo, después del recital de Shakira en el parking del hotel Conrad, el bandejeo de lomitos que salían de una parrilla ante la que hacían cola, entre otros, Roberto Giordano, los hermanos De la Rúa (Antonio y Aíto, productor y mánager, respectivamente, de la dama), los empresarios Alejandro Mac Farlane, socio con Roberto Costa del emprendimiento Pop Festival que organizó esta gira, Tato Lanusse, Juan Santa Cruz (dueño del restó Casa Cruz), bellezas como Lara Bernasconi y una treintena de allegados. Cuando había transcurrido una hora, se notó una alerta de seguridad -La Colorada tiene un sistema de prevención digno de una residencia presidencial- y apareció Shakira, quien saludó a Antonio como si todo siguiera igual. Participó (como dueña de casa que es) de toda la jarana y sólo dejó al grupo para reunirse en un aparte de charla cuyo contenido nunca se sabrá con su expareja, que sigue siendo el CEO de su empresa y titular del fondo de inversión que manejan los dos. Estuvo cerca de una hora y se retiró al Conrad, en donde durmió esa noche antes de partir al recital que tenía previsto en Asunción del Paraguay. No la acompañó Antonio, quien se quedó al baile que se extendió hasta pasadas las tres de la madrugada.
Durmió con unos pocos invitados en La Colorada, donde seguía ayer atendiendo amigos.

Parte del grupo que festejó esa noche el cumpleaños más observado del fin de semana se sumó después al malón de turistas que llenaron José Ignacio y Punta del Este. Los que pudieron entrar en La Huella el mediodía del lunes merodearon entre las mesas encabezadas por ricos y famosos de todos colores, el principal, el empresario azucarero Carlos Pedro Blaquier, quien encabezó una larga mesa familiar que devoró las delicias del restorán de Martín Pittaluga y Guzmán Artagaveytia, hasta el miradísimo canciller Héctor Timerman, quien almorzó con su esposa, la empresaria Anabella Sielicki. Como estrella polémica que es del Gobierno, Timerman concentró los comentarios, aunque nadie le puede reprochar que fuera un intruso en ese parador: Timerman desde chico es un habitué de las playas del Este, en donde su padre tuvo una mítica casa en la que escribía poemas Rafael Alberti, y ha solido pasar siempre los veranos en el Uruguay, bien antes que muchos que le seguían las miradas y los movimientos.

La estridencia de esta fiesta, con poco contenido político aunque su protagonista es una emanación de la política, opacó otras algaradas, como la aparición de Daniel Scioli en el camarote (palco) del estado de Río de Janeiro en el sambódromo de esa ciudad, junto al intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, invitados por el gobernador de esa ciudad, «Serginho» Cabral. ¿Cómo no aprovechar la fiesta más grande de Brasil para discutir la colaboración entre Scioli y Cabral? Ellos canjean experiencias en materia de seguridad y promoción social, aunque las recetas del brasileño mal podría aplicarlas el bonaerense ya que allá las favelas son ocupadas por tanques pese a que las autoridades deben tolerar que el carnaval carioca siga siendo sostenido, entre otros emprendedores, por los barones de la droga. Por eso Scioli pondera otros consejos de Cabral más inocuos políticamente, como la experiencia de instalación de unidades móviles de atención sanitaria, algo que aprovecha Insaurralde para explicar su presencia entre garotas y escolas, un gesto al que ningún kirchnerista se hubiera animado si viviera Néstor Kirchner, que hasta vigilaba los lugares de veraneo de sus funcionarios y seguidores desde el exclusivo santuario de El Calafate, uno de los más caros de la región.
Sólo Scioli eludió ese control de la conducta que ejercía el fallecido presidente; es uno de los dueños de la marca «kirchnerismo» y siempre ha tenido margen para mostrarse haciendo lo que le da la gana. Igual el viaje tuvo algún control oficial ya que el enlace entre los dos gobernadores en estos encuentros es el movedizo Jorge «Topo» Devoto, un empresario de la publicidad que va por el mundo con leyenda de insurgente (perteneció a la orga de Rodolfo Galimberti, a quien repudió en público cuando éste se casó con una señorita de sociedad en rumbosa fiesta en Punta del Este), que reporta a funcionarios discretos de la calle 25 de Mayo y ahora aparece como el productor de un filme documental sobre Néstor Kirchner que será la pieza central de la campaña del kirchnerismo para las elecciones de octubre -si lo terminan a tiempo, porque el filme «Evita, quien quiera oír que oiga», con Flavia Palmiero, lo produjo el peronismo para la campaña de Ítalo Luder contra Raúl Alfonsín, pero llegó tarde, en 1984, cuando el radical ya había ganado las elecciones-. Este «Topo» es el que ha de reforzar el enlace Scioli-Cabral y también estuvo en el camarote de Río.

