‘‘En el centenario, nos abríamos al mundo. Hoy estamos lejos’’

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Tenemos la paradoja de un Estado que quiere ser fuerte e intervenir en un montón de cosas, pero a su vez no puede resolver cuestiones muy fundamentales», dijo Roberto Cortés Conde.

En ese sentido, enumeró los problemas de la seguridad, la educación, la salud y la pobreza como los más apremiantes.

En una entrevista para este anuario en la que analizó la evolución histórica de la Argentina de cara al Bicentenario desde formación del primer Gobierno patrio de 1810, Cortés Conde sintetizó el problema del país con una frase: «La Argentina se mira demasiado a sí misma». Así, según señaló este abogado especializado en historia económica, «uno de los hechos positivos del primer centenario era que el país estaba abierto al mundo; en cambio ahora estamos muy lejos». Es por eso que comparó: «Si se mira a Brasil, ellos están mucho más insertados y nosotros mucho más aislados».

Periodista: Alrededor de cien años atrás la Argentina estaba en pleno auge del modelo agroexportador. Hoy, cuando el 50% de las ventas al exterior son productos primarios y manufacturas de origen agropecuario, ¿qué similitudes y diferencias encuentra?


Roberto Cortés Conde: Retornamos a un período en el que las exportaciones agropecuarias volvieron a ser el motor del crecimiento. Este hecho dependió de un cambio tecnológico muy importante. La agricultura en la Argentina estuvo muy retrasada desde los años 40 con respecto a los avances que se habían concretado en el mundo. Con la revolución agrícola en los 60 se inició un período durante el cual existió un acercamiento a los desarrollos tecnológicos que se habían dado. Pero después, por un problema de precios y protección hacia la industria, puntualmente de transferencias hacia ese sector, no hubo incentivos para modernización o uso de fertilizantes, es decir, de adaptación de tecnologías. Quedó rezagado así hasta la década del 90. En ese momento el país llegó a estar en la frontera de la tecnología en el sector agrícola. Este desarrollo también había ocurrido en el primer centenario. Hay veces que la gente piensa que la Argentina fue siempre una tierra fértil. Pero hubo que hacer un proceso de modernización muy importante.

P.: ¿Qué rol jugaba el Gobierno en ese momento y cuál es su función en la actualidad?

R.C.C.: Lo que hizo fue, desde la Constitución de 1853, dar seguridad jurídica a los capitales y a la gente. Con eso vino un flujo de inversión enorme, que significó la construcción de redes ferroviarias. En la Argentina no se podía trasladar la carne por carreta. El ferrocarril fue central para integrar a toda la Pampa Húmeda con el puerto; una inversión que hoy equivaldría a cinco años de exportaciones. Así, de no tener nada a principios de siglo pasamos a tener en los años 20, 30.000 kilómetros de vías férreas e integrar totalmente el país. El economista Carlos Díaz Alejandro decía algo muy importante, que es que la Argentina, de acuerdo con la dotación de capital que tenía no pudo haber producido bienes de capital por su cuenta. Habría sido carísimo hacerlo. Entonces lo que hizo fue cambiar lo que producía, como carne y trigo, por ferrocarriles. Además, el Gobierno colaboró con parte del proceso de la construcción de infraestructura. Los fondos y los inmigrantes llegaron porque se aseguró el trabajo y el capital, y que se podía gozar sin ningún tipo de restricciones. Los extranjeros que llegaban lo hacían porque el país les aseguraba mejores ingresos que los que podían conseguir en Europa y se protegían los derechos. Así, el porcentaje de inversión en el producto era de tasas chinas, del 30% en la primera década. Otra cosa que se hizo fue un adelanto enorme en educación. Se pasó de un analfabetismo del 80% a un 30% en la década del 20, que se plasmó en un incremento del capital humano.

P.: ¿Cree que no existe hoy esa seguridad jurídica?

R.C.C.: Es muy discutible. Por algo hay baja inversión y tuvimos huida de capitales. Es evidente que hay mucha desconfianza. Está acentuado actualmente, pero es un problema que viene desde hace bastante tiempo. Los procesos inflacionarios, las devaluaciones, el default, por ejemplo. Todos estos hechos conspiran para lograr la inversión en el largo plazo. En definitiva, en la Argentina desde la segunda mitad del siglo XX lo que se evidenció es que la inversión se realiza si pueden generar ganancias en el muy corto plazo. Se acortó el horizonte.

P.: ¿Cómo evalúa la situación fiscal actual en relación con la de cien años atrás?

R.C.C.: Ahora hubo un gran aumento de los ingresos fiscales por el incremento de los recursos que provienen de las retenciones a las exportaciones. Con eso se pudo pagar gran parte de la deuda que se generó en los 90. En 1905 se la reestructuró totalmente y se bajó la tasa de interés, que había llegado a niveles elevados con la crisis de 1890. Y no fue una reestructuración forzada: ofrecieron títulos y dieron cédulas de crédito argentino interno que se llamaban CAI, a una menor tasa que el mercado convalidó.

