Horror en la isla: atentado a una cultura moderna

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El director Paul Greengrass tiene el don del pulso: narrativo y visual. Y "22 de julio", de reciente estreno en Netflix, lo confirma. El realizador, más conocido por la saga Bourne, posa su lente en las causas y consecuencias que dejaron los atentados ocurridos en Noruega en 2011, cuando Anders Brievik, un terrorista de extrema derecha, hizo explotar un coche bomba cerca de las oficinas del primer ministro y, pocas horas después, abrió fuego en un campamento juvenil realizado por el Partido Laboralista en la isla de Utoya (a 40 km de Oslo) dejando un saldo de 77 muertos (69 durante el segundo ataque) y más de un centenar de heridos. El director (quien también se hizo cargo del guión) quiebra la película en dos: expone, de manera cruda y convincente, los hechos de violencia ocurridos desde la mirada del perpetrador, un fanático del Tea Party; y muestra cómo afectó el hecho en términos sociales a través de la historia de un sobreviviente. Con dos antecedentes de notable factura, como "United 93" y "Bloody Sunday", Greengrass se esfuerza en exponer la avanzada cultural de Noruega (con la mujer como puntal) y una dinámica política irreconocible por estas tierras. Una película capaz de exponer el drama de un atentado, con algún golpe bajo de paso, pero sin plantar banderas.

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