El de Scioli fue un viaje relámpago, casi secreto, que destapó recién ayer cuando volvió. Había estado en Mendoza con Cristina de Kirchner en la Fiesta de la Vendimia y de ahí viajó discretamente a Río, en donde se enteró de detalles curiosos de la vida local, por ejemplo, los afanes del gobernador Cabral para recibir a Barack Obama la semana que viene. Quiere llevarlo a una de las favelas «rescatadas» para que vea su método de recuperación de asentamientos degradados y eligió la de Chapeu Mangueira, en la zona sur de Río y frente a las plazas de Leme. Allí se filmó aquella obra maestra del cine brasileño «Orfeo Negro», que dirigió Marcel Camus sobre la obra de Vinicius de Moraes, y que Obama ha dicho en sus memorias que fue una influencia central en su vida. Dijo que su madre, una blanca, había comprendido a la raza negra viendo ese maravilloso filme.
Esa favela es una de las veinte que recuperó el Gobierno usando tanques y militares, acción que golpeó a la organización del carnaval carioca, porque desbarató también buena parte de los negocios que tenían los narcotraficantes y barones del «jogo do bicho» (la quiniela clandestina); tanto avanzaron las autoridades, que la propia Policía Federal de Río devolvió varios camarotes que usaban sus jefes en el sambódromo que se presume eran financiados por el hampa. Scioli, Devoto e Insaurralde se maravillaron con la organización de esa fiesta en la cual las principales empresas y el Gobierno auspician esos camarotes por donde desfilaron este fin de semana modelos como Giselle Bundchen y Pamela Anderson, y estrellas del balompié, como Ronaldo y Ronaldinho Gaúcho, y algún político de la región, como el alcalde de Santiago de Chile, Pablo Zalaquett. En el palco de Cabral es donde Scioli reveló que se puso en contacto para producir la primera visita de Lula da Silva como expresidente a la Argentina; será en septiembre para dictar una conferencia en La Plata.


Más modesto y local, Macri prefirió Gualeguaychú para pegarse a esa fiesta naciente que es carnaval, que mezcló en una gira el lunes con la rutina de reunirse con empresarios del campo. Antes de bailar en el corsódromo, invitado por una de las comparsas neutrales políticamente -las hay patrocinadas por candidatos que no permitirían esa intrusión-, devoró un asado de lujo en el casco de la estancia San Martín, del empresario Danilo Calé, quien le sentó a Macri unos cuarenta emprendedores de todos los rubros, pero predominantemente del campo -entre ellos estaban los mellizos Alfredo y Atilio De Angeli, estrellas en la pelea por la Resolución 125 y que no han vuelto a encontrar otra puja que mantenga su popularidad-, para escuchar el conocido rap de campaña del jefe del PRO, y también algunas definiciones que se conocen por boca de otros, pero que valen más si salen de la de Macri.
Junto a sus jefes de campaña nacional, Humberto Schiavoni y Emilio Monzó, y del economista Rogelio Frigerio -tiene un campo en la entrerriana Villa Paranacito, además de militar en los equipos del PRO-, insistió en que su único proyecto es ser presidente. Discurrió sobre las dificultades de gobernar un distrito como la Capital Federal sin tener el apoyo de la Nación, que la administración Kirchner le frustra los mayores emprendimientos porque no le avala créditos para grandes obras y lo margina de los programas de vivienda con fondos nacionales. Aunque no le interesaba mucho al auditorio, dijo que por el momento no hará nada para tocar fechas electorales, que según el régimen vigente en el distrito tienen que hacerse de manera espaciada respecto de las nacionales. «No voy a presionar para cambiar la ley», musitó. Unificarlas les conviene al kirchnerismo y también al Macri presidencial, pero no gusta a los macristas que prefieren pelear para retener el poder en Capital y no jugar todo al destino de su jefe en la pelea grande.

