4 de julio 2014 - 00:00

Experiencia única en el mundo

Turistas de todo el planeta se dan cita en Puerto Madryn para participar del avistaje de la ballena franca austral y, en Punta Tombo, de los pingüinos Magallanes. Cuando se acercan las ballenas a la embarcación comienzan a sonar los flashes para registrar este momento inolvidable.

Experiencia única en el mundo
La temporada de avistaje de ballenas ya comenzó y se extiende hasta diciembre. Durante este período, Chubut se convierte en sitio de encuentro de turistas de todo el mundo que llegan a la Argentina a presenciar uno de los mejores espectáculos de la naturaleza.

La Reserva Natural Península Valdés, declarada en 1999 Patrimonio de la Humanidad, es uno de los hábitats privilegiados para la reproducción de la ballena franca austral.

Con unas 400 mil hectáreas de tierra y otras 176 mil de mar, logra albergar una gran biodiversidad de flora y fauna, única en el mundo. Tiene playas con enormes acantilados de gran valor geológico donde descubrir cuevas, salir a pasear en mountain bike, embarcarse para avistar los enormes cetáceos, practicar buceo o descubrir la aventura del kayak.

Pintorescos escenarios caracterizan esta región sureña de la costa atlántica donde el visitante podrá sentirse en verdadero contacto con la naturaleza. Situada al noreste de la provincia de Chubut, es una de las áreas patagónicas donde es posible disfrutar de un clima más apacible. Si bien se caracteriza por fuertes vientos, una mayor cantidad de días soleados y escasas lluvias, permiten disfrutar las cristalinas aguas desde el mes de septiembre.

Desde Puerto Pirámides, una aldea turística de características llamativas por su condición insular, se accede a los barcos o gomones que en unos escasos minutos acercarán hasta las colosales ballenas. En el pueblo hay un pequeño centro comercial en el que se pueden adquirir artesanías y recuerdos, degustar de un plato mediterráneo fresco u hospedarse en un alojamiento totalmente ecológico. Ideal para observar dunas y cielos cambiantes.

ÁreaS protegidas

A unos 77 kilómetros de Puerto Madryn se ubica el istmo Carlos Ameghino, donde deberá abonarse el ingreso a la reserva. Un equipo de guardafaunas brindará la información necesaria para hacer el recorrido sin perderse ningún secreto.

Dentro de la misma península existen otras áreas naturales protegidas, como la Isla de los Pájaros, Punta Pirámides, Caleta Valdés, Punta Norte y Punta Delgada, donde es posible apreciar diferentes especies marinas como principal atractivo, y una gran diversidad de aves y fauna terrestre entre guanacos, zorros, choiques, martinetas, maras y liebres europeas. En cada sendero de este recorrido se perciben las huellas del pasado.

Las costas están formadas por rocas sedimentarias que con el paso de millones de años consolidaron diversos estratos que simulan una paleta de colores rojizos, marrones y pasteles.

También el hallazgo de fósiles marinos como ostras, dientes de tiburón, cangrejos y huesos de aves y mamíferos otorgan a este mágico rincón del país un alto valor geológico, lleno de bahías y grandes campos de médanos, producto de la erosión constante.

Los primeros pobladores fueron los tehuelches, y por 1780 la corona española comenzó a utilizar uno de los puertos para el comercio de sal.

Décadas más tarde, el atractivo turístico posicionó a esta reserva como la protagonista de la comarca chubutense.

guías autorizados

El atractivo por excelencia es el avistaje de la ballena franca austral. En esta zona se prohíben las embarcaciones privadas y sólo seis empresas están habilitadas para adentrarse en el mar hasta los enormes animales que llegan para su apareamiento. Incluso, desde septiembre ya pueden verse las hembras con sus crías ofreciendo una postal inigualable.

La excursión dura alrededor de una hora, puede hacerse en barcos con capacidad para unas 70 personas, o en semirrígidos más exclusivos donde podrá sentirse de cerca el movimiento de las ballenas.

En cualquiera de ellos podrán hacerse los mejores retratos. Siempre acompañados por un guía, es preciso seguir ciertas indicaciones, como no arrojar nunca residuos al agua -que los cetáceos pueden confundir con alimento- y mantenerse en el mayor silencio posible para no ahuyentarlos.

Otra de las opciones es quedarse en la costa con unos buenos binoculares que permitirán una perspectiva más extensa de los cuerpos, las colas y los soplidos, que provocan un sonido muy particular.

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