“Es mejor tener una buena bocina que un buen motor”

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El avión rumbo a Egipto llega a las costas de África luego de cruzar el Mediterráneo. De repente, un infinito manto beige cubre el horizonte.
Al acercarse a El Cairo, el avión hace una de sus últimas piruetas sobre las Pirámides, se sienten los chasquidos de las cámaras de los pasajeros que tratan de registrar la inmensa emoción de ver esos monumentos levantados por misteriosos faraones hace casi 5.000 años.

Ruidos, olores y colores
El Cairo es una ciudad con 25 millones de habitantes que tiene ruidos, olores y colores únicos. El caos del tránsito es un espectáculo imperdible, y los bocinazos se transforman en el sonido de fondo de la visita, pues los egipcios prueban la bocina de su auto al comprarlo y eso les interesa más que la potencia del motor.
Recorriendo algún mercado, se percibe con el olfato lo que se comercia en cada sector. El embriagador olor de las especias frescas sólo es superado por el del pan recién horneado, que traen los puesteros en enormes bandejas que llevan sobre su cabeza haciendo equilibrio.
La primera visita hay que dedicarla a las Pirámides, ícono de grandeza y cultura, no en vano la única de las siete maravillas del mundo que hoy se puede ver. Pero antes es recomendable hacer una parada en el bar Felfella para comer un falafel o un shuwarma, parado, mirando a las pirámides que se asoman en la actualidad detrás de los «edificios vecinos», como forma de saborear por anticipado la emoción que se sentirá al visitarlas.
Dar una sola vuelta a la Pirámide de Keops supone caminar un kilómetro y medio -también se puede hacer en un camello que seguramente se llamará Rocky, Whisky o Snoopy (el marketing está siempre presente). Y la experiencia de entrar en una pirámide es un ritual iniciático que vale la pena experimentar.
Después se cruza el Nilo, ese río sobre el que Herodoto dijo «Egipto es el Nilo» o, como comentó Borges, «pocas palabras encierran tanta historia como las cuatro letras de Nilo». Fue la primera autopista de la historia humana y de ahí surgieron la cultura occidental y las religiones monoteístas. No es poca cosa.
Un mundo bajo tierra
Al recorrer El Cairo, el bus avanza por calles atestadas de un tráfico ensordecedor. Pero hay un lugar donde aparece el silencio, y es que estamos bordeando el cementerio más grande el mundo, con once kilómetros de largo. Por alguna razón dicen que en Egipto hay más gente bajo tierra que gente viviendo sobre ella. Pero el cementerio no sólo es único por su tamaño. Resulta que está habitado por medio millón de seres vivos. Hace muchos años, los homeless fueron tomando los mausoleos más importantes y se instalaron haciendo un arreglo con las familias propietarias. Los mantienen limpios y bien cuidados a cambio de poder vivir allí. Cuando hay un nuevo entierro, los ocupantes dejan que se haga la ceremonia fúnebre y vuelven al día siguiente. Es surrealista ver algunos niños haciendo los deberes para la escuela sentados sobre una tumba, la ropa colgada entre los sepulcros, antenas de TV saliendo de los mausoleos y los vendedores de agua y garrafas recorriendo los estrechos pasadizos.
Luego de visitar el increíble Museo Egipcio y quedarse hipnotizado por los tesoros de Tutankamón o la momia de Ramsés II, hay que tomarse un respiro y pasear por el Bazaar Khan el Khalili. Es como entrar en las páginas de las «Mil y una noches». Cientos de callejuelas y pasadizos atestados de tenderetes que venden joyas, alfombras, papiros, perfumes, incienso, tapices, ropa e infinitos adornos. El gigantesco lugar cubre unas 10 hectáreas y está superpoblado por gatos (eran sagrados para los antiguos egipcios) que se enseñorean sobre las pilas de papiros y los usan para dormir sus eternas siestas.
Allí se encuentra el café Fishawi, también llamado el bar de los espejos, pues sus paredes están tapizadas con espejos del siglo XIX con inmensos marcos de madera tallada. El efecto de ver el lugar y la propia imagen reflejada hasta el infinito es sobrecogedor. El café es un reducto de mujeres egipcias «modernas» que van con sus amigas a charlar y fumar un narguile mientras toman un exquisito té con hojitas de menta. Allí era habitué Naguib Mahfuz, el premio Nobel de Literatura, que pasaba largas horas imaginando sus deliciosas historias. Una de ellas, «El callejón de los milagros», trata de una callecita de menos de treinta metros vecina al café llamada Midaq. Relata la historia de varias familias y hay una muchacha hermosa con la típica picardía egipcia. Se llama Hamida, que recorre las calles con la cara cubierta por el recatado velo y oscilan provocativamente las caderas. Busca novio. Cuando alguno se le acerca y le dice algo, ella lo rechaza por atrevido. El candidato se queda paralizado, pero ella se detiene en alguno de los puestos del Bazaar para hacer tiempo y darle la posibilidad al hombre de alcanzarla y volver a insistir. No les cuento el final para que lo disfruten leyendo la novela.
Mi esposa y yo hace quince años que viajamos todos los años y llevamos grupos de hasta 30 entusiastas enamorados de esa cultura antigua y el atractivo del Egipto moderno. Y cada viaje encontramos algo nuevo que nos conmueve y sorprende. Solamente estando allí uno se da cuenta de la importancia del Egipto, que modeló a griegos, judíos y romanos. Vuelvo a recordar otra frase de Borges, cuando dijo que si hubiera ganado Alejandría (por Cleopatra) y no Roma (por Octavio), el mundo hubiera sido muy distinto, pues las historias fantásticas de Oriente hubieran prevalecido sobre el racionalismo de Occidente.
Es probable que el lector haya soñado siempre con hacer un viaje a Egipto en algún momento. Le aconsejo que no lo postergue, pues es el mejor regalo que podrá hacerse en su vida.
Editado por S.M.L.

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