Se notó en todas las actividades de Macri en Gualeguaychú la ausencia de duhaldistas como Jorge Busti, que se mantiene aparte del PRO, que tiene otros candidatos locales y sigue en lo nacional lo que dicta Eduardo Duhalde desde San Vicente. Sí pasó fugaz por el local partidario, pero sólo a saludar, el exsenador Héctor Maya, distante siempre de Busti y por esa razón apartado del proyecto duhaldista que transcurre por senderos que se bifurcan. Duhalde, por su parte, privilegia, por ejemplo, reuniones con intelectuales que le organiza los lunes de cada semana Eduardo Amadeo para debatir temas filosóficos y éticos con el aporte de monseñor Osvaldo Musto, Moisés Ikonicoff -quien como en todos los años electorales amasa de nuevo una candidatura porteña- y el profesor Silvio Maresca, un peronista de las esencias que luciría bien, si fuera kirchnerista, en la organización Carta Abierta.
En esas reuniones, Duhalde escucha argumentos, por ejemplo, sobre la naturaleza del mal; no anota nada, pero ha mandado que se graben esas discusiones quizás para escucharlas en el auto cuando viaja entre el club San Juan -en el barrio porteño de San Telmo, avenida San Juan-, donde atiende reuniones, y la quinta Don Tomás, en San Vicente. Allí ha recibido a otros intelectuales a quienes quiere escuchar, como Jorge Asís, y también trata de desenredar entuertos de su tropa que le cuesta resolver. Por ejemplo, la discusión a la que asistió en un local del gastronómico Luis Barrionuevo -armador del duhaldismo porteño- entre el economista Jorge Todesca, protocandidato a jefe porteño del sector, con Martín Redrado y Miguel Ángel Toma.


Así fue el simpático incidente: al entrar Todesca al salón vio que estaban en la mesa Duhalde, Barrionuevo, el «Momo» Venegas, Ramón Puerta y Redrado. Al sentarse levantó la voz Todesca y preguntó qué hacía en la mesa el «golden boy». «Es asesor de mi gremio», respondió Barrionuevo, a lo que el economista retrucó: «Entonces hay algunos que acá estamos de más» y deslizó un comentario agrio sobre la actuación de Redrado en los gobiernos Kirchner. Duhalde aplacó la pelea, pero Todesca esperó revancha. Cuando Miguel Ángel Toma explicó cómo se hará la interna de los federales el 3 de abril, Todesca lo descalificó mal: «No puede conducir esta elección alguien que está procesado». Saltaron unos «pecetos» de la casa para reprimir tanta sinceridad, pero Duhalde levantó la voz: «Respeten al compañero, que me ha acompañado en tiempos difíciles». Todesca fue viceministro de Economía con Jorge Remes Lenicov, y para él los tiempos siguen siendo difíciles.
Está en la mira de Guillermo Moreno porque él también confecciona un índice de precios distinto del que elabora el INDEC, lo que le ha valido un sumario en el que le han rechazado hasta ahora el pedido de nulidad que presentó y espera ir a la Justicia. Todo terminó en paz y en los corrillos de la salida nos enteramos de cuál es el antecedente que usa Moreno para perseguir a los economistas matreros con la Ley de Defensa de la Competencia. Es nada menos que una querella que le presentaron hace un mes en los Estados Unidos al ex presidente Jimmy Carter por haber publicado un libro sobre la crisis de Oriente Medio. Un grupo de dirigentes de la comunidad judía lo demandó por el contenido pro palestino del libro usando un artículo de la ley de defensa de la competencia del estado de Nueva York que reprime a quien haga publicaciones con contenidos maliciosos y tendenciosos. Según los demandantes, Carter debe ser sancionado, junto con los editores del libro «Palestine: Peace Not Apartheid», la casa Simon & Schuster, porque publicitan ese libro como de no ficción y es parte, creen, de una campaña antiisraelí.