P.: ¿Cómo evalúa las corrientes migratorias actuales?

R.C.C.: Hoy se da una emigración de población argentina, que generalmente está bastante calificada, por lo que es una pérdida de capital humano. Se va porque siente que no está retribuida, que no tiene seguridad. Y por otro lado, una inmigración de países limítrofes de personas que sale de una extrema pobreza y que tiene muy poco entrenamiento; no es mano de obra calificada. O sea que por un lado perdemos la gente más calificada por trabajadores menos calificados: es un cambio de productividad que es negativo para el crecimiento económico.

Trabajo

P.: Los inmigrantes de principios del siglo XX no eran mano de obra calificada.

R.C.C.: Pero en ese momento eran otras las urgencias. Se necesitaban muchísimos peones para la cosecha; el trabajo no requería conocimientos muy sofisticados. Por otro lado, en el sector urbano lo fundamental fue la construcción. Pero hoy hay otra tecnología, se precisa otra cosa. Se está hablando de que se necesita aportar valor agregado, es cierto, pero de calidad. No se puede tratar de competir con los chinos que tienen una mano de obra muy barata en la producción de textiles y de juguetes, porque van a ser de un precio muchísimo menor allá. Si se les quiere pagar bien a los obreros, la productividad tiene que ser más alta y para eso hay que agregar calidad al valor agregado. La Argentina lo que tiene que buscar es un modelo en el que se exporte trabajo de calidad. Y eso se logra sólo con mejoras en la educación. En el primer centenario lo importante era la educación primaria. En cambio ahora habría que tener una educación secundaria de calidad y técnica, que no hay. Hay un problema, que es que existe demanda de trabajo de calidad que no está cubierta. Y en cambio hay oferta de trabajo de baja calificación. Lo que no hicieron los gobiernos es fomentar la educación técnica. Los alemanes por ejemplo la desarrollaron entre las empresas y el Gobierno.

P.: Con la última crisis económica resurgió el rol del Estado. ¿Cómo era la situación a principios de siglo XIX?

R.C.C.: A comienzos del 1900 el Estado fue muy importante en cuanto a establecer los principios de un país que había vivido cincuenta años de guerras civiles. En ese sentido trabajó para asegurar el orden público, la justicia en todo el país, la educación y en alguna medida menos generalizada, la salud. Entre 1880 y 1910, el salario en términos de poder adquisitivo subió un 30%. Una persona en la misma categoría ocupacional podía adquirir un 30% más de bienes y servicios. Hoy tenemos la paradoja de un Estado que quiere ser fuerte e intervenir en un montón de cosas, pero a su vez no puede resolver cuestiones muy fundamentales como son la seguridad, la educación, la salud, donde hay deudas tremendamente serias, además del problema de la pobreza. Ésta no se arregla solamente con planes sociales, sino también con educación.

Es un problema de que quien mucho abarca, poco aprieta. Es un Estado casi tonto en temas de salud y educación, cuando debería ser un Estado fuerte, no arbitrario, donde los gobiernos respeten las leyes. La organización política se hace para darle seguridad a la gente, y eso se hace obedeciendo la ley.

P.: El comienzo de 1900 estuvo marcado por conflictividad social, con la Semana Trágica y la Patagonia rebelde. ¿Existen puntos en común con las movilizaciones actuales?

R.C.C.: No, son muy distintas. En ese momento se da, como parte del período de la posguerra, un fenómeno europeo donde los conflictos se inspiran en la revolución rusa en el movimiento de los anarquistas. Tampoco hablo de una sociedad totalmente ilusoria: había conflictos, pero eso no cambia el esquema fundamental. Lo que hay ahora es distinto. Hoy existe una ausencia del Estado en cuanto a seguridad, que es uno de los problemas más serios. Además tenemos una Justicia muy lenta e ineficiente. El problema es tremendo respecto de la delincuencia infantil, porque además si van a la cárcel salen peores. ¡Con la plata que se ha gastado y no se llegó a hacer nada bueno por la educación! Siempre el problema era la falta de fondos para desarrollar este tipo de políticas. Pero en los últimos años hubo superávit y no se hizo nada.

P.: A principios de siglo XX se decía que la Argentina «miraba a Europa» y ahora pareciera que el país mira más a América Latina. ¿Qué opina?

R.C.C.: Es cierto que la Argentina a partir de la Segunda Guerra Mundial miró mucho menos a Europa, lo cual no está mal. Pero tampoco creo que mire demasiado a América Latina. En realidad el problema es precisamente que la Argentina se mira demasiado a sí misma. Lo que más me preocupa es que uno de los hechos positivos del primer centenario era que el país estaba abierto al mundo, a las ideas, en cambio ahora estamos muy lejos. Si se mira a Brasil, ellos están mucho más insertados y nosotros mucho más aislados. Por ejemplo, las pruebas sobre educación: los resultados ubican a la Argentina en uno de los últimos puestos cuando antes era el primero de la región. n

Entrevista de María Iglesia

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