Córdoba en moto, entre budistas y tangueros

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Todo viaje puede considerarse una aventura, pero seguramente hay un condimento extra cuando la travesía se encara a bordo de una motocicleta. No hace falta hacer la ruta del Che Guevara para que la experiencia sea reveladora; a veces un puñado de días alcanza y destinos como Rosario, Córdoba y Capilla del Monte pueden ofrecer emociones como las que describe nuestro lector Pedro Fernández Barrio, instructor de yoga de Buenos Aires, en su relato del viaje en moto que hizo hacia el cerro Uritorco.

Salí de Buenos Aires un lunes, algo tarde, a eso de las 15, dispuesto a hacer noche en Rosario, con mi brioso corcel Rouser 220 de apenas 2.000 km. Camino a Rosario todo resultó bien, con un día soleado. Apenas un detalle fue aquel perrito que cruzó arriesgadamente mi camino. Llegué a mi primer destino a eso de las 19, en buen estado, directo a un hostel, que aunque no del todo limpio, fue suficiente para pasar la noche.

A la mañana siguiente me embarqué en una tarea cuesta arriba: conseguir espejos originales para la moto. «En esta sucursal no hay, pero andate a la otra punta de la ciudad que ahí tienen...», fue el dato que me demoró para salir rumbo a Córdoba capital recién a las 11 y con malhumor. Comenzaba otra etapa del viaje: la autopista Rosario-Córdoba es el desierto del Sahara, no hay casi ni un árbol, sólo puentes donde detenerse. Opté por desviarme y entrar a Bell Ville para cargar nafta y comer algo, luego directo a Córdoba parando cada hora y media durante ocho horas. Ahí otra breve parada y le di duro esos 100 y pico de kilómetros hasta Capilla del Monte, en el Valle de Punilla.

MONTAÑAS

Tras pasar por Carlos Paz tomé la Ruta 38, que es un camino de montaña, con subidas y bajadas, muy lindo, aunque yo ya estaba cansado, con frío, y el sol se iba. Llegué a Capilla del Monte 20.15 del martes. Entré al hostel que tenía reservado, ¡pero no estaba ni Dios! ¡Cerrado! Desesperado por darme una ducha encontré un hotel más caro, pero amable, que ya conocía desde hace años, el Apeninos, a $ 100 la noche con aire y calefacción, baño privado y hasta televisión satelital. ¡Qué lindo llegar!

Bien temprano en la mañana del miércoles salí hacia el templo zen en el cerro Uritorco adonde ya había hecho unos cinco retiros hace más de siete años. Después de tres días entre el templo del cerro y el pueblo de Capilla pegué la vuelta, esta vez más tranquilo. Arranqué por la tarde y disfruté el camino de Capilla a Córdoba, con la luz del atardecer.

Hice noche en Córdoba capital, en otro hostel y ahí empezó otra etapa del viaje: me fui a una milonga cordobesa. (Bailo tango. No soy un as, pero me defiendo.) Pensé que no iba a bailar, que soy de otro palo y qué sé yo... Pero la primera cordobesa con la que bailé le dijo a la segunda: «Es porteño, miralo para que te saque a bailar», y así fue que terminé bailando con cinco muñecas. Me fui a dormir cansado, sin pedir ni un teléfono, pero agrandadísimo.

A la mañana siguiente tomé la autopista Córdoba-Rosario. Otra vez el Sahara... Y encima me había olvidado el agua. Por suerte tenía cigarrillos. En Rosario paré en un hotel muy coqueto. Me duché y me fui a la milonga rosarina, donde encontré chicas muy generosas y gente con muy buena onda que me invitó a su mesa.

El tramo final del viaje fue a la mañana siguiente. Llegué a Buenos Aires a las 15, cansado y feliz después de unos días intensos y lindos. Todo gracias a mi moto querida y a la buena onda de la gente que me crucé en el camino.

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