Horizontaliza todo el carnaval, fiesta que se dio siempre la sociedad para invalidar por algunos días las jerarquías y los estilos, y darles a los de abajo licencia para subir en la escala social, o a los arriba para bajar, a veces disfrazados, al estado llano. Logró hasta quebrar rutinas almidonadas, como lo hizo el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, quien cantó y amagó con danzar el sábado por la noche en la Costanera Sur al ritmo de las canciones de Shakira; o Pino Solanas, quien encabezó una manifestación antimineras ante el palco del Carrusel de la Vendimia frente al hotel Hyatt de Mendoza, que obligó a la poderosa Cristina a quedarse en los camarines hasta que se hubo disipado la algarada -recién entonces salió a saludar a las reinas que desfilaban en Mendoza-; o la propia Presidente, quien se emocionó esa mañana de sábado con un cuadro de Néstor al Malbec, pintado por un antiguo amigo del matrimonio de los tiempos de las pensiones platenses, que retrató a Néstor con óleo, acrílico, barniz y polvo de Malbec en estilo puntillista.

Original el cuadro, lo recibió Cristina en el Salón de los Espejos del Hyatt, que es donde mandó que se hiciera la reunión con empresarios vitivinícolas para evitar el amplio patio que la hubiera hecho encontrarse con radicales como Ernesto Sanz o Ricardo Alfonsín, que la escucharon desde el fondo del salón. Cristina tomó el cuadro, lo tocó y lo elogió por su estilo no figurativo, hasta que un secretario le advirtió por lo bajo: «Mire que es un retrato de Néstor». Lo alejó de sus ojos y recién advirtió Cristina que era un retrato. Sirvió para una efusión emocional que capturó a todos. «No me han podido hacer un mejor regalo en Mendoza», dijo. Preveían muchos que Cristina participase de toda la agenda, pero limitó sus apariciones a esa reunión con empresarios y a una salida breve al paso de las reinas, antes de subirse al avión y partir hacia El Calafate, donde pasó el resto del feriado largo carnavalesco. Evitó así que en el acto central, el almuerzo de las fuerzas vivas en la bodega Robino, los empresarios se quejaran de la inflación y le pidieran lo que no quiere escuchar nadie, que se devalúe para adecuar el tipo de cambio al alza de los precios para poder exportar con mejor rédito.

Tuvo que soportar eso el ministro Julián Domínguez, quien integró la comitiva que llevó Cristina en el avión presidencial a Mendoza -Amado Boudou, Diego Bossio, Juan Manuel Abal Medina, Jorge Coscia, Julio Piumato-, y que fue testigo del diálogo de la Presidente durante el vuelo con el diputado Jorge Álvaro, el «Pampa», un mendocino que los Kirchner conocen desde tiempos de la juventud y a quien ella interrogó a fondo sobre la interna política mendocina. La conclusión que sacó el «Pampa» es que Cristina no conocía a ninguno de los postulantes del peronismo provincial para gobernador, pero que sí conoce bien a los radicales como Alfredo Cornejo (del ala Sanz) y Roberto Iglesias, con quienes compartió banca en Diputados. Eso desalentó a los peronistas mendocinos, ya resignados a ese entendimiento de Cristina con los radicales de esa provincia, de donde sacó a Julio Cobos como vicepresidente y de donde ha tenido en algún tiempo un asesor en las sombras (Raúl Baglini, cuando existía la Concertación Plural, de triste fama).

Tampoco les gustó que al llegar Cristina a Mendoza el viernes por la noche se fuera directamente al hotel Intercontinental, sin participar del primer paseo de las reinas -la Vía Blanca- ni de la serenata para las candidatas a ese cetro femenil, que animó esa noche Cacho Castaña en el Hyatt para un auditorio que mezcló a los radicales Alfonsín y Sanz con empresarios como Alejandro Bulgheroni y Carlos Pulenta; con políticos como Daniel Scioli, Celso Jaque, José Octavio Bordón y «Pepe» Scioli (si es que es político); y con Agustín Pichot, Carlos Bianchi, Luis Landriscina y las animadoras tradicionales de esa fiesta, Karina Rabolini, Sofía Neiman, Teté Coustarot, Evelyn Scheidl, Mariana Arias y otras damas de gloria perenne como Silvia Fernández Barrios.

Antes de partir hacia El Calafate a la hora de la siesta mendocina, tuvo Cristina noticias de otras lejanías. Una, casi personal, la informó del buen resultado de la visita del diputado Jorge Yoma al Instituto del Diagnóstico, adonde su comprovinciano el cirujano riojano Luis de la Fuente lo angioplastió y lo sacó caminando. Yoma es candidato a senador nacional por su provincia y el cirujano -que lo es de casi todos los políticos- lo atendió con mimo, ya que esa banca la ocupó un tío de él, Héctor de la Fuente, que también fue gobernador de La Rioja. Además, recibió otro resultado de ese supersábado: el informe de la reunión más importante de todas las que tuvo Héctor Timerman en las 48 horas que pasó en Nueva York. Fue el desayuno con directivos del banco JP Morgan en el coquetísimo hotel Mark, de Madison y 77, de donde salió un entendimiento de inversión hacia el país que puede ponerse ahora en el ojal este canciller, a quien sus críticos le reprochan ser un destructor de relaciones con Estados Unidos. De ahí sacó Timerman el compromiso para que desde esta semana operadores de JP Morgan ingresen a la Cancillería, en donde funciona una Secretaría de Inversiones Extranjeras que les mostrará un menú de negocios de provincias y municipios en donde estos banqueros pueden participar. El desayuno lo organizó Javier Timerman, hermano del canciller y veterano operador en banca de inversión en Nueva York, y asistió, entre otros, Nicolás Aguzín, un argentino que trabaja en el Morgan desde hace años, que estuvo en los 90 en Buenos Aires manejando la casa argentina y participó en privatizaciones. Ahora es vicepresidente para América Latina y le expuso el interés de su entidad en invertir en negocios en la Argentina.

Hemos ampliado nuestra exposición en la Argentina y no tenemos nada que ver con los fondos buitre, fue el mensaje que escuchó Timerman. Esos fondos, se especuló en ese largo desayuno, son competidores de los bancos y lo mejor que podría pasar sería que termine el minué con el Club de París para recalificar al país en estas inversiones. No vamos a hacer como antes, les dijo el canciller, cuando Beatriz Nofal publicitaba el país afuera; los invitamos a que vengan, les mostramos los negocios que tenemos y vamos a empezar con algo en La Rioja. Timerman venía de participar en una reunión con el Grupo 77 + China, que el país preside, y se había pasado el viernes junto a Ban Ki-moon y Jorge Argüello tratando de armar una agenda para ese sello para llevarle al G-20 en cuanto a reforma de los multilaterales y lograr algún rol mayor para los países emergentes en el manejo de esos organismos.

Pero la reunión de donde salió otro informe que llegó el sábado a la Presidente fue la de ese día con Alfredo Chiaradía, a quien hizo ir Timerman de Washington a Buenos Aires con la intención de hacer un recuento de daños de la crisis por el avión militar que traía pertrechos para entrenar a policías. La impresión que saca a estas alturas el Gobierno es que hay un enrarecimiento de las relaciones porque Estados Unidos es víctima de los aduaneros criollos y no encuentra una fórmula para salir de esa crisis. No puede consentir esas pesquisas sobre sus uniformados ni decir que nada pasó. El Gobierno espera que hoy el juez Marcelo Aguinsky reciba el último informe de la Aduana (debió amenazar el viernes con una multa de $ 10 mil a la jefa de ese servicio, María Siomara Ayerán, para que lo haga) y mande al archivo la causa por inexistencia del delito de contrabando. Con el tema en sede administrativa, el Poder Ejecutivo también ayudará para que todo se olvide. Pero en Washington la frialdad existe y le costará a Chiaradía volver a abrir puertas que este entripado cerró. Sólo hubo un momento igual de tensión entre el Gobierno Kirchner y Estados Unidos, pero ocurrió casi en la clandestinidad: fue cuando Nilda Garré desalojó de unas oficinas del Edificio Libertador a una delegación del Ejército de los Estados Unidos. Le tocó a Timerman como embajador remontar la bronca yanqui por ese desaire que no tuvo la exposición de este caso del avión.

Ahora como canciller no la tiene fácil, pero seguro que se buscará la manera de recuperar en la superficie la relación de alineamiento de los Gobiernos Kirchner -y los peronistas en general- con Washington. Después de todo ya está cumplido el objetivo político, que no es tanto mostrar un tercerismo antiyanqui como resolver la disputa interna en el gabinete sobre cómo manejar los organismos de seguridad según la doctrina Garré, uno de cuyos capítulos es que nunca jamás haya asesores militares extranjeros -o al menos de EE.UU.- entrenando a policías argentinos. Eso atornilla al sector Garré y arrincona al de Aníbal Fernández y Julio Alak, que convivieron con esos cursos sin cuestionarlos nunca. El argumento del ala Garré es que esas asesorías norteamericanas en algunos países han producido desastres, como la creación con auxilio militar de EE.UU. del llamado grupo Los Zetas de México, que nació como una brigada antinarcos y hoy es un cartel de narcotráfico que domina en ese país y en Guatemala. Una exageración ya que nadie puede creer que estuviera en las intenciones de Washington que Los Zetas se matrerearan, pero el cuento sirve para frenar críticas.

A pocas cuadras de ese desayuno en el Mark Hotel, otro viajero de carnaval había desayunado el día anterior en el Radisson de Lexington y la 48 con Plácido Domingo, pero el hijo. Era Hernán Lombardi, secretario cultural de Mauricio Macri, quien negoció con el hijo del tenor más famoso del mundo con cuántos bandoneones va a cantar dos tangos en el recital del 23 en el Obelisco. Domingo padre ha pedido que le junten diez bandoneonistas, especialidad que ya buscaba Lombardi la noche del sábado en el palco de invitados del recital de Shakira, que es donde nos enteramos de esa dura negociación. Estaba acompañado por profesionales de la letra (del verso diría una prosa canalla que aquí no se practica) más que de la música, y nadie se apuntó. Estaban esa noche, además de Lombardi y del justice Lorenzetti, Mauricio Macri, Esteban Bullrich, Paula Bertol, Diego Santilli -envidiado porque había conseguido la mejor ubicación de todas en esa zona que ya es vip-vip-, empresarios como Darío Werthein, Mario Montoto, Juan Brouchou, Gustavo Cinosi -lo más kirchnerista que hubo esa noche-, Eduardo Costantini hijo, Tato Lanusse, Augusto Rodríguez Larreta, Darío Lopérfido, Alejandro Mac Farlane, el abogado Eduardo de la Rúa y un aire de bellas mujeres -diría Silvio Berlusconi- al que contribuían productos como Jessica Cirio, y de ahí para arriba. Lombardi dio por resuelto esa noche el intríngulis que plantea el tercer tango que quiere incluir Domingo en ese recital, «El día que me quieras», porque aceptó que lo acompañe la Orquesta Filarmónica del Colón, que lo asistirá en el resto del recital de arias de ópera y de alguna zarzuela (Domingo, recuérdese, viene de la zarzuela, género que practicaban sus padres y en el cual se inició en el canto lírico).

Atrajo a todos la dinámica insoportable (para seguirla con el cuerpo) en el escenario de Shakira, pero las miradas se concentraron en otro parroquiano del palco, Antonio de la Rúa, que entraba y salía de los camarines como productor y ya no como novio-marido de la colombiana. Los amigos de la expareja que estaban allí se confesaron superados para interpretar qué hay entre los dos: son socios, viajan juntos y comparten todo, pero han avisado que la relación ya no existe. Igual, se mueve Antonio como el dueño de la cantante, a la que acompañó cuando finalizó el recital a la fiesta que se hizo con buena parte de los mencionados del palco (salvo Macri y Lorenzetti) en la pileta del hotel Faena, en donde se alojó Shakira con su troupe. Bebieron, comieron y charlaron hasta las 3 de la madrugada de ayer junto al espejo de agua y mirados por los pasajeros de ese hotel extravagante que estaba lleno por el fin de semana largo. Un retablo de sueño y fantasía para mirados y mirones, que gozaron de un instante de un mundo mejor, pero distante de las tribulaciones de los participantes, empresarios y políticos de un país crítico y que no da pausa. Lo dijo una vez el empresario José Lata Liste: «Hay otro mundo mejor, pero es más caro». Durmieron poco porque Antonio debió ir a Villa Rosa a almorzar -solo- con sus padres para después viajar con la troupe a Punta del Este, donde se instalaron todos en el Conrad para otro recital y para lo más importante de la noche: el cumpleaños de Antonio que se contó arriba.

Hay más del supersábado de carnaval, día en el que algunos trabajaron. Por ejemplo, el grupo de criollos que viajó a República Dominicana para participar de una reunión política que organizó y pagó el presidente de ese país, Leonel Fernández, a través de una fundación que quiere reflotar lo que se llamó (por el título de un documento) la «Alternativa latinoamericana». La intención de los armadores de esta reunión, que culminó con una cena pantagruélica en el palacio presidencial (el mismo del dictador Trujillo) es juntar a los buenos de la política -otras organizaciones admiten a los buenos y a los malos, por necesidad y hasta por estética- para aferrarlos a un programa global que los obligue a hacer el bien. Esa tarea la llevan adelante ahora el excanciller mexicano Jorge Castañeda y el exministro de Lula Roberto Mangabeira, que va por el mundo con la chapa de haber sido el profesor de Obama -algo que empieza a ocultar a medida que al presidente de los Estados Unidos se le complican las cosas-.

Mangabeira pertenece a esa raza de los decidores de la política -como Chacho Álvarez, quien fue uno de los redactores del documento «Alternativa» de la década pasada, antes de subirse a un Gobierno y abandonar la predicación, y recorre el continente organizando reuniones país por país, de las cuales esta cumbre fue coronación. Había pasaje y viático, y eso permitió verlos juntos, bajo el mismo techo y simulando cortesías que se niegan en su país, a Felipe Solá, Hermes Binner, Daniel Filmus, Jorge Argüello, Jesús Rodríguez y Gabriela Michetti, entre otros. Por esas cosas del protocolo, los sentaron a la misma mesa en el almuerzo del sábado en la sede de la fundación en donde transcurrió el coloquio, pero como había testigos, los argentinos -todos candidatos a algo, salvo por ahora Argüello, quien llegó resollando desde Nueva York, adonde había acompañado a Timerman en la reunión de la ONU- exhibieron un modelo de convivencia pacífica que bien agradecería el público que los vota y les paga el sueldo para que los gobierne.
Lo más jugoso lo aportaron los candidatos porteños, quienes hablaron de sus proyectos ante un Binner que ya está jugado porque no tiene reelección (su provincia no elige senador y lo más probable es que acepte una candidatura a diputado nacional), y un Solá que según los testigos está como parece, desorientado. Obviamente, la mesa quería saber qué va a hacer Mauricio Macri con la fecha de elecciones a jefe de Gobierno, si las pega o no a las nacionales. Admitió Michetti que la mayoría del PRO quiere que sean separadas, no fuera que -no en palabras de «Gabi», surge de las entrelíneas- un resultado pobre de Mauricio de las presidenciales arrastrase al partido a perder el distrito donde tiene su base. Sí fue firme al decir que Macri será candidato a presidente y que ella se cree la mejor postulante. «¿Y vos, Daniel, vas a ser o no el candidato?», le disparó ella a Filmus, un ser de silencios. «Con Tomada no hay problemas», dijo dejando en el aire que algún acuerdo hay con el ministro de Trabajo. ¿Y con Boudou? «Con Amado tendré que ir a una interna, y me tengo fe», se animó a decir sin agregar nada sobre las sevicias del dedazo que tienen que sufrir los políticos argentinos en un país sin partidos que debatan nada.

¿Quién dice que las fiestas de economistas son aburridas? Sábado a la noche, mientras Shakira hacía su recital en Puerto Madero, se casaba Alejandro Bour con María Florencia Caracoche. Hijos de economistas ambos, licenciados en Finanzas ambos de la UADE, la fiesta estaba plagada de hombres y mujeres de la profesión. Asistieron obviamente los padres, Juan Luis Bour (FIEL) y Jorge Caracoche (Banco Ciudad), a los que se sumaron Daniel Artana, Fernando Navajas, Federico Sturzenegger, Santiago Urbiztondo, Abel Viglione, Ramiro Moya, Cynthia Moskovitz, Mónica Panadeiro, Guillermo Bermúdez. Una peculiaridad de la boda: debido a las diferentes religiones de los novios, hubo «ceremonia mixta» en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Se turnaban el cura y un oficiante judío para hablar. Luego, fiesta en el Palais Rouge en Palermo desde las 22.30 hasta las 7 de la mañana. Crepelines, marinada con pistachos, medallón de lomo asado, strudle de espárragos y puerros, tortas, mousse, semifrío de chocolate y otros platos fueron intercalados entre baile y baile con diferentes grupos de músicos que impulsaban a los presentes -no había ningún «laissez faire» en ese sentido- a la pista de baile. Allí había una figura destacada por lejos: Viglione. Como Alejandro Bour es un reconocido trader de monedas en el Standard Bank, había varios operadores de diferentes entidades. ¿Habrá acuerdo con el Club de París? se interrogaban economistas en una de las mesas. Lo más probable es que no lo haya por la postura menos amigable de Estados Unidos. Pero en referencia al tipo de cambio ello no sería mala noticia dado que si habría acuerdo, implicaría un drenaje mayor de las reservas internacionales. Otro tema: ¿qué pasará con el dólar? Por lo pronto en las próximas semanas comienza la lluvia de divisas de los exportadores de granos que aseguran como mínimo hasta julio estabilidad del tipo de cambio. Soja mata política.

En tiempos de WikiLeaks, Twitter y guerras comerciales en un quincho se relató la siguiente humorada relacionada con la «humildad» argentina. Después de una consulta a la Nación, la Argentina le envía un mensaje a la República Popular China: «Chinos de mierda: les declaramos la guerra; tenemos 105 tanques, 47 aviones funcionando, 4 barcos que navegan y 5.221 soldados.
Inmediatamente los chinos responden: aceptamos la declaración; tenemos 180.000 tanques, 18.000 aviones, 7.900 barcos y 25 millones de soldados».
Tras unos minutos la Argentina envía un nuevo mensaje: «Retiramos la declaración de guerra. No tenemos cómo alimentar tantos prisioneros».

Vamos a terminar con un chiste de una categoría que siempre parece renovarse. Una tarde Manolo y Javier están parados debajo de un mástil, cavilando y mirando hacia arriba. Pasa una rubia con aspecto de modelo y les pregunta qué están haciendo. Responden casi al unísono con tono quejumbroso:

- Nada, mujer, que nos han dao la tarea de medir la altura de este mástil, pero no tenemos escalera para subirnos...

La mujer los mira con sorna, va al baúl de su auto, saca una llave inglesa, saca los tornillos que fijan el mástil a la base, les pide ayuda a Manolo y a Javier para bajarlo, toma el metro de carpintero que tiene Manolo, mide el palo acostado en el piso y anuncia triunfante:

- ¡Listo! ¡Mide tres metros veinticinco!

Sin decir otra palabra, toma su llave inglesa, monta en su auto y se va. Manolo y Javier se quedan mirándose el uno al otro, y es Manolo que rompe el silencio:

- Ya me parecía a mí que era una rubia tarada... ¡Le hemos pedido la altura y nos ha dado el largo!



Charlas de Quincho (Primera parte)

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